ESTOCOLMO

Fue en Estocolmo donde me convencí. Hay sueños y sueños.

Algunos son kleenex. Los científicos no saben por qué, pero son desechables. Quizá ayudan a disipar tensiones. Otros son muy diferentes. Es posible que sean sueños “informativos”: una especie de canal por el que recibimos información clave y que muy pocos aciertan a descifrar.

Fue en aquella visita a la capital sueca, hacia 1979, cuando tuve un sueño distinto, de esos que no se olvidan...
De pronto, entre la niebla, apareció un ataúd. Yo sabía que estaba vacío. Y sabía igualmente que era mi ataúd. No necesité abrirlo. Supe que era el mío. Pero, ¿cómo podía ser?. Yo, en el sueño, estaba vivo... También ”vi” un avión. El ataúd viajaba en un avión... Por último, un número. Los dígitos bailaban sin orden ni concierto. No supe si era el 20.004 ó el 2.004. ¿A qué se refería la ensoñación? Alguien trataba de decirme algo...

Nunca logré descifrarlo. Quizá usted tenga una explicación. De ser así, por favor, avíseme.

 

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