Juanjo Benítez, frente a la basílica del Vaticano, durante los días en los que intentó que lo detuvieran.

 ROMA

           Cosas de juventud...

           Hace años, en plena preparación de “El papa rojo” ( La gloria del olivo) tuve una genial idea ( ! ) : por exigencias del guión, uno de los personajes debía ser detenido por la policía de la ciudad de Roma. ¿Y qué mejor experiencia que hacerme detener en verdad? Pero, ¿cómo lograrlo?

      Durante tres días merodeé por los alrededores del Vaticano, tomando notas - descaradamente - de las matrículas de los coches camuflados de la referida policía italiana, que montaban guardia en las calles próximas al Estado Vaticano. Fue inútil. Por más que me hice notar, a pesar de la desfachatez con la que fui anotando los datos de los coches patrulla en mi cuaderno de campo, nadie me prestó atención. Ninguno de los policías se dignó mirar o preguntar. Y decepcionado, a los tres días, como digo, me di por vencido. Fue en esos instantes cuando uno de los confidentes de la policía, empleado o dueño de una de las tiendas de souvenirs, alertó a los agentes de paisano.

La Piedad, de Miguel Angel, protegida por un cristal blindado. (Foto: J.J. Benítez)

¡Al fin!. Aquel extranjero se comportaba de una forma anormal: anotaba en su cuaderno toda clase de datos sobre los patrulleros. Minutos después era conducido a la comisaría más cercana, e interrogado como posible terrorista. Fueron necesarias muchas horas para convencerlos de que aquella información sólo era parte de la trama de una novela. Un par de llamadas a los corresponsales españoles en Roma -especialmente a Paloma Gómez Borrero - fueron mi salvación.

           Esta vez faltó muy poco para terminar en la cárcel...

Juanjo Benítez, en el interior del Vaticano.

 

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