Razones por las que la luz del sol me cae bien:

 

  Porque no es racista. Lo mismo se le ve barriendo nieblas que sacando brillo a la luna.

  Porque  broncea gratis y desinteresadamente, sin pedir el voto a cambio.

  Porque habita en las chabolas y en los palacios, como si nada.

  Porque me permite ver por el ojo de la cerradura de la memoria.

  Porque, al calentarme en los días tibios, me reconcilia conmigo mismo.

  Porque hace bailar a los girasoles al son que ella toca, y en el colmo de la astucia les hace creer que el sol es Dios.

  Porque viste de domingo a los geranios y obliga a la naturaleza a estirar el cuello, como diciendo: “estoy aquí”.

  Porque es la llave y el motor de arranque que pone en marcha la primavera.

 Porque es el tren de aterrizaje de Dios, que llega.

  Porque es la hija pródiga, que vuelve tras el invierno, quién sabe de dónde.

  Porque le quita seriedad a la humedad.

  Porque despierta sin ruido a los lotos y a las uñas de gato.

  Porque juega al escondite con los inviernos polares.

  Porque abre la temporada turística en los hoteles de las flores y la vendimia entre las abejas.

  Porque inaugura conciertos en los árboles y le pone alas a los trinos.

  Porque le pone nombre a los frutos.

  Porque calienta la soledad de las piedras.

  Por ser la única que arranca destellos de plata a los mudos y ávaros peces.

  Porque despierta a Dios en forma de ramillete.

  Por poner orden en la habitación del invierno.

  Por llevar al día el archivo de la naturaleza: de la A a la Z.

  Por ser respetuosa y no levantar las faldas de las profundidades marinas.

  Por vestir a las medusas con velos y sombrillas, como en las bodas.

  Porque alimentas sin necesidad de masticar.

  Porque, cuando te vas, todos te sueñan.

  Porque traes y llevas la historia de las estrellas, aunque con retraso.    

  Porque eres la única que no ha cambiado de chaqueta en este mundo de locos.

  Por guardar ángeles invisibles en el armario del infrarrojo.

  Porque eres la última en soltar la mano del moribundo.

  Porque, a pesar de sus casi 300.000 kilómetros por segundo, sabe descender suavemente, en paracaídas, con la nieve.

  Por ser tan paciente en los espejos.

  Por reflejar siempre hacia el exterior, y no desobedecer.

  Por no ser integrista, pudiendo.

  Por elegir la elegancia y la transparencia en las gotas de lluvia.

  Por haber sabido pactar, tan sabiamente, con las sombras, esos ciudadanos de segunda.

  Por permitirme mirar en todas direcciones, sin regatear.

  Por bajar las escaleras de la corriente eléctrica como una vedette.

  Por repartir colores sin mirar a quién.

  Por quedarte a vivir con los más humildes y limitados, con la escasa renta per capita de 400 a 780 nanómetros.

  Por dejar pasar primero a las sensaciones en los sueños de los ciegos.

  Porque sé que la besas por mi cuando ella toma el sol en el balcón.

  Porque te irrita el falserío de las incandescencias, de los neones y demás fluorescencias.

  Por tu complicidad con Dios a la hora de contrabandear sensaciones de colores.

  Por declarar tu amor en el azul del efecto Doppler-Fizeau.

  Por haberte compinchado en la retina con tres familias nobles de rojos, verdes y azules y por haber dejado a las familias monocromáticas para los perros y los gatos.

  Porque sé que te has guardado un as en la manga: los anticolores y otros antiquarks.

  Por no avergonzarte del nombre de pila de Luzbel.

  Por llegar tan lejos y, sin embargo, tan impecable.

  Porque me permite suponer lo que no veo.

  Porque iluminas en los sueños, no sé cómo.

  Porque cose y borda la vida en la fotosíntesis, tampoco sé cómo.

  Por cojear en los cielos empedrados.

  Por disipar el cañón de los celajes.

  Por vestirte de luto en las tormentas.

  Por hacer de ascensorista de Dios.

  Por avisar en las intermitencias.

  Por no ser rencorosa y dejar que los Rayos X hagan su trabajo.

  Por quedarse a dormir en los icebergs.

  Por maquillarse de azul en las turquesas.

  Por hacerse la tímida en las rendijas.

  Por imitar a Picasso en las auroras boreales.

  Por salir a pasear en carroza real en los diamantes.

  Por hacer camping en los charcos.

  Porque es de ideas fijas: nunca visita la cara oculta de la luna.

  Por su sentido del humor. Se disfraza de láser y dice que es coherente.

  Porque cuando trabaja en una linterna lo hace en secreto.

  Porque no ha aprendido a resbalar por las paredes encaladas, como le gusta hacer a la lluvia.

  Porque cuando se introduce en un tubo catódico ríe, llora, hace teatro y toda una serie de tonterías, incluso da noticias.   

  Porque se vuelve esférica cuando ve un limón.

  Porque palidece en la piel de los muertos, como si supiera.

  Porque se resigna cuando alguien pinta una pared de rojo caldera.

  Porque juega a hacer olas en los trigales.

  Porque es una más en la conversación de las azucenas.

  Porque me encanta cómo guiña el ojo en el charol.

  Porque construye arcos iris triunfales para que no se moje Dios.

  Porque hace como que sube en las burbujas, pero no es cierto.

  Por hacer el milagro de la reverberación y echar a caminar al desierto.

  Porque brilla y brilla por el níquel, a la búsqueda de un imposible: el reflejo perpétuo.

  Porque, antes de bajar a tierra, observa, prudentemente, desde las nubes.

  Porque, en la borrachera de los cielos azules, es la única que conserva la verticalidad.

  Porque, cuanta más luz, más obnubilación.

  Porque, a veces, se queda rezagada en el cuarto oscuro de mi memoria..., como ahora.

  Porque es el mejor intérprete de oscuridades.

 

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