Pequeñas grandes cosas que me jinotizan (1).

 

  Sentarme y aprender (me).

  Subirme al tren bala del número pi.

  La indefensión del dedo meñique.

  Recostarme en una mirada.

  Acompañar a los pies desnudos por la arena de una playa.

  Levantar la vista y saber que Orión sigue ahí.

  El lenguaje de seda de los dedos.

  El perfume, de puntillas, de los naranjos.

  Contemplar la prehistoria de un tomate en una flor.

  Imaginar los pensamientos de una mujer mientras finge que no piensa.

  Suponer a Dios prendiendo estrellas, una a una.

  La calderilla de las ideas.

  El sofrito de algunos encuentros y conversaciones.

  Beethoven, a eso de las siete de la tarde.

  Un par de tragos de soledad conmigo mismo.

  Conjunción de firmamentos en una idea y conjunción de ideas en un firmamento.

  Una noche estrellada, aunque sea sin Van Gogh.

  Imaginar, incluso en sueños.

  El reencuentro con la ducha tras dos semanas de amor con el desierto.

  Abrir las páginas nocturnas del desierto.

  Contemplar el horizonte inalcanzable de la tolerancia divina.

  Dos huevos fritos con patatas crujientes, recién bajados del cielo.

  El silencio, no importa a qué hora, ni tampoco dónde.

  Los pechos de una mujer mientras me asomo a la imaginación.

  Salir de excursión a la memoria.

  Subir al cielo con el humo del primer cigarrillo del primer café de la mañana (cuando fumaba).

  Terminar (no importa qué).

  Ocupar la jornada con un máximo de cero obligaciones.

  Sentarme en el pensamiento y ver pasar a los demás.

  Cine, por favor. Más cine, por favor.

  Arrellanarme en mi sillón y reirme del día que se va.

  Saber que siempre vuelvo.

  Abrir cada ahora y descubrir qué contiene.

  Contemplar la bellinte de Dios.

  Saber que los muertos se van, pero sólo temporalmente.

  El reencuentro con mis zapatillas.

  Cortar una rosa para ella, o para Él.

  El pistoneo de la Gitana Azul en la memoria.

  El tirón de un choco, con Barbate al fondo.

  Saber que no soy imprescindible.

  Las caras de los demás (casi todas)

  El lenguaje de trapo del Frasquito.

  Cualquier encuentro con un IOI

  Aprender, aunque sea para olvidar.

  Los días, tras las rejas negras y rojas de los calendarios.

  Rememorar aparcería.

  Una vieja fotografía, que vuelve sin avisar.

  El misterioso silencio en los ascensores.

  Apagar la sed (no importa cómo).

  El agua fría, correteando por los pies.

  El fuego casi eterno del sol.

  Contar años luz, pero con los dedos.

  Asomarme a las estrellas para recordar quién soy.

  Atrapar ideas antes de que escapen.

  Yo mismo, contemplado con una cierta perspectiva.

  Burlar la ortodoxia y descubrir que no pasa absolutamente nada.

  Intuir que nadie se equivoca, nunca.

  Un cuaderno en blanco al que resucitar con rotuladores de colores.

  Saber que la felicidad no se busca; ella te encuentra si no la  buscas.

  No hacer planes más allá de mi sombra.

  Dios a la vuelta de la esquina (en cada esquina de mi vida).

  Leer, incluso con los ojos cerrados.

  Sentir cómo llegan los peristálticos y cómo se van los fenoles.

  Vaciar el tiempo.

  Dormir bajo un techo de cristal.

  Oir el comadreo de la lluvia bajo un techo de cristal.

  La impenetrabilidad del pensamiento.

  La precisión de una mirada.

  La velocidad, superior a la de la luz, de la intuición.

  La simetría de todo lo que contiene amor.

  El más insignificante de mis hallazgos.

  Los neutrinos, capaces de atravesar billones de kilómetros de plomo sólido sin que nada les llame la atención.

  Los pilotos, que hacen volar lo que no puede volar.

  Los pilotos, porque jamás hay que repetirles las cosas.

  La gravedad, tan sufrida, tan constante y tan silenciosa.

  El pan frito y su música, al masticarlo.

  Abrir un melón de madrugada y sorprender a Dios en el interior.

  La tenacidad, no humana, del oleaje.

  El poder invisible de los polos.

  Dios, en el big-bang, ajustando la densidad de la materia para que hoy sea 0.1.

  El incomprensible silencio de los muertos, sean personas, animales o cosas.

  El misterioso pecado de los osos hormigueros, por el que fueron condenados a no soñar.

  La belleza, oportunidad, precisión e invisibilidad del sexto sentido femenino.

  La matemática simetría C6 (no humana) de un copo de nieve.

  Imaginar el tiempo sin el bastón del espacio.

  La fidelidad de los espejos.

  Lorca y Neruda y su peculiar manera de enredar en el interior deDios.

  El pobre Heisenberg, siempre con su incertidumbre.

  Haber llegado a los sesenta años sin proponérmelo.

  El obligado silencio de los peces.

  Una familia de gotas de lluvia perdida en el cristal de una ventana.

  Mi padre, como Dios pero más alto.

  El seco crujir de la nieve cuando me ve llegar.

  La ventana de mi imaginación por la que entran los Reyes Magos.

  La orfandad de las profundidades marinas.

  Las damas de noche y sus conciertos en los cines de verano.

  La mar, a todas horas (no importa que esté pintada).

  El olor a purpurina, mientras la vieja estufa de carbón me calentaba las orejas y la imaginación.

  El intrigante silencio de los cuadros.

  Veinte mil leguas de viaje submarino sin una sola salpicadura.

  El vuelo, a la pata coja, de una mariposa azul de catorce centímetros.

 

(1).- El valor de lo pequeño aumenta, exponencialmente, en función de las carencias. En mi caso sucede lo contrario: cuanto más sé sobre Dios, y sobre mí mismo, más me importa lo supuestamente pequeño.

 

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