Fotos: Iván Benítez.

LA PRIMERA VEZ

     Siete de julio de 1960. Jueves. Siete de la mañana. Ultimo repaso al atuendo. Estoy temblando. El sol empuja ya a la fría brisa y a las gentes y a mi corazón. Esta vez sí. Esta vez lo lograré.

     “Telefónica”. Siete y media. Apenas un murmullo. Cientos de mozos esperan. Observo sus caras. Miran y no miran. Los veteranos, inmersos en la liturgia del momento, repasan el Diario, consultan el reloj y, de mutuo acuerdo, eligen el silencio. Salto el vallado y mi corazón, espantado, se queda atrás. ¡Estoy sudando! Y al mezclarme con el blanco y rojo mis piernas tiemblan. Busco refugio al pie del entablado. Si alguien repara en aquel muchacho de catorce años, adios a mis sueños.

     Siete y cuarenta y cinco. Las puertas del callejón se abren. Y un rumor resbala desde la plaza, poniendo en alerta a corredores y sentimientos. Las golondrinas huyen, los mozos enrollan los periódicos y aprietan los dientes haciendo retroceder al miedo. Mi corazón me ha encontrado y avisa, golpeando el tambor del pecho. Y de pronto, una multitud roja, blanca y compacta se mueve y se derrama hacia la arena. Pero los veteranos aguardan, dejando pasar a los que no saben o no quieren medirse con la muerte.

     Ocho horas. Un lejano “chupinazo” desata la adrenalina. Y el corazón redobla. La masa postiza acelera. Los veteranos saltan o se encaraman a las vallas, tratando de adivinar el negro vaivén de la muerte entre los corredores. Gritos. La masa adelgaza súbitamente. Y los mozos –ahora sí– vuelan hacia el temible embudo en blanco y negro del callejón. Y me voy con ellos…. 

     Respiraciones que no respiran. Empujones. No quiero mirar atrás. Oscuridad. Polvo. Alguien ha caído. Saltos. La luz. Ya veo la luz. Más gritos. ¿Dónde está mi corazón? ¡Qué extraño sonido el de la muerte golpeando en las paredes! La arena…Al fin. El griterío arrecia. Dos sombras negras, resoplantes, veloces e interminables me rebasan por la izquierda… ¡Oh Dios!... Y la muerte me encuna por las axilas. Y el recuerdo se hace azul cielo, frío de astas y olor acre. Gritos que no escucho. Y el azul y el frío y el acre se desvanecen. Y mi corazón rueda por la arena.

      Pero lo he logrado. He vencido al miedo.

   

 

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