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Nadie me lo
advirtió: Dios también habita en el fondo del mar. Y descendí a veinte metros. Era cierto. Allí, ÉI es silencio. Allí, ÉI va y viene, siempre azul. Y me
tocó en el hombro, sonriendo, desde los ojos muy abiertos de un pez limón.
Aleteó a mi alrededor, curioso. Y se alejó, feliz, diciendo “sí” con la
cola. Entonces, de rodillas en el fondo arenoso, le di las gracias:
. Gracias, Padre, por imaginar. . Gracias por hacer un alto en tu santidad, e imaginarme. . Gracias por darme tu apellido - hijo de Dios y permitirme soñar. . Gracias por detener tu tren en el apeadero del tiempo. . Gracias por descender a la imperfección, Y redondearla. . Gracias por desviar la mirada hacia lo más pequeño. . Gracias por echar a rodar la duda. . Gracias por pilotar el alma con silenciador. . Gracias por la gasolina del AMOR. . Gracias por estar al final y, no obstante, no ser el final...
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