23.000 DÍAS Y PICO

     Cumplir años siempre es positivo, aunque hay momentos en los que la vida discurre a una velocidad desconcertante. Es mi caso. Acabo de cumplir 23.000 días y pico y no sé cómo ha sido… O lo que es lo mismo: he celebrado 45 años en el mundo del Periodismo. Es el momento –creo– de regalar un par de consejos a los que sueñan con ser periodistas.

     Veamos:

     Como en la vida, el Periodismo requiere, en primer término, de altas dosis de ilusión. Los periodistas de verdad, los de raza, tienen la singular virtud de renacer de sus cenizas, día tras día e, incluso, minuto tras minuto. No importa que la realidad los aplaste. Un minuto después, nadie sabe cómo, ellos están, que es lo que cuenta. Es difícil encontrar a alguien con más ilusión que un periodista. Viven entre las ruinas de los demás y, no obstante, construyen. Descienden, todos los días, a la mentira y a la política y, sin embargo, continúan respirando. Nadie se lo explica, ni ellos mismos, pero así es. Es el milagro de la ilusión.

     Después, o al mismo tiempo, el Periodismo proporciona tenacidad. La ilusión es insostenible sin un mínimo de disciplina. Los periodistas de raza llegan más lejos porque sólo miran el “ahora” y eso requiere constancia. El Periodismo, sencillamente, es vida y la vida no es otra cosa que un continuo presente; por eso los verdaderos periodistas no hacen planes. El periódico impreso, el de cada mañana, es sólo pasado; lo que ocurre es que a la gente le gusta contemplar su pasado. Por eso están los periodistas.

Juanjo Benítez ha cumplido 45 años como periodista.

     Digamos que la tercera cualidad de todo profesional del Periodismo que se precie tiene que ser la honestidad. Es, quizá, lo más difícil. La vida se enrosca en el Periodismo y termina asfixiándolo, más tarde o más temprano. Hay que estar muy despierto y esquivar esas acometidas, aún a riesgo de perder el empleo. Un periodista corrupto, aunque sea de silencios, es, sobre todo, el fracaso de una sociedad. Si la Prensa es íntegra, la sociedad a la que sirve será íntegra. Y los jóvenes periodistas se preguntarán: ¿y qué es ser honesto? Muy simple: pensar en voz alta.

     Naturalmente, y después de tanto tiempo, también he aprendido la prudencia. Los “ahoras” son muy llamativos. Cantan como las sirenas. El profesional de la información tiene que ser cauto. Es mejor oir dos veces. Es más rentable comparar lo que dicen las partes y, sobre todo, no sacar conclusiones. Esa es la prudencia, químicamente pura: no juzgar jamás; ni siquiera cuando se tiene razón. Juzgar es tan peligroso como dormir de pie. Un periodista prudente brilla sin querer y todos lo saben. Todos lo respetan. Todos terminan leyéndolo o escuchándolo. Es el lado más notable de la sociedad.

Enviado especial a Japón.

     Por último, en estos catorce mil seiscientos números que forman mi vida profesional, también he visto aparecer la objetividad. Es la virtud más escurridiza. Dicen que existe, pero muy pocos han llegado a verla. Yo creo que es cierto: existe en alguna parte y hay que ser tenaz, hay que tener ilusión, para poseerla. Si alcanzas a verla, jamás la olvidarás. No es preciso que la describa. Todo el mundo sabe qué es la belleza.

     Todo esto es, o debe ser, un periodista.
 

En algún lugar de África.
 

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