MÁS CINE, POR FAVOR


     Algunos lectores e internautas me preguntan por mis aficiones favoritas. Trataré de exponerlas.

     Empezaré por la más excitante: el cine.

     Mi pasión por el cine es tal que he llegado a ver cuatro películas en una tarde-noche, cuando en Pamplona daban sesión continua.

     Según mis cálculos, en estos momentos he visto alrededor de 10.000 películas. Es por ello que resulta difícil, y comprometido, destacar una de ellas. Sería como cerrar la puerta a demasiados amigos. Básicamente, para mí, el cine significa diversión y capacidad de soñar. Por ello, haciendo un esfuerzo del que no creo que salga bien parado, elegiré una sola escena, en lugar de una película. Se trata del arranque de “La caza del Octubre Rojo”, de John McTiernan. La cámara abre en un primerísimo plano de Sean Connery. El capitán del submarino observa el horizonte con unos prismáticos. Alguien, cerca, en la torreta del submarino, hace un comentario sobre la frialdad de la mañana. El capitán guarda silencio durante unos segundos. Finalmente responde: “Sí, una mañana fría…” (pero en ruso).

     La cámara se aleja en un trávelin espectacular y se oyen unos coros rusos.

     El submarino navega…

     El resto de la película no tiene mayor trascendencia. Ese arranque, sin embargo, resulta mágico, en mi opinión. Lo he podido ver decenas de veces y siempre me entusiasma. Estoy seguro que lo simple –la “bellinte”– es lo más arduo.

     Por último, porque no sería justo olvidarlo, añoro películas como “Bienvenido Mr. Marshall”, de Berlanga. Nunca, nadie, logró tanto con tan poco…

     Por supuesto, con las malas películas sucede lo mismo que con las buenas. Son tantas que no sabe uno por cuál decidirse. Pero, dado que tengo que dar un paso al frente, señalaré cualquiera de las que llevan el sello “Torrente”. El tal Segura. Que ya mentía en los estudios de televisión cuando nadie lo conocía, es una de esas escasas criaturas que defeca por la boca cuando hace cine. No he sido capaz de llegar al final de ninguna de sus “obras”. Al igual que en la publicidad, en el cine debería de existir un comité de ética y de buen gusto, que arrojara a la basura lo que huele a podrido. Lo peor de todo es que algunos supuestos intelectuales se regocijan con los “torrentes” y demás “bestias” y afirman que es lo último en modernidad.

 

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