Una cárcel sin puertas en pleno desierto argelino.

CÁRCEL SIN REJAS

Todo empezó en el año 1997.

Tuvimos la oportunidad de viajar a los campos de refugiados saharauis de Tinduf, en Argelia.

Acompañamos a una expedición de médicos oftalmólogos andaluces. Pero eso os lo contaré en otra ocasión.

Llegamos de madrugada a Tinduf. Y de ahí a Rabuni, el lugar donde se hallaba el campamento.

Nos trataron con gran amabilidad. Pusieron a nuestra disposición un chófer y un todo terreno para visitar los diferentes campamentos.

Esa mañana nos acercamos al hospital y a la escuela del asentamiento de Auserd. Ya de regreso a Rabuni, el chófer nos dijo que nos acercaría a un lugar muy especial. Eran casi las cinco de la tarde cuando llegamos a “Le Siad”. Aparentemente, en la distancia, parecía un lugar abandonado, en medio de un duro desierto. Y, sí, estuvo abandonado durante muchos años. Fue un fuerte construido por los franceses durante la ocupación de Argelia.

Conforme nos acercábamos se podían distinguir pequeñas manchas blancas. Allí vivían personas.

Cual fue nuestra sorpresa cuando nuestro chófer y ya buen amigo saharaui nos dijo que estábamos en el centro penitenciario de “Le Siad “.

No entendíamos nada. Una cárcel sin muros, ni rejas.

En realidad la cárcel era el desierto. Nadie puede escapar, a riesgo de morir de sed y de hambre.

Durante años, las fotografías de las familias y la fe en Dios fueron el único consuelo. (Foto: Iván Benítez)

Pregunté con ingenuidad si eran presos peligrosos. Salem sonrió. “No señora, son soldados marroquíes, son prisioneros de guerra. El Frente POLISARIO los ha liberado, pero siguen aquí porque no tienen dónde ir. Hassan II no los acepta en Marruecos. Para Hassan II no existe la guerra con el Polisario. La Cruz Roja se encarga de vestirlos, darles comida y medicinas“.

No salía de mi asombro.

Entramos a una pequeña plaza rectangular, rodeada de pequeñas construcciones de adobe rematadas por cúpulas encaladas.

En ese momento, una veintena de hombres jugaba un partido de fútbol. Nos miraban asombrados; no estaban acostumbrados a las visitas.

Fadel, teniente. Permaneció veintidós años en el Ejército español. (Foto: Iván Benítez)

Entonces apareció Barek. Hablaba español. Fue alférez. Aún recordaba los años en que era soldado del ejercito español en Sidi-Ifni.

Él fue nuestro guía.

En el antiguo penal vivían 85 hombres. Soldados, suboficiales y oficiales. Incluso tenían un oficial médico. Mohamed Safsa se ocupaba de la salud de los “reclusos”.

Todo funcionaba como en un cuartel. Estaban organizados.

Cuando se enteraron de que éramos españoles, desaparecieron todos los recelos. Incluso, amablemente, nos invitaron a tomar el te en una de las pequeñas habitaciones, en la que vivían de seis a nueve hombres.

Rhalib nos preparó el te. Dejamos nuestros zapatos en el exterior, y entramos en la pequeña habitación. Unas colchonetas servían de asientos y de camas. Una caja de madera hacía el servicio de mesa. Todo estaba recogido y limpio.

Ceremonia del te.

Y así, con un te humeante, empezamos a oír sus historias.

Se levantaban a las siete de la mañana; después de lavarse y desayunar trabajaban en unos pequeños huertos hasta las doce o una , dependiendo del calor del día.

Por la tarde jugaban a las cartas o a las damas y al fútbol, por supuesto; les gusta mucho el fútbol. Incluso disponían de un pequeño transistor y oían los partidos.

Rezan delante de uno de los muros, medio derruido, del exterior.

Blanca, con los prisioneros marroquíes. (Foto: Iván Benítez)

También reciben el correo de sus familias; es el mejor momento, me dice Rhalib. Se emociona y me enseña un cuaderno donde tiene cuidadosamente dobladas las cartas de sus familiares y las fotos de sus hijas. Tiene dos niñas. Se fue a la guerra cuando eran muy pequeñas. Con lágrimas en los ojos me dice que ya son unas mujercitas.

Él lleva 10 años prisionero y ahora lo único que quiere es regresar a Rabat, trabajar, y vivir tranquilo con su mujer y sus hijas.

Todos quieren contar sus historias.

Malaina Mohamed: 21 años prisionero, no tiene hijos. “Sólo tengo esperanza”, “Está escrito por Dios“ ( su destino )

Hasan Belkasem: el hombre más aceptado. Es un líder. Tiene 37 años y 16 de prisionero. “Sueño con regresar a Marruecos”. Da las gracias al pueblo saharaui por la buena atención que ha recibido.

Alí Ben Mohamed: paralítico de cintura para abajo desde 1990. Llegó herido a la prisión, hace 19 años.

 

Prisioneros de una guerra que Marruecos nunca reconoció, mostrando las cartas que enviaríamos poco después de la visita a sus familiares. (Fotos: Blanca)

  

  

  

  

Mohamed Belhach: 44 años, es el que se encarga de ayudar a Alí. Tiene familia y le esperan en Marruecos. “Da gracias a Dios por tener salud”. Sólo quiere vivir.

Maaun Dris: 38 años. “Estoy contento por estar liberado”. “Tengo fe en Dios”-

Y así 85 historias, estaban liberados desde abril, pero en su país no existen. Algunos se hallaban muy enfermos.

No hay nada más absurdo que querer ignorar la realidad.

Estos hombres existen, tienen nombre, apellidos y familias que les están esperando.

Han pasado 11 años. Espero y deseo que Rhalib, y todos sus compañeros, estén junto a sus familias. Se lo merecen.

OJALA…
IN SALAH…

Es muy posible que todos hayan regresado ya a su país. Ojalá.

 

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