"A Juanjo es mejor no dejarlo solo".

¿A QUE NO SABES DONDE ESTOY?

Han pasado ya unos cuantos años, y no recuerdo por qué no pude acompañarle en ese viaje.

Eran solamente cuatro o cinco días en Roma, para acabar la investigación del libro El Papa Rojo.

Aprovechando ese fin de semana, decidí pasar un par de días en Pamplona.

Estaba tranquila. Esperaba la llamada de todas las noches, y sí, sonó el teléfono.

Lo primero que me dice es: No te preocupes, no pasa nada.

Bueno, escucharle y ponerme a temblar fue todo uno. Cuando no pasa nada malo, es que algo peor está pasando.

En la Plaza de San Pedro.

B.- ¿Qué pasa?

J.J.- ¿A que no sabes donde estoy?

B.-  ¿En un hospital?

J.J.- No, no, tranquila

B.-  Por favor, dime que pasa

J.J.- Es que la policía italiana me ha detenido

B.- Juanjo por favor…

J.J.- Tranquila...

B.-  ¿Cómo voy a estar tranquila?

J.J.- Estoy bien, bien…

B.- ¿Qué has hecho?

J.J.- En cuanto pueda, te lo contaré.

B.- No Juanjo, ahora  por favor…

J.J.- En cuanto pueda te llamo. Un beso.

Así acabó la conversación. Imaginaros mi cara. No sabía qué hacer.

La agencia de viajes cerrada y no recordaba el nombre del hotel. Sólo podía esperar al lado del teléfono.

Pasaban las horas y no había noticias. ¿Estaría en la cárcel?.

Al fin sonó el teléfono, era muy tarde. Estaba medio dormida, al principio no entendía nada.

Lugar en el que fue detenido por la policía italiana.

Lo habían detenido en una de las calles que acceden al Vaticano, delante de las tiendas de souvenirs.  Por lo visto, estaba tomando notas en su cuaderno de campo: matriculas de coches de la policía, horarios de cambios de guardia, entrada de los cardenales en el Vaticano, incluso se había entretenido en cronometrar los semáforos.  La verdad no me extrañaba que sospecharan.

Lo más fuerte es que me dice, tan tranquilo, que lo tenía todo planeado. Que era parte del guión y estaba contento por haberlo conseguido.

Menos mal que nos separaban unos cuantos kilómetros, lo quería estrangular.

Lo llevaron a la comisaría, le interrogaron, y él, tan tranquilo, diciendo que todo era para el guión de su próximo libro.

Por supuesto, no le creyeron, y le invitaron amablemente a que les acompañara a su hotel.

J.J. Benítez el día de su puesta en libertad.

Registraron minuciosamente su habitación y su equipaje. Al no encontrar nada sospechoso regresaron a la comisaría.

Le preguntaron si conocía a algún periodista en Italia. Inmediatamente el primer nombre que le vino a la cabeza: Paloma Gómez Borrero. Esa fue su salvación. Sin su ayuda todo se hubiera complicado.

Paloma confirmó que lo conocía, que era periodista y escritor, y que por supuesto de terrorista no tenía nada.

J.J. Benítez junto a la copia de La Piedad, de Miguel Ángel, en el Vaticano.

Así salió de la comisaría. Objetivo cumplido.

Unos años después regresamos los DOS a Roma, allí me explicó, “in situ”, toda la aventura.

Disfrutaba como un niño…

Blanca en los Museos Vaticanos.

 

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