Talal, el "guía" libio. (Foto: J. J. Benítez.)

LA LIBIA QUE CONOCÍ

La Libia que yo conocí, no tiene nada que ver con lo que estoy viendo ahora. Ahí tuve hace más de diez años mi primer encuentro serio con el desierto.

Cuando alguien me pregunta qué lugar del mundo me gusta, siempre respondo que, por las experiencias que viví y las maravillosas personas que conocí, solo puedo decir el desierto de Libia.

Grabados en la zona de Mattendus. (Foto: J. J. Benítez)

 

Lagos en mitad del desierto. (Foto: J.J. Benítez)

Después de unos días en Trípoli, viajamos hacia la puerta del desierto. Allí nos esperaban dos vehículos todo terreno y el equipo que nos acompañaría en nuestra aventura.

En total éramos siete personas. El guía y chofer era tuareg, para nosotros el “Submarino amarillo”, ya que nunca le vimos sin su turbante amarillo, yo creo que ni se lo quitaba para dormir. Conocía el desierto como la palma de su mano.

Lo que más le gustaba era contar historias delante de una buena hoguera, con un vaso de te caliente en la mano.

El otro chofer era libio y le llamábamos el “Chiquitín”. No le envidiaba en altura a un jugador de baloncesto. Siempre con su turbante blanco, le encantaban los juegos en la arena, era un experto.

Al cocinero le apodamos “Níger” , ya que procedía de ese país. Trabajaba a las órdenes del tuareg y se ocupaba de preparar el fuego y de cocinar. Le gustó  mucho la tortilla de patata que a duras penas pude preparar.

Por último Talal, nuestro acompañante desde Trípoli. Desde que llegamos al aeropuerto nos acompañó en todo momento, yo creo que era policía, no sé si para nuestra protección o para saber qué se nos había perdido en el desierto.

El “Submarino amarillo”. (Foto: J.J. Benítez)

 

Niger, el cocinero, en plena faena. (Foto: J.J. Benítez)

Y así comenzó nuestra búsqueda de pinturas y grabados rupestres.

Recorrimos muchos kilómetros entre mares de arena, subiendo y bajando enormes dunas que cambian de color, dependiendo de la luz cegadora del mediodía a la suavidad del ocre al atardecer.

También recorrimos enormes desiertos de piedra, abrasada por el sol, el lugar más inhóspito y hostil que he visto en mi vida.

Pero las noches compensaban el cansancio del día. Eran noches mágicas.

Para mí, el único lugar del mundo donde verdaderamente te das cuenta de lo que eres, menos que un granito de arena bajo un cielo repleto de miles y miles de estrellas que parece que se van a caer encima.

El “Chiquitín” y Blanca, jugando en la arena de Libia. (Foto: J.J. Benítez)

Es una sensación de paz y felicidad como jamás he sentido en ningún lugar del mundo.

Aunque pasamos momentos difíciles y duros, me compensó la belleza de los cientos de grabados y pinturas que pudimos ver y, sobre todo, lo que aprendí en el día a día con unas personas nobles y amables.

Sé lavarme con arena al amanecer, sé cocer un pan, sé sobrevivir con la comida justa, sé valorar un pequeño sorbo de agua, soporté el calor y el frío.  

Pero lo más importante: conocí a unas buenas personas, libios y tuaregs, amigos para siempre.

Esa es la Libia que yo conocí…

 

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