Blanca en el Gran Canal.

LA MAFIA VENECIANA

Cuando llegamos a Venecia, los primeros días del mes de junio del 2004, los turistas ya inundaban la ciudad.

Queríamos disfrutar de esos cuatro días de alto en el trabajo para visitar museos, exposiciones, y recorrer todos los rincones de esa maravillosa ciudad.

Aprovechamos cada minuto. En uno de esos paseos, recuerdo perfectamente que nos acercamos a ver una exposición sobre las máquinas inventadas por Leonardo da Vinci.

El vaporetto nos dejó en la misma puerta del grandioso palacio. Después de recorrer la exposición, nos dispusimos a regresar al hotel. Nos acercamos hasta la cabina donde debíamos sacar los tickets para cruzar el Gran Canal. Estaba desierta. Y tranquilamente, sin pensarlo, nos subimos al primer barco que apareció. 

Gran Canal y el Vaporetto.

Estábamos en la mitad del trayecto cuando aparecieron dos hombres, vestidos impecablemente, chaquetas azul marino, pantalones grises y corbata roja. Parecían modelos de Armani y en ningún momento pensamos que podían ser los revisores. Pedían los billetes, a los turistas solamente, ya que reconocían inmediatamente a los numerosos ciudadanos italianos. Justo delante nuestro se pararon, exigiendo los billetes a dos turistas ingleses. Nosotros nos miramos y Juanjo me dice: “Tranquila, no pasa nada, les decimos que no había nadie en la taquilla y no pudimos sacarlos”.

Los ingleses no tenían billete y vimos como pagaron 60 € por persona, cuando el precio de cada billete era de 1.50 €. No dijeron ni pío y pagaron. Los siguientes, nosotros. Empieza el lío, y tan lío…

Juanjo les explica todo, con mucha calma y muy tranquilo. Las personas que estaban a nuestro alrededor empiezan a mirarnos. Los revisores sólo repetían: tickets, tickets, una y otra vez. Juanjo les dice que fue imposible sacarlos ya que no había nadie en la taquilla y que, por supuesto, no iba a pagar ninguna multa, como exigían, sino que estaba dispuesto a volver para demostrarles que estaba cerrada.

Aquello se empezaba a complicar por momentos…

Los citados “maniquíes” levantaban la voz cada vez más. Nos piden las identificaciones. Juanjo contesta que él no entrega  ninguna documentación más que a la policía. Mientras, habíamos llegado a nuestra parada y nos cierran el paso, impidiéndonos bajar. Los venecianos que estaban en el barco, encendían más la mecha  diciendo: “Qué cara más dura, no pagar, estos turistas se creen que tienen derecho a todo, etc…” (Por cierto, allí cobran media copa de vino blanco, en una terraza, a 9 €).

Nos dicen los revisores que les tenemos que acompañar a la comisaría, porque nos iban a denunciar. Al llegar allí subimos escoltados por cuatro revisores, ya que en la anterior parada, se habían incorporado dos más para ayudar en el traslado de los “sospechosos”.

Como digo, escoltados como delincuentes, y yo, con la cara como un tomate, entramos en la comisaría.

Plaza de S. Marcos, en Venecia.

Al comisario de turno se le cambió el gesto al vernos. Creo que en una ciudad donde abundan carteristas y demás mafias y sabiendo que en ningún momento nos habíamos negado a pagar el billete, aquello era una broma pesada.

Creo que los susodichos policías estaban más avergonzados que nosotros. El papeleo fue largo y en esas dos horas, nos hicimos casi amigos de los revisores que nos habían llevado hasta allí. Uno de ellos, había estado en España varias veces, de vacaciones, y después de mucha charla, finalmente firmamos las declaraciones, y nos despedimos con un apretón de manos.

La multa no la pagamos, nos fuimos con la denuncia en la mano. Al llegar a España Juanjo escribió una carta de queja a la Embajada italiana y otra al Ayuntamiento de Venecia, no muy suaves, precisamente.

Todo quedó cerrado y archivado y Juanjo se salió con la suya, a pesar de perder toda la tarde en la comisaría.

Cuando le dije que habría sido más sencillo pagar la multa, me contestó:

“¡No pago a la mafia!”

 

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