Blanca en Kenia.

CON LAS MALETAS POR LA SABANA

La verdad es que éste si era un viaje sorpresa.

Juanjo, de vez en cuando, me prepara un regalo con mucho ingenio. Consiste en un viaje solo conocido por él. Durante las semanas, previas al viaje, me da pistas, casi todas falsas. Solo al final, cuando estoy a punto de embarcar, consigo averiguar el destino final. Este es el caso que ahora voy a comentar.

Era otoño y lo normal es que en esta época no saliéramos de viaje, suele ser cuando él está trabajando.

Pero esta era una ocasión especial y sin pensármelo dos veces preparé las maletas para, en principio, visitar Roma sin saber muy bien cual era el destino final.

Él disfruta como un niño haciéndome sufrir y, en el fondo, a mí me gustan esas sorpresas.

Como podéis imaginar, el interrogatorio, por mi parte, empezaba con el desayuno, hasta la cena. Después de mucho insistir me dijo que en Londres podría saber a qué lugar íbamos, pero que aún había más sorpresas.

Antes del percance.

Pues bueno, algo conseguí saber: que después de Roma venía Londres.

Las maletas eran un desastre, ropa de verano, otoño y, por si acaso, algo de invierno, que lío.

Se apiadó de mí y, con un comentario como el que no quiere la cosa, me dice: unas buenas botas de montaña no irían mal. Vale. Comprendido.

Por fin Londres. En unos momentos el misterio se acabaría.

Delante de la puerta de embarque lo supe: Kenia.

Soy previsora. Estábamos medianamente equipados. Por fin aterrizamos en Nairobi.

Todo estaba perfectamente organizado. Nos esperaba un chófer.

             

Blanca con un guerrero masai.                                              Blanca, con el guía "suicida".

Teníamos como compañeros de aventura a dos matrimonios: una pareja de españoles y un matrimonio de Costa Rica.

Aún con la sorpresa, me vi en un todoterreno camino de las míticas reservas de los Masais. Era emocionante.

El chófer era un keniata de mediana edad, muy amable y siempre sonriente. El problema es que no hablaba una sola palabra de español y solo un poco de inglés. En suma, que nos entendíamos por señas.

Teníamos previsto visitar ese maravilloso país, sus parques naturales, las reservas con todos sus animales; en fin, un gran viaje.

La época de lluvias estaba acabando y se suponía que las pistas estaban transitables. Así y todo tuvimos varios contratiempos con el viejo toyota. Sobre la marcha pudimos solucionarlo, gracias a nuestro compañero de viaje costarricense, un ingeniero experto en motores.

Camino de nuestro último destino, un lodge a los pies del Kilimanjaro, en una mañana de sol y con la gran sabana por delante, a nuestro chófer, ya gran amigo, le entraron ganas de emular a los pilotos del Lisboa – Dakar y empezó la gran carrera.

Dejamos las rodadas de las pistas y nos adentramos en la sabana. Después nos dimos cuenta que, en esa temporada, la tierra estaba aún muy encharcada y era peligroso no seguir las huellas de otros vehículos. Y caímos en la trampa. En unos de los saltos, el vehículo cayó en un cenagal. El fango tapaba parte de las ruedas.

Fue inútil. El "4x4" estaba atascado en el cenagal.

Quedamos atrapados. Al principio me pareció hasta gracioso. Qué aventura... Solos en medio de la sabana y con agua hasta las rodillas.

Intentamos por todos los medios sacar al pesado coche del barro, con palos, piedras y sacando todo lo que pudimos del interior. Fue inútil. No había forma de salir de aquel barrizal.

No teníamos forma de comunicarnos con nadie, y solo podíamos esperar a que pasara algún grupo de turistas camino de la reserva.

Las horas iban pasando y, a cada intento, el vehículo se hundía más y más. El calor era agobiante y no había manera de buscar una sombra. Y allí estábamos, sentados sobre las maletas, sin comida ni agua.

Lo supe después. El lugar estaba infectado de escorpiones y víboras de las especies más  venenosas. Solo de pensarlo, a pesar de haber pasado tantos años, me dan escalofríos. Nosotros, inocentes, recogiendo piedras y arbustos sin saber lo que allí se escondía.

Por la sabana y con las maletas, una imagen poco habitual.

Así estábamos cuando, en el horizonte, vimos aparecer unas siluetas. Según se acercaban pudimos distinguir algunos animales, eran vacas que venían con sus pastores, niños masais envueltos en túnicas rojas. Bueno, por lo menos teníamos visita.

Se acercaron corriendo y, al vernos, empezaron a reírse y no era para menos. Seis blancos agotados en medio de la sabana, vaya  espectáculo. Nos ayudaron todo lo que pudieron, pero nada. Al final decidimos esperar, y  nos sentamos con nuestros pequeños amigos. Eran  seis chicos de entre diez y quince años que cuidaban las vacas de un poblado. Por lo visto estaba bastante lejos del lugar donde nos encontrábamos. Para ellos todo era nuevo, las cámaras de fotos, los prismáticos, los relojes. Por cierto, con los prismáticos más de uno se llevó un gran susto, porque se los puso al revés y al ver a la vaca tan cerca no podía salir de su asombro.

Niños masai curiosean alrededor de Juanjo. Les intriga su cuaderno de campo.

Mientras estábamos con los niños, el tiempo paso más rápido, pero ya llevábamos más de cinco horas y empezamos a preocuparnos de verdad. Nuestra esperanza era que en el lodge se dieran cuenta de nuestra tardanza y salieran a buscarnos.

Al fin apareció una columna de polvo en la lejanía. Estábamos salvados. Nos venían a buscar.

Pero, como se dice, “nuestro gozo en un pozo“ : era un grupo de franceses que iba a dormir al lodge. El todoterreno estaba completo y no tenían cables para intentar sacarnos de aquel lodazal. Lo único que podían hacer por nosotros era dar el aviso, para que nos rescataran. Así que con una botella de agua para todos, nos quedamos esperando a nuestros salvadores.

Los masais se despidieron. Ya estaba oscureciendo y tenían que regresar a su poblado.

No recuerdo la hora en que vimos las luces de los faros, pero hacía tiempo que las estrellas brillaban. Eran empleados del lodge.

Al llegar al campamento se distinguía la maravillosa silueta del Kilimanjaro. Estaba amaneciendo.

Nos esperaba una nueva aventura...

 

 

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