NO TE FÍES DE LOS MAPACHES

Es un hotel muy especial, por eso nos lo recomendaron. Un lugar alejado y tranquilo en una pequeña montaña, donde podíamos descansar, totalmente incomunicados del mundo. Ni televisión, ni periódicos. Solamente naturaleza y paz, mucha paz.

Quedan muy pocos sitios así en el mundo, y en Costa Rica aún se pueden encontrar.

No nos defraudó, era como el paraíso. En lo más alto se encontraba la recepción, y en la ladera, con unas vistas impresionantes del mar se podían ver unos pequeños techos blancos entre la espesa vegetación. Eran los bungalows donde íbamos a tener la suerte de alojarnos.

Todo era perfecto, el clima, la tranquilidad, el mar y el exuberante paisaje, no se podía pedir más.

 

 



Teníamos una playa privada a nuestra disposición, en la que, por cierto, éramos los únicos visitantes.

La amabilidad y la atención del personal era increíble. Nunca faltaban las flores, o la fruta, en nuestra cabaña.

Recuerdo haber comido la mejor langosta de mi vida, pero por las mañanas nos gustaba desayunar en la pequeña terraza, rodeada de una increíble vegetación y oyendo cantar a cientos de pajáros.

Estando en un lugar así, te imaginas la cantidad de animales que pueden vivir a tu alrededor, pero nunca esperé tener una visita tan especial.

Esa mañana, después del desayuno, decidí quedarme a leer, y cual no sería mi sorpresa cuando, al levantar la vista encuentro que un mapache, y no pequeñito, se me estaba acercando y no dejaba de mirarme. El grito que di se oyó en San José.

 



Juanjo salió disparado de la ducha y, al ver al invitado, solo se le ocurrió tomar la cámara de fotos, e inmortalizar el momento.

Por lo visto, el amiguito estaba acostumbrado a desayunar la fruta que sobraba y ni siquiera se inmutó, por lo que decidí compartir los restos del desayuno con él.

Me hubiera imaginado la visita del algún mono o, incluso, la de alguna enorme culebra, pero no la de un descarado mapache con antifaz al que le gustan las fresas.

Cuando vas a un lugar en el que puedes tener visitas inesperadas deberían avisar. Está bien pasar unos días en plena naturaleza, pero sin sustos…

 

 

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