Calle Obispo, en La Habana. Revolución, sí, y corrupción también.

PATRIMONIO CULTURAL DE LA NACIÓN

Acabo de regresar de un viaje a La Habana. Esta vez acompañada por dos amigas. La Habana me gustó mucho y sus gentes más. Amables, cariñosas y siempre respetuosas, se nos acercaban para preguntarnos de donde éramos y si teníamos alguna barra de labios o cualquier chuchería para regalar.

La Habana Vieja tiene “sabor”.

Así, callejeando, y por unas tristes circunstancias que quizás algún día contaré, aparecimos delante de una pequeña tiendecita de recuerdos alejada de la zona turística  y “comercial”.

Yo estaba buscando libros y fotos del “Che” para regalarle a Juanjo, y mira por donde me paro delante de la pequeña puerta del local y justo al fondo me encuentro con un cuadro que parecía estar esperándome. Era un retrato de considerables dimensiones del famoso “Che”.

Así que entré, pregunte el precio, me pareció razonable y la amable dependienta lo descolgó y comenzó a quitar con un viejo cuchillo las oxidadas grapas.

Tenían colgados varios cuadros y mientras esperaba me fije en otro lienzo que estaba casi oculto en un lateral . Era La Habana, en azules, mi color favorito. Pensé que yo también  merecía un regalo y después de un corto regateo, empezó con la tarea del segundo lienzo. No estaban firmados y lo único que pude saber  es que el pintor era un hombre.

Los cuadros de la discordia. (Foto: Blanca)

Ya estaban los dos enrollados y protegidos con el famoso periódico Granma para hacer un largo viaje.

Que bien, estaba muy contenta con la compra, a Juanjo le iba a gustar y mi Habana azul era un buen recuerdo de Cuba.

No podía imaginar lo que vendría después.

Ya a la entrada al barco, al pasar el control de policía, los abrieron y los miraron con “lupa” pero no me pusieron ninguna traba.

A la hora de hacer las maletas me dio mucha pena doblarlos, así que decidí llevarlos en la mano, bien protegidos.

Ya en el aeropuerto pasamos los controles de seguridad y con gran sorpresa me dicen que tengo que ir a una mesa donde se encontraba una señorita para enseñar las pinturas.

Después de esperar unos minutos nos damos cuenta que hay problemas con las pinturas.

Por lo visto se necesitaba un permiso.

No tenía ni idea. Ya delante de la autoridad y después de abrir lo que tanto me había costado empaquetar, empezamos con el formulismo. Dónde los había comprado, a quién, como, etc, etc., que si no sabía que tenía que haber pagado un impuesto, que necesitaba un documento sellado por EL PATRIMONIO CULTURAL DE LA NACIÓN porque lo que sacaba del país era PATRIMONIO CULTURAL DE CUBA, que las telas no estaban selladas por el gobierno y eso era casi un delito.

Cuadro del “Che” y el sello de “Revisado”. (Foto: Blanca)

Cuando le respondo que no sé ni siquiera quien es el autor y que mirara bien las telas, estaban con óxido y muy dañadas, me responde que no entiendo nada de nada y vuelta a empezar. Que si no sé, que sólo se puede sacar del país unos cigarros, que si una botella de ron, que si las leyes, que si el PATRIMONIO CULTURAL.

Ya me estaba enfadando y por consejo de Adela y Rosa, mis amigas, después de decirle unas cuantas veces que me sentía estafada, porque si los hubiera metido en la maleta no hubiera tenido tantos problemas, decidí aceptar el chantaje.

Al final  todo era un problema de dinero. Tenía que pagar 14 CUC (moneda que usan exclusivamente los turistas para sus compras en Cuba) .

No se porqué me quedé con 8 CUC, aún sabiendo que no servían para nada y un par de euros sueltos.

Los 14 CUC  era imposible conseguirlos, así que el impuesto por los sellos de salida se rebajaron a 8 CUC y dos euros.

Ya con los sellos puestos, y sin recibo alguno, pude recoger mis telas y presentarme en la puerta de embarque.

Llevaba en mi poder un poquito del PATRIMONIO CULTURAL DE LA NACIÓN del cual me siento muy orgullosa…

“La Habana azul” y el sello que autoriza a sacar patrimonio cultural. (Foto: Blanca)

 

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