Los MOTU, desde la isla de Pascua (Foto: J.J. Benítez)

SOLA EN EL PACIFICO

No sé si alguno de vosotros se ha encontrado en medio del Océano Pacífico, sola con un desconocido.

Pues yo sí.

Ocurrió en la Isla de Pascua.

Cercanos a la isla hay un par de islotes llamados Motu Nui y Motu Iti. Son dos lugares sagrados en la historia de los rapa nui. Ahí se decidía, cada siete años, quién gobernaba la  pequeña isla. Según la historia, jóvenes rapa nui de las dos etnias, los orejas largas y los orejas cortas, tenían que llegar al islote y recoger el primer huevo de gaviota y regresar a la isla con él, intacto. El primero que lo conseguía, su tribu gobernaba durante siete años. Por lo tanto eran unos lugares muy especiales.

Sabíamos que en el lugar existen grabados en piedras y, ni cortos ni perezosos, nos aventuramos en la travesía. Queríamos investigarlos.

Blanca, una esposa verdaderamente en apuros. (Foto: J.J. Benítez)

Los pescadores son buenos marineros y no pusieron ningún reparo en acercarnos hasta el lugar. Lo que sí nos advirtieron es que el desembarco no era fácil.

Yo soy valiente, pero ese día no estaba preparada para dar un salto de unos cuantos metros, sin saber si caería al mar o sobre unas afiladas rocas.

Juanjo intentó convencerme, pero el oleaje me decía que no.

Blanca se aproxima al islote, el MOTU NUI. No sabe lo que le espera... (Foto: J.J. Benítez)

 

"Me parece que no salto" (Foto: J.J. Benítez)

Lo más fuerte llegó después. Cuando Juanjo estaba dispuesto a saltar, el patrón le dijo que, hasta la nueva subida de la marea, no lo podía recoger. Era peligroso acercarse a las enormes rocas.

Casi decidí lanzarme, pero el pánico era mayor. Así me vi en medio del océano Pacifico con un desconocido. Juanjo, mirando cómo nos alejábamos. Y yo pidiendo socorro con los ojos.¡Qué hago yo durante estas horas!

El pescador iba a lo suyo y, claro, qué iba a hacer, pues aprovechar el tiempo y empezó a preparar sus aparejos. Yo me coloqué en proa, lo más lejos que pude. No le  quitaba ojo de encima. Sacó una especie de pulpos de colores, los enganchó en un gran anzuelo y allí empezó la aventura.

Aquella pequeña lancha, más que navegar, volaba y en pocos minutos estábamos en mar abierta. El oleaje era considerable. Yo, agarrándome a donde podía. Aquello duraría horas. Había momentos en que no veía la costa, y mi cabeza empezó a trabajar.

Hay que aprovechar que la lancha se empareje con la roca... (Foto: J.J. Benítez)

 

Blanca, sola en la inmensidad del Pacífico. (Foto: J.J. Benítez)

Mi angustia iba en aumento, tenía frío y no me atrevía a decirle que regresáramos a la costa. Dábamos vueltas y más vueltas y, por lo visto, no mordía el anzuelo ni una pobre anchoa, por lo menos para darme un respiro.

A mí me pasa que, cuanto más nerviosa estoy, más hablo, pero en esa situación era imposible. El lenguaje era por señas, yo miraba el reloj, luego al señor y así cada cinco minutos, pero no funcionaba, no se enteraba.

Mi cabeza seguía trabajando, ¿y si no regresa a buscar a Juanjo? ¿ y si me hace algo?. Aquí nadie me puede ayudar, por mucho que grite.

Ya no podía aguantar más. Me puse de pie como pude y le dije que parara, que quería regresar al motu, aunque faltara tiempo para recoger a mi marido, porque estaba preocupada por él. Creo que me vio tan pálida que no puso ninguna pega. Despacito nos fuimos acercando al islote. Allí esperaríamos.

Se apellidaba MORGAN, como el pirata... (Foto: J.J. Benítez)

Me sentía más segura. Entonces empezamos a conversar. Su apellido era Morgan y era descendiente del famoso pirata que “visitó” la isla de Pascua en el pasado.

Resultó ser un hombre simpático y agradable. El tiempo pasó rápido, la marea subió, recogimos a Juanjo y emprendimos el regreso a la isla.

Pasé un mal trago. Muchas veces nos falta confianza en las personas...

Ese día aprendí cómo se pesca  al “currican”.

ALGO ES ALGO

De regreso a la isla, con un rapanui. (Foto: J.J. Benítez)

 

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