J.J. BENÍTEZ

CABALLO DE TROYA 2. MASADA.

J. J. Benítez. 1986. Editorial Planeta. 15x23 cm. Tapa dura. 560 páginas.

NUEVA EDICIÓN REVISADA POR EL AUTOR

 Si en Jerusalén. Caballo de Troya 1 se afirmaba que los evangelistas no habían contado la verdad sobre el Nazareno, en esta nueva obra vuelve a demostrarse. Y J. J. Benítez lo hace en otros dos oscuros y fascinantes capítulos de la vida de Cristo: sus apariciones después de muerto y su infancia. Conozca cómo se preparó este segundo «traslado» a la Palestina del año 30. Sepa también «algo» que el mundo ha ignorado: el diabólico plan ruso-norteamericano Rapto de Europa. En cuanto a los descubrimientos de Jasón en esta segunda «exploración», he aquí algunos de los que desvela Masada. Caballo de Troya 2: sabía usted, por ejemplo, que en la llamada «última cena» muchas de las palabras del Galileo fueron manipuladas e ignoradas por los sucesores de san Pedro? Sabía que las apariciones del Maestro después de su resurrección fueron más numerosas que las relatadas por los Evangelios? Imaginaba usted que María, la madre del Hijo del Hombre, habría sido calificada hoy como «nacionalista»?...

Fragmento del libro, Caballo de Troya 2 Masada:

El diario
(SÉGUNDA PARTE)
5 horas y 43 minutos.

Sesenta segundos después del despegue, el ordenador central -nuestro querido Santa Claus- respondió con su habitual eficacia y minuciosidad, estabilizando la “cuna” en la cota prevista (800 pies) para el inmediato y delicado proceso de “inversión de masa” de la nave que debería trasladarnos a nuestro tiempo: al siglo XX. Más exactamente, al 12 de febrero de 1973.

Eliseo y yo cruzamos una significativa mirada. Absorbidos en los preparativos para el despegue, mi hermano en aquel primer “gran viaje” y quien escribe, apenas si habíamos tenido ocasión de comentar mis últimas y desgarradoras experiencias al pie de la cruz y en las tensas horas que precedieron al amanecer del domingo, 9 de abril del año 30. Cuando, al fin, hacia las 04 horas abordé el módulo, mi rostro debía ser tan elocuente que Eliseo se mantuvo en un respetuoso y prolongado silencio. Y una vez más me sentí aliviado y agradecido por su exquisita delicadeza.

Recuerdo que, mientras procedía a desembarazarme de las sudadas y ya malolientes ropas que me habían ayudado en mi papel como mercader griego, mi compañero, por propia iniciativa, puso en marcha la grabación registrada durante la llamada “última cena”. (Como ya indiqué en otro momento del presente diario, yo no había tenido ocasión de escucharla.) Y en silencio, hasta las 05 horas, ambos nos dejamos arrastrar por la voz del rabí de Galilea: dulce, firme y majestuosa. Conociendo, como conocíamos, toda la dimensión de la tragedia que acababa de producirse, los consejos y recomendación de Jesús a sus íntimos aparecieron ante mí con una fuerza y luminosidad indescriptibles. Como creo haber insinuado ya anteriormente, excepción hecha de Juan, el Evangelista, el resto de los escritores sagrados no acertaría a transcribir con fidelidad ni los hechos ni el sentido de aquella memorable cena de despedida. Pero debo dominarme. Es necesario que sepa controlar mis emociones y el caudal de sucesos que se agolpa en mi cerebro y, en beneficio de una mayor claridad, proseguir mi relato bajo el más estricto orden cronológico. Espero que aquellos que lleguen a leer mi legado sepan comprender y perdonar mis continuas debilidades y torpezas...

A partir de las 05 horas -a 42 minutos del alba-, Eliseo y yo, enfundados en los reglamentarios trajes espaciales, nos entregamos en cuerpo y alma a una exhaustiva revisión de los equipos, prestando una especialísima atención a la fase crítica de despegue. Aunque, como ya señalé en su momento, los técnicos del proyecto habían programado el mencionado despegue, posterior “estacionario” de la nave y retorno de los ejes del tiempo de los swivels de forma automática, una punzante y lógica duda nos mantenía en tensión. ¿Y si fallaba cualquiera de las delicadas maniobras ya citadas? ¿Qué sería de nosotros?

Probablemente fue esta temporal pero creciente excitación la que me rescató en aquellos momentos de la profunda angustia que había anidado en mi corazón a raíz de los once y agitados días que había vivido en aquel Israel del año 30. Una angustia -lo adelanto ya- que me marcaría para siempre... 05 horas y 41 minutos...

El computador central, de acuerdo con lo programado, accionó electrónicamente el dispositivo de incandescencia de la “membrana” exterior de la nave, eliminando así cualquier germen vivo que hubiera podido adherirse al blindaje de la “cuna”. Esta precaución -como ya expliqué- resultaba vital para evitar la posterior inversión tridimensional de los referidos gérmenes en uno u otro “tiempo” o marco tridimensional. Las consecuencias de un involuntario “ingreso” de tales organismos en “otro mundo” podrían haber sido nefastas.

05 horas... 41 minutos... 30 segundos.

Mi compañero y yo -pendientes de Santa Claus- captamos la rápida aceleración de nuestras respectivas frecuencias cardiacas. 120 pulsaciones!... - 130!... Estábamos a 15 segundos de la ignición.

05 horas... 42 minutos.

Oh, Dios mío!

Nuestras frecuencias cardíacas alcanzaron el umbral de las 150 pulsaciones.

El motor principal no respondía...

05 horas... 42 minutos... 3 segundos.

¡Vamos!... ¡Vamos! ¡Estamos listos!

Eliseo y yo, con la voz quebrada, empezamos a animar al perezoso J85. Fueron los segundos más largos y dramáticos de aquella última fase de la operación.

05 horas... 42 minutos... 6 segundos.

Una vibración familiar sacudió el módulo, al tiempo que mi hermano y yo conteníamos la respiración. Al fin, la turbina a chorro CF-200-2V fue activada, elevando la nave con un empuje de 1 585 kilos.

05 horas... 43 minutos...

Sesenta y seis segundos después del despegue, una vez alcanzados los 800 pies de altitud, los cohetes auxiliares, también de peróxido de hidrógeno y con 500 libras de empuje máximo cada uno, estabilizaron el módulo, controlando su posición.

Aunque la primera fase del retorno -amén de los seis angustiosos segundos de retraso en la ignición del motor principal- se había consumado sin mayores dificultades, Eliseo y yo observamos con cierta preocupación que los niveles de los tanques de combustible fijaban el “tiempo máximo de funcionamiento”, a partir del inicio de “estacionario”, en 910 segundos.

Era preciso actuar con suma diligencia.

Y Santa Claus, “consciente”, como nosotros, de la peligrosa escasez de nuestras reservas de peróxido de hidrógeno, no se demoró en la ejecución de la siguiente y no menos delicada operación.

A las 05 horas y 45 minutos de aquel 9 de abril del año 30, cuando el limbo superior del sol asomaba ya por detrás de los cenicientos riscos de Moab, en la costa oriental del mar Muerto, nuestro fiel ordenador central, que seguía manteniendo la incandescencia de la “membrana” exterior, accionó el sistema de inversión axial de las partículas subatómicas de la totalidad de la “cuna”, haciendo retroceder los ejes del tiempo de los swivels a los ángulos previamente establecidos por los hombres de Caballo de Troya, correspondientes a las 07 horas del 12 de febrero de 1973. En total, un “salto” de 709 612 días, 1 hora y 15 minutos. Es de suponer que, como sucediera en la noche de aquel histórico 30 de enero de 1973, fecha del inicio de nuestro primer “viaje” en el tiempo, una fortísima explosión se dejara sentir sobre la cumbre del monte de las Aceitunas en el instante mismo de la inversión de masa. Pero, obviamente, en esta ocasión no hubo forma de confirmarlo.

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