J.J. BENÍTEZ

CABALLO DE TROYA 4. NAZARET.

J. J. Benítez. 1989. Editorial Planeta. 15x23 cm. Tapa dura. 451 páginas.

NUEVA EDICIÓN REVISADA POR EL AUTOR

 Sólo la prodigiosa audacia de J. J. Benítez podía materializar un libro como el que usted tiene en las manos. Hasta estos momentos, ningún otro autor en el mundo se ha atrevido con el faraónico proyecto de descubrir -paso a paso y con un rigor histórico-científico más propio de una tesis doctoral que de una novela- la vida de Jesús. Nazaret. Caballo de Troya 4 abarca los llamados "años ocultos" del Maestro. No existe, hasta hoy, obra alguna que dibuje la aldea de Nazaret y sus gentes como el presente documento. En una sucesión de peripecias -más cercanas al cine que a la literatura-, el mayor de la USAF que investiga la encarnación de Jesucristo en la Tierra reconstruye una de las más oscuras y fascinantes etapas del que fue carpintero, jefe de un almacén de aprovisionamiento de caravanas, maestro, forjador e impenitente viajero. Todo un período -de los catorce a los veintiséis años- decisivo para comprender en su justa medida la experiencia humana del Hijo de Dios. Un trascendental capítulo, ignorado por los evangelistas, que no le dejará indiferente. Y una recomendación. Por su propio bien, haga un esfuerzo y sea fiel al hilo de la narración. Por nada del mundo se adelante a leer el final.

Fragmento del libro, Caballo de Troya 4 Nazaret:

El diario
(CUARTA PARTE)

Debí suponerlo. Después de casi nueve horas de intenso y accidentado viaje, aquel respiro no era normal. Y al pisar el polvoriento sendero que se empinaba hacia la blanca y próxima Caná, el optimismo de los peregrinos se hizo humo, perdiéndose en el borrascoso y amenazante cielo de aquel lunes, 24 de abril del año 30. Y surgió la tragedia. Y quien esto escribe se vio enfrentado a otro amargo trance...

Con toda seguridad, nada de aquello habría acontecido si el confiado Bartolomé, en lugar de detener su desigual paso, hubiera proseguido hacia la ya inminente y ansiada aldea, punto final de su viaje. Pero, ¿quién tiene en su mano modificar los designios de la Providencia?

Días más tarde, al retornar al módulo y someter el minúsculo disco magnético alojado en la sandalia «electrónica» al proceso de lectura y decodificación, Santa Claus, nuestro ordenador central, ratificó con escrupulosa minuciosidad el lugar exacto donde se registró el lamentable incidente: a 19 kilómetros y 500 metros del lago de Tiberíades.

En dicho paraje, a la vista de su ciudad natal, Bartolomé (Natanael), en una muy humana y comprensible explosión de júbilo, detuvo sus cortas e inseguras zancadas. Alzó los brazos y, al caer sobre los hombros, las amplias mangas de su túnica dejaron al descubierto unas extremidades tan menguadas como velludas y musculosas. Y girando sobre los talones nos sorprendió con una de sus inconfundibles sonrisas: franca, interminable y enturbiada por una dentadura negra y ulcerada.

Juan Zebedeo, la Señora y este explorador agradecieron la inesperada pausa. Y Bartolomé, encarándose a los cielos, clamó con gran voz:

-Las puertas se revuelven en sus quicios..., así el perezoso en su cama..., y tú, Caná, sobre la dorada abundancia..., pero te amo.

Conforme fui penetrando en la vida de aquellos hombres -los llamados «íntimos » de Jesús-, mi sorpresa creció sin medida. Natanael era el ejemplo más cercano. Culto, filósofo y con un singular sentido del humor, acababa de hacer suyo un símil didáctico del libro de los Proverbios, redondeándolo sin pudor. Pero no debo desviarme...

Quizá fueran ya las cuatro de la tarde. El caso es que María, la madre de Jesús, aprovechando el breve descanso, fue a depositar el reducido hato de viaje sobre las puntas de sus polvorientas sandalias de cuero de camello. Y advirtiendo la proximidad de Caná, en un gesto típicamente femenino, procedió a ordenar y alisar sus generosos, negros y discretamente nevados cabellos. Dejó escapar un largo suspiro y, por casualidad, el verde hierba de sus hermosos ojos almendrados fue a descubrir algo entre el manso y dorado oleaje de los trigales, a la izquierda de la senda que nos conducía. No dudó. Y tampoco preguntó. Aquél era su estilo: decidido y, en ocasiones, peligrosamente irreflexivo. Esta forma de ser de la Señora había constituido un casi permanente manantial de conflictos. Su Hijo primogénito, entre otros, como espero ir narrando, fue testigo de excepción de cuanto afirmo.

Al principio, ni el complacido Zebedeo ni el eufórico Bartolomé prestaron excesiva atención al súbito alejamiento de María. Pero este explorador, atento siempre, casi en perpetua tensión, fascinado por cada palabra o movimiento de aquellos personajes, la siguió con la mirada, intrigado. Con su nervioso caminar, la Señora se situó en la linde del trigal. Y durante algunos segundos permaneció absorta en un cimbreante corro de flores, nacido al socaire de las altas y prometedoras espigas de trigo duro. Acto seguido, segura de su descubrimiento, se dejó caer lenta y suavemente, hasta que las rodillas tocaron la roja arcilla. Y con destreza, su mano izquierda fue arrancando unos primeros manojos de flores. Los aproximó al rostro y, entornando los ojos, aspiró profundamente. ¡Cuán ajenos estábamos a lo inminente de la tragedia!

Y en un generoso deseo de compartir su hallazgo nos mostró el cuajado ramillete de flores blancas.

-¡Son lirios! -exclamó alborozada.

Su alegría estaba justificada. Este tipo de flor silvestre -shoshan, según los textos bíblicos-, que crece en la Galilea y en el monte Carmelo, simbolizaba la belleza. En aquel tiempo, esta delicada y aromática flor era asociada a la buena suerte y a unas muy especiales cualidades espirituales. El Libro de los Reyes (7, 19-26), el Cantar de los Cantares (2, 1-2) e Isaías (35, 1-2), entre otros, la mencionan y enaltecen. El propio Jesús habló de su especial significación. En esta ocasión, sin embargo, el descubrimiento del liliumcandidum no fue presagio de buena fortuna. Todo lo contrario.

Una sonrisa fue la amable respuesta del Zebedeo al tierno comentario de María. Pero siguió a mi lado. En cuanto a mí, tentado estuve de salvar los tres o cuatro metros que nos separaban de la Señora y colaborar en la recogida de los lirios. Sin embargo, Bartolomé, como si hubiera adivinado mis intenciones, tomó la iniciativa precipitándose hacia el trigal. Se liberó del engorroso manto o chaluk y, feliz como un niño, fue a inclinarse sobre las flores, apresando, no sólo los lirios, sino también las moradas y azules anémonas, así como los abundantes y escarlatas ranúnculos que crecían parejos. Ahora tiemblo al imaginar lo que podría haber sucedido si me hubiera adelantado al romántico Natanael...

© www.jjbenitez.com