J.J. BENÍTEZ

CABALLO DE TROYA 5. CESAREA.

J. J. Benítez. 1996. Editorial Planeta. 15x23 cm. Tapa dura. 440 páginas.

NUEVA EDICIÓN REVISADA POR EL AUTOR

 De la mano del mayor norteamericano, el lector soñará, cabalgará por la Palestina del año 30, sufrirá, se emocionará... Descubrirá, por ejemplo, entre más de dos mil datos, la verdadera personalidad de algunos de los personajes que rodearon a Jesús de Nazaret. ¿Imaginó que Poncio Pilato fue en realidad un demente? Cesarea. Caballo de Troya 5, un relato vibrante, meticuloso y concienzudo, le abrirá las puertas de un mundo silenciado por los evangelistas. Sea creyente o no, de algo puede estar seguro: este libro le marcará para siempre. Y un consejo: no se alarme cuando alcance el final. J. J. Benítez es así...

Fragmento del libro, Caballo de Troya 5 Cesarea:

El diario
(QUINTA PARTE)

«-¡Enterrados!...

David, el anciano sirviente, comprendió lo inútil de sus gritos y lamentos.Ismael, el saduceo -implacable y sin entrañas-, había ejecutado parte de su diabólico plan.

-¡Enterrados vivos! -gimió mi acompañante, dejándose caer sobre los peldaños qué conducían a la gruta. Y este torpe explorador, con las palmas de las manos fundidas a la áspera muela que acababa de ser removida por el sacerdote, se quedó en blanco.

Por primera vez en aquella intensa odisea por las tierras de Palestina un terror desconocido me paralizó. ¿Qué fue lo que me doblegó? Ni siquiera ahora, al ordenar los recuerdos, consigo despejarlo. Quizá fuera el pavor del criado -más consciente que yo de la crítica situación- lo que me contagió.

Quizá también -y no fue poco- el dramático hecho de hallarme desarmado y sin la menor posibilidad de recurrir a la vital «vara de Moisés». A buen seguro, los dispositivos de defensa me habrían ahorrado los angustiosos instantes que se avecinaban.

¿Cuánto tiempo transcurrió? Imposible calcularlo. Una y otra vez, la escasa lucidez de quien esto escribe bregó por ponerse en pie. Finalmente la vi apagarse, desapareciendo. Hoy creo intuir lo ocurrido. Y me estremezco.

Habíamos sido entrenados para casi todo, menos para un ataque de ansiedad aguda. Porque de eso se trataba. Aquella súbita y demoledora emoción -aquel pánico- anuló todo resto de pensamiento racional. Y la Operación -¡Dios santo!- se tambaleó en el filo de un precipicio.

Petrificado frente a la roca, ajeno al convulsivo llanto de David, en uno de los escasos destellos de cordura, comprobé con desolación cómo la fuerza muscular no respondía. Y fui presa de una debilidad motora generalizada. El vértigo no se hizo esperar. Traté de aferrarme a la piedra. Pero las manos temblaron, incapaces de obedecer. Y un sudor denso precedió a la inevitable taquicardia. Creí morir. Un punzante dolor precordial fue el último aviso.

Y en mitad de la negrura los pulmones fallaron y el organismo entró en un peligroso proceso de alcalosis respiratoria secundaria.

No recuerdo mucho más. Debí derrumbarme, cayendo de espaldas sobre el rugoso pavimento calcáreo.. Fue lo mejor que pudo ocurrirme.

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