J.J. BENÍTEZ

CABALLO DE TROYA 7. NAHUM.

J. J. Benítez. Octubre 2005. Editorial Planeta. 15x23 cm. Tapa dura. 496 páginas.

NUEVA EDICIÓN REVISADA POR EL AUTOR

  Nahum -La ciudad de Jesús- abre una nueva etapa en la serie "Caballo de Troya". En esta séptima entrega del mayor norteamericano que viajó a la Palestina del siglo I todo cambia. Descubrir la trama no es aconsejable. Usted, probablemente, no dará crédito a lo que lea en sus páginas. Quizá tengo razón, pero no olvide que la verdad supera siempre a la ficción. Sí, podemos asegurarle que si se decide a leer Nahum, sus certezas religiosas saltarán por los aires, afortunadamente. Nada de lo que se considera oficial y ortodoxo guarda relación con lo escrito en "Caballo de Troya". Dicho queda.

Fragmento del libro, Caballo de Troya 7 Nahum:

El diario
(SÉPTIMA PARTE)
17 DE SEPTIEMBRE, LUNES (AÑO 25)

Aquel amanecer se presentó extraño; hermoso e incierto al mismo tiempo. Los relojes de la «cuna» marcaron el orto solar a las 5 horas, 16 minutos y 6 segundos.

Una espesa niebla ocultaba la cumbre principal del Hermón. Lenta, sin prisas, rodaba pendiente abajo, devorando los bosques de cedros. No tardaría mucho en alcanzar también la explanada en la que se levantaba nuestro campamento. El sol, naranja, se anunciaba ya entre los blancos y largos jirones de la inesperada niebla.

La tienda de pieles del Maestro aparecía recogida y dispuesta para el transporte. Y junto a ella, el saco de viaje de Jesús de Nazaret.

Eliseo tampoco se encontraba en el campamento. Supuse que ambos podrían hallarse en la «piscina», en la zona de las cascadas.

Y digo que aquel lunes, 17 de septiembre del año 25 de nuestra era, se presentaba incierto porque, para estos exploradores, todo era nuevo. Nada sabíamos de los planes del Maestro. El Destino quiso que diéramos con Él cuatro semanas antes y que tuviéramos la fortuna de ser testigos de un suceso del que no hay constancia y para el que, sinceramente, no tengo explicación: el proceso (?) de recuperación (?) o materialización (?) de la naturaleza divina. Desde el punto de vista de la comprensión humana, al menos desde mi corto conocimiento, ese cambio (?) resulta difícil de entender, aceptando que se tratara de un cambio. Sea como fuere, lo que contaba es que aquel Hombre, a partir de agosto del año 25, se transformó en un ser muy especial (más todavía). Para quien esto escribe, la definición más aproximada sería «Hombre-Dios», tal y como he manifestado en otras páginas de este apresurado diario. Es decir, un Hombre con un poder que nada tenía que ver con la mísera naturaleza humana. Algo nunca visto en la historia del mundo.

Éste era nuestro amigo y ésta, la nueva misión: seguirlo día y noche y dar testimonio de cuanto viéramos y oyéramos.

Me apresuré a desmontar la tienda y revisé los petates. Sospechábamos que Jesús regresaría al yam (mar de Tiberíades), aunque, como digo, ignorábamos sus planes. Las noticias proporcionadas por el Zebedeo padre terminaban ahí: «En el mes de tisri (septiembre-octubre), el Maestro descendió del Hermón...». ¿Se trasladaría a Saidan, al viejo caserón de los Zebedeo, a orillas del lago? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Se aproximaría al yam por la ruta acostumbrada? ¿Se desviaría hacia Nazaret? ¿Cuánto tiempo dedicaría al viaje de regreso? Estas cuestiones, en esos momentos, me mantenían relativamente preocupado. Hacía casi un mes que habíamos abandonado la cumbre del Ravid y, aunque la «cuna» se encontraba en las mejores manos -las de «Santa Claus», el ordenador central-, la seguridad de la nave seguía siendo una de nuestras prioridades. Debíamos regresar lo antes posible. Pero quizás el mayor desasosiego lo provocó la alarmante escasez del fármaco que actuaba como antioxidante (dimetilglicina) y que, como se recordará, trataba de frenar el mal que nos aquejaba, consecuencia de las sucesivas inversiones de masa de los swivels. Al repasar la «farmacia» de campaña, verifiqué lo que ya sabía: sólo quedaban dos tabletas. Al día siguiente, martes, el tratamiento se vería inexorablemente interrumpido, animando así, en teoría, la producción de óxido nitroso (NO) que estaba «canibalizando » nuestros cerebros. Esto, en suma, como ya expuse en su momento, podía significar una catástrofe...

En cuanto a las provisiones, reducidas a unos pocos huevos y a los recipientes que contenían sal, aceite, vinagre y miel, casi ni lo consideré. La invasión de las hormigas arbóreas, las insaciables camponotus, había malogrado muchas de las viandas pero, como digo, ése no era el principal problema. Nuestras bolsas de hule conservaban buena parte del dinero con el que iniciamos esta nueva exploración (treinta denarios de plata). Al entrar en la cercana aldea de Bet Jenn podíamos adquirir todo lo necesario. «Por cierto -seguí reflexionando-, hoy es lunes, uno de los días en los que el joven Tiglat, el fenicio, debe aprovisionar el campamento. Si el Maestro se dispone a dejar estas cumbres, ¿cómo piensa resolver el asunto de los víveres?»

¿El Maestro? ¿Eliseo? ¿Dónde demonios estaban? Inspeccioné el banco de niebla. Proseguía el descenso, lamiendo ya los corpulentos cedros que rodeaban la explanada por la cara norte. En cuestión de minutos cubriría el campamento, haciendo muy difícil el avance de estos exploradores. Pero mis pensamientos regresaron a los antioxidantes. Los cálculos habían fallado. Si Jesús de Nazaret no retornaba al lago de inmediato, ¿qué podíamos hacer? La reserva de fármacos finalizaba, justamente, ese lunes... Y los viejos fantasmas se presentaron de nuevo. ¿Qué sucedería si las neuronas se colapsaban y provocaban un accidente cerebrovascular? ¿Qué sería de nosotros ante una súbita pérdida de memoria o de visión?

En ello estaba cuando, de pronto, en el fondo del saco, mis dedos tropezaron con la pequeña plancha de madera, obsequio de Sitio, la posadera del cruce de Qazrin. Casi la había olvidado.

«Creí no tener nada, pero, al descubrir la esperanza, comprendí que lo tenía todo.» La leyenda, en coiné (griego internacional), me conmovió. Y sentí una cierta vergüenza. ¿No había aprendido nada en aquellas cuatro semanas junto al rabí de Galilea? ¿Por qué me preocupaba? Según el Maestro, todo estaba en las manos del Padre...

Me sobresalté. No oí sus pasos, que se aproximaban a mis espaldas. Unas manos se posaron dulcemente en mis hombros y, al volverme, aquellos ojos rasgados, acogedores, luminosos como la miel líquida, me sonrieron. Jesús presionó ligeramente con los largos y estilizados dedos.

Eliseo, a escasos metros, contemplaba la escena con curiosidad. -Confía -exclamó el Maestro, acariciándome con aquella voz firme y profunda. Y tomando la pequeña madera, tras algunos segundos de atenta lectura, concluyó-: Aquí lo dice bien claro... Si tienes esperanza, si confías, lo tienes todo.

Era imposible acostumbrarse. Aquel Hombre, de pronto, se deslizaba en nuestras mentes, saliendo al paso de los pensamientos. Supongo que este poder formaba parte de su recién estrenada divinidad. A decir verdad, nunca nos acostumbramos...

-Vamos, es la hora...

Y cargando sacos y tiendas, el Maestro y estos exploradores se alejaron del mahaneh, el rústico campamento ubicado en la cota 2.000, muy cerca de las nevadas cumbres del Hermón; un paraje difícil de olvidar y al que tendríamos la fortuna de regresar en su momento.

El Galileo, en cabeza, tomó el senderillo que culebreaba entre los árboles, e inició el descenso hacia el refugio de piedra en el que la familia de los Tiglat acostumbraba a depositar las provisiones todos los lunes y jueves. Mi hermano lo seguía a corta distancia, y quien esto escribe, como siempre, cerraba la menguada expedición.

La niebla, advertida quizá por el sol, parecía detenida en los alrededores del dolmen. Eso nos benefició, permitiendo un avance más rápido y seguro.

¿Un avance? ¿Hacia dónde nos dirigíamos? Ni Eliseo ni yo cambiamos impresiones con el Maestro. Sencillamente, nos limitamos a seguirlo. Él, en todo momento, tomó sus propias decisiones. No podía ser de otra forma. Según mi hermano, esa mañana, mientras acompañaba a Jesús al último baño en la llamada «piscina de yeso», poco faltó para que lo interrogara sobre sus inmediatos planes.

El ingeniero, sin embargo, fiel a las normas, optó por el silencio. Era mejor así.

Alcanzamos el «refugio», en la cota 1.800, en cuestión de minutos. Jesús parecía tener prisa.

Pensé que haría un alto y esperaría la llegada de Tiglat con las provisiones. Me equivoqué. El Maestro dejó atrás el pequeño semicírculo de piedras negras que había servido de almacén y prosiguió por la senda, rumbo a la aldea de Bet Jenn. Eso, al menos, fue lo que supuse. Era verosímil que Jesús quisiera despedirse de la amable familia.

La estrecha y voluntariosa huella de ceniza volcánica desembocó, al fin, en un claro de tristes recuerdos. Jesús se detuvo y, en silencio, contempló la media docena de osamentas y vísceras de cabras que colgaban de las ramas de la corpulenta sabina. Allí, casi descarnada, oscilaba también la cabeza de Ot, el fiel y valiente perro de Tiglat, decapitado por uno de los bucoles (bandidos de la Gaulanitis). Y durante algunos segundos rememoré la lucha bajo el fortísimo aguacero y la huida de los bucoles.

Eliseo y yo cruzamos una significativa mirada. Nadie dijo nada.

Jesús reanudó la marcha. Mi hermano se encogió de hombros y se apresuró a seguirlo. Por un momento pensé en la reaparición de «Al», el bandido de la pata de palo. Pero ¿por qué me atormentaba? Nosotros éramos unos simples observadores. Debíamos esperar. Sólo eso...

Al llegar a la altura de los restos del bucol llamado «Anas» («castigo»), entre el camino y el apretado bosque de pinos albar, el Galileo se detuvo nuevamente. Su atención se hallaba centrada en el fondo del senderillo. Ni siquiera reparó en el esqueleto de Ana¡s. Avanzó algunos pasos y volvió a detenerse. ¿Qué sucedía? Al final de aquel tramo, si no recordaba mal, se alzaba el asherat, la formación megalítica integrada por cinco piedras cónicas de basalto negro, toscamente labradas, que representaban a otros tantos dioses fenicios.

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