J.J. BENÍTEZ

CABALLO DE TROYA 8. JORDÁN.

J. J. Benítez. Octubre 2006. Editorial Planeta. 15x23 cm. Tapa dura. 440 páginas.

NUEVA EDICIÓN REVISADA POR EL AUTOR

 Si no es fácil describir los siete anteriores volúmenes de la serie «Caballo de Troya», la octava entrega Jordán supera todo lo imaginable. No se esfuerce. Su imaginación se quedará corta. En Jordán, usted quedará atrapado, y arrastrado por las sorpresas. Nadie, hasta hoy, ha narrado con tanto detenimiento el supuesto «bautismo» de Jesús de Nazaret. Nadie se había atrevido a relatar, con semejante crudeza, lo que pudo ocurrir en aquella histórica jornada, en uno de los afluentes del río Jordán. ¿Sabía que el Maestro nunca se retiró al desierto, y que no fue tentado por el diablo?. Nunca, tanto, le parecerá tan poco.

Fragmento del libro, Caballo de Troya 8 Jordán:

El diario
(OCTAVA PARTE)
4 DE NOVIEMBRE, DOMINGO (AÑO 25)

Nos alejamos de Enaván, y de sus manantiales y lagunas, sin mirar atrás y con prisa.Para ser sincero, el de la prisa era él, Yehohanan, el Anunciador, el enigmático judío de dos metros de altura y las siete trenzas rubias hasta las rodillas. Era él quien avanzaba a grandes zancadas por uno de aquellos senderillos que parecía llevarnos, irremediablemente, a la verde y poco recomendable jungla del río Jordán. Todo era nuevo para quien esto escribe; tanto el paisaje como las intenciones del predicador. Ni siquiera sabía por qué estaba allí, tras sus pasos. El me reclamó bajo el árbol de «la cabellera» («¡Vamos! —ordenó—. Te mostraré mi secreto»), y yo, hipnotizado, me fui tras él. ¿Qué secreto? ¿De qué hablaba? ¿Por qué Jaiá, la anciana esposa de Abá Saúl, había tratado de retenerme en la aldea de Salem? ¿Por qué habló de «peligro»? Dijo haber tenido un sueño, e imploró para que no retornara junto al Anunciador.

Era mi Destino. Ahora lo sé. Mi «Tikkún»...

Ni siquiera se volvió. Supongo que dio por hecho que lo seguía. Era evidente que conocía el camino. Observé nuevamente el cielo. El sol, en el cenit, empezó a desaparecer a intervalos, borrado sin el menor respeto por un denso e interminable frente nuboso. Fue como un presagio...

« ¡No vayas!... ¡Tuve un sueño!... ¡Hijo, no vayas!»

Y ahora me pregunto: ¿hubiera sucedido lo que sucedió de haber permanecido en Salem o en los lagos de Enaván? Sospecho que sí. Tarde o temprano tenía que llegar...

Los «cb» (cumulonimbos) se presentaron prácticamente de improviso. Era lógico. Nos hallábamos en el inicio de la época de lluvias. Casi lo había olvidado. Y al examinar los altos y negros nubarrones procedentes del Mediterráneo, la veloz masa nubosa terminó situándome de nuevo en la realidad. No tardaría en llover. Fue entonces cuando empecé a percatarme de lo precario de mi situación. Caminaba hacia la selva jordánica, sin saber por qué ni por cuánto tiempo. ¿Me hallaba a las puertas de una de las acostumbradas ausencias de Yehohanan? ¿Qué pretendía? Con las prisas, aunque logré regresar a la aldea y recuperar la «vara de Moisés», no tuve la precaución de hacerme con el saco de viaje. ¿Quién podía imaginar que, horas después, terminaría alejándome del grupo y en la nada agradable compañía de aquel perturbado...? Pensé en los antioxidantes. Las tabletas de dimetilglicina eran esenciales para combatir el exceso de óxido nitroso en el cerebro. Cualquier descuido, en este sentido, era peligroso.

Quizá exageraba. Quizá había empezado a dejar volar la imaginación, como siempre. Quizá Yehohanan sólo pretendía mostrarme algo. Después regresaría a Salem, a la casa del sabio Saúl. Quizá...

La distancia de Enaván al filo de la jungla era, poco más o menos, de dos kilómetros. Al llegar al enredado boscaje, sin dudarlo, el Anunciador evitó la pared de espinos y árboles y prosiguió hacia el sur, en paralelo a la bóveda vegetal que prosperaba a expensas del río Jordán. Respiré con cierto alivio. Aquella jungla, siempre en penumbra, aparentemente cerrada e impracticable, de la que procedían toda suerte de sonidos, no era de mi agrado.

Yehohanan continuó la marcha por el tímido senderillo, ahora entre tierra de pastos. Instintivamente tome referencias. Por nuestra derecha, en la distancia, corría el camino principal, el que habíamos recorrido en nuestro peregrinaje hacia Damiya. Parecía claro que el predicador trataba de evitar cualquier contacto con sus semejantes. ¿Semejantes? Yehohanan, a decir verdad, era un ejemplar único. Los dos metros de altura, la larga cabellera rubia, ahora oscilante, y la estrambótica vestimenta —un ancho cinto de cuero negro y un saq o taparrabo de piel de gacela— hacían de él un individuo muy poco común. Y me pregunté por enésima vez: ¿qué hacía yo tras los pasos de aquel hombre?

De pronto se detuvo. Depositó la colmena sobre el terreno y, girando el cuerpo hacia quien esto escribe, llevó el dedo índice izquierdo a los labios, solicitando silencio. Miré a mi alrededor, intrigado. No acerté a distinguir persona o animal. Nos hallábamos solos, en un terreno abierto. Una súbita ráfaga de viento golpeó el talith de pelo humano que lo cubría y poco faltó para que el «chal« se precipitara sobre el pasto. Y la lluvia hizo acto de presencia, en un primer momento moderada. El cielo, negro, estaba avisando...

Permanecí quieto y pendiente de los movimientos del gigante. Al cabo de un minuto largo se hizo de nuevo con el barril de colores y arrancó, a la carrera, al tiempo que sujetaba el manto con la mano derecha. No entendía nada. Tentado estuve de olvidarlo y dar media vuelta. No supe prestar atención al instinto...

Y bajo la lluvia, supongo que movido por la curiosidad, me fui tras él e intenté no perderlo de vista.

Al poco, por nuestra derecha, cerca de la senda que atravesaba el valle, rumbo a Jerusalén, apareció el descuidado edificio de barro y hojas de palma que servía de aduana y en el que vimos morir a los tres jóvenes zelotas. El aguacero lo mantenía solitario. No acerté a distinguir a los publicanos y tampoco al grupo de soldados que custodiaba el lugar. Un perro, en alguna parte, ladraba sin tregua. Detuve la carrera. Lo lógico es que los funcionarios y la patrulla se hallaran en el interior. Aunque el puesto fronterizo, que delimitaba los territorios de la Decápolis y la Perea, se levantaba a más de un centenar de metros del senderillo por el que corríamos, entendí que no debía arriesgar. El cruce a toda velocidad, por delante de los suspicaces gabbai o recaudadores de impuestos, y de los no menos desconfiados kittim, expertos en el manejo de las afiladas jabalinas, era, cuando menos, una actitud arriesgada. No tentaría al Destino...

Yehohanan no pensó lo mismo y se alejó veloz, entre una cortina de agua, cada vez más obstinada. Pensé en su reciente gesto, solicitando silencio. ¿Pudo tener relación con la proximidad de los odiados funcionarios al servicio de Roma y de la no menos despreciada línea de caballería romana? El Anunciador —así lo demostraba en cada una de sus prédicas— no sentía la menor devoción por aquellos representantes de la «nueva Sodoma», según sus propias palabras. Dudé. Cuando Yehohanan llevó el dedo a los labios, la aduana ni siquiera era visible. Pero, entonces, ¿a qué obedecía la orden de silencio? No tardaría en averiguarlo...

Afortunadamente, dejé atrás el edificio y reemprendí la carrera, inquieto ante la posibilidad de que el Anunciador desapareciera. El aguacero amainó.

Y de pronto lo vi. Se había detenido. Parecía esperarme (?). En realidad, nunca lo supe. Se hallaba en mitad de un puente de piedra que brincaba sobre el Jordán. Observaba las terrosas y rápidas aguas, con las enormes manos apoyadas sobre el parapeto. La colmena. ambulante permanecía a su lado, junto a los interminables y embarrados pies desnudos.

Traté de pensar, al tiempo que recuperaba el aliento.

¿Por qué miraba el río con tanta atención?

El «manto» de cabello humano había sido retirado y guardado en el zurrón blanco que colgaba en bandolera.

Me aproximé despacio y en guardia. Las reacciones de aquel hombre eran imprevisibles.

No se movió, aunque estoy seguro de que sintió mi proximidad. Y durante varios minutos permaneció en la misma postura, inmutable, con la lluvia resbalando por la correosa y quemada piel. En el cauce del Jordán no había nada que pudiera requerir su atención. Yo, al menos, no alcancé a distinguirlo. Las aguas, con las primeras lluvias, arrastraban maleza y sedimentos, que chocaban y se atascaban entre las pilastras. Todo era silencio, un silencio discretamente interrumpido por el rumor de la corriente, por el suave choque de la lluvia contra el barril de Yehohanan y las ropas y por los lejanos truenos, amortiguados por la distancia.

Entonces, ante mi desconcierto, repitió el gesto.

Giró hacia quien esto escribe y volvió a llevar el dedo índice izquierdo a los gruesos labios.

— ¡Escucha!—susurró con aquella voz rota—. ¡Escucha atentamente, «Esrin»!

Y, como un idiota, presté atención a cuanto me rodeaba. Yo no había oído nada extraño y, por supuesto, fui incapaz de distinguir lo que sugería el hombre de la «mariposa» en el rostro. Sus ojos, endiablados, me atravesaron, esperando una respuesta. Terminé desviando la mirada, incómodo ante las «pupilas» rojas y el persistente nistagmo o movimiento vertical del ojo. Lo he dicho en otras oportunidades: aquel rostro y, sobre todo, aquella mirada no eran fáciles. No era de extrañar que la gente se sintiera atemorizada.

Supongo que esperó una confirmación. Pero «Esrin» o «Veinte», como me llamaba, no acertó a despegar los labios. No le importó. No insistió. Creo que, incluso, me ignoró. Tomó de nuevo la colmena de colores y caminó hacia el final del puente, ahora sin prisa.

Era la segunda vez que me desconcertaba en aquel enigmático caminar hacia no sabía dónde. Y al principio —como un perfecto estúpido— no comprendí... El Destino, sin embargo, sabía lo que hacía.

Allí arrancaba un enorme bosque de nogales, apenas perturbado por algunas familias de tamariscos que crecían al abrigo de los altos y estriados troncos, la mayoría de veinte y treinta metros de altura. Era un bosque centenario que se derramaba hacia el este, alimentado por la humedad de otro de los afluentes del padre Jordán. Las copas, casi esféricas, habían tejido una «techumbre» densa y bien organizada, que alivió nuestro caminar bajo la lluvia. Nada más pisar el egoz, como llamaban al lugar, fuimos recibidos por un intenso perfume y por un crujido que, en un primer momento, me sorprendieron. La fragancia caía literalmente de las grandes hojas verdes y blancas de los egoz o nogales, merced a un principio látil, ahora precipitado por el aguacero. A partir de momento, aquél fue el bosque del «perfume» para quien esto escribe. En cuanto a los chasquidos bajo los pies la explicación procedía también de los majestuosos nogales persas, una de las cuarenta especies diseminadas aquel tiempo por el valle del Jordán. Desde el final del verano, las drupas, a miles, habían ido madurando y precipitándose sobre el terreno. Poco a poco, favorecida por la humedad, la cáscara verde de las referidas drupas fue secando y liberando las apreciadas y nutritivas nuces. ¡Caminábamos sobre una alfombra de escurridizas nueces!

El bosque del «perfume» se hallaba igualmente solitario. Yehohanan prosiguió decidido. Y el terreno empezó a inclinarse con suavidad. Si mis cálculos no estaban equivocados, en esos momentos habíamos recorrido poco más de seis kilómetros, tomando los lagos de Enaván como punto de partida. Fue entonces cuando estuve seguro: el Anunciador no regresaría junto a sus discípulos, al menos en esa jornada. Y el recuerdo de los antioxidantes tocó en mi hombro, inquietándome.

Tenía que regresar lo antes posible...

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