La zarabanda.  García Martínez.

J.J. Benítez

Pues, aquí, J.J. Benítez salió de Murcia casi imberbe, hace cuarenta años, para la cosa -¡ay!- de la mili, felizmente periclitada. Y tiene gracia que fuera Aznar -porque fue Aznar, ¿verdad usted?- quien la liquidó, No pensó que, poco después, necesitaría a los soldaditos para la guerra de Irak.

Se fue, ya digo, para ejercer de puto guripa y ahora regresa con el grado de capitán general como escritor.

-¿Y por qué este muchachuelo se atreve a escribir a pajera abierta, no ya acerca de los santos, sino hasta del propio Dios? ¿Acaso es un díscolo?

Díscolo sí que lo es por «desobediente, indócil y perturbador». Pero el Diccionario, que es tan sabio, añade esta coletilla: «Dícese de niños y jóvenes». Y aquí es donde está la madre del cordero. Pues, en lo que tienen los niños de más noble, J.J.Benítez sigue siendo un niño. Cuando estuvo en La Verdad -donde, por cierto, hacía diseño, ya que se daba mucha maña para eso- afloraba de su circunstancia veinteañera una inquietud persistente, un bullebulle en la perola. Porque resulta que le pasaba, pero más, lo mismo que a todos los humanos después de  salir del cascarón.

Lo inquietaba -conturbándolo aún más que al común- no saber qué hacemos en este mundo en el que, sin comerlo ni beberlo, nos han depositado. No conocer de dónde venimos, ni adónde vamos. Todos los adolescentes hemos pasado por el mismo trance. Y se han derramado muchas lágrimas por esa ignorancia tan brutal sobre quiénes y por qué somos. Lo que ocurre es que a unos se les pasa la congoja antes que a otros. A unos, el entorno (la rutina, lo convencional, ¿la educación?) los abduce antes o después. A otros, como J.J.Benítez, ese dolor existencial no se le despega ya nunca del alma. Y no hay aspirina que lo alivie.

Nuestro ahora exitoso indagador decidió echarse al monte del Más Allá, buscando una respuesta que colmara sus ansias. Y, aprovechando que unos campesinos de Burgos pensaban que había aterrizado un ovni en su bancal, se subió al carro de fuego de lo esoté­rico.

El díscolo se puso a pensar por su cuenta. Y, esté o no afiliado a alguna religión, yo, su testigo, firmo y rubrico que está más, cerca de Jesús de Nazaret que muchos que se pasan la vida rogando, pero con el mazo dando, amén.

La Verdad de Murcia. 23 de Octubre 2006

 

 

LE CUENTO CÓMO PASÓ
«Dios nos crea imaginándonos»
J.J.Benítez se sometió a un interrogatorio de dos horas y media en el Aula de Cultura de 'La Verdad'
 
GARCÍA MARTÍNEZ

El salón de la Cámara de Comercio de Murcia se llenó hasta más allá de los topes, para someter a J. J. Benítez, que acaba de publicar Caballo de Troya 8, a un interrogatorio de más de dos horas y media. La sesión fue convocada por el Aula de Cultura de La Verdad, con la colaboración de Cajamurcia.

J.J. Benítez no es sólo un tipo que imagina, sino que se documenta de un modo diríamos que rabioso. Su capacidad para la ficción no conoce límites. Pues tiene facultades y atrevimiento para contarnos que un piloto americano estuvo cenando con Jesús de Nazaret y ambos compartieron una torta de saltamontes y dátiles. A eso hay que echarle mucha imaginación. Como a casi todo lo que aparece en los Caballos de Troya.

Escritores imaginativos ha habido muchos. Pero lo que distingue a Benítez es que, junto a esa desbocada imaginación suya, nos regala una enorme documentación. Tan exhaustiva que le imprime carácter y le otorga particularidad a su obra.

Si, pongo por caso, Juan el Bautista -mejor conocido por Yehohanan- acostumbra a llevar siempre consigo una colmena, ya que se alimenta sólo de miel, el lector acaba sabiendo hasta el número del carnet de identidad de la abeja reina. J.J. nos explica, por ejemplo, que «una abeja precisa dos horas de vuelo para llenar el buche de néctar». Esta de inventar y documentarse es una propiedad de la literatura de Benítez que la hace diferente y que justifica su tremendo éxito.

Tocante a la relación del autor con el protagonista de sus historias -que no es otro que el propio Dios hecho Hombre-, algunos pensarán que va más allá de lo que un buen cristiano entiende como prudente. Sacar a Jesús del estereotipo que nos han transmitido la religión y nuestra propia rutina, puede generar escándalo en algunos. Pero el prejuicio queda borrado desde las primeras páginas, porque el atrevimiento, la insolencia y la desfachatez del autor, mostrándonos a un Jesús de andar por casa, vienen superados por el amor y el respeto sin límites que le profesa al Maestro. Y este cariño entre el autor y el personaje no es cosa de ahora. Desde pequeñito, la personalidad de Benítez se adornaba de una inquietud espiritual fuera de lo corriente. A tan tierna edad, ya le tiraba lo esotérico, es decir, lo oculto y reservado.

Eso lo sé porque, hace justo cuarenta años, Benítez vivió en Murcia, ejerciendo como redactor de La Verdad. Y nos hicimos amigos. Por eso estoy en condiciones de decir que su sensibilidad por lo espiritual viene de muy antiguo. Al principio, empezó a intuir a Dios en el fenómeno ovni. Más tarde decidió trasladarse (en la persona de un militar americano llamado Jasón, a bordo de un objeto volante sí identificado) al tiempo y lugar en que vivió y murió Jesús de Nazaret. A esa operación la llamó Caballo de Troya. Y claro que hay ovnis en Caballo de Troya.

Me atrevería a decir que esta sería la conclusión del pensamiento de Benítez: «El Padre, más que crearnos, nos imagina. Él sabe por qué desciende sobre nosotros, nos habita, nos regala un alma inmortal y nos lanza a la más prodigiosa de las aventuras: buscarlo»

La Verdad de Murcia. 25 de Octubre 2006

 

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