Compañeros de pupitre y de oficio
 

Juanjo Benítez (izquierda) y Fernando Múgica en 1973. (Foto: Alberto Torregrosa).

FERNANDO MÚGICA

Qué difícil resulta escribir sobre alguien querido y, además, muerto...

Fernando Múgica Goñi y yo nos conocimos cuando teníamos cinco años. Fueron los tiempos de Santa María la Real, el colegio de los hermanos maristas, en Pamplona. Me tocó en el pupitre de al lado. La convivencia se prolongó durante 11 años. Fernando era un niño tímido, aplicado y respetuoso. Durante años, su flequillo rubio enloqueció a las alumnas de las ursulinas, pared con pared con nuestro colegio. Pero al Múgica, como a mí, nos dio por el misticismo. Y nos hicimos más católicos, apostólicos y romanos que el mismísimo Papa. Nos reuníamos, día sí, día no, y arreglábamos el planeta con entusiasmo y vehemencia. Ninguno de los dos pensábamos en el periodismo; es más, ni sabíamos qué era eso... Fernando hablaba de ser médico, como su padre.

En esos años 60 tuvimos la misma novia. Mejor dicho, él me la pasó a mí (nunca quedó claro quién dejó a quién). En ese aspecto, el Múgica era el muchacho con el que soñaban todas las madres de la tradicional ciudad de Pamplona: inteligente, alto, rubio, de ojos azules y con un especial sentido del humor. Por las tardes se sentaba en el Paseo de Valencia, con Mirentxu, la novia, y leían juntos "La vida sale al encuentro". Y lloraban desconsoladamente... Pero, ante la imposibilidad de ser médico, Fernando se hizo periodista. Y descubrió que lo suyo, en realidad, eran la fotografía, la batería y la trompeta (por este orden).

Y la vida se encargó de separarnos. Pero fue por poco tiempo. En 1972, cuando trabajaba en El Heraldo de Aragón, Fernando me reclamó y me trasladé a La Gaceta del Norte, en el País Vasco. Allí formamos pareja profesional, y durante varios años. Allí le conocí más a fondo. Y descubrí aspectos inéditos del Múgica. Por ejemplo, había entrado en La Gaceta merced a los chistes que enviaba regularmente al periódico. Dibujaba con una soltura envidiable. Descubrí que era un tigre de Bengala, profesionalmente hablando. Nada le detenía. Si Alfonso Ventura, el redactor jefe, exigía que trajera "la capa de Supermán", el Múgica la traía. Lo vi saltar tapias, camuflarse en el maletero de un coche y disfrazarse de médico para conseguir la imagen. En esos tiempos empezó a viajar, como enviado especial. En la guerra de Vietnam se la jugó varias veces (el periódico tampoco se lo agradeció, ni Fernando lo necesitaba. Él lo hacía por puro deporte). En 1975 llevamos a cabo un viaje inolvidable, como reporteros de la referida Gaceta. En un momento determinado, en Colombia, se echó a llorar. Estaba a punto de cumplir 29 años y echaba de menos a sus hijas. Me lancé a las calles de Bogotá y conseguí una pequeña armónica. Sabía que le gustaba tocarla. El 7 de junio, su cumpleaños, apareció en el interior de una de sus botas. Me abrazó y volvió a llorar.Y el destino nos separó de nuevo. Él trabajó en el Deia, en EL MUNDO y en Diario de Noticias (de nuevo en Pamplona).

Nos veíamos de vez en cuando. Había madurado a demasiada velocidad, pero conservaba la sonrisa del soñador empedernido. "Todo estaba por hacer", decía, "todo".

(Foto: Blanca).

En febrero de 2015 lo vi aparecer por mi casa. Lo noté raro. Su espléndida sonrisa no era tan espléndida... Intuí algo. Pero, sufrido y cariñoso, se limitó a interesarse por mi vida (lo de siempre). Después lo supe: en esas fechas (febrero), Fernando ya sabía lo que tenía, un cáncer galopante. Y fiel a su estilo intentó arreglarlo todo (lo posible y lo imposible). En junio se reunió con mi hijo Iván, y con Miguel Ángel Barón, otro entrañable amigo, y, a su manera, se despidió sin levantar la liebre. Ése era Fernando Múgica... Y, ante el asombro de Iván, le regaló la vieja Leica.

En julio pasado, mientras disfrutaba de unas vacaciones en Cádiz, se sintió mal, y fue ingresado en el hospital Puerta del Mar. El cáncer, finalmente, dio la cara.

El 20 de julio Blanca y yo nos presentamos en la habitación 659. Encontré a un Múgica fuerte, aunque castigado por las malditas sondas.

Me dejaron a solas con él y tuvimos una conversación que jamás olvidaré.

No teníamos nada que perder. Él lo sabía y yo también. Y le expliqué que había dos posibilidades. Primera: que las operaciones salieran bien y que continuara adelante. Segunda: que nada saliera bien y que pasara "al otro lado". Ambas posibilidades -le dije- son buenas.

Me miró con picardía y sonrió como pudo. Y contestó, en voz baja:

- Lo sé. No tengo miedo. Esto es como Vietnam...

Creí que se me saltaban las lágrimas, pero lo evité.

Le hablé entonces del "más allá" y escuchó pacientemente. De vez en cuando asentía con la cabeza. Le dije que, si moría, le aguardaba un lugar espléndido, para el que no hay palabras.

Y, ante mi desconcierto, replicó:

- También lo sé y estoy preparado.

No volví a verlo.

Así era Fernando Múgica.

 

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