
< Cientos de bellas y pulidas esferas de piedra aparecen al machetear la selva en Costa Rica.
Costa Rica
El misterio se oscurece
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El misterio de las esferas de México tiene su continuación mucho más al sur, casi a tres mil kilómetros, en pleno corazón de la selva de Costa Rica. Supe de este enigma en 1985, merced a las investigaciones de mi buen amigo Ricardo Vílchez. Después, en 1989, me adentré en las selvas, pero el resultado fue el mismo: ninguna explicación a los cientos de bolas de piedra que surgen aquí y allá, a lo largo y ancho de miles de kilómetros cuadrados. Ninguna respuesta.
Y en diciembre de 2001 regresé a Costa Rica, adentrándome en nuevos parajes. Y dirigí mis pasos al delta del Diquís, al suroeste, la región con mayor concentración de bolas. Mi objetivo era remontar el río Sierpe y examinar un máximo de esferas de piedra. Para ello debía cruzar una enmarañada y peligrosa jungla infectada de serpientes, caimanes y, sobre todo, de mortíferas nubes de mosquitos. Serpientes como la «terciopelo», la coral o la «oropel», capaces de matar a un caballo en treinta minutos...
Por fortuna, la jornada transcurrió sin incidentes de gravedad. Y, una vez más, alcancé el secreto de Palmar Sur: las prodigiosas esferas de piedra. Esferas, como las de Ameca, igualmente perfectas y de una increíble belleza. Esferas al aire libre, enterradas o semienterradas, cuyo origen resulta tan oscuro como el de las bolas de Ahualulco. Esferas de un pulido exquisito, casi imposible. Esferas de casi tres metros de diámetro, con pesos superiores a las quince toneladas.
¿Quién las trabajó? ¿Por qué o para qué? Debo adelantar que nadie lo sabe. Nadie tiene una explicación suficientemente satisfactoria. Todo son suposiciones y conjeturas...
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Río Sierpe, infectado de serpientes, caimanes y mosquitos.
Cientos de esferas Nadie conoce el número exacto de bolas. Se habla de cientos. Quizá más de quinientas. Medio millar de esferas de todos los tamaños: desde el diámetro de una naranja hasta 2,57 metros. Han sido localizadas en numerosos parajes del sur del país. Las hay en Palmar Sur, en las orillas de los ríos Esquina y Térraba, en las islas Camaronal y del Caño, en lo alto de las sierras de Bruqueña y en las regiones de Piedras Blancas, Cabagra, Buenos Aires, Vereh y Pejibaye de Pérez Zeledón, entre otras zonas. Pero éstos son algunos de los emplazamientos conocidos. Al hallarse enterradas, es posible que su número sea muy superior.
Principales localidades en las que existen esferas de piedra.
Como en el caso de Ahualulco, los nativos conocían su existencia desde mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles. Pero sus explicaciones fueron tan parcas y confusas como las de los pueblos que habitaron la sierra de Ameca. Todos se limitaban a señalar al sol y a los cielos, asegurando que las esferas eran obra de los dioses. De nuevo los dioses; dioses -afirmaban- que podían volar (!). ¿Me hallaba ante un caso de pura fantasía? Las esferas, obviamente, no eran fruto de la imaginación de los indígenas. Alguien las había trabajado y pulido. Aquí no hay posibilidad de duda, como en el caso de México. Las esferas de Costa Rica son obra humana.
Las esferas de Costa Rica han sido removidas de sus emplazamientos originales y colocadas en jardines públicos, museos y edificios oficiales.
Esferas de Costa Rica: algunos datos clave
● Hasta el día de hoy han sido reportados medio centenar de lugares arqueológicos con esferas de piedra. De éstos, treinta se encuentran en las regiones del Pacífico Sur (principalmente, en el Cantón de Osa, región arqueológica del Gran Chiriquí).
● En la actual reserva indígena Cabécar, al este, fueron ubicadas más de doscientas esferas, repartidas por la selva. El paraje de máxima concentración recibe el nombre de T'Lari.
● El tamaño de las bolas de Costa Rica oscila entre los diez centímetros y los 2,57 metros (zona del «Silencio»). El diámetro medio se encuentra entre sesenta y ciento veinte centímetros.
● Según los arqueólogos, las esferas más antiguas proceden del pueblo llamado Bolas, en Buenos Aires; San Vito, en Coto Brus; Golfito y la desembocadura del río Coto-Colorado. La cerámica encontrada junto a las bolas hace sospechar que fueron labradas entre los años 400 y 700 después de Cristo.
Para los nativos, las esferas son "obra de los dioses".
● Hasta el momento, sólo dos esferas han sido halladas en el interior de otras tantas tumbas. El hecho fue relatado por Lothrop (1963). Las esferas, de 25 y 60 centímetros de diámetro, fueron descubiertas entre numerosos objetos de oro.
● El arqueólogo John Hoops descubrió en la zona de Golfito (desembocadura del río Coto) esferas junto a cilindros y barriles de piedra. También en Panamá se han dado hallazgos semejantes.
● La mayor parte de las esferas de Costa Rica están formadas por un material llamado granodiorita (piedra volcánica de gran dureza que tiene la particularidad de fracturarse como las capas de una cebolla).
● Peso aproximado de las bolas: entre una y veinte toneladas. Muchas han sido halladas sobre montículos ovalados, circulares y rectangulares, y empedrados en mayor o menor medida.
● Lamentablemente, la casi totalidad de estos cientos de esferas de piedra ha sido removida de sus lugares originales. En la actualidad adornan parques públicos (La Merced, en San José), zonas verdes (Universidad) y edificios oficiales (Palacio de Justicia, en la capital). En las selvas, montañas y orillas de los ríos donde fueron localizadas formaban misteriosas alineaciones y figuras geométricas (básicamente triángulos y rectángulos).
● Curiosamente, cuanto más grande es la esfera, más perfecto es el pulido. Hoy, semejante grado de perfección sólo sería posible con la ayuda de los ordenadores.
La historia El enigma de las esferas en Costa Rica arranca en 1930, por aparente casualidad. En esas fechas, la compañia norteamericana United Fruit puso sus ojos en las fértiles tierras costarricenses e invirtió millones de dólares en enormes plantaciones. George Chittenden, delegado de dicha compañía, fue el responsable de la compra de terrenos. Y en sus múltiples viajes por la zona del Diquís fue «descubriendo» algo que no pasó desapercibido para la sensibilidad de Chittenden: una serie de montículos y, sobre ellos, gigantescas esferas de piedra. Algo se sabía al respecto entre los círculos arqueológicos americanos pero, a decir verdad, nadie se había preocupado seriamente. (A principios del siglo xx, Jesús N. Alpizar se ocupó del traslado de los primeros artefactos llegados de dicha área. En 1920, un importante catálogo sobre materiales arqueolgicos de la región fue depositado en el Museo de Indios Americanos.)
Se trataba de gigantescas esferas de piedra que, según Chittenden, fueron removidas sin piedad por los norteamericanos. Durante años, miles de hectáreas entre los ríos Sierpe y Diquís se vieron invadidas por grandes máquinas que procedieron al nivelado de los terrenos, a la construcción de carreteras y diques y a la perforación de zanjas y sistemas de irrigación.
Durante años, los norteamericanos de la United Fruit removieron miles de hectáreas, destruyendo los emplazamientos y alineaciones que formaban las esferas.
En suma: un desastre, desde el punto de vista arqueológico. Nada fue respetado, a excepción de las bolas, demasiado grandes y pesadas, que terminaron enterradas o desplazadas. Y las alineaciones originales desaparecieron prácticamente. Los montículos -muchos de ellos, empedrados- fueron utilizados como «cimientos» para la edificación de casas y haciendas.
A su regreso a San José, Chittenden tuvo el acierto de informar a la doctora Doris Stone. Diez años después, a lo largo de 1940 y 1941, Stone se trasladó al delta, y comprobó lo que Chittenden le había adelantado. ¡Diez años después!
Y Stone procedió a un estudio científico y sistemático de las increíbles bolas. El primero del que he tenido noticia...
Examinó dichas esferas, levantó mapas, llevó a cabo mediciones y consiguió ubicar el emplazamiento original de cinco grupos. Este hallazgo, en mi opinión, fue crucial. Stone consiguió demostrar que las esferas formaban alineaciones muy concretas (generalmente triángulos y rectángulos). Aquellos cinco grupos sumaban cuarenta y cuatro bolas. Y «rescató» también otros ejemplares en las orillas del río Esquina y en las proximidades de Punta Uvita.
Esferas trasladadas desde las selvas a la capital, San José, para adornar casas y jardines privados.
Palmar Sur. Esfera en el parque público.
En 1943 salió a la luz su primer trabajo que, lógicamente, llamó la atención de destacados investigadores, entre otros, Mason y Samuel Lothrop, de la Universidad de Harvard. Ambos se adentraron en las selvas y los ríos de Costa Rica, con el loable afán de desentrañar el singular misterio. Pero, a pesar de sus esfuerzos, los referidos desmanes de la United Fruit hicieron muy difícil el avance en la investigación. Aun así, Lothrop consiguió poner de manifiesto un detalle que podría estar relacionado con la génesis de las esferas: en dicho delta sacaron a la luz una especie de «plataforma» integrada por hileras de cantos rodados, similares a los utilizados en la construcción de los muros hallados por Chittenden y Stone en las bases de los montículos empedrados. Entre estas hileras aparecieron dos esferas de piedra. Pero la irritación de los arqueólogos no quedó ahí. Para colmo de males, las esferas fueron tomadas como motivo de decoración y trasladadas a cientos de kilómetros. Hoy adornan casas particulares, jardines, centros docentes, bancos y edificios oficiales. Y su primitiva ubicación en selvas y cerros se ha perdido para siempre...
Esfera llamada del "silencio", la más grande de las halladas hasta el momento.
A este desastre vino a sumarse la codicia. Y al igual que sucedió en el municipio mexicano de Ahualulco, el descubrimiento de las bolas en Costa Rica terminó provocando el nacimiento de un rumor tan absurdo como lamentable. En el interior -dice la creencia popular- se esconden grandes cantidades de oro y piedras preciosas. Y muchas de estas maravillas fueron quebradas y dinamitadas...
> En la isla del Caño, como en el resto de las selvas de Palmar Sur, no hay canteras. Para ello hay que viajar a las sierras próximas.
Pero arqueólogos e investigadores siguieron trabajando. En este caso -a diferencia de lo ocurrido en México-, los costarricenses fueron más sensatos y prudentes que sus colegas, los norteamericanos. A nadie se le ocurrió esgrimir el absurdo argumento de los volcanes como explicación de los cientos de esferas. Las bolas de Costa Rica, como dije, son obra humana.
En cuanto a las preguntas clave -quién, cómo y para qué las hicieron-, la mayoría de los expertos no tienen una explicación, al menos, satisfactoria. Sencillamente: estamos ante un enigma (de momento).
El transporte Y el misterio se complica cuando uno desembarca en la paradisíaca isla del Caño, al oeste de Costa Rica, una reserva biológica situada a 16,5 kilómetros del continente, en el océano Pacífico. En este lugar fueron descubiertas diez esferas. Hoy sólo quedan dos. Y uno se pregunta: ¿cómo las trasladaron? En esta isla no hay canteras. Las bolas, necesariamente, tuvieron que ser transportadas desde tierra firme...
Pues bien, según expertos como Lothrop, para labrar una bola de un metro de diámetro sería preciso un bloque de nueve toneladas (!). (Si se trata de esferas de granodiorita, cuyo peso específico es 3,0, la construcción de una bola de dos metros de diámetro exigiría un bloque, en bruto, de 24 toneladas. La esfera resultante pesaría del orden de 16 a 18 toneladas.)
¿Nueve toneladas? ¿Cómo se las arreglaron los misteriosos escultores para transportar semejantes moles a través del océano? ¿En qué clase de embarcaciones? ¿Qué tipo de navío podía soportar una carga así?
Lothrop habla también en sus investigaciones de otras esferas, construidas con coquina (moluscos bivalvos marinos de la familia de los tellínidos), que tuvieron que ser modeladas en las playas y cargadas hasta el lugar donde fueron encontradas (granja 4, sitio B). En total, más de treinta y seis kilómetros (probablemente por el cauce del río Diquís) y otros dieciocho por afluentes o corrientes secundarios. Toda una hazaña...
La paradisíaca isla del Caño.
¿Cómo trasladaron las esferas de piedra hasta la isla del Caño, a dieciséis kilómetros de tierra firme?
Para la fabricación de una esfera de dos metros de diámetro se requiere un bloque, en bruto, de veinticuatro toneladas.
Increíble pulido. ¿Cómo lo lograron?
Y otro tanto sucede con la mayoría de los lugares de la tierra firme donde han aparecido las esferas. ¿Cómo las trasladaron hacia lo alto de cimas o a mitad de pronunciadas laderas? ¿Cómo salvaron ríos, valles y barrancas? ¿Cómo evitaron los cerrados y casi impenetrables bosques tropicales? (Los índices de precipitaciones en estas regiones del Pacífico Sur rebasan los cinco mil milímetros al año.) En la jungla tampoco hay canteras. Para encontrar los necesarios depósitos de granito es preciso viajar a las sierras, es decir, a muchos kilómetros. ¿Cómo salvaron tantos y tan difíciles obstáculos? Cada esfera (de diez, quince o veinte toneladas) tenía que ser extraída de la cantera y empujada o arrastrada hasta el punto donde, definitivamente, era pulida. Desde la cordillera Costeña, por ejemplo, hasta la isla del Caño hay más de cincuenta kilómetros (en línea recta). A Punta Uvita y Cabagra, esa distancia es de cuarenta kilómetros...
No tengo más remedio que insistir en el arduo problema: ¿cómo lo hicieron? Cualquiera que haya recorrido estas frondosas y accidentadas regiones de Palmar Sur, Buenos Aires o el delta del Diquís sabe perfectamente a qué me estoy refiriendo.
Para los misteriosos constructores, por mucha mano de obra que tuvieran, el traslado de estas gigantescas esferas no fue tarea sencilla...
Pero el enigma no termina ahí.
Isla del Caño
● Han sido localizadas dos esferas perfectamente rematadas y pulidas y una tercera en fase de construcción. Según los arqueólogos, podría haber otras muchas, actualmente sepultadas.
● La isla fue visitada por el hombre blanco en 1519 (Juan de Castañeda). Recibió el nombre del Caño por una cascada o caño que saltaba desde los acantilados.
● Los restos de cerámica y material lítico indican que la isla estuvo habitada por indígenas mucho antes de la llegada de los españoles.
● El ingreso en la isla (actualmente habitada por los funcionarios del Servicio de Parques Nacionales) puede realizarse en botes que fondean en Sierpe, Drake o Bahía, en el Parque Nacional Marino Ballena.
● Aunque en el continente se dan las doce especies de serpientes más venenosas del planeta, en la isla del Caño no hay reptiles peligrosos. Sólo la serpiente de mar es altamente letal.
Próximamente el capítulo 4
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