ALGUNAS «PEQUEÑECES»

Algo me hizo insistir. Los detalles —no sé por qué— me fascinan. Mi padre —eso dijo— tenía ahora un nuevo cuerpo. Una «vestimenta», un «soporte físico», un «traje hecho a medida».

«MAT-1

Y aunque parecía algo reacio a mis preguntas, en la siguiente «charla» lo intenté.

—Decías que, al «despertar», al ser resucitado, te sorprendió tu nueva forma. Habías «retrocedido» (?) a la de los veinte años. Ese era tu aspecto.

—Haces bien en entrecomillar el término. No fue un retroceso, pero te entiendo.

—No comprendo el porqué de esa elección. ¿Quién lo decidió? Tú, al parecer, no tuviste nada que ver.

—Es el plan, jovencito. Yo, en efecto, me lo encontré hecho. Pero acertaron.

Siempre aciertan. «Ellos» conocen tu vida. «Ellos» archivan cada sueño y sentimiento. «Ellos» saben cuál fue tu mejor y más redondo momento. Y te regalan esa forma: la más preciada o añorada.

—¿«Ellos»?

—Sí, aquí hay mucha «gente». Y toda al servicio del Jefe.

—Comprendo. ¿Y dices que lo archivan todo?

—Cada existencia, querido hijo, queda registrada como una película. Nada se pierde. Y puedes verla y consultarla cuantas veces quieras. Es un interesante ejercicio.

»Pero te noto nervioso.

—Es que hay algo que quisiera aclarar, pero no me atrevo.

—Eso tiene gracia.

—Ya ves, las apariencias engañan.

—Te diré algo: la timidez, a tu edad, es un destello que distingue y ennoblece. Empiezas a saber y a sentir. Por eso te ocultas. Por eso retrocedes. Por eso guardas silencio. Has levantado el vuelo y, cuanto más te elevas, más pequeño te juzgas.

—Pensaba que era una enfermedad.

—A tu edad, no. Observa a los necios.

En la vejez han triplicado su estúpida audacia.

»Y ahora, pregunta. ¿Qué es lo que te atormenta?

—En realidad, sólo son pequeños detalles.

—Lo suponía. Está bien, hagamos una excepción y descendamos a lo que te fascina. Me dicen que estoy autorizado.

—MAT- 1. Un cuerpo físico, mitad materia orgánica, mitad «sustancia espiritual». Así has aparecido en ese nuevo lugar. Y decías que esa forma es muy próxima a la humana.

—Correcto. Tan parecida que uno, al principio, cree estar todavía entre los mortales.

—Entonces., ¿hay comida y bebida?

—Sí, mi querido enfermo del dato. MAT-1 precisa también de un sustento energético. Pero ese alimento no es exactamente igual que el tuyo. Está pensado y diseñado para un cuerpo «glorioso». Toda una maravilla.

—Dame alguna pista. Alguna diferencia.

—No seas torpe. ¿Es que no lo imaginas? Te estoy hablando de un cuerpo que ha dejado atrás sus funciones más groseras y carnales. Estamos siendo entrenados para la verdadera VIDA: la del espíritu.

—Ahora caigo. Y el espíritu, obviamente, no precisa de papel higiénico.

—Blanca, tu mujer, tiene razón: a veces eres como un niño.

—¡Un alimento y una bebida sin desechos!

—¡Al fin!. ¿Algún detalle más?

—¿Funciones groseras y carnales? Déjame pensar.

—¡Ay, Dios!

—Veamos. Un cuerpo —MAT-1— sin necesidad de aguas mayores y menores. ¿Funciones carnales?

—¡Ay, Dios!

—¿Quieres decir que ahí, en ese nuevo mundo, tampoco hay sexo?

—Lo. estaba esperando.

—O sea, no hay sexo.

—Una de dos: o eres tonto o no escuchas cuando te hablo. Creo habértelo dicho. Aquí no hay lazos familiares. No hay esposos. La reproducción sexual no es necesaria. La muerte no se repite. Entiéndelo: ¡somos una única familia! El sexo forma parte únicamente de la vida en los mundos del tiempo y del espacio. Es el plan.

—Entonces, ¿tú qué eres: hombre o mujer?

—Eso no puedo desvelártelo. Cuando seas MAT-1 lo descubrirás. Y te aseguro que te hará temblar de emoción.

—Otra tontería. ¿Ahí se duerme?

—Claro. La materia orgánica, aunque modificada, necesita de la regeneración del sueño. Aquí, en los primeros estadios, en los mundos «MAT», como tú los llamas, el descanso es obligado.

—¿Y se sueña?

—Naturalmente, pero con una gran diferencia. Aquí, las ensoñaciones nunca son residuales. En este estado no existe el absurdo. Y tampoco el pasado. Los sueños, en «MAT», son una «escuela» extra. Pura información, para que me entiendas.

—¿Puedo continuar con las pequeñeces?

—Es una lástima, pero sí. Tú dirás.

—¿Y qué sucede con el resto de las «funciones carnales»?

—¿Dónde quieres ir a parar.?

—¿Te afeitas? ¿Te crece el pelo y las unas? Más aún: ¿se te cae el cabello? ¿Necesitas gafas? ¿Usas desodorante?

—¡Un momento, jovencito! ¿Me estás tomando el pelo?

—No, papá. Esto va en serio.

—Lo dicho: o no escuchas o eres más torpe de lo que suponía. No volveré a repetírtelo. Este cuerpo «glorioso» disfruta de una materia orgánica «modificada». Aquí no estás sujeto a las lógicas imperfecciones de la vida en la Tierra. ¿Queda claro?

—Clarísimo. Y lo siento por Blanca.

—Decías.

—Pues eso, ¡adiós a las peluquerías!

—Querido, no tienes remedio.

—Y hablando de «remedio», ¿me equivoco si afirmo que ahí tampoco hay farmacias ni servicios de urgencia?

—No pienso contestar a esa frivolidad.

—Lo preguntaba muy en serio.

—Lo sé, jovencito, lo sé. Fin de la comunicación. Si repasas la «conversación» verás que esa duda también fue satisfecha. Aquí, la muerte, el dolor y las enfermedades sólo son un remoto y difuminado recuerdo.

»Te dejo con tus felices pequeñeces. Disfrútalas.

 

REFLEXIONES

«Tu vida queda archivada.

Registrada como una película.»

¡Dios bendito! ¿Qué sentiré al verla? ¿He sabido VIVIR?

Recuerdo la ignorancia, cubriéndome como una segunda

piel. Una asignatura siempre pendiente.

Recuerdo los fracasos. Esa interminable colección de medallas.

Recuerdo el desamor. Un baño en mi propia sangre.

Recuerdo la desesperanza.,

devorándome al filo del camino.

Recuerdo también al Destino, dándome el alto,

obligándome a lavar la mirada.

Recuerdo entonces —desde ese instante— a un hombre

perplejo, con una súbita e inesperada carga de esperanza

entre las manos.

Recuerdo haberme levantado y haberme gritado en

silencio: ¡Nunca es tarde!

Recuerdo que entonces —desde ese instante— no he

medido. He regalado.

Recuerdo que de inmediato —acto seguido—, Él tiró de

mí, devolviéndome la paz, la confianza y la seguridad.

ahora, sí tiene sentido. Ahora VIVO. Ahora, a

partir de ahora, sí merece la pena recordar.

 

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