La nueva revelación —espero no estar exagerando— me dejó perplejo.
¡Una gravedad distinta! ¡Tan física y medible como la única que conocemos! ¡Pobres mortales! Nos aupamos, estúpidos y engreídos, hasta el altar de la ciencia y creemos saberlo todo.
¡Un universo «espiritual» con sus propias leyes! ¡Otra realidad!
—La única a la que debemos calificar de verdadera —se adelantó la «voz», arruinando mis planes y lo previsto para la siguiente «conversación». Pero fui dócil y dejé que él pilotara las palabras—. Una realidad infinita, con sus leyes inmutables, tan sagradas y sabias como las que rigen tu universo visible. Una realidad, queridísimo hijo, que apenas puedes percibir en la carne.
—Entonces, ¿qué somos?
—Como parte del plan divino, mucho. Como parte de la auténtica realidad, de momento, muy poco. No lo olvides: ahora te hablo con conocimiento. Ahora lo sé y lo veo.
—No entiendo.
—Hace cincuenta y tres años fuiste imaginado. Él lo hizo y ahí estás. Él te sacó de sí mismo, de la verdadera realidad. Tu origen, por tanto, no es el mundo en el que vives. Tu patria —la genuina— es otra. Eres un ciudadano de rango espiritual. De hecho, al imaginarte, Él te marcó a fuego con el sello de la inmortalidad. Un sello exclusivo del espíritu. Y estás condenado a regresar, a ser feliz. Tu destino es un maravilloso y esperanzador «círculo». Has partido del universo espiritual y a él volverás., irremisiblemente. Como parte del plan divino, ya ves, eres mucho.
»Ahora bien, en estos momentos, en ese suspiro que es la vida en la carne, eres poco, muy poco, si lo comparas con la inmensa realidad de la que procedes y en la que te espero.
—Mi verdadera patria.
—Un día, en un instante de lucidez, lo grabaste en la placa de hierro que acompaña a la sirenita que tienes en el jardín. ¿Recuerdas?
—«No lloro por la mar. Tampoco por la Tierra. Lloro por las estrellas, mi verdadero hogar.»
—Exacto.
—¿Y por qué el Jefe ha creado la materia? ¿No hubiera sido más sencillo y hermoso permanecer por siempre en esa realidad espiritual?
—Es inevitable. Te pondré un torpe ejemplo. Esa realidad espiritual viene a ser como un espejo. Cada vez que la luz —el Jefe— incide en él, se produce un destello. Pues bien, los mundos del tiempo y del espacio —la materia— sólo son eso: un «destello» inevitable del AMOR. Y he dicho bien: «sólo un destello». Algo fugaz. Algo que depende y se desprende de la auténtica realidad: la luz.
—¡Otra realidad! Sinceramente, me cuesta hacerme a la idea.
—Otra no: ¡la única! Y es natural que tu pequeño cerebro, anclado en la carne, luche y se debata, momentáneamente cegado por el espejismo en el que vive. Pero no desesperes. Es el plan. El hombre debe abrir los ojos y comprender —basta con intuir— que su mundo terrenal es demasiado breve e imperfecto para tanta ansiedad, para tanta curiosidad.
—¿Abrir los ojos?
—Abrirlos a la posibilidad de que ese Dios exista. Con eso es suficiente. En ese momento, automáticamente, se produce el milagro. La realidad humana cambia. La perspectiva se abre. Todo empieza a tener sentido. Es el gran hallazgo. El descubrimiento de la otra realidad, la auténtica.
—Parece simple.
—La VERDAD, con mayúsculas, lo es.
—Y dices que al emprender esa búsqueda, esa persecución de Dios, la realidad humana cambia.
—No puedes imaginar hasta qué punto. Cuanto más te enganches a Él, más se abrirá tu horizonte. Más y mejor percibirás la luz de la realidad que te aguarda tras la muerte. En suma: cuanto más practiques el AMOR, más inmensa y firme será tu realidad. Os lo hice saber en la «carta» que leyó Iván: «La clave de vuestra existencia es el AMOR. El AMOR lo sostiene todo.»
»Y te diré algo más. No hablo por hablar. Observa a los que no AMAN, a los que aún no han abierto los ojos. ¿Qué ves?
—Gente terrible. Sanguinarios. Déspotas. Trepadores. Miserables. Mentirosos. Necios. Ladrones.
—En definitiva: gente con una realidad tan corta como insana. Gente desconfiada, insegura y siempre en soledad. No falla, hijo mío: cuanto más te alejes de El., más te alejarás de la realidad. Dicho de otro modo: perderás el rumbo, eí de tu verdadera patria.
—Bien, ya he abierto los ojos. Ya estoy en el camino. Quiero buscarlo. Quiero pertenecer a la única realidad. Y ahora qué. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Abandonarte en sus manos. He aquí el misterio de los misterios. Si decides hacer su voluntad —que tu voluntad sea la suya—, entonces, hijo mío, Él hará de ti un HOMBRE. Y serás mucho más de lo que en ver dad eres. Sólo entonces, milagrosamente, habrás puesto un pie en la única, en la gran
realidad del espíritu.
—Hacer su voluntad, pero como...
—No te preocupes por el cómo. Él, la «chispa» que te habita, te lo hará saber a cada instante. Conságrate a su voluntad y prepárate a ver maravillas.
»¡Felices reflexiones., ciudadano del espíritu!
REFLEXIONES
¿Ciudadano del espíritu?
Sí, mi padre está en lo cierto.
Ciudadano de una realidad intuida en mi propia soledad y en la de las muchedumbres.
Ciudadano de otra patria, percibida en el tañer de las grandes preguntas, las que nadie satisface.
Ciudadano de la luz, inexplicablemente embrujado en la carne.
Ciudadano de un universo mágico del que sólo me queda la nostalgia.
Ciudadano de la VIDA, de la que sé que procedo y que, ahora, sólo puedo soñar.
Ciudadano del «gran círculo» —el de la eternidad—, con la memoria temporalmente borrada.
Ciudadano habitado por un Dios, reflejado en la bondad de los otros.
Ciudadano de un «más allá», ahora hechizado por un guiño divino.
Ciudadano permanentemente insatisfecho, creado para creer. Creado para crear.
Ciudadano del espíritu, ahora limitado por las cortas alas de la imperfección.
Ciudadano «promesa».
Sí, mi padre está en lo cierto: esto sólo es un espejismo.
La realidad, la única realidad, está ahí fuera.
< Capítulo Once Capítulo Trece >