LA SEÑAL

«¡ESTOY VIVO!»

Esta frase —casi un grito— me desconcertó. Mi padre no era un hombre especialmente religioso. Creía en Dios, sí, pero sin alardes, sin estridencias ni preguntas. En vida —y bien que lo lamento—, apenas cruzamos un par de conversaciones sobre la muerte o sobre Dios. Curioso Destino. Sería después, una vez sepultado, cuando «conversaríamos» sobre el asunto...

No voy a ocultarlo. Aquella noche del 27 de junio, al recibir el primer «aviso», dudé. Por supuesto, la «carta» podía ser fruto de mi imaginación o del ardiente deseo de que siguiera vivo. Aunque la «voz» se presentó nítida y recortada en la oscuridad como un iceberg, mi mente —como un ladrón— estaba robando su verdadera naturaleza. Durante algunos días flaqueé. Y la razón se impuso, arrojando a patadas a la tímida intuición. Sin embargo...

No sé de qué me extraño. Lo ocurrido días más tarde, durante el funeral celebrado el 3 de julio, no era una novedad. Sucedió en el momento crítico, mientras Iván procedía a la lectura del «aviso». No sé cómo, pero en aquella tormenta de emociones, la intuición regresó, colándose audaz en mi corazón. Y sugirió: «Solicita una prueba, una señal.» Esta vez no dudé. Le di la espalda a la razón y formulé una petición:

«Si en verdad estás VIVO, si esa “voz” era tu voz, dame una prueba. Hazme saber dónde estás.»

Obviamente, nadie supo de estas casi absurdas maquinaciones. La pregunta, no obstante, como algo casi natural, flotaba en el cielo de cada corazón.

«¿Dónde estás?»

No tuve que esperar demasiado. Y ocurrió «algo» desconcertante. «Algo» ilógico. «Algo» que hizo enmudecer a la razón.

A la mañana siguiente, domingo, 4 de julio de 1999, a las 09.45 horas, me hallaba en el interior del automóvil de mi cuñado, Joaquín. En el asiento posterior, mi hermana Nelly y Aurora, una de mis tías. Nos habíamos situado a espaldas del tanatorio «Iratxe», dispuestos a acompañar los restos mor­tales de mi padre hasta el cementerio de Pamplona. Se abrió la puerta del garaje y vimos aparecer el coche fúnebre. No puedo explicar por qué, pero mis ojos quedaron clavados en la matrícula. Miento. Ahora sí sé del por qué de esta extraña acción...

No podía creerlo y, desconcertado, reclamé la atención de mis familiares. Y todos, en efecto, confirmaron lo que tenía a la vista.

NA-1946-AY

¡El año de mi nacimiento! ¿Casualidad? ¿Cómo era posible?

Pero la supuesta casualidad no terminaba ahí. Días más tarde, el doctor Manu Larrazábal, maestro en Cábala, me transmitía el secreto significado de las letras y números de la singular y oportuna matrícula. A qué negarlo. Las explicaciones de Manu —ajeno por completo a mi «petición»— me dejaron sin habla. Tras convertir los mencionados números y letras al hebreo, la «traducción» (incluida íntegramente más abajo) respondía plena y meridianamente a la cuestión formulada en el funeral:

«Desfalleció (murió). Destinado a la altura. »

Increíble. En la «señal», en la respuesta, aparecía contenida mi propia pregunta: «NA­-AY» («por favor, dónde»). Es decir, «por favor, os ruego, ¿dónde está?».

Naturalmente, me faltó tiempo para indagar sobre el número de vehículos matriculados en esos momentos en Navarra, incluyendo, claro está, los coches fúnebres. Las sucesivas respuestas de los centros oficiales vinieron a ratificar lo que ya suponía:

Total vehículos matriculados (a diciembre de 1998): 306034.

Total coches fúnebres matriculados en Navarra: 49.

¿Hacer números? ¿Para qué? Estaba muy claro. La probabilidad de que un coche fúnebre —en este caso, el que trasladaba el cadáver de mi padre— portara la mencionada matrícula, con el año de mi nacimiento y la «respuesta» a mi petición, se hallaba sometida a tal cúmulo de parámetros que la presencia de dicho furgón en ese lugar y en ese momento resultaba casi nula desde el punto de vista matemático.

Sí, mi padre —o quien fuera— respondió puntual y magistralmente a mi solicitud.

«...Hazme saber dónde estás.»

«Destinado a la altura.»

En otras palabras: ¡VIVO!

 

 

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