LOS "CAMAREROS"

“¡ESTOY VIVO!... ¡Y destinado a la altura! “

Fue curioso. La “voz” esperó. Aguardó a que este torpe ser humano se convenciera. Después se presentaría ante mí, día tras día, solícita ante mis dudas y reclamaciones. Y mi diario —como un milagro— se vio col­mado con unas “conversaciones” que, francamente, no sé cómo calificar. ¿Pura imaginación? ¿Realidad? Por supuesto, dada mi proverbial tozudez, exigí nuevas pruebas, más “señales”. Y se cumplieron. Una tras otra. Pero ésa es otra historia...

En el fondo, poco importa. Si esas “charlas” con mi padre sólo han sido fruto de mi subconsciente..., ¡bendito subconsciente! ¡Bendita esperanza! Que cada cual juzgue y decida...

“¡ESTOY VIVO!”

Mi primera “conversación” —más que atropellada y confusa— giró justamente en torno a esa desconcertante frase. Yo lo había visto muerto. Yo había velado su cadáver. Yo había asistido a su entierro. Sin embargo, la “voz”, imperativa, repitió una y otra vez:

—¡Estoy vivo!... ¡Sigo vivo!

—Pero la muerte...

—Sí, querido hijo, llegó. Fue como dices. Como un beso en la frente.

—Un momento, papá, vayamos por partes. ¿Sabías que era el final?

—Al principio, no... Después, sí. ¿Recuerdas? Os lo dije...

—Pero ¿cómo? ¿Cómo pudiste saberlo? Nadie te insinuó...

—Fue al final. Aquella gente alrededor de mi cama... Se presentaron en la noche. Vestían de blanco. No los conocía. Me miraban y hablaban entre ellos... También os lo dije, ¿recuerdas?

—Sí, hablaste de alguien... De algunos hombres vestidos como camareros...

—Ésa fue la señal. Entonces lo supe. Había llegado el momento.

—¿Tuviste miedo?

—No demasiado. Ocurrió algo extraño. Aquellas personas —los “camareros”—, aunque no me hablaron, tocaron mi frente y me sentí en paz. Fue una increíble y desconocida sensación. El dolor desapareció y también la angustia. Me sentí feliz. Pleno. Inundado por una extraña paz. Tú, quizá, no lo recuerdes, pero esa madrugada te hablé e intenté decírtelo.

—No recuerdo...

—Yo estaba despierto. Tú te aproximaste a la cama y tomaste mi mano entre las tuyas. Sentí tu calor y tu fuerza. Y me dijiste:

“Papá, tranquilo.” Yo, entonces, rodeándote con ese inmenso amor que me llenaba, respondí: “No..., tranquilo tú.” Pero creo que no comprendiste. Después, dulcemente, todo se oscureció. Dejé de oír y de sentir. Fue lo más parecido a un sueño.

—¿Un sueño?

—Así es, un dulce y benéfico sueno.

—¿Y la muerte?

—Eso es la muerte, querido hijo. Te duermes, sin más...

—Parece simple.

—Es que lo es. Tu Jefe —creo que así llamas al buen Dios— es muy discreto. Además, no sé por qué lo preguntas. Tú lo sabes y lo has escrito: “Dios nos entrena todos los días para morir.” La muerte es un sencillo mecanismo, necesario para proseguir. Cada noche, al acostarte, estás ensayando esa última escena. Y lo haces tranquilo y confiado. Pues bien, la única diferencia es que, al morir, despiertas en otro lugar...,y sin pijama.

—No entiendo tu buen humor...

—Quizá más adelante, si continúas preguntando, lo comprenderás.

—Curioso. Aquí sólo ha quedado la tristeza. Tú, en cambio...

—Os lo dije en la “carta” que leyó Iván. No fueron sólo hermosas palabras. Es la realidad: ¡sigo VIVO! Y aunque el vacío y la amargura son comprensibles, tratad de sofocarlos lo antes posible. Si pudierais verme, si supierais...

—Eso suena muy bien, pero...

—Sé lo que estás pensando. Y no es justo. Tú, precisamente, has recibido algunas “señales”...

—Sí, lo reconozco.

—Entonces...

—Veo a Nelly... Ella no termina de aceptarlo. Sinceramente, no estamos preparados para la muerte.

—Pues ya va siendo hora... La muerte no es un mal. Sólo se trata de un ascensor. ¿Por qué tenerle miedo a un mecanismo natural? Te lo he dicho y, seguramente, te lo repetiré: Dios no hace chapuzas. Querido hijo: todo obedece a un orden. Un orden perfecto y magnífico que tú, ahora, no puedes asimilar. Pero no te desanimes. Despacio, paso a paso, iré con­tándote aquello que he visto y lo que ahora sé.

—Nadie me creerá...

—Eso poco importa. Yo hablo para tí. Es tu corazón —no tu mente— el verdadero destinatario de mis palabras. Él sabrá...

“¡Felices sueños! ¡Feliz entrenamiento!

 

REFLEXIONES

 

Aquel atardecer, tras la primera y singular

 “conversación” con mi padre muerto, me retiré y refugié

 a los pies de mi segundo gran amor, la mar. Y medité.

 Repasé lo escrito. Y la mar, en cada ola, en cada

 respiración, fue asintiendo.

 “Un dulce y benéfico sueño. Eso es la muerte.”

 ¡Qué extraña sensación! Mi padre, siempre parco en

 palabras, siempre observador, siempre resignado, hablaba

 ahora con la seguridad de un vencedor.

 “La muerte no es un mal... Es un ascensor.”

 Y volé. Dejé que mi espíritu planeara sobre el rostro azul

 y amansado de las aguas. Entonces lo vi. Era él. Era mi

 padre, pleno, sonriente, cargado de amor, con los brazos

 abiertos... Mirase donde mirase, allí estaba. En cada

 átomo. En cada color. En cada susurro.

 “Me sentí feliz... Inundado por una extraña paz.”

 Fue un vuelo sin palabras. No eran necesarias.

 El tiempo, perplejo, se quedó dormido.

 Y yo me hice uno con él, surcando azules, estrellas

 y esa ignorada frontera del AMOR pleno.

 Nunca como entonces lo sentí tan cerca, tan mío...

 “Sí, mi querido hijo.”

 

 

< Capítulo Dos     Capítulo Cuatro >