MIEDO A MORIR: FALTA DE INFORMACIÓN

Por más que lo he intentado, no consigo recordar una sola imagen de mi padre asustado. Al menos, nunca lo exteriorizó. ¿Era un hombre valiente? Creo que sí, a su manera. Sin embargo, al final, poco antes de la llegada de los «camareros», reconoció haber sentido miedo. Esta confesión me obsesionó durante algún tiempo. ¿Por qué el ser humano experimenta ese pánico ante la inminencia de la muerte? Si se trata de un «mecanismo natural», si sólo consiste en un «dulce sueño», ¿por qué ese terror?

Éste fue el tema central de mi siguiente «conversación». Y mi padre, como siempre, fue claro, rotundo y económico.

—En tu pregunta, querido hijo, está la respuesta: eres un ser humano..., todavía. El miedo, como la curiosidad o el instinto de supervivencia, es una característica de las criaturas sujetas al tiempo y al espacio. El hombre lo arrastra en sus genes. Ese miedo, sobre todo a lo desconocido, le ha permitido sobrevivir.

—Entonces, ese sentimiento es inevita......

—Sí y no.

—No entiendo.

—El mundo, tu mundo, ha vivido largas épocas de oscuridad. En esas circunstancias, el miedo era comprensible. Faltaba información. Ahora, en cambio, la tenéis. Todo un Dios se encargó de suministrarla.

—Comprendo. Te refieres a Jesús de Nazaret...

—Sí, tu socio. Y no preguntes en qué consiste esa información porque la conoces y la has difundido.

—Hazme un favor. Refréscame la memoria...

—Vida después de la vida. Él se cansó de repetirlo. Y al final lo demostró: resucitó y fue visto. Sois —somos— inmortales. Esa es la información que faltaba.

—En otras palabras: ahora, el miedo a la muerte ya no tiene sentido.

—Desde hace dos mil años, para ser exactos...

—Todo eso está muy bien, pero la verdad es que la idea de la muerte continúa aterrorizándonos.

—Miopía. Pura miopía cósmica... Mira a tu alrededor. ¿Crees que tu mundo es la única realidad?

—Es lo que veo.

—Sí, pero ¿qué sientes?

—Que no me gustaría que todo concluyera con la muerte.

—¡Bingo!

—Papá, a ti nunca te gustó el bingo...

—Tú ya me entiendes. Lo importante no es lo que observas. Reconoce conmigo que tus sentidos son muy limitados. La clave está en lo que sientes, en lo que intuyes. Esa cualidad, justamente, os distingue, por ejemplo, de los animales. ¿Qué me dices de tus perros? ¿Son listos?

—A veces me dan envidia...

—Sin embargo, jamás se formularán las grandes preguntas: ¿quién soy yo?, ¿qué hago aquí?, ¿sobreviviré después de la muerte? ¿Crees que esas inquietudes, exclusivas del ser humano, son una casualidad? ¿Por qué están ahí?

—Dímelo tú...

—Son como semáforos, siempre en ámbar. Siempre alertando. Siempre obligando a mirar hacia lo alto.

—Pero el hombre no ve...

—Tranquilo. Ya irá viendo y comprendiendo. Algunos —tú lo sabes— ya lo han captado. Después llegará el resto...

—Eres muy optimista.

—Ahora sí. Aquí, en este nuevo mundo, la realidad —la auténtica realidad— es puro optimismo.

—Así que la clave para vencer el miedo es sentir y dejarse llevar por la intuición.

—Es el único camino. La razón es todavía una criatura imperfecta, con un vuelo rasante e inseguro. Deja que el instinto te guíe. La intuición sí está capacitada para volar alto y atravesar las fronteras de lo visible. Y ahora dime: ¿qué te dicta la intuición?

—Que tienes razón. Que el Jefe es tan inmenso, imaginativo y amoroso que no puede limitarnos a esta breve, atormentada y oscura existencia. Tiene que haber más, mucho más.

—Puedes estar seguro, querido hijo. Puedes estar seguro...

—Son tantos los asuntos que quisiera consultarte que no sé por dónde tirar...

—Déjalo ahí, de momento... Merece la pena que reflexiones y que, finalmente, entierres el miedo. Sé libre. Haz honor a tu condición de hijo de un Dios. ¡Eres inmortal! No lo olvides nunca: el miedo a la muerte fue vencido hace dos mil años...

»¡Ponte al día, jovencito!

—Jovencito?

—~ Feliz información! ¡Feliz intuición! ¡ Disfrútalas!


REFLEXIONES

 

«La clave está en lo que sientes, en lo que intuyes.» ¿Y qué intuyo? ¿Qué siento más allá de lo que veo? Percibo una luz, una fuerza que tira de mí desde todo lo creado y lo increado. Yo fui parte de esa luz. Yo fui imaginado y enviado. Y ahora, sujeto al tiempo y al espacio, juego a adivinar mi pasado. Es el juego de los Dioses. «Ve, vive y búscame.» Y ahora sé que todo son pistas del buen Dios. Lo que veo y lo que aún no veo.

 Todo es suyo..., y mío. Todo es Él...

 Veo los escuadrones nubosos, montando guardia en el horizonte marino y lo percibo. Él está dentro y fuera. Él me grita entonces: «Ven a mí a través de la belleza.»

 Veo el error, el desánimo y la confusión en mis hermanos, los hombres. Y lo percibo. Él está en el interior, esperando que el amor los ilumine. Entonces me grita:

 «Ven a mí a través de la misericordia.»

 Veo a mi padre, muerto, con el rostro maquillado por la paz. La paz de los hombres buenos. Y percibo la sonrisa

de Dios  y su cálida voz: «Ven a mí sin miedo. Ven de la mano de la esperanza.»

 Sí, la clave es sentir...

 

 

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