EL INSTANTE MAS ESPECTACULAR

La intuición... En alguna parte lo he escrito: «Ese ángel-mujer que siempre pasa de puntillas. »

¿Por qué siento que todo esto es cierto? Al menos, merecería la pena que lo fuera...

La siguiente «conversación» —digo yo— fue casi inevitable. Otra de las frases leída por Iván se me antojó vital:

«He despertado en un mundo nuevo... »Mi padre fue siempre un enemigo natural de la mentira. Como la mayoría de los hombres sencillos compensaba su escasa preparación cultural con un talante limpio y transparente. Sencillamente, aborrecía los rodeos y la palabrería de los intelectuales. Si jamás mintió en vida, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Así que, ni corto ni perezoso, solicité detalles sobre ese «mundo nuevo».

—¿Por qué mencionaste la palabra «despertar»? ¿Se trata de una metáfora?

—No. Cuando dije «he despertado en un nuevo mundo» estaba ajustándome a la verdad. Te lo repito: morir es entrar en un dulce y benéfico sueño. Después, uno abre los ojos y está allí...

—¿Allí? ¿Dónde?

—Te lo acabo de decir. En un mundo distinto, nuevo para mí.

—Pero no entiendo... Si estabas muerto, ¿cómo puedes volver a la vida?

—Querido hijo, también os dije que, al despertar, estaba siguiendo un camino como jamás podríais imaginar. Pero sólo estoy en el principio. La carrera hacia el Jefe es muy larga... No pretendas, pues, que te revele lo que todavía no sé. La vida es una exclusiva de Dios. Sólo Él conoce el misterio, el cómo, de ese «despertar».

—Pero bueno, si en verdad estás VIVO —y yo lo creo—, algo sabrás, algo te habrán dicho...

—Muy poco, pero suficiente.

—Cuéntame...

—Trataré de simplificar. Según mis noticias, cuando «entras en el ascensor», cuando la muerte cierra tus ojos, cuando todo termina, «alguien» se hace cargo de lo único que perdura. Y lo custodia hasta el instante de la resurrección.

—Un momento. Creo que me he perdido... ¿Quién es ese «alguien»? ¿Qué es lo único que perdura?

—Empezaré por tu última pregunta. Pero antes te recordaré algo que ya sabes: Dios no deja nada al azar. Todo está previsto. Todo obedece a un plan. Un proyecto nacido del AMOR. Pues bien, lo que a mí me ha sucedido, lo que tú también vivirás, lo que ya han experimentado miles de millones de seres humanos, forma parte de ese espléndido y esperanzador plan. ¿Y qué dice ese plan? También te lo dije: ¡somos inmortales!

—Ahora eres tú el que se está perdiendo...

—No, mi querido e impaciente hijo. Y respondo a tu pregunta. Lo que perdura, lo que jamás desaparecerá, es tu alma inmortal..., y tu memoria. Ambas —no me preguntes cómo— son rescatadas al penetrar en el «ascensor». Ese es el «procedimiento». Y así se sigue, desde siempre.

—¿Y quién se ocupa de semejante «rescate»?

—Del alma —y continúo simplificando—, un ángel. De la memoria, «alguien» que te habita y de quien has escrito en muchos de tus libros.

—No caigo...

—A veces, cuando hablas de Él, echas mano de un encendedor. Prendes la pequeña llama y la utilizas como ejemplo...

—¡La «chispa» divina!

—Correcto. El gran regalo de tu Jefe. Su misteriosa presencia en cada corazón. Lo que, en definitiva, te convierte en un Dios.

—¿Él custodia mi memoria?

—Él la mantiene y la preserva.

—Pero ¿por qué la memoria?

—Es la base del conocimiento y de la inteligencia. Sin ella no serías tú.

—¿Insinúas que, una vez muerto, al despertar en ese nuevo mundo, recordaré todo lo vivido en la Tierra?

—No insinúo: afirmo. Pero te equivocas en algo. Esa especie de caja de caudales que guarda toda tu vida sólo conserva «lo que merece la pena».

—¿Podrías ser más explícito?

—En ese plan maravilloso que te mencionaba no caben las sensaciones y los recuerdos propios de la naturaleza animal en la que ahora estás encarcelado. Tu memoria sólo seleccionará aquello que te fue útil en vida, todo lo que ennobleció y elevó tu condición humana. En definitiva, como te decía, el oro y la plata de tu existencia...

—¿Puedo preguntarte algo personal?

—Puedes... Otra cuestión es que responda.

—Y tú, ¿qué recuerdas ahora?

—Mucho y muy bueno... Por ejemplo:

las caricias y el amor inmenso de tu hermana en aquellos últimos días, en la clínica... Tu alegría, tus besos, tus palabras cuando regresabas a casa... La lectura de un libro. Casi siempre los tuyos... Mis nietos... La mirada limpia de Iván... No sé... Son tantas cosas...

—Te has emocionado...

—Sí, claro. Aquí, aunque no lo creas, no existe el disimulo. Eso pereció también con el cuerpo...

    —Hablabas al principio de una resurrec­ción. ¿Forma parte del plan?

—Digamos que fue el instante más espectacular. A ti te encantara...

—Pero ¿de qué estás hablando?

—De lo prometido por tu Jefe. ¿Qué pensabas? Por lo que veo, por lo que sé y lo que intuyo, tu querido y admirado «socio» nunca habló por hablar. Él dijo que resucitaríamos y aquí me tienes: ¡resucitado!

—¿En cuerpo y alma?

—En cuerpo y alma.

—Pero ¿cómo?

—Te lo dije: no conozco los detalles. Es muy pronto para mi. Supongo que existe una «técnica». Sé que esa palabra te gusta, pero ten paciencia. Además, ¿qué puede importarte ahora? Lo que cuenta es el resultado. Aquí me tienes. ¡VIVO!

—Veamos si lo he entendido. Dices que un ángel custodia tu alma inmortal...

—Correcto.

—Y que la memoria queda en poder de la «chispa» divina...

—Exacto.

—Y de pronto despiertas...

—Justo en el instante en que ambas vuelven a encontrarse. Es entonces —al quedar en­sambladas— cuando resucitas. Y eres tú. Ese es el plan. Mejor dicho, el principio del plan.

—¡VIVO! Entonces eres un espíritu...

—Nada de eso, jovencito. Cuando despiertas, cuando vuelves a la VIDA —a la ver­dadera—, cuando el gran Dios te resucita, ahí estás tú..., con un nuevo cuerpo.

—Eso me interesa...

—Lo sé, pero yo también cumplo órdenes. ¿O crees que estas «conversaciones» son gratuitas?

»Ahora sería bueno que dejaras la pluma y meditaras sobre lo dicho. Que Dios te guarde...

 

 REFLEXIONES

 

« ¡ Somos inmortales!»

 Poco importan los dogmas, las amenazas religiosas y

 hasta los profetas. Él lo dijo. Lo anunció. Lo demostró.

 Esto sólo es el principio de una larga y venturosa marcha

 hacia nuestra auténtica patria. Estamos empezando.

 Y tras el dulce sueño de la muerte, la VIDA.

 Un «despertar» con memoria, con un pasado sublimado

 y, sobre todo, con la VIDA por delante...

 Eso sí es un Dios. Eso sí es un Padre.

 Y me pregunto: cuando llegue mi hora, cuando tome el

 «ascensor», ¿cuáles serán mis recuerdos?

 ¿Qué permanecerá en esa depurada «caja de caudales»?

¿Quizá mis sueños? ¿Quizá el hombre que siempre quise ser y apenas fui? ¿Quizá mis pensamientos?

¿Quizá las buenas intenciones, segadas muchas veces en el mismísimo huerto de la imaginación?

¿Quizá la escasa y casi siempre forzada colección de sonrisas que acerté a reunir? ¿

Quizá aquel beso a tiempo? ¿Quizá alguna que otra renuncia? ¿Quizá lo que compartí?

¿Quizá los sabios silencios? ¿Quizá los fugaces relámpagos del amor?

Quién sabe...

Lo cierto es  que «despertaré». El lo dijo y yo lo creo

¡Es mi «socio»!

 

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