«MAT-1»

Fui acostumbrándome. En estas mágicas «conversaciones», el orden siempre fue cosa suya. Cada tema, cada asunto, surgió «en su momento». Yo, previsor, enfermo del dato, había trazado un plan y una larga lista de preguntas. Inútil. Cada «encuentro» fue una sorpresa. Y terminé resignándome. Así ocurrió en la quinta «charla»...

—Ayer decías que la «forma espiritual es tan física y real como la tuya o como la mía». Y recuerdo también que, al insinuar si eras un espíritu, lo negaste. Hablaste de un cuerpo...

—Sí, tu tema favorito.

—Compréndeme. Todavía soy humano. Eso de un «nuevo cuerpo» es muy fuerte...

—Creo que voy a decepcionarte.

—No me digas que hablabas en metáfora.

—Nada de eso, jovencito. Mi nuevo cuerpo es tan físico y real como el tuyo. Decía que voy a decepcionarte porque, en el fondo, la información que deseas... ya la tienes. Yo mismo la leí en vida, en uno de tus libros.

—¿MAT-1? ¿Eso eres ahora?

—No, acabo de estrenar MAT-2...

      —¡Ay, Dios!, ¡no me digas que lo que estoy pensando es lo que tú estás pensando...!

—Contigo nunca se sabe, pero creo que sí... Sólo te lo diré una vez, aunque lo conoces perfectamente: Dios te tiene un especial cariño. Y yo, ahora, me siento feliz y orgulloso por ello. En otras palabras: lo que escribes no es casualidad. Esto mismo, estas «conversaciones», también estaba previsto. Como decía tu «socio»...

—Sí, «el que tenga oídos...».

—Eso, «que oiga».

—Bien, de acuerdo, está escrito... Pero me gustaría oírtelo decir. Cuéntame. Sales del «ascensor», «despiertas» y...

—Abro los ojos y no veo la habitación de la clínica. Tampoco a las enfermeras. Ni rastro de Nelly, ni de Iván. Tampoco estás tú...

—Pero ¿qué ves?

—No seas impaciente. Te lo estoy contando... Es un lugar enorme, de techo muy alto. Un edificio enteramente de cristal.

Hay luz, pero muy suave. No sé de dónde procede, pero lo inunda todo. Alguien me está mirando. Sonríe. Está de pie, junto a la cabecera de mi cama. Bueno, no debería utilizar esa palabra... En realidad no es una cama. Recuerdo que no me extrañó. No me preguntes cómo, pero sabía lo que era. Era un lecho amplio, mullido y cálido. Lo acari­cié un par de veces. Compréndeme. Me fallan las palabras. Te hablo de una realidad que no es la tuya.

—No importa. Continúa...

—Ese ser, esa «persona», siguió mirándome. Tenía un rostro humano, pero bellísimo. Perfecto. Todo él era humano. En su mirada, sin embargo, había algo especial. Parecía conocerme de toda la vida. Y me envolvió en esa misma paz que ya experimenté al entrar en el dulce sueño de la muerte.

No habló, pero su voz llegó clara y acariciadora hasta mí.

«Vamos, José, incorpórate... ¡Bienvenido a la VIDA!»

—¿Quién era?

—Aquí los llaman «recibidores». Cada uno tiene el suyo. Son seres muy especiales. No puedo decirte más...

—¡Qué extraño! Siempre pensé que tus padres, tus familiares y amigos estarían ahí, para recibirte.

—Eso son leyendas. Mis padres y amigos, todos los que me precedieron en el sueño de la muerte, se encuentran, lógicamente, «muy lejos». Pero no te alarmes. Todo está previsto. Después sí fue posible ese increíble y hermoso encuentro.

—¡Por Dios, no te distraigas! Te incorporaste y...

Mi padre, poco antes del sueño de la muerte

(Foto: J. J. Benítez)

 

José Benítez, a los veinte años. Imagen correspondiente -según él- al "cuerpo" recibido tras la muerte. "MAT-1".

—Al principio no reparé en el cuerpo. ¿Cómo explicarte? Todo era normal, idéntico a lo vivido antes de la muerte. Respiraba. Podía moverme. Sentir. Mis manos, mis piernas..., todo era igual. Aparentemente, nada había cambiado. Fue al ponerme en pie cuando empecé a notar que era yo, sí, pero mucho más joven... Mi acompañante, entonces, sin perder aquella maravillosa y acogedora sonrisa, asintió con la cabeza. ¡Qué susto, hijo mío! ¡Tenía pelo!

      —¿Pelo? Pero ¡si eras calvo!

—Lo que oyes. ¿Y qué decirte de la figura? ¡Un junco! Alto, delgado...

—¿Estás seguro de que eras tú?

—El mismo, pero con la estampa de los veinte años. Por ahí debes de tener una fotografía de aquel tiempo.

—¡ MAT-1!

—Así es. Después, poco a poco, fui informado de los «detalles».

—Soy todo oídos...

—¡Ojo, querido! Mi revelación tiene un límite. Digamos que, en cierto modo, llevabas razón cuando, al describirlo en Hermón, suponías que este nuevo cuerpo era mitad materia orgánica —similar a la tuya—, mitad «sustancia espiritual». Una sabia y prudente combinación que permite una natural transición hacia la futura y definitiva forma espiritual. Alguien lo definió muy bien: un cuerpo «glorioso».

—¡Mitad materia, mitad espíritu!

      —¡MAT-1!

—Más o menos. Déjalo ahí. Es suficiente, por ahora.

—Es decir, un cuerpo de verdad. Físico. Visible. Que yo podría abrazar...

—Físico y visible, sí, pero en otra «realidad» diferente a la tuya. Lo siento... Sin la debida «autorización», ningún mortal puede vernos o tocarnos.

—Y tú, ¿puedes verme?

—Perfectamente..., pero sólo con la debida «autorización». Creo habértelo mencionado. Nadie regresa a tu mundo. Es la Ley.

—Entonces, esas historias de almas en pena, vagando por la Tierra...

—Eso, historias. La verdad es más simple y hermosa. Todos, al morir, «despertamos» en esa sala de resurrección, en ese fantástico edificio de paredes de cristal... Y comienza la aventura. Es el pistoletazo de salida en la gran carrera hacia el AMOR.

—¡Con un cuerpo físico! No es eso lo que prometen las religiones...

      —¡Ah! ¿y qué prometen?

—Un salto directo, sin red... Un salto de la materia al espíritu puro.

—Atiende, jovencito. Mira a tu alrededor y dime: ¿crees que tu Jefe y socio es un insensato? ¿Cómo actúa la Naturaleza? ¿A saltos bruscos o lenta y gradualmente?

—Evidentemente, con paciencia.

—Pues con más razón en algo tan sagrado como la evolución de sus queridos hijos... Saltar, como tú dices, de una naturaleza prácticamente animal a otra realidad —la del espíritu— no sería aconsejable, desde ningún punto de vista. Te lo repito: aunque no lo comprendas, hay un orden. Dios —te lo aseguro— es mucho más minucioso que tu... ¡Y ya es decir!

—Por cierto, olvidaba preguntártelo: ¿lo has visto?

—¿Ver? ¿A quién?

—Al buen Dios... Esas mismas religiones aseguran que, al morir, te estará esperando...

—Ese asunto merece una «conversación» extra. Recuérdamelo en la siguiente...

—¡Qué mala leche!

REFLEXIONES

"Dios es mucho más minucioso que tú."

Sí, no había reparado en ello. La Creación exige tanta

imaginación como sensatez. Todo es gradual. Mira a tu

alrededor y dime: ¿es "Ab-bâ" un Dios sensato?

La noche siempre espera. Primero cambia de túnica.

Despide a la luz con sus galas rojas, las más adecuadas.

Después busca el negro y así gobierna. Es lo prudente.

Sólo así -de negro- son posibles lo sueños.

El bebé siempre espera. Primero indefenso. Necesitado de

amor. Y así crece. Envuelto y adiestrado en el amor. Más

adelante no será necesario que se lo expliquen. Caricias,

besos y ternura han penetrado lentamente en su vida.

Es lo prudente.

La rosa siempre espera. Primero sepultada. Negra en el

féretro de la tierra. Después, sin prisas, verdea vertical y

femenina. Y un día, compartiendo el secreto de la vida, se

presenta roja, blanca o amarilla. Es lo prudente. También

la belleza es gradual.

La muerte siempre espera. El hombre, primero, debe

gustar la vida. Debe saber y entender que nunca

regresará. Debe apurar los sueños, el amor y la belleza.

Es lo prudente. Después, al otro lado, la noche,

el AMOR y la belleza serán de otra naturaleza.

"Sí, Ab-bâ es un Dios sensato. Muy sensato."

 

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