CARTAS A UN IDIOTA. Memorias de un desmemoriado. (2004)

 A Jiménez Moreno, Tomás Daroca, Lola Gómez, Mercedes Castrillo, Manolo Mato, Carlos Garda, Juani Delgado, José Manuel Jiménez Moragas, José Aciara, Luis Miguel, María José Camacho, Trinidad Merino, Manuela Cueto, Soledad Galindo, Toñi Montes, Pepe Orcero y Paco Martín (entre otros) por hacer fácil lo difícil.

Y a Blanca, por supuesto.

Bilbao 30-8-03

 

Ese mundo de la ciencia viene a ser cual un enjambre de mecanismos que nos suministran objetos y que, en tanto que seres, resultan meras sombras. Porque hay otro mundo mucho más real para nosotros. Lo vemos, lo sentimos y todas nuestras emociones nos enlazan con él.
No podemos analizado ni medido.
Su misterio es infinito.
Sólo podemos decir: «Aquí estás.»
Ese mundo de la emoción se halla lejos de la ciencia; y es el arte quien lo ocupa.

RABINDRANATH TAGORE

 PRIMERA PARTE

Nada de guiones. Nada de estructuras o andamiajes. Es la primera vez que lo intento y lo conseguiré. ¿Puedo permitirme ese lujo? ¿Puedo escribir para mí mismo? ¿Puedo «olvidar» a la editorial e, incluso, a los lectores? Después de 49 libros escritos y 44 publicados tengo ese derecho (creo). Quiero escribir por el placer (o por el dolor) de escribir. Con una idea en el horizonte. Eso es todo. Mejor dicho, con un sentimiento en la lejanía. Eso es todo. Después y ahora, ya veremos qué sale...
Sin guión. Eso es. A cuerpo descubierto. Dejando que gobierne el corazón. Dejando que la razón se enfríe. Pensando sólo en lo que sucedió. Pensando en ella...

9 DE JULIO (2002)
MARTES

Fue poco después de las 16 horas. Probablemente estaba cansado y decidí relajarme. Me acosté en el dormitorio y esperé. El sueño, sin embargo, no llegó. Y prosiguió la batalla: serie de televisión sin terminar, nuevas investigaciones, viajes inmediatos, deudas, ¿ingresos?, hijos, libros a entregar a los editores... ¡Cómo me gustaría pensar «en una sola dirección»! Pensar en algo, sí, y después, en lo siguiente. Pensar ordenadamente. Pero eso, al parecer, no es humano.
Y ocurrió. De pronto -poco después de las 16 horas- la vi. Era julio. Hacía calor. Estaba desnudo sobre la cama. Al fondo, sin sonido, gesticulaban los colorines de un televisor. No puedo explicado, pero allí estaba. Mi pie izquierdo no era un pie. Y me sobresalté. No sé cómo ni por qué pero mi pie se transformó en una calavera. Y me asusté. La vi con claridad. Era un cráneo humano. Un cráneo que se movía despacio, muy lentamente. Unos movimientos que coincidían con los del pie (!). Durante algunos segundos no me atreví a parpadear. ¿Qué era aquello? ¿La muerte?
Y de un salto escapé de la visión y del lugar. Fue inútil. Seguí reteniendo la imagen en mi memoria. Hoy, incluso, después de lo ocurrido, sigue ahí, con las cuencas negras, enormes y absorbentes. Y me mira sin palabras. Entonces, y ahora, me pregunto: ¿fue un aviso? Y lo más importante: ¿se cumplió o está por cumplir?
Minutos después -a eso de las 17 horas-, Blanca, mi mujer, me reclamaba desolada. Nicolás acababa de aparecer flotando en el agua del retrete, en el pequeño baño situado en el lavadero. El hermoso mirlo negro (todavía una cría) se había caído del nido pocas horas antes. Y Blanca, con dulzura, lo alimentó y preservó. Fue un milagro que nos percatáramos de su presencia, en mitad del jardín, y entre el continuo ir y venir de Zal y Odín, los perros que guardan el lugar. La madre, enloquecida, me sobrevoló en dos o tres oportunidades, mientras buscaba la forma de capturarlo y ponerlo a buen recaudo. Recuerdo que levanté la vista y le dije: «Tranquila. Te lo devolveré en cuanto se recupere.»
No vivió mucho. En un descuido terminó ahogándose en un retrete. Era la segunda «señal» en un solo día. Dos «señales» claramente emparentadas con la muerte. Así, al menos, lo percibí y así quedó escrito en uno de mis cuadernos de campo. ¿Dos avisos? ¿Dos advertencias sobre la muerte? ¿La muerte de quién? Obviamente, quien no me conozca pensará –con razón- que cuanto he referido es consecuencia de la locura. Muy bien. ¿Qué puede importarme ese tipo de opinión? Yo sé que fue real. Yo sé que el mundo funciona con «señales», aunque la mayor parte de cuantos habitamos el planeta somos «ciegos» (de nacimiento).

13 DE JULIO
SÁBADO

Cuesta vencer la inercia. No es fácil escribir para uno mismo. No, al menos, después de toda una vida entregada a la investigación y difusión. ¿Me estaré engañando a mí mismo? ¿No será que el subconsciente continúa trabajando para el lector? Que sea lo que Dios quiera...
Ese sábado recibí una mala noticia: Castillo, el viejo y leal pescador, mi amigo, fue ingresado en el Hospital de Puerto Real. Problemas con el cansado corazón...
Al verlo en la UCI regreso a la imagen del pie izquierdo convertido en calavera humana. Me estremezco. ¿He acertado? ¿Se muere mi amigo?
Las horas discurren lentas. Más que lentas, pesadas y en tinieblas. Pero Castillo sale adelante. Quizá la visión del cráneo sólo fue un aviso. Por supuesto, nadie sabe nada. Tampoco Blanca.

14 DE JULIO DOMINGO

Emprendo un nuevo viaje. Esta vez a Bilbao. La serie de televisión «Planeta encantado» se encuentra en pleno montaje. Con un poco de suerte podría estar concluida en dos o tres meses. No hagamos planes...
Castillo se recupera. Lo he visitado de nuevo y he leído el miedo y la preocupación en sus ojos. La muerte ha pasado de largo pero, durante unos instantes, se detuvo y le miró. Castillo lo sabe y me lo ha dicho sin palabras. Promete dejar de fumar y vivir. (VIVIR, con mayúsculas.) Mientras consumo los 1.100 kilómetros que separan Barbate de Bilbao, yo también pienso en VIVIR y en dejar de fumar. Y lo hago intensamente (mientras fumo).
¿Dejar de fumar? ¿Después de cuarenta años? Lo veo casi imposible...

No entiendo. ¿Por qué sigo viendo la calavera humana en mi pie izquierdo? Castillo ha salido adelante. Quizá estoy equivocado. Quizá estaba dormido y sólo fue un sueño. Un mal sueño. ¿O no? Yo sé que no.
¿VIVIR, con mayúsculas? Otro viejo y añorado sueño. Lo predico casi a diario, en mis libros. VIVIR. Eso es lo que cuenta. Sin embargo, soy el primero que no lo cumple. No VIVO. En el mejor de los casos, MALVIVO. y los pensamientos (en todas las direcciones) me atropellan: lunes (reunión con montaje), la música no me gusta, llamada al cura Iñaki (sabe de un caso de «resucitado»), almuerzo con el equipo, no olvides la visita al asesor (el capítulo de Colón conviene someterlo a una sepia), echo de menos a Blanca, la productora no responde, demasiado rojo en el Sahara (cómo filtrarlo), me falta tiempo (debo empezar el quinto volumen; me inclino por Tassili), cómo viviremos a partir del otoño (no sé nada de la editorial), quiero retirarme.. .
Lo sé. No es bueno vivir con minúsculas. En realidad no puedo hacer otra cosa. Alguien tiene que pagar las facturas. ¿O no?
15 DE JULIO
LUNES

Bilbao. 8 horas. Al tratar de cumplir uno de los encargos de mi mujer sucede algo preocupante. Ocurre en plena Gran Vía. Es decir, en un terreno plano. De pronto me asalta un dolor intensísimo. Es como un lanzazo en mitad del pecho. Voy frenando el paso. El dolor se ramifica por los brazos. Siento un extraño ahogo.
¡Maldito tabaco! Sudor frío. Tengo que detenerme. Lo hago junto a un semáforo (para disimular). El dolor va desapareciendo y termina por extinguirse. Miro a mi alrededor. La gente camina. Mira sin ver. Todo parece normal. Todo menos yo...
Me asusto. El afilado dolor se ha prolongado durante medio minuto. Me da miedo continuar la marcha. ¿Por qué tengo miedo?
Avanzo de nuevo. Muy despacio. El día es precioso. Debo animarme. Queda mucho por hacer. Terminada la visita al asesor volveré a Llodio, a los estudios. El dolor -concentrado y pulsante- regresa por segunda vez. No es un dolor: es un cañonazo en pleno tórax. El sudor frío (¿será el pánico?) me delata. Miro a mi al rededor, como si la puñalada fuera compartida. ¡Pobre idiota! Nadie mira a nadie.
Me detengo. Calculo el trayecto recorrido: apenas cien metros. ¡Dios! ¿Qué ocurre?
El dolor remite. Se apaga como una vela. Queda un hilo (una columna en mi memoria). Respiro hondo. No sirve de mucho. El miedo me ha tomado del brazo. Pero, ¿cómo es posible? Esto no está sucediendo. Yo no soy el protagonista...
Tercer intento. Otros cien metros. Otro semáforo. Esta vez el dolor se presenta sin avisar. Asciende de golpe, casi hasta la garganta. Mi boca está seca (del terror, supongo). Creo reconocer los síntomas. Tres «avisos» en poco menos de trescientos metros y en poco más de tres minutos. Esto podría ser un infarto. ¿Infarto? Es decir, muerte o posible muerte. Pero...
Nunca una avenida me pareció tan larga. Nunca, creo, estuve o me sentí tan solo y desamparado. Si continuaba caminando podía caer fulminado. ¿Qué hacer? ¿Llamar? ¿A quién? Blanca se encontraba en «Ab-ba», a más de mil kilómetros y ajena a todo. Y la timidez y una estúpida tozudez me mantuvieron al margen de cuanto me rodeaba. Esto pasará -pensé-. Resiste. Y así lo hice. Resistí en mitad de la nada, sentado en un solitario banco, esperando con terror la nueva acometida del dolor. Entonces recordé: no era la primera vez que experimentaba aquella puñalada en mitad del esternón. La primera fue en la isla de Pascua, en enero de ese año 2002. Pensé en el tabaco. Después ocurrió en el Tassili N' Ajer, en Argelia. Después en Israel y Jordania...
¡Qué absurdo! ¿Por qué me empeñaba en sumar el número de infartos (?) experimentados en esos seis meses? Sumé trece, como mínimo (que pudiera recordar). Trece puñales. ¿Trece «avisos»? Y de nuevo la calavera en el pie izquierdo. El sudor frío me hizo temblar.
Me negué a aceptado. «Esto no está sucediendo. No a mí.» Y llevé a cabo un provisional y, probablemente, más que falso examen de conciencia. Tengo 55 años -me dije-. Soy una persona sana y deportista. Hago miles de kilómetros al año. No bebo, prácticamente. La dieta es casi espartana. Fumo, eso sí, pero sólo uno o dos paquetes al día. No puede ser. Esto no va conmigo.
La mentira (¿o no fue tal?) se apagó un par de horas después cuando, en mitad de una de las grabaciones, «olvidado» el percance de la mañana, el dolor llamó nuevamente a las puertas aunque -eso sí-, en esta oportunidad, con los nudillos. No lo dudé. Llamé a un buen amigo (el doctor Larrazabal) y, naturalmente, «suavicé» la situación. De haberle dicho la verdad, lo más probable es que todo hubiera quedado en suspenso. ¿Interrumpir el trabajo? Eso era impensable. Más aún: absurdo. Y la cita en el Hospital de Santa Marina fue establecida para la mañana del martes, 23 de julio. ¡Ocho días después! Ocho días en los que, obviamente, sólo pensé en el trabajo y en mi mujer.
Sin comentarios...

23 DE JULIO
MARTES

12 horas. Me presento en el hospital. Mejor dicho, nos presentamos: el miedo y yo. Manu Larrazabal, como siempre, equilibra los ánimos. Sonríe y solicita paciencia. Sólo se trata de pruebas. Pura rutina. Mi amigo escucha y observa. Por eso es un maestro.
Sigo pensando que todo es una pesadilla. Esto no está sucediendo. No a mí. Pero las pruebas médicas no son fantasía.
13.30 horas. Manu me recibe de nuevo. Examina las placas, electros, etc., y sentencia: «tienes que hacer otras pruebas. En especial la de esfuerzo. Será mañana, a las 9.30».
Veo que tantea. Sabe que soy fuerte, pero quiere asegurarse. «Podría (?) tratarse de una angina de pecho...» Subraya el potencial simple: «podría».
Más o menos intuyo de qué está hablando. El estómago se hace un nudo. Algo falla en el corazón.
«... Cuando las arterias se obstruyen -prosigue el médico midiendo cada palabra-, la sangre puede no llegar a determinadas zonas del corazón o llegar en una cantidad insuficiente. Si ocurre algo así aparece la angina de pecho. Es decir, un dolor, opresión o malestar que coincide con el ejercicio, trabajo, emociones, etc., o con el reposo...»
Arterias obstruidas. Cerradas o casi. La sangre no llega y, por tanto, el oxígeno no alimenta al miocardio. El corazón «protesta» y se produce la angina o, en el peor de los casos, el infarto. En otras palabras: la angina de pecho era un aviso, un paso previo. La muerte, en efecto, estaba rondándome. ¿Era así? El doctor asintió con la cabeza. Pero, de inmediato, aclaró: «debemos esperar las nuevas pruebas...».
El resto del día transcurrió en un territorio desconocido para mí: el de la incredulidad. El trabajo prosiguió, claro está, pero con el piloto automático. Mis pensamientos, en desorden, giraban como burros ciegos en torno a una idea central: «puedes morir en cualquier momento».
¿Morir? ¿Yo? ¿Por qué? En esos críticos instantes comprendí que, a pesar de mis múltiples escritos sobre la muerte, no estaba preparado. Todo era teoría. Bellas palabras. Hermosas y prometedoras ideas. Sólo eso. En el fondo estaba aterrorizado. Tan asustado que, incluso, prescindí de la caótica noria de los pensamientos. Y me encerré en mí mismo, con los ojos del alma abiertos como platos.


24 DE JULIO
MIÉRCOLES

Hay momentos en la vida en los que, no sé por qué razón o razones, todo se precipita. Eso fue lo que percibí en aquella mañana.
El doctor Larrazabal me recibió con su acostumbrada sonrisa. Y se mostró especialmente cariñoso. Siempre lo fue conmigo, lo sé, pero, en aquella oportunidad, detecté algo fuera de lo normal. Era como si supiera, como si intuyera. Naturalmente guardó silencio.
9.30 horas. Servicio de Cardiología. Hospital de Santa Marina (alrededores de Bilbao). Observo por las ventanas. El día se acerca luminoso y espléndido. No comprendo. Hoy, justamente, debería presentarse de acuerdo con las circunstancias. Me niego a seguir pensando en la muerte. Probablemente, todo sea un error.
Ascen (¿por qué hay nombres que jamás se olvidan?) indica que me desnude de cintura para arriba. Sorpresa: los dedos tiemblan. No me atrevo a inspirar en profundidad (cualquier cosa con tal de no despertar al dolor). Echo de menos a Blanca. Todavía no sabe nada.
La enfermera señala una cinta sin fin, una de esas máquinas para correr o caminar. La mujer me invita a subir y procura hacer fácil lo difícil. Le basta con un par de sonrisas. Se lo agradezco desde detrás del miedo. Y empieza una lenta y, para mí, indescifrable tarea de conexiones. Es la prueba de esfuerzo. Un galimatías (en forma de cables) me conecta con una o varias máquinas y monitores (?). El miedo parece un impermeable.
Se trata de medir el nivel de esfuerzo que puede tolerar el corazón. En este caso, un corazón aterrorizado. Y me pregunto: ¿medirá también el pánico? Ascen observa el brillo de la piel y refuerza la sonrisa en un generoso pero inútil intento de tranquilizarme. Y explica las funciones de la máquina. Me niego a entender. Sólo quiero que acabe cuanto antes.
«... Controlaremos la tensión arterial y el ECG...»
¿Qué puede suceder? Ascen habla de someterme al máximo esfuerzo, a un ejercicio límite que, en definitiva, provoque un dolor similar al de la puñalada en el pecho. Si eso ocurre -insiste- deberé avisar de inmediato. No pregunto. No quiero saber. Ella repite: «... En cuanto aparezca el dolor, por favor, hazme una señal.»
Una duda queda flotando en el cielo del miedo. ¿Podría ese dolor romper el corazón? ¿Podría morir aquí mismo? Me trago la incertidumbre. No sabe a nada.
La cinta empieza a rodar... Camino bien... Más rápido... Quince segundos... Más velocidad... Treinta segundos... Intento concentrarme en el tapiz, en los cables, en los electrodos del electrocardiograma, en la atentísima mirada de los técnicos (miradas fijas en unos monitores que no veo)... ¿Qué observan?.. ¿Arterias obstruidas?.. ¿Falta de riego en el corazón?.. ¿Trastornos en el ritmo cardíaco o en la tensión arterial?.. Un minuto... Todo va bien... El corazón resiste... Más velocidad... Me dicen que no corra, que aguante el paso... ¡Camina!... Un minuto y quince segundos... No siento dolor... Empiezo a entusiasmarme... Acelero... Creo que sonrío... Todo ha sido una falsa alarma... El corazón responde y lo hace a la perfección... ¡Falsa alarma!... Un minuto y treinta segundos... El sol tiene razón: brilla justificadamente... Busco la mirada de la enfermera... No la encuentro... Sigue baja y pendiente de una de las pantallas... La máquina acelera... Dos minutos... ¡Oh, no!... El dolor, el familiar lanzazo en el esternón se presenta de improviso... Nace (?) en lo más profundo y se derrama como dueño y señor... Me engaño a mí mismo y guardo silencio... Sólo son unos segundos... La garra me despedaza y me rindo... Doy la alarma... No sé cómo pero ellos lo sabían... Silencio... Alguien pregunta: ¿puedes continuar?.. Digo que sí... En realidad no puedo, pero quiero llegar hasta el final... El dolor (no hay palabras) lo domina todo... Domina la carne, la mente, el exterior... Cinco minutos... Tengo que parar... La máquina sigue... Camino, sí, pero las lágrimas están llamando a mi puerta... Me gustaría pensar... Imposible... El dolor piensa por mí... Él siente por mí... Seis minutos... Levanto la mano... La cinta se detiene... El dolor retrocede... Sigue el silencio en la sala... ¿Para qué hablar?.. El dolor se ha explicado mejor que nadie...
Después, los recuerdos son confusos. Aparecen mezclados y en la niebla. Alguien me sentó en un despacho y, supongo, trató de explicar lo que habían visto en la prueba de esfuerzo: isquemia miocárdica de alto riesgo. Así lo llamaron. Es decir, unas arterias atascadas que podían conducir a la muerte súbita o, lo que era peor, a una silla de ruedas. Arterias obstruidas -quién sabe por qué- que me colocaban al filo del precipicio. Ésa era la cuestión. Eso era lo único que importaba. La muerte, al parecer, acababa (?) de posarse en el alero de mi vida. Y se alisaba el plumaje, como distraída.
Federico, el cardiólogo, fue implacable. Mejor así. Sólo un cateterismo podría proporcionar una idea exacta del grado de obstrucción de esas arterias. Palidecí. ¿Más aún?
Para comprobar el estado de las arterias coronarias -explicó- se introducen por la ingle, o por el brazo, unos tubos muy finos (catéteres), generalmente de plástico, que se deslizan con una cámara de televisión por venas o arterias, llegando finalmente al corazón. Sólo así -subrayó- se obtiene la información necesaria sobre tu problema ¿Mi problema? El médico asintió con firmeza. Sí, era un problema grave y muy urgente. El subrayado fue de él. Cuando insinué si el «problema» podía esperar a septiembre (el trabajo sí era urgente), Fede se mantuvo serio y negó con la cabeza. Estaba claro. Urgente significa lo que significa. Tenía que ponerme -de inmediato- en manos de un especialista. Tenía que verificar el grado de obstrucción de las «tuberías» e intentar «desatascarlas». Eso o la muerte. Eso o la paralización total o parcial. Y a juzgar por la crueldad del dolor en el pecho, esa posibilidad de muerte no era remota ni teórica.
Supongo que fue una excusa. Tenía que pensar. Tenía que regresar a casa y hablar con mi mujer. Y opté por huir del hospital. Buscaría al especialista, sí, pero en otro momento y en otro lugar. Fue una huida hacia adelante. Lo más simple y sensato hubiera sido permanecer en Bilbao y dejar hacer a los médicos. Allí, además, ya conocían el problema. Pero no. La angustia fue inundando los compartimentos de ese corazón amenazado y quise escapar, airear los restos de aquel espíritu frente a la mar, mi aliada. Allí, seguramente, despertaría de tan absurda e imposible pesadilla. Allí, el viento de levante haría desaparecer cables, monitores e isquemias miocárdicas de alto riesgo. Allí, en «Ab-ba», todo sería como antes.
12.30 horas. Alguien me entrega un informe clínico de cuanto ha sucedido (?) y me recomienda que visite (de inmediato) al experto en cateterismo. Digo a todo que sí, pero, verdaderamente, ni siento ni padezco. No leo el documento. Me limito a guardado y, con él, un spray de nitroglicerina. Una especie de salvavidas al que deberé aferrarme si regresa el dolor. Una dosis (una pulverización) bajo la lengua es suficiente. Si el puñal sigue en el pecho, otra dosis a los cinco minutos y así sucesivamente hasta que...
Lo dicho. Me niego a pensar. Sólo quiero huir. El cilindro spray de la nitro, para colmo, mide ocho centímetros. ¡Ocho! ¡El número de la muerte! No pienso abrirlo.
El Dr. Larrazabal me acompaña hasta el aparcamiento. El sol continúa insultándome. ¿A qué se debe semejante lujo? Hoy es un día de luto para mí. Casi estoy muerto. Manu lo intuye, me observa con preocupación y, generoso, me regala los mejores consejos. Consejos que no escucho. Me obliga a caminar despacio, deteniéndonos cada cincuenta metros. Manu opina que ese viaje, hasta Cádiz, es una temeridad. No obedezco.
Nos abrazamos. Es un abrazo silencioso y casi sin fin. Sobran las palabras. Manu sabe que la muerte se ha detenido sobre el pobre andamiaje de mi vida. «Pensé que era la última vez que te veía»; aclaró algún tiempo después.
No hubo mucho más. Simulando una fortaleza inexistente entro en el vehículo y desaparezco. Cien metros más allá palpo el bolsillo del pantalón y verifico que el spray es real. Todo es cierto. Y las lágrimas -esta vez incontenibles- empañan la visión. Es la borrasca interior. Es mejor así.
Todo ha cambiado en minutos. No sé por dónde empezar. No sé qué decir o qué pensar. Yo era una persona más o menos normal. Más o menos sana. Más o menos buena. Más o menos esperanzada y con más o menos ilusiones. Yo era, sí, pero eso pasó. Ahora soy un individuo «señalado». La muerte me ha mirado y lo ha hecho (estoy seguro) desde el pie izquierdo. Algún día le preguntaré: ¿Por qué? ¿Por qué yo?
Sólo acierto a fumar. Los médicos han sido rotundos: ni un pitillo más. Y tienen razón. Debo pensar en una fecha para dejar de fumar. Eso es lo importante: la fecha. Y fumo sin cesar mientras mi cabeza trata de buscar, inútilmente, un día y una hora. Así es el ser humano. Sabe que el veneno mata y se refugia en el veneno para hallar una solución contra dicho veneno. Creo recordar que me lo fumé todo. El instinto, supongo, me advirtió. Aquello era el fin. En cualquier momento, el puñal volvería a traspasarme. La obstrucción de las arterias era superior al 90 por ciento. Me restaba un mínimo de «luz» (en todos los sentidos).
Y poco a poco, kilómetro a kilómetro, fui aproximándome a Cádiz y a mí mismo. Y lo que aprecié en mi interior terminó de vaciarme. Era sal sobre el desierto. Nada. Mejor dicho: peor que nada. Lo que vi fue miedo y vacío, a partes iguales. Miedo a morir, sencillamente. Miedo a desaparecer. Miedo a no saber y vacío por una vida tan brillante y rápida como artificial.
Segundo paquete de Ducados. Los pensamientos se desordenan. Son globos en un vendaval. Atrapo uno y estaba en las manos. ¿Cómo se lo explico a Blanca? ¿Qué le digo? Sólo puedo acudir a la verdad. ¿La verdad? ¿Y cómo sé que los médicos están en lo cierto? ¿Ha sido el tabaco, como dicen? Yo era (soy) una persona sana. No entiendo. Sí, debo decírselo. Hoy mismo, nada más llegar. «Blanca -me entreno entre el humo blanco-, los médicos dicen...» No.

Así no. Más directo. Tampoco. No seas burro. Más sutil, más delicadamente, como si no pasara nada. ¿Nada? ¡Dios santo! Bien, ya lo pensaré, en su momento. ¿Y qué hacer respecto a mi vida? ¡Dios bendito! ¿Qué ha sido, qué es mi existencia? Trabajar. Siempre trabajar. Sábados y domingos. Sin vacaciones. Millones de kilómetros para transmitir. Siempre transmitir. Siempre los demás, siempre los otros. He predicado qué es la vida y cómo vivirla. He escrito 49 libros y publicado 44 y en todos he intentado mostrar el camino hacia la paz y la verdad. Pues bien, yo, ahora, estoy perdido. Y comprendo con horror que no he VIVIDO. Tengo más de 130 proyectos «para los demás» y ninguno para mí. He escrito, con detalle, cómo debe ser la vida humana y, sin embargo, hoy, con la muerte en el asiento del copiloto, no sé cómo debe ser la mía. Esto es lo que me aterra y confunde. ¿Qué he hecho en 55 años? ¿He VIVIDO, con mayúsculas? ¿Me he preocupado de mí mismo? ¿He disfrutado de la VIDA (siempre con mayúsculas)? ¿He tenido tiempo para lo que en verdad me place? ¿He disfrutado con lo que me fascina?
El humo se enrosca y va respondiendo lo que ya sé. Negativo. Negativo. Negativo.
¡Voy a morir! ¿Cómo es posible que no haya VIVIDO?
23.15 horas.
El miedo y la tropa de los pensamientos (más que los kilómetros) me han agotado. Blanca aguarda despierta e impaciente. No sabe, pero «sabe». Las mujeres tienen esa cualidad. Deberíamos estar agradecidos: nos ahorran muchas explicaciones.
No le digo que puedo morir en cualquier momento. Sencillamente, que «hay un problema».

25 DE JULIO JUEVES

Los rodeos, aliños y paños calientes no surten efecto. No con ella. Blanca es rápida, transparente y profundamente sincera. No tolera la mentira. Ni siquiera una verdad a medias. Mucho menos una mentira piadosa. Exige la verdad y me muestro dócil. Para qué alargar el tormento. Lee el informe clínico de Santa Marina y solicita «traducción». Prefiero dibujar el problema. Lo entiende y me abraza. Tampoco hay palabras. No son necesarias. Allí, en su temblor, está todo escrito. El calor de una lágrima me avisa. Debo mantener la calma. Debo aparentar serenidad. Debo luchar.
Esa noche hacemos el amor. No sé si es la última vez. El dolor, de pronto, se incorpora al intenso y casi desesperado abrazo. Me traspasa de nuevo. Quiere arrancarme de sus besos y llevarme quién sabe dónde. Resisto. Él o yo. Él o ella. Sé que puedo morir. No importa. Ella y yo: eso es lo que importa. Ante mi sorpresa, el puñal se disuelve. El corazón abandona la galopada y vuelve al trote. Después recupera el paso. El dolor me ha perdonado. Nadie como él sabe del amor.
18 horas. Ésta es la fecha y la hora. ¡Adiós al tabaco! Como dicen los del FBI, «eso se acabó...». Hoy, justo a las 18, hace seis años que encontré el anillo de plata en el mar Rojo. No es mal aniversario para renunciar a cuarenta años de servidumbre. Entiendo que he cumplido.
Estoy más tranquilo. Inexplicablemente más sereno. Blanca se ocupa de mover los hilos. Necesito (según el papel) un especialista en cateterismo. Ella no sabe que el dolor me ha visitado de nuevo.

19 horas. José María Borrell, amigo, médico y vecino, acude al instante a la llamada de mi mujer. Examina la situación y la evalúa. Se pone igualmente serio. Intervención inmediata. Él hace las llamadas oportunas y lo dispone todo para la mañana del día siguiente. José María le quita hierro al problema. Pura rutina -dice-, pero no le creo. El instinto no dice eso. La calavera humana sigue ahí, en el pie izquierdo.
Pienso en mis hijos. No saben nada. Prefiero esperar. Si Borrell tiene razón -¡ojalá!-, en la misma coronariografía (exploración con los catéteres) quedará resuelta la obstrucción de las «tuberías». Ése, creo, es el procedimiento. ¿Para qué alarmar prematuramente? Esperaré. Y así se lo advierto a mi mujer. Ella comprende y acepta aunque -insiste- no está de acuerdo. Mis hijos tienen derecho a saber. Su padre puede morir en cualquier momento. No cedo. Prefiero ahorrar sufrimientos, en la medida de lo posible. Y vuelvo a mis pensamientos.
¿Estoy preparado para morir? ¿Qué me aguarda al «otro lado»? Lo sé, quizá, mejor que muchos. Sé que al «otro lado» hay VIDA, sé que TODOS «resucitamos» (en especial la memoria). Sé que los muertos están VIVOS.
Todo eso lo sé, pero... Tiemblo al pensar. ¡Tengo miedo! Y me refugio -supongo- en mil excusas. ¡Queda tanto por hacer! ¡Tengo deudas! ¿Quién se ocupará de ellas? ¿Qué será de esos 130 proyectos? Ni siquiera los he enumerado. ¡Son más de 130 nuevos libros! ¡Hay mil viajes por hacer! Mis hijos no han terminado. Están arrancando. Ni siquiera tengo nietos. ¿Y qué decir de Blanca? ¿Voy a dejarla ahora? ¿Así? ¡Tengo miedo!

26 DE JULIO
VIERNES

Noche inquieta. El pánico está sentado al pie de la cama. Me observa. Se ducha y se viste conmigo. He perdido el apetito. Una última mirada a la mar. El levante la ha desnudado y huye hacia el oeste, como yo.
9 horas. Hospital de la Seguridad Social en Puerto Real (a una hora de «Ab-ba»). Consulta del cardiólogo Enrique Otero. A su lado, el también médico Jesús Oneto, experto en hemodinámica (cateterismo). No consigo superado. No me gustan los hospitales. Supongo que a nadie.
Batas verdes. Carteles indicadores que no quiero descifrar. Silencios obligados. Salas de espera desconchadas a fuerza de esperar. Necesito un cigarrillo. «Eso se acabó.»
Los médicos repasan el documento de Santa Marina. Hablan entre ellos. No entiendo su lenguaje. De pronto, las caras no me gustan. Blanca se aferra a mi mano. Nos miramos. ¿Estamos pálidos o es mi nerviosismo?
Uno de los doctores -creo que Oneto lanza de improviso una andanada. Me desarbola.
«Hoy mismo -dice-. Esta misma tarde...»
Las explicaciones y conveniencias se suceden. Sólo hablan ellos. Yo he palidecido definitivamente. El cateterismo -siguen insistiendo- hay que practicado de inmediato. Es urgente. Eso significa que abrirán venas o arterias. Eso quiere decir que «tocarán» el corazón. La palidez es casi transparencia. Nadie me ha sacado sangre jamás. Como mucho del lóbulo de la oreja o de los dedos. ¡Dios mío!, ¿cómo les explico? Olvídalo. Nadie te creerá. ¿Esta tarde? ¿He oído bien? Reacciono y, lógicamente, provoco incredulidad y risa: «Hoy es viernes. ¿Lo dejamos para el lunes?» Nueva pelea con el concepto «urgente». Evidentemente no lo entiendo (o no lo quiero entender). «Mejor aún: ¿lo dejamos para septiembre?»
Blanca toma el mando.
12 horas.
Los hechos, inmisericordes, se precipitan y me precipitan. Esto, al parecer, va en serio. En una hora debemos acudir a la clínica de La Salud, en el centro de Cádiz. Allí opera Oneto. Mis protestas se van debilitando ante el silencio roqueño de mi mujer. Tiene razón y yo también.
El casco antiguo de Cádiz podría ser Nueva York o Venecia. Yo no camino: me arrastro. No veo: alguien me lleva. No siento ni padezco: el miedo (otra vez) me lleva (me arrastra).
«... Además -pataleo en mi interior-, ni siquiera he traído pijama...»
Lentamente voy comprendiendo. No hay alternativa. ¿O sí?
Todo ha sido tan súbito y arrollador que, de pronto, al secar el pánico de las manos, compruebo que el cuaderno de campo sigue allí, empapado ahora por el miedo. Entiendo. Mi visita a Cádiz (amén de los cardiólogos, en Puerto Real) tenía otro objetivo en esta mañana: preparar el regalo de cumpleaños de Blanca. Un regalo secreto. Entre las páginas manuscritas y dibujadas he guardado los restos de una rosa blanca y momificada. Una rosa con historia. Será una excelente sorpresa. Curiosa coincidencia: la rosa fue cortada en una tumba, en Jesuralén...
Busco una excusa y desaparezco. Blanca, atónita, no sabe qué pensar. Rivera, el joyero, atiende mi petición y se queda con la rosa muerta. Ahora, en la distancia, me asombro. ¡Curiosa casualidad! Pero, ¿existe la casualidad?
13 horas.
Me reúno con mi mujer en la puerta de La Salud. Trámites y papeleo. El Dr. Oneto ha llamado. Están advertidos. Todo en orden. Me dejo llevar. No sé qué debo hacer. El miedo (lo sé) ha subido las escaleras de dos en dos. Se adelanta y abre la puerta de la habitación 331. La enfermera señala una de las camas e insinúa que me deje caer. Me niego, claro está. Blanca me fulmina con la mirada. Quiero escapar. Esto no me gusta...
14 horas.
Se abre la puerta y aparece un generoso plato de jamón serrano. Nunca lo olvidaré. Sobre todo porque no era para mí. Blanca, pobrecita, ni lo prueba. Está tan muerta como yo (quizá más).
Empiezan las pruebas. Primero protesto. Después suplico. Negativo. Nadie me presta la debida atención. ¡Me extraen sangre! Me niego a mirar. ¡Ésa es mi venganza! Más análisis, más electrocardiogramas, más radiología, más miedo. Las enfermeras sonríen, llenan la 331 de bromas y «aquí no pasa nada». Yo, en cambio, estoy cada vez más inquieto. El instinto -mi fiel lazarillo- se ha puesto de pie. Eso me asusta (¿es posible sumar miedo al miedo?). Observo las paredes. Están vacías, como mi espíritu. Yo no debería estar aquí. Alguien me ha tendido una trampa. Soy una persona sana...
Blanca y yo cruzamos otra mirada. Y respondemos con el silencio o con una sonrisa de escayola. Me gustaría decirle cuánto la quiero. Y decirle también que soy el de siempre: extraño, sí, pero amoroso. No es cierto. No soy el de siempre. «Algo» pasa. «Algo» me ha ocurrido. Ayer, o hace unos minutos (?), yo era otro. «Algo» está estrangulando mi corazón.
16 horas.
Adiós a las especulaciones, a las protestas y al resto de los pensamientos (no importa si eran trascendentes). En la puerta, esta vez, aparecen unos hermosos ojos verdes (?). Es Charo, auxiliar del doctor Oneto. No la escucho, aunque sé que está hablando y explicando. Esos ojos son el mejor sedante. Me sientan en una silla de ruedas y pierdo de vista a Blanca. El sudor frío ocupa su lugar. Un ascensor, otro pasillo y una sala en la que reza un cartel: «Hemodinámica».
Nadie nos presenta. ¿Por qué en los quirófanos o en las unidades de hemodinámica nadie presenta a nadie? Médicos y enfermeras están a lo suyo. Yo no debería estar aquí. Esto es un error...
Me sitúan en una «cama» fría y estrecha (casi el palo de un gallinero). Estoy desnudo y, curiosamente, no importa. Hay «algo» que pesa más que la vergüenza. Herrera, Ana, Lara y el milagroso verde de Charo siguen en la penumbra. Es una sala pequeña e incomprensible. Los instrumentos lo son todo. A mi derecha descubro un reloj de pared. A la izquierda, entre luces, cables y aluminio, un monitor redondo como el reloj. Alguien me explica lo que no quiero saber: «puedes ver tu interior por ese monitor». Inspiro profundamente. Cierro los ojos y deseo llorar. Mi corazón, sin embargo, tiene otras prioridades. Me aferro a la sábana verde. Alguien está tanteando la ingle derecha. Es el doctor Oneto. Ha empezado a buscar una arteria. Es el principio de lo que llaman «angioplastia coronaria». Mis uñas se clavan en la sábana. Las guías de plástico están preparadas. Observo atónito cómo las retiran de los protectores. Se me antojan kilométricas. ¿Todo eso para «desatascar unas tuberías»? Cierro los ojos y aguardo aterrado el roce de los catéteres. De pronto descubro que no sé cómo es un «roce» interior. Espero y espero. Negativo. No siento nada. Espío por el rabillo del ojo pero el monitor es chino para mí. El intensivista (al quite, como los toreros) trata de tranquilizarme. Habla de la femoral (por la que ha entrado la sonda), de la observación por la «tele» y del estado de las coronarias... Asiento con la cabeza por pura educación y escapo hacia mi amigo, el reloj de pared. Las agujas están invertidas. ¿Por qué? ¿Por qué lo veo todo al revés? Así debe ser: el tiempo y el mundo al revés. Yo no debería estar aquí. Soy inocente...
Todo se disuelve. También las agujas del reloj. El tiempo se detiene y alarga, según. Antes o después (qué importa), el verde-calma de Charo se inclina y sonríe. Habla de un «contraste», un líquido que deben inyectarme. Con él se descubren las cavidades del corazón y otros «secretos». Supongo que sonrío y susurro que mis «secretos» son otros y están en otro lugar. Ella, lógicamente, no comprende.
El «contraste» viene a ser como un copazo de coñac, más o menos. Agradable, diría yo. Pero busco el reloj de pared. Él sí comprende.
18 horas.
Médicos y enfermeras siguen viajando por mi interior. El intensivista se resiste pero termina claudicando: «Hay una grave obstrucción en una de las coronarias -reconoce- Oneto se ocupa de todo.»
Confirmado, pues ¡Dios de los cielos! Me agarro al reloj de pared. Las agujas ni siquiera avanzan. Se han quedado quietas, como mi corazón. Una obstrucción al 95 por ciento. No hay prácticamente «luz». El propio catéter -dice alguien o me lo invento- hace de barrena y limpia la «tubería». En ello están (escucho o continúo imaginando).
«No temas -me consuelan-. Esto es normal. Oneto sabe. Éste es el cateterismo número 133...»
¿Por qué? Eso es lo único que emite mi cerebro. ¿Por qué la arteria está cegada? ¿Por qué?
19 horas.
Percibo cierto nerviosismo en la sala. El caminar y el movimiento de brazos no son como antes. El intensivista, ejemplarmente impasible, se ha retirado hacia Oneto y ambos cuchichean con los ojos fijos en el monitor (en el chino). Algo sucede, lo sé. Pregunto pero nadie responde. Me ignoran, con razón. Noto un ligero (muy suave) aumento en la frecuencia cardíaca. Después, más nervios. Creo ver cómo desenfundan nuevas guías de plástico. ¿Qué sucede? Oneto manipula el instrumental. A su lado, como un maestro zen, Herrera, el intensivista. El corazón cede. El miedo tira bruscamente del bocado y me hiere un poco más. Giro la cabeza. Mi amigo, el reloj, dice algo pero no le entiendo. Creo que habla por señas
Entonces llegó aquel dulce sopor, lento y plácido...
20 horas.
Entro y salgo de ese extraño sopor. Lo suficiente para darme cuenta de las lágrimas de Charo. Huye de la unidad. Blanca la ve y se desmorona. ¿Qué sucede?
Me lo dijeron algún tiempo después: una de las arterias próximas al corazón fue seccionada de un golpe. Una de las guías de plástico la abrió como un melón. Mala suerte. Puro accidente. Los instantes más críticos de mis 55 años (!). Muerte en cinco minutos, dijeron. Y los hermosos ojos de Charo, como el reloj de pared, me hablaron por señas. Era mi hora. Entonces me dejé mecer por aquel sopor. Y las figuras se difuminaron. Y las prisas. Y el miedo. Y yo mismo... Era la muerte, recortada en el umbral de la puerta. Era una familiar calavera, en el pie izquierdo...
Oneto y su gente trabajaron bien. No les guardo rencor. Todo lo contrario. Oneto vio también la calavera y resolvió (como dicen ellos), «objetivando la disección aguda». Para ello (nunca supe cómo) lanzaron en mi interior una especie de «mini-nautilus», un «submarino» de titanio que fue a situarse en el lugar exacto, apuntalando la brecha. El «stent», a 16 atmósferas de presión, evitó la muerte súbita. Muerte en cinco minutos...
21 horas.
Voy y vengo. Me duermo y despierto. Ahora hay gente extraña en la sala. Gente en mangas de camisa. Conversan con los ojos fijos en el «chino». Uno de ellos parece llevar la voz cantante. Es el doctor Jiménez (el «maña»), jefe del Servicio de Cirugía Cardíaca del vecino Hospital Universitario Puerta del Mar. En esos momentos (según me explicaron mucho después), dada la gravedad de la situación, el doctor Oneto consideró oportuno reclamar la presencia de Jiménez Moreno y de su equipo. Ellos no la vieron. Quizá la intuyeron. Yo sí la seguí observando: la muerte no es una calavera. La muerte son gente guapa (a veces muchos). Van y vienen a mi alrededor. Ahora lo sé: estoy muriendo.
Oneto se aproxima. Se inclina y susurra: «Hay que operar.»
Le oigo y no le oigo. La vida (recuerdo que entré caminando) se escapa como el agua por el fregadero. No puedo hacer nada. No soy capaz de alzarme y luchar. Sólo soy un espectador. Sólo quiero dormir. ¿Y qué hay de esos 130 proyectos? ¿Qué pasa con Blanca? ¿Qué dices de lo que queda por VIVIR? No digo nada. Me he resignado.
22 horas.
La camilla vuela por los pasillos. Sólo quiero dormir. Los focos en los techos me lastiman. ¿Dónde está mi mujer? Los médicos han desaparecido. También los bellos ojos verdes. La vida se va a la misma velocidad. ¿Dónde están mis hijos?
Una «UVI» móvil -dicen- espera a las puertas. Al fin llega Blanca. Me escolta y acaricia. La muerte, sin embargo, celosa, la aparta. Le digo adiós desde el ámbar de una sirena. Has sido un continuo y feliz descubrimiento...
Lo mejor de mi «contrato».
22.30 horas (para todos, menos para mí). Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Puerta del Mar, en Cádiz. Sólo hay algo peor que una UCI: la soledad de la UCI. La muerte (me gustaría saber cómo) ha burlado todos los controles. Ahora juguetea con los cables que, supuestamente, me mantienen vivo. Empiezo a entender eso de que uno muere solo...
Los ojos parpadean. El mundo se apaga. Me voy con la oscuridad. Pero, ¿no es un poco pronto, Señor? ¿Recuerdas? Me queda casi todo por hacer. Perdón: casi todo por VIVIR ¡Qué lástima! Ahora lo sé: no he sabido VIVIR.
La muerte sigue curioseando y toqueteando. Cada vez más osada. ¡No quiero morir en compañía de unos cables! ¿Dónde está Blanca? ¿Dónde mis hijos y mis amigos?
¡Señor, permíteme una última cosa!
La muerte levanta la mirada y escucha. No hablo contigo. Hablo con el buen Dios.
¡Señor, si me concedes una prórroga, te prometo (me prometo) VIVIR!
La muerte baja la cabeza, da media vuelta y desaparece entre los verdes, rojos y grises de los monitores.
¡Prometido, Señor! ¡Déjame vivir y VIVIRÉ! ¡Haré una lista! ¡Lo tendrás, incluso, por escrito! Mejor aún: ¡esa lista la harás tú! ¡Dime en qué he fallado y cumpliré! ¡Dime qué debo VIVIR y así será!
Mis ojos se cierran definitivamente...

27 DE JULIO SÁBADO

6 horas. (Eso dicen.)
Alguien me afeita. Pecho, piernas... ¡Estoy vivo! Exploro ansioso mis alrededores. Trasiego de batas verdes y cables. Eso es todo (y no es poco). ¡Gracias, Señor, de momento!
8 horas.
Alguien me aclara lo del intempestivo afeitado y demás: todo está listo para intervenir quirúrgicamente. «Dada la severidad de las lesiones -reza el informe- se decide el traslado urgente al Hosp. Pta. del Mar para Cirugía Cardíaca con carácter preferente, con el fin de revascularización mediante "bypass" AO/Coronario.»Los médicos me explicaron después: apertura del pecho casi en canal. Corazón detenido durante 78 minutos. Intento de «puente» o «bypass» con la arteria mamaria interna izquierda. El injerto no funciona. Momento delicado. La pared de la mamaria es una ruina. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué no sirve? El «maño», Tomás Daroca, y el resto del equipo reaccionan. Dios les bendiga. Tiran de la vena safena, en la pierna izquierda, y logran salvar la situación.
14.30 horas.
La operación se ha prolongado durante seis horas. Dios y los hombres me han devuelto a la vida. Acabo de nacer. No lo olvidaré. Ahora es mi turno. Por cierto, ya no veo la calavera en el pie izquierdo. En su lugar aparece una cicatriz de treinta centímetros. Sin comentarios...

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