25 de abril de 2003

EL MEJOR ANTIOXIDANTE

Querido idiota:

A poco que medites comprobarás que tengo razón. Si experimentas el placer de las pequeñasgrandes cosas («PGC») habrás cumplido por partida doble. Primero con el que supones que ha hecho la vista gorda. Segundo, y sobre todo, contigo mismo. Tú, ahora, no lo sabes pero, cada vez que experimentas, cada vez que VIVES una «PGC», estás dando cuerda al reloj de tus días. Era un regalo que pensaba entregarte al final de estas cartas pero, por lo que veo, el de la vista gorda tiene otros pensamientos. Yo sólo cumplo órdenes. Ahí va, pues, el secreto: una «PGC» es el mejor antioxidante del mercado humano. Si aciertas a consumir una al día (como mínimo), la pequeña dosis de felicidad aportada a tu organismo reduce, muy considerablemente, los radicales libres que te ponen trampas en el estrés, en la mediocridad y en los mamaúvas que marcan las pautas. La «PGC», en suma, es un altísimo concentrado de oxígeno puro (felicidad), inyectado directamente en la femoral del alma. Ese OXÍGENO multiplica las defensas y rejuvenece la siempre pisoteada red de la esperanza. Como sabes, el oxígeno contaminado de los compromisos termina enmoheciendo y matando. El otro, el OXÍGENO de las «PGC», engrasa la maquinaria del tiempo y te hace VIVIR, que es lo que importa.




25 de abril de 2003

¿PARA QUÉ ENGORDAR AL FUTURO?

Mi querido idiota (ahora algo menos, supongo):

Seguiré con el tratamiento ideal para intentar modificar tu equivocada vida. Un «plan», como habrás adivinado, con una receta única: un par de dosis de «PGC» al día.
Empezaré por algo que tienes a la vista: tu voluminosa agenda. Primer gran error: ¿ni siquiera ha llegado y ya pretendes domar al futuro? ¿Por qué fabricar «mañanas» y «pasado mañanas» sobre papel? ¿No tienes suficiente con el hierro y el hormigón del «ahora»? Ojea de nuevo tu vida y confiesa: ¿merece la pena? Aquel 26 de julio, mientras engordabas al futuro, mientras hacías despensa con la red en blanco y negro de tu agenda, la muerte (¿recuerdas?) te miraba a los ojos. ¿Dónde están aquellos proyectos? ¿Mereció la pena competir fuera de la pista? Tú, ahora, sabes que no. Tú, ahora, sabes que el mejor «mañana» es un «ahora». Tú, ahora, entiendes que una de las pequeñas-grandes cosas más saludables es, justamente, una agenda en blanco. Mejor aún: una vida sin agenda. Deja que sea el Dios Destino quien escriba. Cabalga sobre el afán de cada día. Sólo eso. El resto (más allá de treinta segundos) son catedrales en papel cuadriculado.

PD: La dosis ideal de «PGC» es tirar la agenda a la basura (directamente).

 


26 de abril de 2003



DIOS NUNCA PROMETE. ¿POR QUÉ TÚ SÍ?

Querido idiota:

Hoy se cumple el noveno mes de tu nueva (supuesta) vida. Aquel 26 de julio (2002), con la muerte en los talones, formulaste una solemne promesa (la más solemne de tus 55 años): «Si me concedes una prórroga te (me) prometo VIVIR.» Nuevo error, querido profano. Está claro que no has cumplido y, muy probablemente, nunca cumplirás, a pesar de mis quites. Toma nota en tu memoria (el único equipaje autorizado en el más allá): prometer es obligar y obligarse. Por un lado, intentar doblar la voluntad de un Dios según tu capricho o tus necesidades y, por otro, hacerte trampas a ti mismo. Vayamos por partes. ¿Obligar a Dios? Observa la naturaleza. Ella está aquí antes que tú y jamás pide a cambio. ¿Te imaginas?: «Concédeme una prórroga y la luz del día borrará a las estrellas, esas chismosas de la noche.» No, querido idiota, nunca obligues (prometas) al buen Dios. No lo sientes a la timba de tus miserias. No quieras hacerle trampas. Él sabe. Él inventó el órdago (el ahí está) de la vida. Él, a diferencia de los humanos, no presta. Él está entrenado para regalar. Es sordo y mudo para el des-amor. Si en verdad confías en Él (en el AMOR), ¿por qué obligarle? No cubras de escarcha ese delicado paisaje. Deja que el AMOR actúe. Deja que Él siga jugando a fogonero de tu vida. Cuando te sientas en apuros, baja o sube (según) los peldaños de tu espíritu y llama a su apartamento (Él siempre vive arriba o abajo), Sólo tendrás que mirarle. Después regresa tranquilo a tu «ahora». Dios nunca promete. (Él actúa.) ¿Por qué el hombre va a ser más papista que el papa?
¿Obligarte a ti mismo? ¿Obligar o prometer a los demás? No, querido idiota, no pretendas doblegar los Destinos (propio y ajenos). Es absurdo y, además, revela muy poca inteligencia. En lugar de prometer, actúa. Utiliza la bandera divina de la acción. El mundo está sobrado de palabras. Necesita silencios en movimiento. Necesita AMOR sin raíles, sin prólogos y sin condiciones.
Y si quieres seguir obligándote (si necesitas continuar prometiendo), hazlo siempre de puertas adentro. La estupidez (en solitario) sólo ahoga al que la practica.




27 de abril de 2003

LA ECUACIÓN SECRETA


Querido idiota:

Te comprendo. Algunas de estas cartas, en efecto, parecen escritas por tu yo autista. Puede que así sea (deberías saber que arrodillo el alma cuando me cruzo con estos héroes). En el fondo, de eso se trata: quiero darle la vuelta al calcetín de tus certezas. Quiero sumergirte en la lejía de la duda y colgarte después al viento. Colgarte solo e indefenso (la única fórmula para sanearte). Con estas cartas, en efecto, pretendo hacer tabla rasa de tus certezas. Es hora de arrinconarlas. Al principio (peor que bien) fue un tacatá. Ahora, esas certezas se han vuelto pendencieras. Ni tú mismo eres capaz de ordenarlas. Ya ni siquiera obedecen a tu voz. Son lobos hambrientos, bajados del largo invierno de las religiones, del poder y de las conveniencias. Las certezas, bajo la piel de cordero de tu supuesta salvación, te debiIitan a cada dentellada. Ése es el propósito: evitar que pienses. Si un ser humano piensa por sí mismo es un potencial revolucionario. Si millones de hombres piensan por sí mismos son la revolución. Empieza, pues, por diezmar todo aquello en lo que siempre has creído. Cuanto más sagrado (supuestamente), mejor. El resto huirá espantado. Y tú, querido profano en la materia de las Verdades, te sentirás más certero. Es la ecuación secreta: cuantas más certezas, menos certero. No te avergüence caminar por los territorios de la duda. Son parajes lunares para la mayoría, pero no para el que los elige. La duda, querido idiota, no es negación a ultranza. Es análisis de lo supuestamente inamovible. La duda es la gimnasia de la razón. Y tienes derecho a una mente en forma. La duda desguaza el dogma y hace parpadear asombrado. El dogma siempre está vacío de lógica e infectado de intereses más o menos enfermizos. La duda abre la puerta de atrás del poderoso y muestra el corazón de estos mercaderes de la mentira y de la muerte. La duda es tu mejor traje a medida (hecho por ti mismo). La duda es el único título que debe colgar en el ánimo del científico. Los otros, los que niegan, son inquisidores, adoradores de currículums y pan-con-pan de la inteligencia. La duda, en fin, es el antídoto contra el veneno de algunas «riquezas».
Sigue mi consejo. Si quieres VIVIR, duda. La certeza es un SIN-VIVIR...





28 de abril de 2003

PINTAMONAS DE CERTEZAS

Querido idiota:

Avanzar, contigo, es ver cómo avanzan los demás. Tendré que resignarme. Preguntabas ayer por el final de mi última carta. ¿Qué es eso de VIVIR en la duda? ¿Por qué afirmo que vivir en la certeza es un SIN-VIVIR? Veamos si soy capaz de hacer luz con los pedernales de tu inteligencia (?)...
Hace mucho tiempo, en tu infancia, la religión te obligó a pacer en la palma de su mano. Dios era un Yavé avinagrado. Un ahorrador patológico de virtudes (?) y, por supuesto, un quitameriendas de ilusiones no autorizadas. Así fue tu vida. Una «vida» (?) en la certeza de un Dios permanente e inexplicablemente cabreado. Una vida en el trapecio, pendiente, no de tus posibilidades, sino de las pautas marcadas por el director de pista. El menor desliz significaba pecado y -«de morir en ese momento»-, condenación eterna. La certeza era tal que tu vida quedaba reducida a un SIN-VIVIR. Un beso robado, un abrazo en la oscuridad o un pensamiento en libertad te convertían (por obra y gracia de esas certezas), en un monosabio de Dios. Hoy lo intuyes: nadie es un payaso para el buen Dios. Todavía no sabes quién es (ya llegará la hora) pero la duda resulta más nutritiva que las viejas y saboteadoras certezas.
Otro ejemplo.
Hace tiempo, en tu juventud, otros sablistas de lo divino y de lo humano te dieron el tocomocho de las certezas. A saber: voluntades agavilladas y sujetas por las lenguas; yugos para los de siempre y flechas (todas) en la misma dirección; un destino en lo universal del dinero (sólo para ganchos y tahúres compinchados con los sablistas) y el espejismo de una patria donde (supuestamente) lo bueno era vertical, monocromático y castrense. Y el menor desliz, como sabes, significaba hambre, libertad de pensar entre barrotes, ruina de la imaginación, tu nombre arrojado a las termitas del descrédito o el exilio (el extranjero era la nada de Dante y un vivero judeo-masónico). Las certezas eran un cinturón de castidad en la frente. Como te decía, un SIN-VIVIR. Hoy, al menos, dudas y eso (mal que bien) te permite VIVIR.
Madurez.
El mundo, recién resucitado, dijo llamarse Lázaro y tú (ingenuo como un cubo de agua) lo abrazaste entre lágrimas. ¡Al fin la democracia! ¡Al fin la gran certeza! Poco después, tras las primeras lluvias, brotaron las verdades humanas: malparidos con el fétido aliento de la mentira permanente, políticos contrabandeando con la esperanza, mandamases a lo suyo (a sus certezas), ayatollahs con la venganza en cuarto creciente, salvadores que nadie llamó con la verdad enlatada o granizada. Más o menos, los mismos marrulleros de tu infancia y juventud. Las mismas certezas con distintos collares...
Ancianidad (al caer) (?).
Tampoco el amor es la certeza que te cobijó.
Ahora, más que nunca, es duda; es decir, más amor. Ahora, Blanca, tu mujer, tampoco es certeza. Ahora, ella es tú y tú una mala aproximación. Aquella certeza de la posesión ya no es tal. Ahora, tu vida con ella no es un SIN-VIVIR. Ahora sí VIVES, gracias a ese gran amor (siempre en la duda).
Repito, pues, mi consejo, querido idiota: para VIVIR hay que dudar. No seas un pintamonas de las certezas. Eso déjalo para los mediocres y los muertos.




30 de abril de 2003

DESENCADENA AL TIEMPO Y VERÁS...

Mi querido ignorante en casi todo:

Trato de regresar a las pequeñas-grandes cosas pero tu torpeza no me lo permite. Tus neuronas son manglares. A pesar de todo seguiré intentándolo. En otras cartas anteriores insistí en ello: las «PGC» son la única felicidad autorizada en este mundo laboratorio. Una felicidad-destello, sí, pero felicidad al fin y a la postre. Y para VIVIRLAS en plenitud debes subir primero al principio de los principios. Me explico: para beber y paladear cada pequeña-gran cosa hay que desencadenar al tiempo. Hasta ahora, mi querido idiota, eras tú quien engordabas al futuro (¿recuerdas?). Tú, con tus prisas, convertías al tiempo en una maleta. Lo hacías danzar pesadamente al son de tu agenda. Hasta ahora, el tiempo (sobre todo el tuyo) era otro idiota, otro esclavo de ti mismo. Lo sé: siempre has creído lo contrario (tú eras el esclavo del tiempo). Si decides VIVIR, si empiezas a practicar el saludable deporte de las «PGC», comprobarás quién es quién. Comprobarás que el tiempo (libre de cadenas) se ralentiza y te empapa de salud y satisfacción. ¡El tiempo convertido en lluvia mansa! Si lo liberas con el indulto de cada pequeña-gran cosa, el tiempo, en lugar de seguirte de mala gana, te precederá y perfumará tu nuevo camino. Ahora, mi querido idiota, la «falta de tiempo» es un insulto a la inteligencia, Ahora, con el descubrimiento de las «PGC», lo verás fluir en su estado natural (ni sólido, ni líquido, ni gaseoso). Y el tiempo, al fin, te mirará a los ojos. Entonces, sólo entonces, serás moderadamente feliz y durante un tiempo sin tiempo. Sí, ése es el hallazgo de los hallazgos: las pequeñas-grandes cosas: El talismán de los sabios. El cofre secreto enterrado por Dios en cada corazón. La Luna para los necios. La última esperanza para los profanos, como tú. La religión de los inteligentes. El espejo de los más bellos. La verdad en zapatillas. El Destino mojado en leche. Un cazaclavos para el alma en pena. Agua en el desierto de los días. La dulzura en el sentido de las agujas del reloj. El presente vestido de Dios. Dios vestido de presente. Tus mejores sueños tocando palmas. La eternidad en el dedal de un «te quiero». La creación entera y señorona sentada a tus pies, observándote. Eso, y mucho más, son las pequeñas-grandes cosas, querido idiota. La felicidad (recuerda) en porciones. El cielo en un carrillo de mano...





1 de mayo de 2003

LA MÁXIMA CONDECORACIÓN DE LOS CIELOS


Querido idiota:

Hace mucho tiempo (tendrías que abrir el trastero de la memoria para recordarlo), un amigo y compañero de profesión -Manu Cecilio-, y tú mismo, vivisteis una singular aventura. Fue en un crudo invierno. Diciembre se presentó por sorpresa y vestido de riguroso hielo. Fue entonces cuando Cecilio Hijo y tú improvisasteis un arca de Noé, salvando de la muerte a una familia de golondrinas. No importaron las dificultades, los kilómetros y las risas burlonas de los pepes leches de turno. Aquel salvamento de los más débiles fue un lujo espiritual (soltar las cadenas del tiempo). Aquel bello gesto fue una pequeña-gran cosa. Tan «PGC» que hoy figura a la cabeza de tu «currículum» (el verdadero: el existente en la web de Dios).
Después lo has repetido. ¿Recuerdas a Nicolás, el mirlo caído del nido?
Ayer, sin ir más lejos, otra familia de golondrinas empezó a anidar sobre la puerta de vuestra casa. Las futuras crías serán fruto del amor y de vuestro «sí».
Pues bien, son esas pequeñas-grandes cosas los únicos negocios que debes emprender. Son esos momentos -tan cortos- los que te alargarán por dentro. Fue devolver a la vida la mismísima vida lo que te llena de vida. No lo dudes, querido idiota: el aparentemente simple acto de rescatar de las aguas a un saltamontes en apuros significa la máxima condecoración de los cielos: el oro de la misericordia en el pecho de tu espíritu. Como te decía, ésas serán las únicas cuentas que deberás echar cuando pases al otro lado. En los mundos «MAT», como tú los llamas, al salir del ascensor de la muerte, nadie te juzgará. Serás tú mismo quien abra la maleta de la memoria y sumes las «PGC». La conclusión es igualmente simple: cuantas más pequeñas-grandes cosas experimentadas, más satisfacción personal, más felicidad y, por tanto, más madurez. En otras palabras: más velocidad y emoción en lo que te queda de aventura.
No sumes, por tanto, grandes éxitos. Los triunfos humanos ya están en tu contrato. Preocúpate de la letra pequeña (lo que nadie lee): las «PGC», Vívelas y VIVIRÁS.




2 de mayo de 2003

CÓMO DESRATIZAR EL ALMA

Querido idiota:

Hoy quiero recetarte otra (muy especial) dosis de «PGC»: periódicos atrasados. La lectura, sí, de esos diarios o revistas que ruedan por la casa o por las salas de espera como mendigos de la historia. Cuando el Destino los lance en forma de casualidad (?) hasta tus manos, ábrelos. Hazlo sin miedo. Ojéalos. Aterriza en sus titulares e imágenes. Con eso es suficiente. Al poco comprenderás. Repasar un periódico atrasado (cuanto más viejo, mejor) es sanear el alma, desratizándola de toda clase de vanidades. Hablo por experiencia. Entonces, al pasar las páginas, entre las paredes en sepia de semejantes historias, descubrirás a un socio con el que sólo has hecho malos negocios (hasta ahora): la humildad. Otro huésped poco habitual en tu «vida» (?). Te aseguro que la práctica de esta pequeña-gran cosa es el mejor remedio contra muchos de los errores del pasado. Nada (o casi nada), querido profano, merece la pena. ¿Qué fue de los genios? Hoy, con suerte, están colgados en las enciclopedias o en las paredes. ¿Qué fue de los ricos? Con suerte, son los más ricos del cementerio. ¿Qué fue de los poderosos? Sólo tú, al pasear por su memoria, los has resucitado brevemente. ¿Qué fue de los imprescindibles? Hoy, como sabes, hay piezas de recambio para todo. ¿Qué fue de los santos? Hoy sólo son la letra pequeña de los calendarios. ¿Qué fue de los buenos? Su gloria fue tan larga como su duelo. ¿Qué fue de los codiciosos? Murieron asfixiados por las sospechas. ¿Qué fue de los necios? Están montunos en los cielos del olvido.
Todo, en suma, se ha ido, como el humo, por la chimenea de la historia.
Pues bien, querido idiota, una vez experimentada esta nueva «PGC», ¿qué se supone que debes hacer? ¿Vivir para la fama?, ¿para el dinero?, ¿para la inmortalidad? Yo te lo diré: toma de la mano a la humildad y VIVE en aparcería con ella.




3 de mayo de 2003


LOS CINCO SENTIDOS

Mi muy querido idiota:

Me pregunto si has comprendido. Cuando hablo de pequeñas-grandes cosas me estoy refiriendo (naturalmente) a sensaciones. Observa qué sencillez: sentir = VIVIR. Un mapamundi al revés = robar a los ladrones (VIVIR). ¿Qué mejor placer virtual que colgar a los infames por los pies? Una agenda en blanco = competir en el «ahora» (VIVIR). ¡Qué mejor sensación que competir con uno mismo! El «sí» a una pareja de golondrinas = calcio para el Dios interior (VIVIR). ¡Qué mejor riego para el amor que un «sí»! Acariciar un lomo de metal = dar (vida) sin recibir (VIVIR). ¡Qué mejor parecido con Dios! Repasar periódicos atrasados = bajar a las alcantarillas de uno mismo (VIVIR). ¡Qué mejor espectáculo (sensación) que las verdades (casi todas) reunidas en el velorio de la historia!
¿Comprendes? ¿Entiendes el inmenso valor de las «PGC»? El mundo (siempre) se mueve por sensaciones. La Naturaleza no razona. Las leyes, en realidad, son primero colores, sonidos, ausencias y atracciones. Después llega el hombre y legisla. Acata las leyes, sí, pero recuerda quién fue primero. Recuerda que la norma es una hija bastarda. Nunca nace por amor, sino por necesidad. Por eso las pequeñas-grandes cosas son superiores (por sí mismas y por su cuna). Sentir = VIVIR. «PGC» = sentir = VIVIR.
VIVE, pues, querido idiota, con los cinco sentidos. Deja que ventilen tu yo interior. Ellos saben. La sensatez siempre está a su servicio. El insensato, sin embargo, no está al servicio de nadie, excepción hecha de su propia locura. La vista, por ejemplo, sabe cuándo entornar o cerrar los ojos. Y lo hace siempre ante la proximidad de una sensación. El oído es igualmente escrupuloso. Sólo negocia con la justa medida. La música es su mecedora favorita. En cuanto al olfato, ¿conoces a un guía más prudente? El gusto, por su parte, es otro termómetro de la belleza. Una medida frágil y delicada. Si no alcanza el punto medio, las sensaciones son alas rotas. Si lo saturas mueren como estrellas fugaces. Finalmente el tacto: la envidia de los espíritus. Todo el saber de Dios en la palma de la mano.

¿Comprendes ahora el porqué de mi insistencia en las pequeñas-grandes cosas?





4 de mayo de 2003

ÉRASE UNA VEZ UN PRÍNCIPE...

Querido idiota:

La ventaja de escribir para mí mismo (para el profano que llevo dentro) es que puedo hacer la «estatua» frente a las normas. Me importan un silbato los críticos. Escribo para ti (para mí). Por eso no hallarás nada tan maduro y sobresaliente en el resto de mis escritos. Estas cartas son el tuétano de lo que llevo descubierto en la Tierra. Y te preguntarás: ¿con qué autoridad me dictas estas cosas? ¿Eres un buscador de perlas de las profundidades humanas? ¿Eres un Dios encendido en la carne? ¿Dónde has aprendido a escalar la condición humana? ¿Por qué te pronuncias con la seguridad del que regresa? ¿Qué has visto en la cara oculta de tu propio yo?
Permíteme que te responda con una pequeña-gran historia. Se trata (en apariencia) de un cuento: «Érase una vez un príncipe. Fue creado directamente en el horno divino. Era más que luz, mucho más que luz y gravedad e infinitamente más que luz y gravedad y gravedad divina. Era casi perfecto. Es decir, casi santo. Respiraba poder y bebía, por igual, de todas las fuentes secretas de la creación. Sus pensamientos brillaban a lo lejos y era precedido siempre por el éxito. Y en una de sus correrías por la casa del Padre se asomó al tiempo y al espacio. Y descubrió algo desconocido para él: en esos mundos, unas criaturas vivían en la imperfección. ¡El colmo de la imaginación del buen Dios! ¡De la nada había obtenido un adán! ¡Y esa nada-adán estaba sentada en las rodillas del AMOR! ¿Cómo era posible? ¿Por qué los humanos eran tan importantes? ¿Por qué eran habitados por el mismísimo Creador? Y solicitando permiso modificó el rumbo de su evolución. Y aquella flecha divina descendió hacia las tinieblas, la inseguridad y la muerte. Era la única forma de alcanzar la perfección: siendo maestro también en imperfección. Y con él, con aquel príncipe, bajaron las escaleras otros muchos...»
Te escribo, por tanto, con la autoridad de uno de aquellos que lo tuvo todo, querido idiota




8 de mayo de 2003

NADAR DESNUDO

Querido idiota:

Sigamos con las pequeñas-grandes cosas. En una oportunidad (sólo una) tuviste el suficiente valor (?) y lo experimentaste. La mar te recibió como una amante y te lanzaste a ella desnudo. Veo que ni siquiera lo recuerdas. Fue una inolvidable «PGC»,
Algo que no has vuelto a VIVIR. Nadar desnudo fue tu primera relación amorosa con la mar. Sin duda, la más limpia, intensa y sincera. La mar se aproximó a tu piel y, curiosa, te acarició. Sus dedos eran colores y cada beso, una burbuja. Pero tú, tímido, casi huérfano de sensaciones (idiota al fin y al cabo), escapabas a cada roce y huías veloz seguido de miles de besos. No llegaste a comprender que la mar es una mujer y que, en esos momentos, te deseaba. No acertaste a descubrir que aquel sencillo acto de nadar desnudo era tu máxima aproximación a la libertad. De nuevo una pequeña-gran cosa te hacía VIVIR (con mayúsculas). Algo impensable cuando te cubres con normas y certezas. Y digo bien: máxima aproximación a la libertad. Sólo cuando pones el pie en el estribo de las sensaciones empiezas a deletrear la libertad. Sólo cuando VIVES la disfrutas (de lejos). Sólo entonces, los Dioses se compadecen y relampaguean las verdades que nunca serán tuyas (aquí, en esta vida). No te confundas, querido idiota: la libertad no florece en este planeta. Lo que los hombres llaman libertad provoca la risa del Destino. Eres tú, justamente, quien (libremente) has decidido no tener libertad (insisto: aquí). De eso -de la formidable experiencia de vivir encadenado a un Destino- tendría que hablarte en otra ocasión. La libertad que venden los humanos es coja de nacimiento. La libertad humana impone (siempre imponen los que tienen mucho que perder). La libertad humana pisa siempre sobre cadáveres. La libertad, tal y como la concibe el hombre, está peleada con la otra mitad de la humanidad.
No, querido profano en la materia, la auténtica libertad no es de este mundo. Podría describirla (malamente) como nadar desnudo en la mente divina: conocer y experimentar(lo) TODO. En otras palabras: estrechar la mano del número UNO (ser UNO). Eso es libertad. Eso es sentir. Ahora, de momento, según «contrato», sólo puedes aspirar a escuchar su tañido. Sólo puedes (y debes) mirar por el ojo de la cerradura de las pequeñas-grandes cosas. Las sensaciones te harán señales.




9 de mayo de 2003

LIBERTAD EN SILLA DE RUEDAS

Querido idiota:

No me asombra tu cara de papamoscas. La esperaba. Muy pocos aceptan el contenido de mi anterior carta. « La libertad existe -gritan-. Podemos votar, cambiar de canal en televisión, de esposa o marido e, incluso, suicidamos.» Y yo insisto: eso no es libertad. Como mucho, una libertad de cabotaje. Una libertad sin perder de vista a los demás es una libertad en silla de ruedas. Yo he mencionado la auténtica libertad: la que no conoce fronteras porque tú eres la única frontera. La verdadera libertad, querido profano, se nutre del conocimiento. Ésa es la frontera. Un límite sin límites. Y ahora dime: ¿dónde nace la libertad humana? ¿Lo hace en la sabiduría? ¿Ha prosperado en las térmicas del «yo» o sigue reptando en el fondo del miedo? Te invito a que despabiles algunos momentos de la historia y juzgues por ti mismo (si puedes).


Pre-historia
¿Existió la libertad hace un millón de años? En la Edad de Piedra, el miedo era más negro que la oscuridad y ésta, a su vez, el único horizonte. Ni siquiera la evolución fue libre.

Historia antigua
La humanidad creció, sí, pero no la libertad. La domesticación diluyó la agresividad de los animales y multiplicó la de los propietarios. Las aves perdieron la capacidad de volar y al hombre le salieron las alas de la ambición. La joven humanidad fue domando los metales. Y con el cobre, oro, bronce y hierro diezmó la libertad de los demás.

Siglo v antes de Cristo
Pericles inaugura la democracia. Un hombre: un voto y una opinión. ¡Al fin la libertad! De pronto, la historia comprende que algo falla: los atenienses no son la libertad (no para sus esclavos y . mujeres).

Edad Media
La libertad humana retrocede (¿más aún?). Las religiones inyectan la epidemia de los fanatismos.
La cruz se hace espada y decapita cualquier pensamiento no ortodoxo. No saben que Jesús de Nazaret jamás portó espada. La verdadera libertad es una elección (nunca una imposición). Después llega la media luna, otro triunfo de las fronteras interiores, de la oscuridad y del miedo.

1492
Las viejas ideas alcanzan América y, naturalmente, no conciben otra libertad que la suya. Pueblos enteros son exterminados porque visten, piensan, adora y aman «salvajemente». Los conquistadores no saben (ni quieren saber) que el pensamiento propio es el «abc» de la verdadera libertad. Y el miedo, la oscuridad y la sangre dibujaron el nuevo mapa de América.

Siglo XIX
Un norteamericano perfora la tierra y obtiene el primer pozo de petróleo (28 de agosto de 1859). Al permanente negro del miedo y de la oscuridad interior se sumó el traficante de los traficantes. Hoy, por las venas de la libertad (?) humana no corre sangre, sino crudo.
Para qué seguir...

La libertad, querido idiota, no es lo que crees y lo que quieren que creas. La libertad es mucho más y empezarás a practicarla cuando dudes(¿recuerdas?).




10 de mayo de 2003

MIRAR UN CUADRO

Querido idiota:

¿Cuánto hace que no contemplas un cuadro? En tu lejana infancia (¿recuerdas?) querías ser Miguel Ángel. Después, tu «contrato» exigió que se cumpliera lo «firmado». Pero, a lo que voy: ¿eres capaz de recordar cuándo liberaste al tiempo por última vez? Me lo temía. Tu última visita a un museo se ha caído de la memoria. Pues bien, seguiré zarandeando tu entendimiento (hasta que comprendas): para cumplir tu promesa debes VIVIR. Para enmendar el rumbo de tus errores tienes que poner los ojos -única y exclusivamente- en la brújula de las pequeñas-grandes cosas. Mirar un cuadro, por ejemplo, es compartir confidencias acodados en la barra de tu espíritu. Mirar un cuadro es soltar a los perros de presa de la adrenalina, pero con bozal. Mirar un cuadro, como te decía, es sacar al tiempo de las mazmorras de ti mismo y devolverle la vista. Mirar un cuadro es despertar y duchar a los sentimientos. Después, ellos solos te recorrerán. Mirar un cuadro, querido profano en la materia, es abrazarte a la farola de la vida, borracho de sentimientos (abrazarte a ti mismo, al fin). El arte, querido idiota, no le ha sido dado al mundo para cebar el yo de unos pocos. El arte es una fragua donde todos (todos) ponen a prueba el temple de sus sentimientos. Tagore tenía razón: el arte no es sólo belleza. El arte debería ser (y lo será algún día) la única religión del hombre. El arte, si observas con detenimiento, tiene sus propios templos. Todos infinitos. Todos sugerentes. Todos luminosos. Todos edificados con sentimientos. La razón es la única criatura que no puede penetrar en su interior. Por eso los que se dicen racionalistas terminan siendo matacandiles de sí mismos y mulas del diablo para los mazacotes y necios que los aplauden. Arrodíllate, pues, en las catedrales de los sentimientos. Y al hacerlo, al inclinar el alma, descubrirás que tú mismo eres parte de la imagen, de la música, de la escultura o del verbo. Tú serás acción en la quietud. Tú serás color derramado en las arterias. Tú serás lágrimas interiores. Tú serás traductor e intérprete de otros hombres, de otras épocas y de otros sentimientos. Tú serás «ellos». Tú serás el todo y la parte. Tú serás los ojos de la música y la conducirás dulcemente hacia el sanctasanctórum de tu corazón. Tú serás el proceso y el resultado. Tú serás la resurrección por la palabra. Tú, entonces, sin querer y sin saber, estarás justificando la (supuesta) imperfección del tiempo y del espacio. Tú, entonces, estarás VIVO y habrás cumplido: «Si me concedes una prórroga te (me) prometo VIVIR.»





12 de mayo de 2003

SAZONAR LA CORDURA

Querido idiota:

Prosigo con la dieta de pequeñas-grandes cosas. Dada tu salud mental, la única aconsejable. No te estoy llamando loco. Te has excedido, sí, pero en la cordura. La salud mental (deberías saberlo) puede peligrar por muchas razones. La locura (?), como tal, es la menos preocupante. Los locos, en general, habitan tierra adentro de sí mismos. Los muy cuerdos, en cambio, siempre están fuera de sí. Son corsarios de voluntades. Piratas de su propia vida. Inquisidores de la sonrisa y verdugos de la risa. Los muy sensatos, querido profano, son áridos y, por tanto, inhabitables. La cordura es una equilibrista prodigiosa. Requiere experiencia, valor y los gramos juntos de sensatez. Si te excedes, el cable de la vida (por el que caminas paso a paso) quedará destensado y tú, en la cuerda floja. En otras palabras: regresa a las costas de tu yo. Reflexiona, sí, pero no adores al becerro de oro del «todo controlado». De vez en cuando, camina hacia atrás por los senderos de los deseos. Monta la vida a pelo y disfruta el viento en la cara de lo imprevisto. Los excesos, como sabes, no son saludables y en la cordura, incluso, letales. Y te preguntarás: ¿cómo puedo cruzar por la vida sin perder el equilibrio? Sencillamente, sazonando los momentos. Es decir, pellizcando la existencia; dándole el sabor que tú consideres. Los seres humanos no pueden ser santos (perfectos). No en esta vida, por mucho que se empeñen algunas religiones. Las cosas, en cambio, sí. Las cosas llegan siempre a un punto de sazón o de madurez. Es la santidad de lo pequeño. Pues bien, tú VIVIRÁS (lograrás el equilibrio) si sazonas la cordura (si la haces santa y perfecta) con las pequeñas-grandes cosas. Observa, querido idiota: experimentar (VIVIR) una «PGC» es contemplar cómo algo se convierte en santo, alcanzando su estado de perfección (sazón). No confundas con razón. Ésta es mala vecina de la santidad (tener razón no siempre significa estar en lo cierto). Con la práctica de las pequeñas grandes-cosas, por tanto, además de lo dicho en otras cartas, el hombre se entrena para su Destino: crear (aparentemente) de la nada. Con la gimnasia de las «PGC» tu Dios interior hace músculo y tú programas la cordura a la velocidad ideal (cada yo dispone de su propio y muy personal manual de servicio y mantenimiento). Pero de eso, quizá, te hable cuando tu inteligencia alcance un mínimo de sazón.

 

 13 de mayo de 2003

TRUCOS DIVINOS

Mi querido idiota:

Veo que los conceptos resbalan por tu cerebro. La vida (supongo) le ha puesto un impermeable a tu sensibilidad. No importa. Volveré a explicártelo.
¿Cómo lograr que algo se convierta en santo? ¿Cómo sazonar los momentos? Me limitaré a silbar en el cielo de las ideas: ellas acudirán como las palomas a las migajas. Veamos:
Cuando escuchas (sin remar a tu favor), tu silencio se va vistiendo de gala y termina sentado en la silla gestatoria de la perfección. Esta pequeña-gran cosa (escuchar gratuitamente) hace santo al silencio. Tú (queriendo o sin querer) has puesto a punto (sazonado) un momento de tu vida. Y esa santidad de lo pequeño te hará momentáneamente feliz. Queriendo, o sin querer, habrás sazonado la cordura. Estarás en equilibrio.
Cuando acaricias, ojos, dedos o labios alcanzan también la perfección. La mirada, al acariciar, es la primera en saciar tu sed. Y te llevará, sin alas, a los mundos artificiales de los sueños. Durante
segundos, esa mirada será perfecta. Será tu particular tren de alta velocidad hacia la felicidad. Una mirada, querido profano, también puede ser una pequeña-gran cosa. En cuanto a los dedos y labios, ¿qué sucede cuando acarician? Se hacen exploradores y machetean a tu favor. Durante las caricias tienen vida propia. Saben cuándo avanzar o retroceder, al margen de tu voluntad. No son tu voluntad. Son ellos, en estado puro (perfectos). Tú, al amar, al experimentar, elevas el cuerpo a la santidad. Tú, al acariciar (no importa qué), estás ensayando para el gran papel de tu existencia (después de la muerte): crear (aparentemente) de la nada. Al acariciar, querido idiota, se produce el milagro: aparece la vida. Son trucos divinos. Magia para principiantes como tú...

 

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