Verne, al año de su boda (1857) (Foto: Hachette)

Yo, Julio Verne 

J.J. Benítez. Editorial Planeta (1988)

   “Me siento el más desconocido de los hombres.” Esta frase, pronunciada por Julio Verne, entraña un gran enigma. No creo equivocarme si afirmo que la inmensa mayoría de los ciudadanos ha leído alguna vez al escritor francés. Pero ¿qué sabemos realmente de este genial bretón? ¿Fue un “iluminado”? ¿Un “profeta”? ¿Cómo pudo adelantarse a su tiempo tan certera y magistralmente? ¿Cuál era su “secreto”? 

   Quizá ha sido una de las investigaciones en la que he invertido más tiempo y más cariño: ocho largos meses buceando en su vida y en su obra. Y lo que he encontrado me ha dejado perplejo. Verne arrastró, no uno, sino varios secretos...

   Pero, para desvelarlos, es preciso sobrevolar su desconocida y agitada existencia. Es más: yo diría que su gran secreto es, justamente, su propia vida.

   ¿Quién hubiera imaginado a Verne como un político “de izquierdas”? En 1988 se cumplió, justamente, el centenario de tan insólita actividad. En mayo de 1888, Julio Gabriel Verne Allotte sorprendía a propios y extraños, presentándose a las elecciones de la ciudad francesa de Amiens, donde residía desde 1871. Y lo hizo, para escándalo de su burguesa familia, por una lista “ultrarroja”, al socaire de los republicanos progresistas. Y Verne arrasó: en la segunda vuelta conseguiría 8.591 votos, de los 14.000 que integraban el electorado. Las verdaderas motivaciones que le llevaron a la concejalía no tuvieron jamás un tinte político. Sus biógrafos lo han recogido una y otra vez:

Gabinete de trabajo de Julio Verne. Junto a la mesa, una humilde cama. (Cortesía del Centro de Documentación Jules Verne)

   “Sólo me interesa servir a la sociedad, mejorar la ciudad, impulsar la instrucción y las Bellas Artes.; Y así lo hizo. El Verne concejal- reelegido en 1892, 1896 y 1900- potenció el teatro, consiguió becas para la Escuela de Medicina, mejoró el trazado de Amiens y llegó a construir un espléndido circo que todavía puede admirarse.

   Pero, quizá, una de las más desconocidas facetas de Julio Verne fue la de viajero. ¿Cuántas veces he oído comentar que el autor de La vuelta al mundo en ochenta días sólo viajó en sueños y desde su gabinete de trabajo? Nada más incierto y peregrino.

   Entre 1857 y 1884, es decir, en un total de veintisiete años, llevó a cabo diez grandes cruceros y un sinfín de viajes “menores”. Su frustrada vocación marinera no resultaría tan frustrada...

   Su pasión por la mar era tal que, en el referido año de 1857, recién casado con Honorine de Viana, no dudó en abandonarla, para emprender su primer gran periplo: Escocia. Más aún: en 1861, con su esposa en avanzado estado de gestación, tampoco lo dudó y, haciendo caso omiso de las lógicas protestas, se embarcó de nuevo, rumbo a Escandinavia. El crucero resultaría abortado por un súbito cable de su mujer, reclamándole. Verne llegaría a tiempo de ver nacer a su único hijo, Michel. Después, merced a los dineros de sus primeras y triunfantes novelas, haría realidad otro de sus sueños: la compra de un barco. El San Michel atracado en Crotoy, le llevaría a Inglaterra, al mar del Norte y a numerosos puertos de la costa francesa. A bordo de este pesquero reformado concebiría su novela Veinte mil leguas de viaje submarino, llegando a escribirla, incluso, mientras navegaba. Nemo, por tanto, “nacería” en el mar...

   Pero aquel barco pronto se le quedaría pequeño. Verne ansiaba cruzar los siete mares. Y en 1876, a los tres meses de su cuadragésimo octavo cumpleaños, Julio Gabriel Verne Allotte adquiere un segundo yate: el San Michel IL Para esas fechas, el inquieto navegante ya había visitado Estados Unidos, en compañía de su hermano y confidente, Paul.

   En marzo de 1867, en efecto, a bordo del gigantesco trasatlántico Great Eastern, los hermanos Verne se dirigen a Nueva York. Y durante veinte días recorren la Costa Este y la frontera con Canadá. De todas estas experiencias nacerían después muchas de sus novelas. Con el segundo Michel se aventura de nuevo en el mar del Norte, Inglaterra... Y en 1877 “tira la casa por la ventana”, gastándose 55.000 francos en un tercer y soberbio yate: el San Michel III; un velero de dos palos, con motor de cien caballos y treinta y tres metros de eslora. Es la época de sus largos cruceros por el Mediterráneo. Por sistema, Verne deja de trabajar en julio y navega hasta octubre. Así recorre las costas de España (Vigo, Cádiz, Málaga), el norte de África, Malta, Italia..., siendo recibido por el papa León XIII, en 1884. El clamoroso éxito de novelas como Cinco semanas en globo, De la Tierra a la Luna, La vuelta al mundo en ochenta días, etc., traducidas a numerosos idiomas, hace de estos cruceros una permanente manifestación de gloria para el vanidoso Verne. Es agasajado en Lisboa, Gibraltar, Túnez, Venecia... En 1885, sin embargo, misteriosamente, Julio Verne malvende el San Michel III, ;dándose a volver a la mar. Su pasión por los viajes desaparece y sólo a partir de ese momento “viaja con la imaginación”. La razón de este drástico cambio pudiera ser la muerte de su gran y secreto amor: una mujer afincada en París.

Caricatura de Verne a los setenta años. (Henri Delaroziére)

   He aquí otro de los rasgos de la vida de Verne, desconocido por sus miles de lectores. Julio Gabriel Verne nacido en Nantes un 3 de febrero de 1828, fue un niño, un adolescente y un joven  desgraciado . Tanto su padre, Pierre, como la madre, pertenecían a familias burguesas.

   El padre de Verne, “ascético, católico a ultranza y maníaco del orden y la puntualidad”, se negó a los fervorosos deseos de su” hijo primogénito, Julio, de hacerse marino. El mayorazgo imperaba en aquella época y Julio Verne, así fue sentenciado por Pierre, heredaría el despacho de abogado de su padre. La frustración de Verne fue tal que, a los once años, se escapa de Nantes, embarcándose en un buque, La Coralle, con destino a la India. Pero el “grumete” es apresado en Paimboeuf -primera escala  del barco- y conducido a Nantes. Allí, su padre le azota sin piedad. Esa paliza sería el principio del fin de las relaciones entre padre e hijo. Verne jamás le perdonaría su intransigencia. Para colmo, Verne se enamora de su prima Carolina Tronon. Ésta le rechaza y convierte la juventud de Verne en un infierno. Con el fin de proseguir los estudios de derecho dolorosa imposición de Pierre Verne, Julio se instala en París y comienza a alternar con los círculos literarios de moda. La boda de Carolina con un “petimetre de Nantes” termina de hundirle en la desesperación. Su vida amorosa quedará marcada para siempre. Finalizada la carrera, Pierre Verne reclama a su hijo a Nantes. Pero Julio se niega. Lleva tiempo escribiendo piezas teatrales, óperas cómicas y sainetes (la mayoría de escasa calidad) y no desea perder la que es ya su verdadera vocación. Las tensas relaciones con su padre sufren un nuevo deterioro: Pierre Verne le corta la pensión y el joven escritor teatral se ve obligado a malvivir en París, dando clases de derecho. Encuentra un empleo como secretario del Teatro Lírico y así “resiste” hasta que, en 1856, con motivo de la boda de un amigo, se traslada a la ciudad de Amiens, donde conoce a Honorine, una viuda con dos hijas de corta edad. Planea fríamente su matrimonio con Honorine y decide casarse a principios de 1857. A través de su cuñado consigue entrar en el mundo de la bolsa, haciéndose agente. Al mismo tiempo, una vez instalados en París, sigue trabajando en sus “bagatelas teatrales” y en la cimentación de un gran proyecto: la “novela de la ciencia”. Pero su matrimonio resultaría un fracaso. Honoririe está más pendiente de las fiestas y reuniones sociales que del “sueño” de Verne. Ese “sueño” consiste en llevar el prodigioso mundo de los descubrimientos técnico-científicos, a los que asiste el escritor en ciernes, a la literatura. Toda una aproximación del hombre a la naturaleza, y viceversa, de la mano de la ciencia. Y a los treinta y cuatro años, al fin, escribe su primera gran novela Cinco semanas en globo, contagiado de la fuerte polémica existente entonces en Francia alrededor de la aerostática. Pero el fracaso sigue tras él, implacable. Verne recorre quince editoriales. “Quince necios”, según sus propias palabras. Al fin, merced a su buen amigo Nadar, un fanático de los globos, Julio Verne entra en contacto con Julio Hetzel, editor, que lee el manuscrito, recomendándole que lo corrija y “que haga de aquello una auténtica novela”. “¿Sabe que tiene usted talento, joven?”, le dijo Hetzel al despedirse. A principios de 1863, a punto de cumplir los treinta y cinco años, Verne conoce el triunfo. La publicación de Cinco semanas en globo es un éxito. Y Verne, eufórico, firma un contrato con Hetzel por veinte años, a razón de tres libros por año. Algún tiempo después, esas tiránicas exigencias del editor son aliviadas y convertidas en dos novelas anual. El creador del capitán Nemo, de Hatteras y de los hijos del capitán Grant deja su trabajo en la bolsa y se dedica de lleno a la literatura. En sus cuarenta y dos años de vida literaria, Verne escribiría 65 grandes novelas, bajo el título general de Viajes extraordinarios y un sinfín  de obras menores. Sus ganancias totales han sido calculadas en unos 60 millones de pesetas. Su editor se embolsaría alrededor de 280 millones...

Hetzel, editor de Julio Verne

   En julio de 1871,cansado de la superficialidad de su mujer, decide abandonar París y se instala en la pequeña ciudad provinciana de Amiens, al norte. Es elegido miembro de la Academia y comienza a padecer la tortura de un hijo, Michel, “difícil y endemoniado”. El muchacho es recluido en un reformatorio y, posteriormente, encarcelado y embarcado por su propio padre en un buque con destino a la India. Dieciocho meses después, a su regreso, Michel, con la oposición de Julio Verne, contrae matrimonio con una cantante, la Dugazón, a quien abandonará dos años después para fugarse con una pianista de dieciséis años. La atormentada vida del escritor se ve definitivamente destrozada en 1886 cuando, a la puerta de su casa, el hijo de su hermano Paul, Gaston, le dispara dos tiros de revólver. Uno de ellos le alcanza en un pie, dejándole cojo para el resto de su vida. El demente es encerrado en un manicomio y Verne entra en una profunda crisis emocional, de la que jamás se recuperaría. A partir de entonces su carácter se enturbia, convirtiéndose en un individuo huraño, que sólo vive para su obra. En 1900, a las neuralgias faciales que padece desde su juventud, se añade una notable pérdida de visión y varias crisis de diabetes que, el 24 de marzo de 1905, acaban por conducirlo a la tumba. Condecorado con la Legión de Honor, Verne recibe honores militares, siendo enterrado en el cementerio de La Madeleine, en Amiens.

   En 1895, entrevistado para el Strand Magazine, Verne negaba en redondo el calificativo de “profeta de la ciencia”. “Todo es una simple coincidencia -declaraba- Yo no he inventado nada...”

Honorine, esposa de Verne.

   Julio Verne negó siempre que fuera un “iluminado”. Sus novelas, afirmaba, habían sido escritas en base a unos exhaustivos estudios de su tiempo y de los numerosos inventos de la época. Personalmente no estoy del todo de acuerdo con el creador del Nautilus. Es cierto que los primeros ensayos de navegación submarina se remontan a finales del siglo XVIII, con La Tortue de Buslinel (1776) y el Nautille de Fulton (1796”. Pero ¿qué decir de la navegación subpolar? El Nautilus norteamericano que llevaría a cabo semejante hazaña tendría que esperar al 3 de agosto de 1958...

Jules Verne con Honorine, su mujer. (Cortesía del Centro de Documentación “Jules Verne”).

   Verne llevaba razón, en parte. Todos sus libros fueron cuidadosamente documentados. De la Tierra a la Luna, por ejemplo, contó con los cálculos matemáticos de su primo Henri Garcet, pero la “visión” de Verne, en mi opinión, fue genial. Hasta esos momentos, la conquista de la Luna, de la mano de escritores como Luciano, Sorel, Cyrano de Bergerac o Alían Poe, sólo había sido un intento puramente romántico. Verne daría el salto, adentrándose en el posibilísimo científico. ¿Y qué decir de sus correcciones de trayectorias, cohetes auxiliares y de su precisión en los puntos de lanzamiento y recogida del “obús”? El astronauta Frank Borman, cuyo vehículo espacial cayó en el Pacífico, a sólo cuatro kilómetros del punto señalado por Verne, llegaría a manifestar: “No puede tratarse de simples coincidencias.”

   ¿Y son “coincidencias” sus repetidas premoniciones sobre el nazismo, sobre el futuro auge de Estados Unidos o sobre la creación de la bomba atómica? Yo invito a los lectores a que se paseen por su novela Frente a la bandera. Quedarán sobrecogidos. Y en La caza del meteoro (publicada en 1908), Verne va mucho más allá. Anticipándose a Einstein, Bohr y Rutherford, uno de sus héroes, Xirdal, asegura: “. . .por mucho que se descomponga [se refiere a la materia] en moléculas, átomos y partículas, siempre quedará una última fracción por la que se replanteará íntegramente el problema y su eterno recomienzo, hasta el momento en que se admita un principio primero que no será ya materia. Este primer principio inmaterial, es la energía”.

Flores blancas para un genio que hizo soñar a miles de seres humanos (Foto: Blanca Rodríguez).

   Verne, hace ahora 126 años, hablaba ya de la conquista de los planetas. En este sentido, las palabras del protagonista de su novela De la Tierra a la Luna, son definitivas. Así se expresaba Ardan: “. . Se va a ir a la Luna, se irá a los planetas, se irá a las estrellas, como se va hoy de Liverpool a Nueva York, fácilmente, rápidamente, seguramente, y el océano atmosférico será pronto atravesado como el océano de la Luna.” ¡Esto ocurría en 1865!

   Por supuesto, no todo fueron asombrosas anticipaciones. Julio Verne, tal y como afirmaba, se aprovechó también de las ideas y hallazgos de otros. Por ejemplo, del poeta y narrador norteamericano Edgar Alían Poe y de un folleto turístico de la Agencia de Viajes Cook. Su gran novela La vuelta al mundo en ochenta días nació precisamente así: de un cuento de Poe (“Tres domingos en una semana”)' y de un anuncio. René Escaich fue el descubridor del artículo publicitario, aparecido en 1870 en Le Magasin Pittoresque, que sirvió de inspiración al “viejo oso”. Este anuncio decía así:

   “Gracias a la horadación del istmo de Suez, es posible ahora, partiendo de París, dar la vuelta al mundo en menos de tres meses. El servicio para este viaje circular no ha de tardar en ser organizado... “ Y a continuación, el periódico reproducía el 'itinerario completo, incluyendo los días de duración de cada etapa del viaje. “En total concluía el artículo, 80 días.”

   Las posibles explicaciones a esa genial “intuición”, “visión de futuro”, “iluminismo” o “anticipación” (podemos etiquetarlo como queramos), sólo podrían ser dos. Primera: en base a su erudición y enciclopédicos conocimientos científicos, Julio Verne llegó a “presentir” el ulterior desarrollo de aquellas máquinas, apenas intuido por la sociedad del siglo XIX. Segunda: además de lo anterior, Verne pudo tener acceso a unas “fuentes” del conocimiento, mucho más depuradas y secretas. Son numerosos los biógrafos y “vernianos” que han empezado a descubrir una lectura iniciática en la obra de Verne. El Viaje al centro de la Tierra, El castillo de los Cárpatos, el propio capitán Nemo, etc., contienen para quien pueda y sepa leerlo todas las claves de los viajes iniciáticos, de la simbología alquímica, de la trascendencia, en el más puro sentido de la expresión. Hombres como Lamy, Moré y Michel Carrouges, entre otros, han apuntado la existencia en los Viajes extraordinarios de todo un secreto “formalmente inscrito, objetivamente proyectado”.

   Estoy absolutamente convencido. Después de conocer su vida, sus numerosas cartas, su obra y, en especial, después de haber estudiado su magnífica tumba en Amiens, sólo puedo desembocar en una conclusión: Julio Verne fue un iniciado y un iniciador. Michel Lamy, por citar un solo ejemplo, dedica 323 páginas a este fascinante y, hasta ahora, ignorado aspecto del escritor, mal llamado “de juventud” Es casi seguro que Verne conocía las ocultas doctrinas de los masones, rosacruces, alquimistas y que, incluso, hubiera podido pertenecer a hermandades tan secretas y esotéricas como los “Iluminados de Baviera” o la “Sociedad angélica”. Las exigencias de la puritana sociedad burguesa a la que perteneció y el estrecho “marcaje” de que fue objeto por parte de Hetzel, su editor, le encasillaron en un título que hoy todavía está vigente: escritor de aventuras para adolescentes y jóvenes. Nada más erróneo. Ciertamente, Verne tuvo que someterse a estas servidumbres. Pero, si se analiza desde esta otra perspectiva, se observará que el escritor, bajo el ropaje de la aventura, ha introducido, “de contrabando”, un sinfín de “secretos”, directamente relacionados con sus propios dramas personales y con 105 conocimientos aprendidos de esas sociedades y hermandades iniciáticas.

La tumba de Julio Verne, en el cementerio de la Madeleine, en Amiens. La mano y el rostro han sido orientados al Oeste. (Foto: J.J. Benítez)

   Y volviendo a las explicaciones a su genial “iluminismo”, yo me pregunto: si Julio Verne supo o perteneció a los “Iluminados de Baviera”, a la “Golden Dawn” (la elite de los rosacruces de aquel momento) o a los “Hermanos del alba dorada”, ¿por qué rechazar la hipótesis de un Verne en “contacto” con “entidades espiñuiales o celestes” y, obviamente, con los altos secretos de tales sectas?

   Según Samuel Lidelí Mathers, la “Golden Dawn” estaba organizada en torno a once grados iniciáticos, bajo la protección y dirección de los llamados “Superiores desconocidos”. ¿Quiénes eran esos “Superiores desconocidos”? Aquellos que han investigado o se han interesado por este mundo mágico en el que trabajo desde 1972 saben muy bien la respuesta... Ello sí explicaría satisfactoriamente las asombrosas “anticipaciones” en el tiempo, su secreta lectura y el elevado nivel evolutivo de los pensamientos vernianos. No tengo el menor pudor en afirmar que julio Gabriel Verne Allotte aunque, lógicamente, carezco de las pruebas definitivas pudo haber estado en “contacto” o “comunicación” con seres, fuerzas o entidades extrahumanas, que abrieron su mente a un mundo ajeno a la civilización de entonces. En el mítico y misterioso Verne cabe eso y mucho más... Será preciso bucear en toda la obra de los Viajes extraordinarios (ya se ha empezado) para desvelar y sacar a la superficie los múltiples enigmas sepultados por este esotérico Verne. Novelas como Los quinientos millones de la Begún o El eterno Adán, por mencionar un par de ellas, nos están esperando desde hace casi cien años.

   Verne, defensor de la Tierra hueca, pionero de los ovnis y uno de los primeros ecologistas conocidos, ha sido víctima de la superficialidad de una crítica que no ha sabido leer en profundidad. Como muy bien apunta Miguel Salabert en su libro Julio Verne, ese desconocido, “el continente ha ocultado el contenido”. Verne, en efecto, es uno de los autores más y peor leídos de la historia. Los niños y jóvenes pueden soñar con sus novelas, pero son los adultos los verdaderos destinatarios de esa obra prodigiosa. Con razón, en los últimos años de su vida, exclamaba: “Me siento el más desconocido de los hombres... “

   No quiero concluir este apresurado apunte sobre Julio Verne sin hacer mención de “algo” que, en mi opinión, guarda una estrecha vinculación con todo lo expuesto. Más aún: me atrevo a decir que su monumento funerario, en el camposanto de La Madeleine, en Amiens, viene a ser la síntesis final del auténtico Verne. El Verne mágico, secreto, esotérico, iniciado e iniciador, ha sido plasmado en piedra y mármol, merced al talento y a la no menos secreta intención del escultor e íntimo amigo de Julio Verne, Albert Roze. He pasado muchas horas estudiando, midiendo y observando esa tumba. Y he sometido cada uno de los detalles contenidos en la misma a expertos kabalistas y hombres sabios, conocedores del mundo de la simbología. El resultado es fascinante. Verne, que elaboró en vida alrededor de 4.000 criptogramas, ha dejado en su sepultura su último gran enigma: el que sintetiza su vida, sus sueños y su obra. Una rama de palmera, símbolo de la inmortalidad del “phoenix” que resurge de sus cenizas; el “etz hajaím” o Arbol de la vida de los kabalistas y la “tariqat” o asociación iniciática sufí... Una estrella de seis puntas (!) flotando sobre la palmera: la unión del fuego celeste y el agua para la reconstrucción interior, en palabras de Mario Satz, y que los kabalistas llaman “shamaim”... Una cruz inscrita en un círculo, que alude a la “cuadratura del círculo”: el opus alquímico completo, acabado y realizado... Una rama de olivo: “la paz del justo” (una versión bíblica del laurel olímpico)... Una lápida sepulcral pentagonal sobre las espaldas de ese Verne de mármol que 'renace” de la tierra... Una losa pitagórica, que nos recuerda la “salud microcósmica”... La propia leyenda funeraria, con cinco de sus letras “especial y estratégicamente” destacadas sobre el resto: “J”, “L”, “V”, “R” y “E” y que los expertos en kábala y numerología han descifrado como una “pista” más que nos habla de “resurrección”... Una mano derecha alzada hacia el Oeste, con una muy específica posición de sus dedos (uno-tres-uno)... Un rostro igualmente orientado hacia el oeste, hacia el rojo alquímico... hacia el “renacimiento”... Una mano izquierda firmemente asentada en la tierra... Un sudario que cubre la cabeza de este Verne “que no ha muerto”... los siete abetos, formando un semicírculo, que guardan tumba por su cara este... No olvidemos que “Verne” significa “árbol”...

Leyenda funeraria. La mano de la escultura oculta y oscurece las fechas de su nacimiento y muerte: 1828 y 1905. (Foto: J.J. Benítez)

   Y lo más espectacular y desconcertante: esa mano derecha, tal y como relato en mi libro Yo, Julio Verne que, en “día mágico” del verano, oscurece parte de la leyenda funeraria, abriendo nuestros ojos a otro gran secreto Verne... Pero dejaré al lector que descubra por sí mismo ese postrer “mensaje”. Al igual que Verne cifró su obra, también he cifrado la mía, obedeciendo a la sentencia que encabeza las Bodas químicas de Christian Rosenkrentz: Los arcanos se envilecen cuando son revelados. Y una vez profanados, pierden su gracia. No arrojéis margaritas a los cerdos y no hagáis nunca a un asno un lecho de rosas.”

Texto extraído de "Mis enigmas favoritos". Más información en el libro "Yo Julio Verne".

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