Encuentro en «Montaña Roja»

Editorial Planeta: 1981. "30 Aniversario 1981-2011".

En su investigación de los OVNIS, J.J. Benítez ha conocido a muchas personas que no aceptan el fenómeno o se muestran escépticas a causa de que ningún profesional de categoría los ha visto. Pues bien, en esta obra el autor prueba que los OVNIS no sólo son avistados por pastores, labriegos y pescadores, sino también por cualificados profesionales: los pilotos de aeronaves civiles y militares. He aquí, por primera vez, el relato de una serie de pilotos españoles que han tenido sorprendentes encuentros con OVNIS y que han presenciado con sus propios ojos uno de los misterios más apasionantes de todos los tiempos.

Un único propósito
Algo sucede en «Montaña Roja»
Vuelo Arrecife-Las Palmas: «Nos sigue un OVNI»
Dátiles y pasas para tres días
Una «cruz» en la caldera
Primera noche: Un extraño «monólogo»
Sorpresa en la exploración del volcán
Las mágicas ondas «alfa»
¿Un «vuelo» sobre la caldera?
«Mañana, a las once de la noche...»
Un círculo de tierra quemada
A la espera, en la oscuridad
OVNI sobre el cráter
Una hora de adelanto
La necesidad de una decisión
La noche se «volvió» verde
Viaje real a China: un OVNI ante 30 periodistas
Doña Sofía: «Siempre me lo pierdo»
Un OVNI «escoltó» al Fokker del comandante Ciudad
Como un gigantesco «tubo de neón»
Un cono de luz sobre la costa mediterránea
Rumbo a México
Tres OVNIS inmovilizan una avioneta
Viaje a la selva
El «astronauta»: 13 siglos de olvido
Pakal: ¿Un rey, un místico o un extraterrestre?
El «psicoducto»: un túnel para el alma
Ummo en la selva mexicana
Aviaco 501: La «nube» que paró el tiempo
Un OVNI siguió a la jefe de cabina
«Fortaleza» volante en la aerovía Pamplona-Barcelona
El bravo comandante Sedó
Madrid: Un OVNI por dirección prohibida
Miralles: «Era como un huso»
Una «nodriza» sobre el Mediterráneo
Un «petrolero» a 30.000 pies de altura
El saludo a una escuadrilla OVNI
Una «casa» de cinco pisos... que vuela
«Viene hacia mí una nave de gran tamaño»
Con los reyes, a América
Mis amigos me llaman «OVNI»
El despiste de los «sumos sacerdotes»
Tres horas con la reina
Doña Sofía sobrevuela la pampa de Nazca
Nace SOPA
Comandante Lorenzo: Un OVNI en el morro del Caravelle
Otro «cilindro» que vuela
Cinco conclusiones
Ilustraciones

 

A J. M. Portell, que no llegó a conocer esta aventura.

UN ÚNICO PROPÓSITO

En mi obstinada carrera tras los OVNIS he conocido a muchas personas que no aceptan el fenómeno o se mantienen escépticas porque -según ellas- «los objetos volantes no identificados jamás han sido vistos por profesionales de categoría».

Pues bien, uno de los motivos que me ha impulsado a escribir este libro es mostrarles que los OVNIS no sólo son observados por pastores, labriegos o pescadores.

Y puestos a elegir testigos, me he fijado en aquellos que -hoy por hoy- son considerados como los «número uno»: los pilotos.

Si existe alguien cualificado para distinguir un OVNI de otros fenómenos explicables -meteoritos, aviones, cohetes, satélites artificiales, globos sonda, etc.-, ése sólo puede ser un profesional del aire.

Los propios militares -a la hora de clasificar a los testigos de los OVNIS- han situado a los pilotos en el primer puesto, con el sello de «Primera Categoría».

Y aunque en la presente encuesta no figura la totalidad de los pilotos españoles que asegura haber tenido algún «encuentro» con estos objetos, creo que la selección es suficientemente demostrativa.

 

ALGO SUCEDE EN «MONTAÑA ROJA»

Salomé, la siempre dulce y paciente telefonista del periódico, me anunció la llamada, desde Canarias, del comandante Rafael Gárate.

Mi buen amigo Rafa, piloto de un DC-9 de la compañía Iberia, sabe de mis afanes e investigaciones tras los OVNIS. Y no dudó en llamarme a Bilbao.

Tenía una buena noticia:

-¿Puedes venir al archipiélago? -me soltó a bocajarro.

-Pues, no sé. ¿Qué sucede?

-He visto algo extraño.

El comandante Gárate, vasco hasta la médula, es hombre serio, que jamás se habría decidido a dar este paso de no contar con una total seguridad. Así que mi curiosidad -esa inseparable compañera- se despertó al instante.

-...He volado sobre la isla de Lanzarote -prosiguió-, y en las dos últimas noches hemos observado unas luces muy raras.

-¿Luces...? Pero ¿dónde?

-En un cráter apagado. Está situado al sudoeste de la isla. Lo llaman «Montaña Roja». Eran muy intensas y parecían alineadas en el fondo de la caldera. Pensé que podría interesarte.

-Ya lo creo -le respondí entusiasmado-, pero, dime, ¿cómo eran esas luces? ¿Podría tratarse de vehículos o algo así?

 

-No, no. He preguntado en Arrecife, y en «Montaña Roja» no hay nada: ni casas, ni instalaciones militares. Nada. Aquello está despoblado. Es un lugar desierto. Además, las luces eran demasiado potentes y numerosas. No podían ser faros de vehículos. Creo que debes venir cuanto antes. Podrías descender a ese cráter.

 

La idea me entusiasmó. Pero al colgar el teléfono volví a la dura realidad. Allí, a pocos pasos de mi mesa, estaba el redactor-jefe: José María Portell.

 

Y había que convencerle. Para mí, sin duda, aquélla podía ser una buena historia periodística. Además, parecía sencillo. Todo consistía en llegar hasta la cima de «Montaña Roja» y descender hasta el fondo de la caldera. Después, Dios diría.

 

Recuerdo que era lunes, 12 de junio de 1978. Nadie podía sospechar que dieciséis días después, Portell sería ametrallado por ETA. Cuando me acerqué hasta él, José Maria debió de notar algo en mi rostro. Y sonrió maliciosamente:

-¿Qué has descubierto?

-¿Te interesa una buena historia? ¡En primicia!

Portell sabía escuchar. Su carácter se había templado en los últimos meses. Era como si presintiera algo.

 

-Hay que volar hasta Lanzarote. Y descender a un cráter. Acabo de hablar con un piloto de Iberia que asegura haber visto unas extrañas luces. ¿Qué te parece?

José María Portell no sentía, ni mucho menos, una predilección especial por el asunto OVNI. Pero sabía distinguir. Y reconoció que aquélla, efectivamente, podía ser una noticia de primera página.

-De acuerdo. Pero procura no romperte esa cabeza de chorlito...

 

Y antes de que pudiera arrepentirse, abandoné la redacción a galope.

Una idea empezaba a brotar en mi mente.

Pero al exponérsela a Raquel, mi mujer, no pareció muy complacida. Y no le faltaba razón.

Pasar tres o cuatro días, con sus noches, en la soledad de un cráter, se le antojaba tan absurdo como peligroso.

Pero, una vez más, supo comprenderme.

Y ese mismo día despegué de Bilbao, rumbo a Canarias. Estaba decidido: si esas luces descendían nuevamente

sobre la caldera de «Montaña Roja», yo estaría allí, y con las cámaras fotográficas preparadas.

 

 

VUELO ARRECIFE-LAS PALMAS: «NOS SIGUE UN OVNI»

Tal y como me había adelantado el comandante de Iberia, «Montaña Roja» se levanta en las proximidades del faro de Pechiguera, en el extremo sudoccidental de Lanzarote. La aldea de Playa Blanca, cerca de Berrugo, y del castillo de las Coloradas, era el último reducto de la civilización. A partir de allí -y según el mapa- era necesario caminar hasta la cima del volcán.

Y mientras el reactor cruzaba la península, recordé mi encuentro con Rafa Gárate, en Madrid. Alguien, en la compañía Iberia, me había hablado de este piloto y de su experiencia con un OVNI.

Si mal no recuerdo, aquella entrevista con el comandante de Santurce fue una de las primeras de la larga serie que he realizado con pilotos hispanos y de todo el mundo.

Gárate me recibió aquel día en su piso de la Avenida de América.

Y muy pronto nos hicimos grandes amigos.

A pesar de su juventud, Rafa contabilizaba ya más de 20.000 horas de vuelo. Fue piloto de combate durante once años, pasando después a las líneas civiles, donde lleva otros diez.

Por supuesto, no tuvo ningún inconveniente en relatarme lo que sucedió mientras volaba entre las islas de Lanzarote y Gran Canaria:

     -Por aquellas fechas (1977), el mecánico de la compañía en Arrecife había alertado a casi todas las tripulaciones en torno a la aparición de un objeto muy luminoso que, sistemáticamente, cada noche, hacía acto de presencia sobre los montes próximos al aeropuerto.

»En una de aquellas ocasiones, uno de los comandantes, también de DC-9 -Juanito Menaya Navarro-, pudo ver cómo salían de aquel objeto hasta catorce luces más pequeñas.

 

»Total, que aquella noche -prosiguió Rafael Gárate-, cuando nos disponíamos a despegar de Arrecife, rumbo a Las Palmas, entró en la cabina el sobrecargo. Y me preguntó si podía quedarse con nosotros. El hombre sentía curiosidad. Había oído hablar del dichoso OVNI y pensó que a lo mejor lo veía desde la cabina del DC-9. A las nueve y media de la noche -ya oscurecido totalmente- iniciamos la carrera para el despegue.

»Y nos fuimos al aire.

»En ese aeropuerto, como sabes, hay que virar enseguida hacia el mar. A corta distancia se levantan algunos montes y es preciso girar hacia la derecha mientras se va tomando altura. Y eso hicimos. Pero cuando estábamos mudando la dirección para alcanzar el nivel o altura exigida, rumbo ya a Las Palmas, vimos una luz sobre las colinas y montes cercanos al aeropuerto.

 

»Era fuerte. Brillante. Yo diría que un poco ovalada. Se asemejaba a la forma de una lenteja.

 

»De pronto, la luz empezó a aproximarse al avión. Y aumentó de tamaño y de intensidad. Y se hizo grande como un balón...

-¿A qué altura volabais en ese instante?

-Como a unos 2.500 pies.1 Seguíamos ascendiendo y rematando el giro.

Un OVNI «escoltó» al DC-9 del comandante Rafael Gárate desde Arrecife de Lanzarote a Las Palmas de Gran Canaria. Arriba, a la izquierda, el OVNI sobre las montañas próximas al aeropuerto. Abajo, a la derecha, el objeto se aproxima al avión de pasajeros. Abajo, a la izquierda, el OVNI sobrevuela el DC-9 y se sitúa en el costado izquierdo del reactor. A partir de este momento siguió al avión de Ibera hasta Las Palmas.

»Precisamente al dar la vuelta fue cuando los tres -el segundo piloto, el sobrecargo y yo- descubrimos aquella luz misteriosa.

»Y el sobrecargo, con evidente nerviosismo, empezó a decir: "¡Comandante, comandante! ¡Mire, mire!"

»Y el segundo, por su parte, me comentó: "Comandante..., ¿qué hacemos?"

      »Aquello tenía su gracia. Normalmente, tanto el segundo como el sobrecargo se dirigen a mí por el nombre de pila. Pero esta vez no. Ambos me llamaban" comandante"...

 

       »Y yo, que llevaba los mandos del DC-9, les respondí, tratando de tranquilizarles: "¡Pues no le miréis!"

 

      -¿Tú lo estabas viendo?

        -Sí, claro. Y vi cómo se acercaba.

        -Pero, ¿no sentiste miedo?

      -No. Sabía o intuía que «aquello» no podía hacemos daño. Si hubiera querido atacamos, lo habría hecho mientras despegábamos.

       -Entonces, ¿por qué crees que se estaba acercando a tu reactor?

       -No lo sé. Quizá por curiosidad o para comprobar nuestras reacciones...

       -¿Y qué pasó?

            -El sobrecargo y el segundo piloto siguieron preguntándome que qué hacían. Y yo les dije que «le dieran luces».

     »"Mira que si van despistados", pensé para mí.

Tanto Rafa Gárate como yo nos echamos a reír.

-Sí -puntualizó el comandante-, ya sé que era ridículo. ¿Cómo una nave con semejante tecnología podía ir «despistada»? Si nosotros volamos con un Índice tal de instrumentos, ¿qué no llevarán ellos?

-Entonces, ¿tú crees que aquella luz podía ser una nave?

-Sí. Se comportaba «inteligentemente». Y era evidente que no estábamos ante un avión, o un helicóptero, o un meteorito. Verás.

»Al hacer los cambios de luces, la "luz" no avanzó más. Se mantuvo ya a la misma distancia. Pero la cosa no terminó ahí.

»Acto seguido ascendió en vertical y pasó por encima del avión, situándose a nuestro costado izquierdo. Y nos acompañó hasta Las Palmas.

»En total, más de 20 minutos de vuelo.

»Aquello era para impresionar, desde luego. El objeto se mantuvo a una misma distancia, volando en paralelo con nosotros y a idéntica velocidad que el DC-9. Es decir, a unos 750 kilómetros por hora. Su luz blancoamarillenta destacaba extraordinariamente.

        »Te diré algo. Mentalmente intenté hacer alguna experiencia de tipo telepático. Yo había leído algo sobre esto...

-¿Y hubo respuesta?

-No. Al menos, yo no lo noté.

-¿Tú crees que los seres que podían tripular el OVNI eran capaces de captar tus pensamientos?

-¿Por qué no? Si dominan semejante tecnología, la transmisión del pensamiento tiene que ser un juego para ellos.

Era emocionante que todo un profesional del aire -con más de 20.000 horas de vuelo- conservara su mente abierta...

El comandante Gárate debió de adivinar mis pensamientos, porque añadió:

        -Sí, ya sé que no es frecuente creer en extraterrestres. Pero yo he visto «algo» que sólo puede ser asociado a una tecnología infinitamente superior a la humana.

        -Ya sabes que algunos científicos hablan de las largas distancias interestelares y de la imposibilidad de contacto con otros mundos...

-Hablan de «nuestra» imposibilidad de contacto. Pero olvidan que en otros lugares de la galaxia pueden prosperar una o mil civilizaciones que han superado esas barreras. ¿Te imaginas a Séneca, Platón o Aristóteles en la cabina del reactor que yo hago despegar cada día?

Estaba claro.

-¿Y qué ocurrió cuando llegasteis a Las Palmas?

        -Poco antes de aterrizar lo perdimos. Al llevar a cabo la aproximación y entrar en nubes, el objeto desapareció.

        -En suma, ¿cómo calificarías aquel fenómeno?

-Como un OVNI. Y a título muy personal, como una nave ajena a la Tierra.

-¿Y no podrían ser rusos o norteamericanos?

-Tú sabes que no. Yo he pilotado aviones de combate -Sabres y los famosos 104 o «ataúdes volantes»- y sé las posibilidades de la aviación militar. Ni los más audaces aviones experimentales pueden desarrollar esas velocidades ni practicar semejantes giros y ángulos rectos en pleno vuelo.

Volví a ver a Gárate algún tiempo después de aquella primera entrevista con el comandante de Iberia. Y, al igual que ocurría ahora, con el caso de «Montaña Roja», me situó de nuevo tras la pista de otro apasionante suceso.

 

 

El comandante Rafael Gárate, con su familia. Su llamada me puso en marcha hacia «Montaña Roja». (Foto: J. J. Benítez)

 

DÁTILES Y PASAS PARA TRES DÍAS

 

Mi corazón se aceleró al tomar tierra en Arrecife de Lanzarote.

 

Tras algunas averiguaciones con los mecánicos de tierra y con el oficial de tráfico, me dirigí hacia la localidad de Yaiza, al pie de las Montañas de Fuego de Timanfaya. Seguía dispuesto a permanecer varios días en la soledad del cráter, en espera de un posible descenso o aparición de los OVNIS. Y aunque el tiempo previsto de permanencia en la caldera de «Montaña Roja» no era excesivo, sí necesitaba reunir algunas provisiones, así como, al menos, un saco de dormir.

 

Pero la noche terminó por cerrarme el paso. Y las ancianas y rojizas jorobas de los treinta cráteres del Parque Nacional de Timanfaya desaparecieron.

Mi descanso en Yaiza fue breve.

Con las primeras luces, y como tengo por costumbre en mis viajes, me adentré en las encaladas calles de la población. Y pronto tomé posiciones ante una renegrida mesa de madera de draga de una no menos oscura cantina.

 

La señora del lugar no tardó en extender ante mí un generoso plato de huevos con tocino, amparado por el inseparable gofio, el picante mojo y algunas lonchas de queso de cabra que rebosaban los límites de la bandeja.

 

Y para regar aquel desayuno -digno de un miliciano de Juan Bethencourt-, una jarra de dorado vino de malvasía.

 

Era consciente de que aquélla iba a ser la última comida con un mínimo de dignidad y consistencia.

 

Y traté de aprovecharla.

Allí mismo, al amor del último cigarro, me informé del lugar más apropiado donde hacer acopio de algunos víveres. Y el ama me señaló el bar de Salvadora, a orillas mismo de Playa Blanca, frente a la isla de Lobos.

Al poco me encontraba de nuevo en la serpenteante ruta que cruza la Hoya, en dirección a las costas del Sur.

Me sentí feliz -casi como un niño- al reconocer el negro vivo del «malpaís», ese misterioso «musgo» que cubre los casi 200 kilómetros cuadrados de lava relampagueante de la zona. Un mundo mágico. Hechizado, diría yo, por los ojos amarillos y rojos de más de veinte volcanes apagados en los que sólo se mueven gaviotas y escorpiones.

E, intencionadamente, reduje la marcha de mi automóvil. Y fui descubriendo, a cada curva, las formas esqueléticas, nervudas y kafkianas de la escoria y lapillis apelmazados. Casi como interminables manos resecas asidas a la tierra...

Y a la derecha de la carretera, el mosaico blanco de las salinas de Janubio.

 

     No tardé en divisar el pequeño caserío de Playa Blanca. Allí, con la piedra pómez de la isla de Lobos al fondo, conocí Casa Salvadora.

El propietario, no sin cierta extrañeza, fue reuniendo algunas viandas que le pedí: varias tabletas de pasas. Dátiles hasta llenar una fiambrera de poco más de medio litro de capacidad. Y cinco botellas de café negro, sin azúcar.

Algunos de los vecinos que apuraban su sed en la cantina siguieron las idas y venidas del capataz con tanto interés como curiosidad. Pero ninguno llegó a preguntar la razón de aquel insólito acopio de víveres. Y en el fondo agradecí este gesto de prudencia. Deseaba llevar a cabo la experiencia en la más absoluta de las reservas. Al hecho -excitante en sí- de la espera en «Montaña Roja» quería añadir otra realidad no menos fascinante, al menos para mí. Quería conocer y anotar hasta las más nimias reacciones de una persona sometida -aunque sólo fuera por tres o cuatro días- a una soledad absoluta.

¿Sería capaz de soportado? ¿Cómo reaccionaría mi mente? Y, sobre todo, ¿cómo me comportaría en el fondo de la caldera, atornillando mi organismo con un severo ayuno?

Estas incógnitas habían excitado considerablemente mi ánimo. Ardía en deseos de iniciar el camino hacia el cráter.

Una de las condiciones básicas para la ejecución de este proyecto era guardar el más completo mutismo respecto al lugar exacto donde pensaba instalarme. Tan sólo el comandante de Iberia lo conocía. Pero en mi precipitada salida de Bilbao había olvidado avisar a Rafa Gárate. Y el piloto no tenía conocimiento en aquellos momentos de mi inminente llegada a «Montaña Roja».

Ni siquiera Raquel sabía el nombre del cráter, ni su posición. Y puesto que la isla de Lanzarote reúne más de 300 volcanes, habría resultado agotadora una supuesta labor de búsqueda.

Sin embargo, esta circunstancia, lejos de preocuparme, me hacía vibrar con mayor intensidad. Y psicológicamente me colocaba en una posición óptima, de cara a un auténtico y descarnado enfrentamiento conmigo mismo y con lo que pudiera suceder en la cima del volcán.

Una vez abandonada Playa Blanca, la incomunicación sería total.

Pero quedaba por resolver el problema del saco de dormir. Mientras el dueño de Casa Salvadora remataba los preparativos, me dirigí al centro de la aldea, en busca de algunas mantas con las que poder sustituir el ya ilocalizable saco.

No fue difícil la compra. Y la Providencia me obsequió también con el hallazgo de un pequeño colmado, en el que adquirí una caja de galletas y abundante tabaco negro.

Y con aquel «tesoro» regresé a la playa, donde el voluntarioso propietario de Casa Salvadora me ayudó a extender las provisiones sobre las mantas. Una vez formado el hatillo, me despedí del paisano y deposité la preciada carga en el maletero del 124.

Según el mapa, debía dirigirme hasta el faro de Pechiguera. Allí moría la pista. Después emprendería la ascensión.

El sol ardía ya en pleno cenit cuando detuve mi automóvil a la sombra de un desconchado faro.

Tanto la torre como los negros acantilados de la costa de Rubicón permanecían desolados. Desiertos. El faro, con la llegada del progreso, había perdido a sus moradores. Y, con ellos, el calor y el color de los sentimientos. Ahora todo lo hacía una célula fotoeléctrica.

Busqué una sombra y allí -al pie de aquel «huérfano» de veinte metros- traté de ordenar mis ideas.

Frente a mí, y si los mapas no mentían, se levantaba «Montaña Roja». Pero, ¿por qué la denominarían así? En realidad, sus escarpadas laderas eran grises.

El volcán, contemplado desde su base, guardaba todavía la planta airosa y gallarda de los jóvenes hijos del Timanfaya, que hicieron erupción en pleno siglo XVIII. Yo había leído que, allá por los años 1730 al 1736, esta parte de la isla sufrió una violenta conmoción, y once de los caseríos que salpicaban la vega fueron sepultados bajo la lava, que terminó en el mar entre columnas de vapor y espantosas cataratas de fuego casi sólido. Y de aquel apocalipsis nació una treintena de bocas humeantes que, lentamente, fueron muriendo. Y «Montaña Roja», precisamente, era una de esas calderas.

Mientras revisaba mi inseparable bolsa de las cámaras fotográficas, me asaltó un súbito deseo de deserción. «¿Por qué no? -me pregunté-. ¿Por qué no dejarlo todo y regresar? ¿Por qué someterme a la incomodidad y a lo desconocido?»

 

Me puse en pie y, casi con violencia, cargué la bolsa sobre mi hombro derecho, haciendo otro tanto con el hato donde había agrupado los víveres y el café. Pero lo hice con tan mala fortuna, que una de las botellas -a pesar de la protección de las mantas- me golpeó en el costado izquierdo.

 

El dolor terminó por despejar las dudas. Y a grandes zancadas, con prisas, me dirigí hacia el Norte, tratando de rodear la base del gran cono, con el único objetivo de hallar una senda menos agria.

 

A los veinte minutos de caminata, sorteando las grietas basálticas y los remolinos de lava negra, mi cuerpo sudaba ya por los cuatro costados.

 

Pronto me convencí de que era inútil la búsqueda de una pendiente menos abrupta. Las paredes de «Montaña Roja» están formadas por largas costras de material volcánico, y el resto, por escoria muy granulada, que brillaba al sol.

 

Y tras una profunda inspiración, opté por iniciar el ascenso. Si alguien me hubiera visto subir por aquella ruda pendiente, cargado como un porteador tibetano, lo más probable es que se hubiese santiguado.

 

Pero, excepción hecha de las gaviotas, que saltaban entre los arrecifes, en un largo radio de terreno no se divisaba ser humano alguno. Por otra parte, ¿quién iba a aventurarse en pleno junio en semejante incursión?

 

Al cuarto de hora tuve que soltar los bultos: Aquello era excesivo. Y aunque me urgía llegar lo antes posible a la boca de la caldera, los descansos tuvieron que prodigarse, conforme la pendiente se hacía más afilada.

 

Mientras contemplaba el incierto perfil de la cumbre del volcán, yo, que no creo en la casualidad, me pregunté por enésima vez qué diablos hacía en «Montaña Roja». ¿Quién me estaba empujando a llegar a la caldera? Y, sobre todo, ¿para qué? ¿Qué iba a suceder allí arriba?

 

Estas interrogantes entraban y salían de mi cerebro sin orden ni concierto. Sólo cuando mis botas resbalaban en los torrentes de escoria, haciéndome perder parte del terreno ganado, mi corazón y mi voluntad se hacían dedos -yo pienso que garras- tratando de evitar una caída que hubiera sido mortal.

 

En más de una ocasión, y en pleno alud de escoria, me vi obligado a dejarme caer de bruces, hundiendo hasta las pestañas en la achicharrante escoria.

 

Una hora después de iniciado el ascenso, con los huesos molidos y el ánimo tan entrecortado como mi resuello, alcancé la cumbre.

 

Y el latir de mi corazón se hizo más vivo cuando mis ojos se clavaron en el fondo del cráter.

 

UNA «CRUZ» EN LA CALDERA

Lo primero que me llamó la atención en aquella olla de casi cien metros de diámetro fue una gran cruz blanca, pintada entre el negro de la ceniza volcánica y los verdes y acres del resto de la caldera de «Montaña Roja».

En una rápida inspección ocular -y todavía desde mi obligado observatorio, en lo más alto de una de las paredes del cráter- verifiqué la ausencia total de actividad volcánica. Ni gases, ni grietas humeantes...

Algo que, por supuesto, cualquiera hubiera dado por sentado. Pero bueno era comprobarlo...

El cráter estaba desierto. Y, por un momento, aquel fortísimo viento que soplaba en la cumbre del volcán me devolvió a la realidad. Eran rachas del Este. A veces frías, pero siempre densas y poderosas. Tan fuertes, que silbaban entre los recovecos de la lava petrificada.

Si aquel viento castigaba el fondo de la caldera con la misma violencia, mi estancia en el cráter podía complicarse sensiblemente.

Y puesto que sólo había una forma de comprobarlo, inicié el descenso con paso lento. Pronto dejé atrás los lastrones y grandes rocas que se acumulaban en la pared. Y me encontré en mitad de la suave explanada que forma la base de la caldera. Allí, el terreno era blando. Formado básicamente por una ceniza ligera, entre la que crecía una retama esquelética y reseca, así como algunos arbustos enanos, blanqueados por aquel sol de hierro y a los que los naturales de Lanzarote denominan «ahulagas».

Me alegró encontrarlos. Las noches en aquellos parajes -y con más razón a casi 400 metros de altitud- son duras. Esta madera, fácil de quebrar, me proporcionaría el calor necesario.

 

El principal motivo de mi desazón -el fuerte viento­ había desaparecido. Al menos, en el centro del cráter. Allí, la calma era total. Y aunque supuse que las paredes del volcán defendían el fondo de la depresión de las tormentas de arena, así como de los vientos «surestados», me dirigí de nuevo a lo alto de una de estas paredes, esta vez hacia el extremo opuesto por donde había alcanzado la cumbre de «Montaña Roja».

 

Al asomar sobre las rocas apareció ante mí, en dirección Este, la desgastada cadena montañosa de Los Morros, con sus lomas blancas y rojas. Allí, como en cualquier punto de la boca del cráter, las rachas de viento se hacían insoportables.

 

Regresé hasta el centro de la caldera e intenté determinar el rincón idóneo donde poder plantar mi modesto campamento. Al pie de la pared sudoriental se acumulaba un nutrido volumen de rocas de pequeño y mediano tamaño. Quizá pudiera hacer con ellas una especie de parapeto...

 

Y, cargando de nuevo los víveres y el material fotográfico, me dirigí al punto elegido.

 

Con el mismo entusiasmo de un niño que juega a construir una cabaña, así me afané en mi primera tarea dentro del cráter.

 

Un par de horas más tarde, con el rostro sudoroso y las ropas definitivamente descoloridas por el polvo y la ceniza, retrocedí unos pasos y contemplé «mi obra». No pude evitar la risa. La verdad es que mi porvenir como arquitecto dejaba mucho que desear...

Lo más probable es que si el viento que acuchillaba la lava en lo más alto de las paredes del volcán hacía la más mínima incursión a mis recién estrenados dominios, aquel semicírculo de piedra de un metro de altura se vendría abajo con toda seguridad.

Pero era mi obra. Y me sentí contento.

La tarde empezaba ya a escapar, con el viento, hacia el tablero azul del Atlántico. Debía apresurarme.

Y, tras colocar las provisiones en el interior del semicírculo, hice un rápido inventario del material que había encerrado en la bolsa de las cámaras.

La verdad es que el recuento fue más que breve: unos prismáticos Yashica de 10x50, inseparables en mis correrías tras los OVNIS; una linterna especialmente diseñada por una casa especializada de Vitoria y cuyo alcance -sin dispersión- linda los dos kilómetros, y un grueso cuardeno de notas.

Y como primera medida -habitual ya en mí- colgué del cuello una de las cámaras Nikkormat, con un teleobjetivo de 200 milímetros.

      Uno nunca sabe cuándo pueden aparecer estas naves... La experiencia me había enseñado a no alejarme demasiado de las cámaras fotográficas. En más de una ocasión había visto pasar ante mí estos objetos cuando me encontraba «desnudo»: sin las cámaras...

Y de pronto recordé que no había hecho acopio de leña. Éste debía ser el siguiente y uno de los más importantes trabajos de aquella primera jornada.

Puesto que el sol necesitaba todavía de algo más de una hora para ocultarse, me encaminé hacia la zona más alejada del «campamento». Si debía pasar varias noches en aquella caldera, lo más racional era empezar por consumir los arbustos más alejados. En caso de cansancio o de cualquier contrariedad, siempre resultaría más cómodo llegar hasta la leña colindante con el campamento.

Antes de empezar a cargar los palos blancos y resecos, me detuve frente a la gran cruz que -evidentemente- alguien había pintado en el centro de la explanada.

 

Al tocarla me di cuenta de que se trataba de cal. Los dos grandes trazos, de unos 30 a 40 centímetros de anchura por otros cuatro metros de longitud, habían sido dibujados sobre la ceniza negra de la caldera.

Pero ¿por quién y para qué?

Mi primer pensamiento fue asociar la cruz con una señal hecha para que alguien pudiera verla desde el aire.

 

Podía ser algún tipo de balizamiento para paracaidistas o ejercicios de tiro.

«¿Ejercicios de tiro?»

«¡Ay, Dios! ¡Mira que si me encuentro en pleno polígono de bombardeo o de lanzamiento de misiles!»

Y retrocedí con espanto.

«Ante mis ojos apareció una gran cruz blanca...» (Foto: J. J. Benítez.)

Instintivamente miré a mi alrededor. Pero no pude descubrir una sola señal de bombas, cráteres o los clásicos embudos que originan los proyectiles al estallar en tierra. La explanada de la caldera era perfectamente llana y compacta. Estaba claro que aquel volcán no había sido escenario -al menos reciente- de este tipo de ejercicios de fuego o bombardeo. Eso era lo que yo creía...

Pero, entonces, ¿qué significaba la cruz?

El comandante Gárate me había asegurado que en aquella parte de la isla de Lanzarote no existía señal óptica alguna que sirviera de orientación a los pilotos.

 

Por otra parte, los trazos, a base de cal, eran obra humana. Eso saltaba a la vista.

Y tras algunos segundos de inútil reflexión, seguí hacia el extremo de la caldera y comencé a arrancar cuantos arbustos de «ahulaga» y retama quedaron a mi alcance.

Cuando consideré que la carga era suficiente, me refugié en el semicírculo de piedra, disponiendo otras pequeñas rocas en el interior del propio «campamento» a manera de hogar.

Alli encendería una hoguera en cuanto las tinieblas cayeran sobre el cráter de «Montaña Roja».

Y acomodándome como pude, tomé mi cuaderno de notas e inicié el relato de aquel agitado 14 de junio de 1978.

Muy lentamente, el volcán llamado «Montaña Roja» quedó sumido en la más negra oscuridad...

 

PRIMERA NOCHE: UN EXTRAÑO «MONÓLOGO»

He conocido ya, en otros lances, lo que significa la soledad en la oscuridad.

Pero aquel cráter...

Cuando las sombras se hicieron tupidas, mi ánimo volvió a encogerse. Era algo físico.

 

La temperatura en la caldera no había descendido demasiado. Así que decidí no encender el fuego. Deseaba, además, que mis ojos se acostumbraran lo antes posible a aquella situación de negrura pastosa y desesperadamente silenciosa.

No fue difícil. A la media hora escasa podía distinguir con relativa comodidad los altos límites del anfiteatro en cuyo fondo me encontraba. Y, a menos distancia, el entramado sarmentoso y calcinado de las retamas y míseros arbustos, que crecían en el fondo del volcán, quizá por un milagro de la Providencia.

Pero, aquel silencio...

Por mucho que agucé el oído, en aquella desolación de lava y ceniza volcánica no se escuchaba el menor chasquido de una chicharra o el zigzagueante zumbido de los murciélagos. Nada. Y no sé por qué mi corazón sintió pena por aquella Naturaleza aparentemente muerta y condenada al silencio. Quizá por eso amo el mar. Mientras colocaba sobre mis rodillas la fiambrera con los dátiles, dirigí la mirada al firmamento. iCómo poder describir aquel escalofrío blanco de legiones de estrellas y luceros! Sólo en las cumbres andinas había asistido a un espectáculo parecido.

En realidad, aquella bóveda rutilante iba a ser -junto a mis pensamientos- la única compañía en la soledad de «Montaña Roja».

 

     Esto era lo que yo creía en aquella mi primera noche. Diez dátiles y un vaso de café puro no era mucho para reponer fuerzas. Pero era lo estipulado, si verdaderamente quería respetar el ayuno.

 

Mi plan, mientras permaneciera en aquel cráter del fin del mundo, era el siguiente: tratar de dormir durante el día y esperar, vigilar y meditar a lo largo de las noches. Sencillo.

 

Una «comida» al despuntar el alba y otra en el crepúsculo. Y, en caso de sed, café. Los que me conocen saben que nunca o casi nunca bebo agua. Puedo estar semanas sin ingerir un sorbo. Pero ahora, en una zona desértica, podía ser diferente. Así que opté por el café.

 

    Sentía curiosidad por conocer mis propias reacciones. Mis pensamientos y, sobre todo, mis sentimientos. ¿Cómo me comportaría en el supuesto de que la fortuna me asistiese y viera algún OVNI? Y apurando el sueño, ¿qué haría en el caso de que esa nave descendiese sobre la caldera? ¿Cómo me comportaría si llegase a ver a sus ocupantes? ¿Saldría huyendo, como ya me ha ocurrido en otras ocasiones, al ver los OVNIS?

 

Estos interrogantes me erizaban el cabello. Y reconozco que el miedo empezó a rondarme.

 

Tras la frugal cena me enrollé en una de las mantas. Situé los prismáticos en torno a mi cuello y colgué de mi hombro derecho la estrecha caja metálica que contenía las baterías de la linterna «mágica». Y con el gran foco de cristal parabólico en la mano, me dirigí a lo alto de la pared más cercana.

 

Allí sentado sobre la lava, arropado como buenamente pude, le hice frente al viento y a mis pensamientos:

 

«¿Por qué me agrada la soledad? ¿O no me agrada?» Tal y como suponía, la voz de mi conciencia -¿o no era mi conciencia?- presentaba las respuestas a idéntica velocidad con que yo me dejaba llevar por las preguntas. Y surgió este monólogo:

 

-Pero, ¿qué es la soledad? ¿Por qué el ser humano precisa tantas veces de ese silencio interior? ¿No será que nuestro verdadero mundo se asemeja a los grandes icebergs? Una parte sobresale sobre el agua y otras nueve permanecen ocultas.

-¡Tonterías!

-¿Estás seguro?

-Bueno, ¡quién sabe!

-El caso es que esta soledad me llena.

      -Quizá no estés tan solo como crees. Quizá lo que conoces por Espíritu, o por Mente, o por Alma, es alguien tan físico y real como la áspera lava sobre la que ahora estás...

 

       -Eso son palabras.

-Sí. Pero tú sientes «algo» o «alguien» dentro de ti. ¿O no?

-Pues, sí.

-¿Y hasta qué punto son importantes los sentimientos?

      -Si he de ser sincero conmigo mismo, cada vez más. A veces me dejo llevar por lo que parece dictarme ese «ser» interior (ese otro yo, si es que podemos llamado así), y las cosas adoptan otro color...

 

      -¡Bravo! ¿Y qué pensarías si te dijese que ese «ser» interior eres en realidad tú mismo: el auténtico J. J. Benítez?

 

      -¿Otro individuo dentro de mí mismo? No lo entiendo...

-Otro, no. Tú. El auténtico. El viejo...

-¿Viejo? ¡Si sólo tengo treinta y dos años!

 

      -¡Ya! Treinta y dos cómputos de tiempo, de acuerdo con los límites del planeta donde ahora vives...

 

      -Ya empezamos a desvariar...

 

     -No. Tendrás que concederme algo: si ese «ser» existe y demuestra ser tan prudente y sabio en sus respuestas y planteamientos, es imposible que haya alcanzado un grado tal de conocimientos en esos ridículos treinta y dos años sobre este mundo donde te mueves.

-A mí me habían dicho que esa «voz de la conciencia» podía ser el mismísimo Dios, que habla o dialoga con todos y cada uno de los seres humanos...

-Dios. ¿Y qué es Dios?

      - ¡Y yo qué sé! Quizá sea la gran fuerza o la energía infinita que todo lo llena y todo lo sostiene. ¡Vaya usted a saber!

 

-En ese caso, el «viejo J. J. Benítez» también albergará algo de esa fuerza. ¿O no?

-¡Ojalá!

     -Pero no nos salgamos del tiesto. ¿No te parece absolutamente racional que si ese «ser» interior existe, tú encuentres consuelo en la soledad de ti mismo?

 

-Sí, es racional. Pero, entonces, ¿por qué hay tanta gente que huye de la soledad? ¿Por qué dicen que la soledad es mala consejera y todas esas cosas?

 

-Me parece que estamos hablando de dos «soledades» distintas.

-Explícate.

     -Veamos. Cuando un hombre o una mujer no se conocen a sí mismos, siempre huyen de la soledad. Y es lógico. Están desarmados. Indefensos. Y la soledad aumenta sus miedos y angustias. Y eso llega a ocurrir incluso aunque la persona se mueva entre multitudes. Todavía no han descubierto su verdadera dimensión, su potencia, su larga y remota sabiduría...

-¿Te refieres a que no han descubierto a ese «ser» interior, tan viejo?

 

-En efecto. Por eso te hablaba de dos tipos de soledades. Los que han llegado al conocimiento o a la sospecha, al menos, de la realidad de ese YO interior, gustan y hasta buscan esa soledad, que les permite un más nítido y profundo diálogo con el «viejo», si me permites el calificativo.

 

-Espera. Déjame pensar. ¿Y cómo podemos «descubrir» al «viejo»?

 

-Para empezar, hay que detenerse.

 

-¿Detenerse?

 

-Sí, congelar el reloj de la vida. Hacer un alto.

 

-¿Y después?

 

     -Sencillamente, escuchar esa voz interior. Esa que tú llamas «la voz de la conciencia». Y seguir sus consejos. Poco a poco, ese «buceo» en uno mismo va proporcionando luz y, sobre todo, seguridad.

 

-Entonces, ¿tú crees que si la gente profundizase en sí misma terminarían tantas ansiedades, frustraciones y suicidios?

 

-Dime una cosa. ¿Por qué crees que los lamas, los místicos o los que practican la vida contemplativa son mucho más sabios y felices que los demás?

 

-Pero, según esa teoría, los que estamos metidos en la «rueda» del consumo, de las prisas y de esta sociedad del siglo XX jamás encontraremos la paz...

 

-No. Al «viejo» se le puede hallar en cualquier parte y en cualquier momento. Su presencia en cada uno de nosotros ni siquiera depende de nuestra voluntad. Está ahí desde el instante en que SOMOS. Lo que sucede es que muchos -la mayoría- no os percatáis de su existencia.

 

-¿Y qué pasa cuando uno muere? ¿Dónde va ese «ser» interior?

 

-Te repito que la única y auténtica identidad de cada persona la forma tan sólo ese SER. Y al salir de este mundo, cada hombre o mujer se manifiesta ante la Suprema Fuerza o Energía y ante sus hermanos como el YO que es.

-¿Por qué estamos entonces en esta vida?

-Para aprender.

No sé si hice bien. El caso es que aquella extraña «conversación» conmigo mismo quedó bloqueada por una no menos complicada mezcla de sentimientos. Y levantando los ojos hacia aquel firmamento en paz, me dejé arrastrar por un llanto limpio y silencioso.

Eran lágrimas sin explicación aparente. Mi corazón -quizá ese «ser» que también anida en mí- había sentido la nostalgia de otros tiempos o de otras «patrias», allí arriba...

Y así, envuelto en un sosiego que jamás olvidaré, vi rodar las estrellas y conocí mi primer amanecer en «Montaña Roja».

Tuve que sacar los dátiles de la pequeña fiambrera de metal. No tenía otra alternativa si quería calentar mi entumecido cuerpo con un poco de café.

En mi precipitación por subir al volcán había olvidado algo tan imprescindible como un simple recipiente donde poder caldear el estimado brebaje.

Y lo que no había hecho durante la fría noche tuve que hacerlo ahora, mientras el sol devolvía la vida a los verdes y acres calcinados y rojos de la cadena del Timanfaya.

iCómo agradecí aquel tufillo y el tímido borboteo del café, brillante y vivo entre las altas llamas!

 

Dos largos palos de ahulaga me sirvieron de tenazas para sostener sobre el fuego la improvisada cafetera.

 

Y tras saborear mi ración de dátiles, a la que había añadido una veintena de pasas y un par de galletas, apuré el ahumado y amargo café.

Pero el cansancio terminó por cerrar mis ojos, y mis proyectos de examinar el cráter con mayor calma quedaron en suspenso.

 

SORPRESA EN LA EXPLORACIÓN DEL VOLCÁN

Creo que lo que acabó por despertarme fue el sofocante calor y aquel sudor que empapaba mis cabellos y nuca.

Aquellas seis horas de profundo sueño a pleno sol habían sido toda una perfecta imprudencia. Debería, al menos, haberme cubierto la cabeza...

 

Puesto que no era mi intención abandonar la caldera para refrescarme en la costa de Rubicón, opté por «lavarme» y asearme con la ceniza del cráter, tal y como había visto hacer a los beréberes del África Septentrional. Ellos, en lugar de ceniza volcánica, suelen emplear arena. Pero tampoco era momento como para andar con exigencias...

 

Me despojé de todas mis ropas y procuré extenderlas sobre las rocas, de tal forma que pudieran airearse.

 

Después, con las botas como única prenda, me dirigí al centro de la caldera, donde la ceniza era más abundante. Y sentándome sobre la explanada, rocié y embadurné mi cuerpo con aquel polvo reseco, hasta quedar negro de pies a cabeza.

A decir verdad, sentí un profundo alivio.

Pero no era prudente exponerse al sol. Así que, tras sacudir la ceniza, me vestí de nuevo, prescindiendo esta vez de la pesada sahariana. Y, con el ánimo reconfortado por un nuevo y lento buche de café, me dispuse a concluir la exploración del cráter.

 

Si los OVNIS habían tomado tierra en aquella explanada, quizá pudiera encontrar alguna huella. Algún vestigio.

 

Para empezar, me encaramé otra vez a lo más alto del cráter, peinándolo metro a metro con los prismáticos.

Pero no pude hallar una sola señal.

Si las luces vistas por el comandante habían sido OVNIS, lo más probable es que éstos no llegaran a aterrizar. O quizá lo habían hecho sin dejar quemaduras. Tampoco sería el primer caso.

 

Puestos a especular, aquella caldera era un lugar ideal para un descenso de este tipo. Únicamente desde el aire -como ocurrió con Rafa Gárate- habría sido posible la observación de las naves.

 

Y yo sabía, a través de mis investigaciones, que estos seres suelen repetir sus apariciones en las mismas zonas...

 

Por tanto, cabía la posibilidad de que se produjera un nuevo aterrizaje en «Montaña Roja».

Pero esto sólo era un sueño.

     Y muy lentamente inicié un minucioso reconocimiento del terreno. Caminando en círculo fui examinando cada piedra, cada palmo de ceniza, cada matorral.

 

Si los OVNIS habían situado uno solo de sus trenes de aterrizaje sobre el volcán, encontraría la huella. Tenía todo el tiempo del mundo por delante. Y los que me conocen saben que consigo cuanto me propongo.

 

El fuego de aquel sol canario parecía concentrarse en la caldera. Mi cabeza se veía atacada duramente por los rayos, y no tuve más remedio que protegerme con la sahariana, anudándola como si se tratase de un turbante.

Y proseguí el rastreo.

De pronto, cuando casi había completado la primera vuelta en torno al cráter, mis ojos quedaron fijos en un casi imperceptible aro de metal de unos 20 centímetros de diámetro y que apenas destacaba entre la ceniza.

¿Qué era aquello?                    

Me arrodillé junto a mi hallazgo y, antes de proceder a retirar la ceniza, intenté serenarme. Pero mi corazón se había disparado y fue preciso aguardar algunos minutos.

 

Por fin, temblorosamente, pasé las yemas de los dedos sobre el pequeño aro.

 

No cabía duda. Aquello era metal. Quizá hierro. Pero parecía muy oxidado...

 

Y grano a grano fui separando la tierra y la ceniza.

 

Pronto advertí que se trataba de una especie de cilindro.

 

     La cara superior era igualmente metálica. Sobre ella resaltaba un reborde que -medio sepultado por la ceniza- había confundido con un aro.

 

Conforme fui escarbando en torno al misterioso objeto, comprobé que se hallaba sólidamente embutido en la superficie del volcán.

 

Y, presa de una galopante curiosidad, rodeé el cilindro con ambas manos y me dispuse a extraerlo por la fuerza.

 

Fue entonces cuando me asaltó una grave duda: ¿Y si fuera una bomba?

 

La idea me paralizó. Y un sudor frío empezó a resbalar por mis sienes, al tiempo que retrocedía.

 

¿Era posible que me encontrase frente a un proyectil sin estallar?

 

En ese caso, ¿qué debía hacer?

 

El instinto de conservación me aconsejaba alejarme de allí. Poner tierra de por medio. Pero, por otro lado, una afilada y creciente curiosidad me mantenía junto al enmohecido artefacto.

 

Era como un reto. ¿Sería capaz de desenterrarlo sin provocar su explosión?

 

El «proyecto» se me antojó tan fascinante como peligroso. Si aquello era realmente una bomba y hacía explosión, adiós a todo.

 

Pero ¿por qué meterme en semejante berenjenal? Sencillamente, por amor al riesgo.

 

Creo que la mayor parte de los reporteros amamos la aventura y el peligro. De lo contrario, no seríamos reporteros.

Y yo me encontraba allí, «hablándole de tú» a lo que, sin duda, parecía un obús. Era emocionante.

Proseguí la excavación. Esta vez, infinitamente más despacio. Con mimo y con miedo. Con la tensión del que palpa la figura fría y voluptuosa de la muerte.

 

La ceniza iba desapareciendo en torno al cilindro. «¿Y si fuera una mina?», pensé.

 

Pero, ¿qué hace una mina en lo alto de un volcán? No terminaba de entenderlo. ¿Tendría la cruz blanca alguna relación con este chisme?

 

Traté de no distraerme con estas reflexiones. Ahora lo que importaba era vencer al miedo. Sacar a la luz -intacta, claro- aquella posible bomba.

 

Cuando el cilindro afloraba ya entre 15 y 20 centímetros, detuve la operación. El sudor empapaba de tal forma mi frente, que las gotas discurrían hacia mis ojos y caían sobre la ceniza, humedeciendo el hierro.

 

 

La bomba, a medio desenterrar. (Foto: J. J. Benítez.)

 

La perforación en torno al objeto se hacía penosa, y, dirigiéndome al «campamento», busqué con qué seguir la excavación.

 

No pude encontrar un solo objeto punzante. Y tuve que sacrificar uno de los rollos de película para utilizar el chasis como improvisada cuchara.

Y reanudé la tarea con nuevos bríos.

Era evidente que el cilindro no se encontraba hueco del todo. El sonido emitido cuando lo golpeaba suavemente con el chasis era seco y propio de algo relleno. Pero ¿de qué?

 

Cuando calculé que el artefacto estaba ya prácticamente desenterrado, lo acaricié con ambas manos e inicié una serie de levísimos tirones.

 

Al tercer o cuarto intento, el proyectil -porque de eso se trataba, en efecto-, se desprendió y quedó entre mis manos.

 

La cabeza no existía. Y en su lugar -como consecuencia, sin duda, del choque-, quedaba una masa terrosa, que se desmoronó en cuanto la arañé con los dedos.

 

Con sumo cuidado volví a depositar el pesado obús entre las rocas de la pared del volcán, ocultándolo. Previamente había extraído una porción de aquella masa que parecía formar parte del contenido de la bomba.

 

Y aquella misma noche encendí otro fuego en el extremo opuesto al semicírculo de piedra. Cuando las llamas alcanzaron cierta altura, arrojé aquella pasta blanquecina en mitad de la hoguera. Casi instantáneamente, un fogonazo azulado multiplicó las dimensiones del fuego. No cabía duda. Había estado jugando con una bomba...

 

      Un nuevo escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Pero las sorpresas no habían concluido en aquella jornada del 15 de junio de 1978.

 

 

1. 2.500 pies: aproximadamente unos 830 metros.

 

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