PECADO CONTRA LA RISA

También me acuso de no reír mínimamente. Ni siquiera sonreír, la hija menor de la risa (Una especie de correveidile interior). He aquí otro pecado, impropio de alguien que pretende vivir al sur del sur.

No reír –lo reconozco– es hacerse cómplice de la razón y permanecer en el norte de la existencia, donde sólo cuenta lo exacto y lo establecido (como si lo exacto y lo establecido tuvieran vida propia).

Me acuso, por tanto, de extranjero dentro de mi mismo.

Me acuso de enseñar los dientes de la inseguridad (eso, en definitiva, es un rostro al que se le ha caído la sonrisa).

Me acuso de quitameriendas de los que ríen y sonríen porque sí, los verdaderos sabios.

La risa es un “algo va bien” en el gris de la vida.  Es la respiración de Dios, el “dos más dos” de la intuición y la gimnasia del alma. Cuanto más risa, más salud.

La risa no fue concedida a los animales para que mantuviéramos una distancia mínima sobre la irracionalidad. Yo, sin embargo, soy tan estúpido, que la he considerado un simple accidente de la naturaleza.

Hoy mismo me perdonaré. Una vez sonriente quizá llueva la risa sobre mi agostado corazón.

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