NUBES ROSAS

Hace tiempo ya que esta historia me fue narrada por varios señores, que apaciblemente tomaban unas copas de licor herbero en el bar "Caracol", actualmente desaparecido, allá a faldas de la enorme e imperiosa mole de roca apodada el Puig Campana, lugar de mágicos sentimientos y sensaciones.

Cuentan que olas noches de Todos los Santos son especialmente temidas en aquel pueblo, por lo que se opta por cerrar a cal y canto las casas.

Mientras tanto, los hogares del lugar encienden, durante la noche, velones de cera de abeja recubiertos de un faldón de plástico rojo, con la intención de proporcionar algo de luz a las almas de sus seres queridos ya fallecidos, a objeto de asistirles en el trayecto que deben llevar hasta el lugar de su reposo final.

Algún que otro rezo se eleva al altísimo, a la vez que un sentimiento de inquietud invade a los lugareños.

Las calles empinadas y empedradas se encuentran vacías de vecinos. Sólo algún gato maullador merodea en busca de comida, ajeno a la leyenda que circula por el lugar, pues la noche de Todos los Santos puede tener mal augurio.

Dicen que en esa señalada fecha, se forman en el cementerio cercano unas misteriosas nubes con una tonalidad rosado-amoratadas, las cuales primeramente descansan de manera espesa sobre el lugar de reposo de los difuntos. Después, se elevan poco a poco, como niebla errante, en dirección a la montaña que domina el paraje en una enigmática procesión, cargada con una macabra fatalidad para los moradores del pueblo próximo.

Son nubes fantasmagóricas, cuyo silencioso movimiento y el extraño resplandor que parecen emitir desde su interior, las convierte en verdaderas mensajeras de la muerte.

Da igual que exista viento o no, pues este fenómeno, cuando hace acto de presencia el primero de noviembre de algún año concreto y partiendo desde el cementerio, ejecuta siempre el mismo recorrido. Finalmente se elevan hacia lo alto delo Puig Campana y allí se disipan, como absorbidas por algún terrible morador presente en su cumbre.

Pero si la extraña y coloreada niebla decide detenerse en este pueblo, el estremecimiento es latente en los lugareños.

Las nubes rosas recorren las calles, bañan sus casas, impregnan con su paso ventanas y puertas, portando un sentimiento de miedo y desazón a todo el lugar. Y no es para menos.

Cuando el fenómeno se recrea de esa manera, es presagio de que alguien del pueblo va a morir con prontitud, ya sea mayor o joven, hombre o mujer cual hedor de un presagio procedente de la diosa homérica Parca.

Pero no acaba ahí el asunto. Si algún incauto se topa con la extraña neblina, ya sea por despiste o movido por la irresistible curiosidad de tentar la suerte para ver "qué ocurre", podemos decir que ese instante, será el último en el que gozará de su presencia en este mundo, pues la fatídica niebla lo arrebatará, llevándoselo con ella para siempre en un viaje del que nunca quiso participar.

Al amanecer el día de Todos los Santos, si las misteriosas nubes no han aparecido por el pueblo en toda la noche, el peligro habrá pasado pero sólo hasta el año siguiente, cuando volverá a reproducirse esta leyenda.

Hombres y mujeres somos seres pertenecientes al luminoso día. Dejemos pues los misterios de la noche para sus celosos dueños, no sea que, en un trasnochar, nos veamos sorprendidos por uno de ellos, haciéndonos pagar nuestra intromisión con una moneda que, de buen seguro nos traerá un fatídico desenlace.

Gabriel Gomis Martin.
 

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