El "ovni de los Pirineos" visto desde Guipúzcoa.

1974

El complejo «ovni de los Pirineos»

Aquella noche -todavía no sé por qué- me asomé al balcón. Y quedé desconcertado. Allí, en mitad del cielo, aparentemente sobre la ciudad de Bilbao, flotaba una serie de estelas, «nubes» o manchas luminosas de proporciones gigantescas.

      Eran las diez y media de la noche del 12 de junio de 1974.

      Permanecí largo rato contemplando el hermoso e intrigante fenómeno. Y poco a poco, aquellas formaciones luminosas fueron disipándose.

     ¿Qué había sucedido?

     Mi primera deducción fue quizá la de casi todos aquellos que llegaron a contemplarlo: «algo» había hecho explosión a gran altura... ¿Un satélite?

 Esa misma noche inicié las primeras averiguaciones. Los diferentes aeropuer­tos con quienes consulté -Bilbao, Madrid y Zaragoza- no tenían noticia de siniestro alguno en relación con aviones civiles o militares. Había que descartar, por tanto, este tipo de aparatos. Mis posibles dudas en este sentido terminaron por borrarse cuando, precisamente al llamar a los aeropuertos en cuestión, me confirmaron que allí también se había visto -y se veía aún- el extraño «asunto» de las estelas luminosas.

  Teniendo en cuenta las distancias que separan Bilbao de Zaragoza y Madrid, ningún «caza» o avión civil hubiera sido visto simultáneamente en los tres puntos.

Ni el más grande de los reactores actualmente en funcionamiento -el Jumbo-, con sus 98 metros, hubiera podido ser visible a un mismo tiempo desde las tres ciudades mencionadas. (Véase láminas en color, fotografías 43 y 44.)

> La impresionante estela del "ovni de los Pirineos" desde Barcelona. Obsérvese su poco parecido con la observada en Huesca y Vizcaya.

¿Un cohete francés?

Pero, conforme fui profundizando en las investigaciones, el problema se hizo más difícil y apasionante.

Al día siguiente, decenas de llamadas bloquearon la centralita del periódico donde trabajaba en aquella época. Eran llamadas procedentes de todo el País Vasco, de Navarra, Asturias, Valladolid, Santander y un largo etc. El asunto se complicaba...

Por otros canales supe también que el fenómeno había sido visto y fotografiado desde Cataluña y Baleares. ¡Y era exactamente el mismo que miles de ciudadanos habían contemplado desde la zona donde yo residía...!

    ¿A qué altura se había registrado entonces? Y lo más intrigante: ¿de qué se trataba exactamente?

Pero mi desconcierto llegó a límites preocupantes cuando, guiado por una «corazonada», decidí llamar esa misma mañana a Galicia: ¡Allí también había sido visto!

Hice lo propio con Andalucía y Canarias, pero en estas regiones los resultados fueron negativos.

    El tema quedaba centrado, en principio, a toda la zona norte de la Península Ibérica, incluyendo el Centro, Aragón y buena parte de la costa de Levante.

    Demasiados kilómetros, como puede comprobarse, como para pensar en la explosión de un avión.

    A las pocas horas -y ante el revuelo producido por la noticia- «fuentes oficiales» aseguraron que todo se debía a un cohete meteorológico francés. El citado Servicio Meteorológico Francés -afirmaron- hizo explosionar un cohete portasatélites, tipo Veronique, que al parecer había escapado al control y se dirigía hacia el espacio aéreo español. Ante los posibles riesgos, el cohete fue desintegrado en la atmósfera por un sistema de radio.

La hipótesis no era mala. Al contrario. Y todos nos tranquilizamos. Aquel inevitable pensamiento de un ovni que hubiera estallado a gran altura fue casi olvidado.. .

Ese mismo día 13, y en conversación telefónica con mi buen amigo Antonio Ribera, pionero español en la investigación ovni, recibí nuevos datos sobre el fenómeno.

He aquí un documento único, y que ofrezco en primicia, correspondiente a la primera fase del fenómeno llamado "ovni de los Pirineos". Ésta y la siguiente fotografía fueron tomadas por Pedro Moliner Pallarés, vecino de Huesca. Un disco de gran luminosidad -que aparece en la cabeza de la estela- surgió en el cielo. En primer plano, los árboles existentes en el lugar desde donde fueron hechos las fotografías, en la mencionada ciudad de Huesca.

Según Ribera, era muy probable que se tratase, efectivamente, de un cohete meteorológico francés -quizá el Veronique- que hizo explosión a gran altura. Este tipo de cohete alcanza hasta 28 kilómetros por segundo y lleva en su interior una carga de sodio. Esto, unido al hecho de que la explosión tuvo lugar en los momentos en los que el Sol incidía todavía en esta cara del planeta, pudo ocasionar aquellas bellas irisaciones en la ionosfera.

Para Ribera, sin embargo, no todo quedaba explicado con el cohete galo. En mitad de la gran mancha se había visto y fotografiado un punto luminoso de gran potencia. Cuando le pregunté sobre este asunto, Antonio me comentó que tampoco le encontraba respuesta.

Tras la aparición del disco, se registró una especie de explosióny miles de oscenses pudieron contemplar la estela que aparece en el grabado de Pedro Moliner pallarés. Las fotografías fueron hechas con una cámara Kodak Retinette 1-A, con un objetivo Schneider-Kreunach, sin trípode y en exposición. (La estela aparece algo movida). Al fondo aparece la sierra de Gratal, situada a unos 20 kilómetros de Huesca.

Mis dudas

«Algo» me seguía diciendo que «aquello» no era fruto tampoco de la explosión de un cohete. Tanto Ribera como los especialistas en cuestiones meteorológicas me confirmaron que las dimensiones normales de un cohete de sodio no sobrepasan los seis u ocho metros de longitud.

Era muy difícil imaginar que un artefacto de tan reducido tamaño pudiera haber sido visto al mismo tiempo desde zonas tan separadas entre sí como La Coruña, Barcelona, Palma de Mallorca, Valencia, Zaragoza... y ¡Oslo!

Meses después, y ante mi asombro, Sebastián Fontrodona -un excelente espe­cialista en temas astronómicos y de astronáutica- comunicaba a la revista Karma 7 que en un viaje por tierras noruegas había tenido la oportunidad de saber que el «fenómeno» del 12 de junio había sido visto igualmente por los científicos de los países escandinavos. Así se lo ratificaron en Oslo.

< Otra imagen de la famosa "estela" del "ovni de los Pirineos", esta vez tomada desde Sestao, en Vizcaya, por el fotógrafo profesional Ramón Bernardo, que se encontraba en su domicilio. La imagen fue hecha sobre las 10 de la noche. Esta "estela", como resulta fácil de comprobar, poco o nada tiene que ver con la aparecida sobre Huesca. En la zona inferior de la fotografía pueden verse las chimeneas y el humo y vapor que arrojan los Altos Hornos de Vizcaya. Este detalle ratifica lo manifestado por el director de la Escuela de Náutica, que vio el fenómeno a baja altura. Esta zona, además, corresponde a la señalada por el señor Uribe-Echebarría.

Aquellos astrofísicos y meteorólogos le explicaron también que el fenómeno era perfectamente explicable. He aquí la versión escandinava: tanto los rusos como los norteamericanos han situado en órbitas terrestres infinidad de satélites artifi­ciales (en 1974 podían girar alrededor del planeta unos 3000 ingenios de este tipo).     

Es un «secreto a voces» que algunos -bastantes- de estos satélites eran y son portadores de cabezas nucleares.

Pues bien, según los noruegos, el objeto que dio lugar al luminoso y espec­tacular fenómeno del verano de 1974 no fue otra cosa que uno de estos satélites «salido de madre», es decir, de órbita.

     Los científicos escandinavos explicaron a Fontrodona que, cuando esto ocurre, los controles existentes en tierra detectan automáticamente el hecho y se procede a la autodestrucción del satélite y, consiguientemente, de la cabeza atómica que encierra. El resultado es tan espectacular como inofensivo...

      El satélite, de no haber sido desintegrado, hubiese caído quizá en el océano Atlántico, a la altura de los paralelos de Londres y París.

      La explicación tampoco era mala...

      Pero siguieron apareciendo «puntos oscuros».

Primero la estela

He seguido investigando el caso -y aún sigo recogiendo testimonios por muchos lugares por donde paso- y todos desembocan en un hecho concretísimo e importante: «primero fue vista una estela. Después sobrevino la explosión...».

El señor Francisco Huertas Ripoll, por ejemplo, uno de los miles de personas que observaron el fenómeno desde Valencia, explicó textualmente a Karma 7:

«Sobre el fenómeno ocurrido el 12 de junio, deseo comunicarle que fue perfectamente visible desde Valencia capital. Vi surgir desde el horizonte una estela anaranjada, con dirección este-oeste, que se incrementaba tanto en longitud como en altura a gran velocidad y pensé en aquellos instantes que se trataba de un avión cuya estela anaranjada era el producto de la incidencia sobre ella de los rayos solares, pero súbitamente la estela se detuvo en una explosión y apareció con un movimiento en espiral ascendente hasta desaparecer.»

       Veamos otro testimonio, esta vez desde Barcelona:

     «Me encontraba ese día en un terreno que poseo en Piera, provincia de Barcelona; había llegado por la mañana junto con mis padres, para pasar el resto de la semana de camping (hay una caseta donde se puede dormir). Al anochecer, puesto ya el sol y por detrás de la sierra, que formando parte de los Bruchs, se extiende hacia el sur, veo surgir una estela de avión (ésta es mi primera impresión) de color naranja y que avanza en dirección de Lérida a Barcelona, o sea de oeste a este. En seguida me llama la atención la rapidez de su desplazamiento, sensiblemente mayor que la de un avión, y llamo la atención de mi padre que también se pone a observar el fenómeno. Pocos segundos después, cuando la altura de la estela sobre el horizonte no era muy grande (el fenómeno podía observarse de frente), ésta sufrió una apreciable desaceleración al mismo tiempo que emprendía un movimiento en espiral; las espirales eran pequeñas (como dos o tres grosores de la estela) y sólo fueron dos o tres, a lo sumo cuatro; seguidamente explosionó, hubo una expansión de ¿gases? luminosos que formaron una bola o burbuja y el fenómeno quedó fijado o inerte; una estela luminosa color naranja con una bola gaseosa-luminosa de colorines en su término.

»Miro el reloj: son las 9.35 de la noche. A partir de aquí, se observa claramente que las variaciones en el aspecto del fenómeno son producto de las interacciones atmosféricas o estratosféricas que van modelándolo, deformándolo y deshaciéndolo. La bola-burbuja va expandiéndose lentamente y adquiriendo las variadas formas y colores por todos observados, la estela se deforma poco a poco adquiriendo su aspecto zigzagueante que va aumentando progresivamente. Cuando el fe­nómeno deja de verse en Piera, son las 9.55. Total, 20 minutos. Al final, la bola, que en principio estaba baja en el horizonte, se observa casi en el cenit y la estela relativamente corta al comienzo (al menos visualmente, por efecto de la cordillera del horizonte) tenía finalmente proporciones gigantescas. Los restos luminosos del fenómeno, habían seguido desplazándose pues, hacia el este.»

Alejandro Martínez Torra, autor de este valioso documento, prosigue más adelante:

«Hay otra circunstancia que puede ser importante y que paso también a relatar por si pudiera tener alguna conexión con la temática ovni. El día 20 de julio (se refiere al mismo año) y desde el mismo lugar de la observación anterior, al ano­checer, veo por el oeste a la misma altura del fenómeno del 12 de junio, una pequeña estela, esta vez colocada en dirección de sur a norte y que es también de color naranja. En este momento estaba regando, pienso: "estela de avión, iluminada por el sol" (recién puesto y sigo con mi trabajo); segundos después al mirar otra vez hacia el cielo en espera de ver el trazado de la estela, me encuentro con que ésta no había aumentado de tamaño y que, además, había cambiado de posición. Miro el reloj y son las 9.35, la misma hora del fenómeno anterior. Desde este momento no pierdo de vista la pequeña línea luminosa, que sin cambiar en ningún momento de tamaño o color, desaparece por el norte por detrás de los Bruchs. La trayectoria desde su aparición por el oeste, hasta su desaparición por el norte, duró 5 minutos aproximadamente; de 1,5 a 2 diámetros lunares. Por delante era más luminosa que por detrás...»

> En Palma de Mallorca, y en aquel famoso atardecer, otro testigo vio también junto a la gran "estela" un objeto volante no identificado. En carta abierta a la revista Karma 7, José Galiano Sánchez decía textualmente: "Desde la azotea de mi casa vi el fenómeno, pero absorto en lo espectacular del mismo no observé hasta el último momento el ovni, mi ovni le llamo, pues no he sentido ningún comentario al respecto. Posteriormente confirmó mi visión un automovilista que resultó ser un buen amigo y que en carretera lo vio." Este hecho complica aún más la situación.

Desde Mallorca: oeste-este

El testimonio del vecino de Barcelona se vio refrendado también por la carta de Ramón Matamalas García, desde Palma de Mallorca. Así escribía Matamalas a Karmn. 7:

«Muy señor mío: Contestando al ruego de su revista (número 23), sobre el sentido de la dirección del ovni de los Pirineos -12 de junio de 1974-, debo comuni­carle que efectivamente desde el lugar de mi observación, km 44 de la carretera de Palma a Manacor (Mallorca), el sentido de la dirección del fenómeno fue aproximadamente de oeste hacia el este, por lo que estoy de acuerdo con D. Alejandro Martínez Torra (Piera, Barcelona).

»Interrogados varios conocidos míos que desde diferentes lugares de Mallorca también observaron la estela y globo luminoso, asimismo me han confirmado el sentido de la dirección oeste-este...»

Desde Soria: luz azulada

Y aunque los testigos que he podido reunir hasta hoy harían interminable este caso, quiero referirme a aquellos que, por sus características y la situación geográfica de los testigos, «complican» mucho más el misterioso hecho.

Ese mismo anochecer, Valentín Laorden García, inspector de Policía, circulaba en automóvil por la carretera que une Renieblas con Soria. Le acompañaban su esposa, un hermano y su cuñado.

«Creo que estábamos por el kilómetro 8 y pico -me explicó el inspector- cuando vimos aquella luz azul. Regresábamos a Soria y eran los momentos de la puesta de sol.

»Bajamos todos del coche y nos quedamos observando. En dirección Norte -como hacia el puerto de Piqueras- vimos una luz azulada muy brillante. Era circular y dejaba una estela fija y rectilínea. Me recordó las estelas de condensa­ción de los aviones, pero con un detalle anormal: no había separación entre dicha estela y el disco azulado. Tú sabes -me dijo- que en nuestros reactores, cuando dejan estela, se aprecia un pequeño espacio "en blanco". La estela de los aviones no se presenta nunca pegada a los motores. Aquí, en cambio, sí. Todo era un mismo cuerpo...

»Por supuesto, aquella luz azul se desplazaba a una enorme altura. Extendiendo el brazo, el disco tendría unos cuatro centímetros de diámetro. Seguía una línea totalmente recta hasta que, de pronto, comenzó a hacer unas espirales. Giró y giró y la luminosidad aumentó extraordinariamente.

    »Después se produjo como una explosión y la estela duró hasta las once de la noche.»

Cuando pregunté a Valentín Laorden sobre la altura a que podía volar el arte­facto, éste respondió que -como mínimo- a 40 000 metros, aunque podía estar mucho más arriba...

Madrid: ascensión vertical

Esa misma tarde, justamente en la puesta de sol, dos pilotos españoles que se di­rigían a pie hacia su avión, en el aeropuerto de Madrid-Barajas, quedaron sorprendidos al ver salir -en vertical- y por detrás de la sierra, un extraño objeto.

Los pilotos -con quienes sostuve una larga entrevista- me explicaron que el objeto se elevó a gran velocidad, perdiéndose en el espacio. Al poco observaron la gran estela luminosa en el cielo...

Baleares: alteraciones electromagnéticas

El asunto se complica mucho más cuando vemos aparecer los testimonios de los oceanógrafos españoles que se encontraban aquella tarde a bordo del buque C. de Saavedra, del Instituto Español de Oceanografía.

José Ramón de Andrés Alonso, geólogo y oceanógrafo, me explicó lo ocurrido cuando el citado buque permanecía a unas 60 millas al sur de la isla de Mallorca:

"... Se habían dejado algunas antenas en Ibiza y Formentera. Son aparatos que sirven para determinar la situación del buque. Desde el barco se envían unas señales determinadas y las antenas las rebotan. Pues bien, aquella tarde, y coincidiendo con la aparición en el cielo del extraño fenómeno, el llamado sistema de posicionamiento empezó a sufrir interferencias y alteraciones inexplicables. Es muy extraño que ocurran y lo más sospechoso es que empezaron cuando apareció el fenómeno...»

En aquel buque navegaban un total de 40 personas, la mayor parte, como digo, geólogos y expertos en oceanografía. Es decir, personal altamente cualificado. Y todos fueron testigos del misterioso «objeto» que irrumpió en el espacio.

Santander: ascensión en vertical

Otro testigo de excepción -Gonzalo García Salomón, que viajaba en su automóvil- me contó lo siguiente:

-En aquellos momentos bajábamos Los Tornos. Y paré el coche: ante mi sorpresa y la de las cuatro personas que me acompañaban, habíamos visto ascender en vertical un objeto de aspecto metálico. Serían entre las cinco y media y las seis de la tarde. Recuerdo que el día era precioso. Soleado. Estaríamos quizá en mitad del puerto. Y lo más increíble es que el objeto, que ascendió desde tierra, dejaba una estela en forma de «rizo».

     -¿Qué forma tenía el objeto?

     -No podría precisar. Lo vimos subir a una velocidad vertiginosa. Y se perdió en vertical en el cielo. Lo que sí quedó fue aquella estela doble. Nos impresionó también el brillo metalizado del objeto. Era insoportable...

     -¿Estás seguro que se hallaba posado en tierra?

     -Bueno, eso no sabría precisado. Lo que sí vimos todos era cómo subía en vertical. Lo probable es que estuviera en el suelo o muy cerca de él. Tenía un tamaño más o menos parecido al de un avión comercial.

    -¿Hubo ruido?

    -No, nada. Lo que nos llamó la atención fue que aquella misma estela salió después en el diario Alerta de Santander. Era lo mismo que habíamos visto nosotros.

Valencia: proyectó un cono de luz

En otra de mis investigaciones, y mientras conversaba con el comandante Manuel Barreiro, de la compañía Iberia, surgió el tema del «ovni de los Pirineos». El piloto también lo había visto cuando se disponía a tomar tierra en el aeropuerto de Valencia. En aquellos momentos se hallaba a unos 500 pies del suelo y a unas dos millas de la pista. Y según me comentó Barreiro, otro comandante, cuyo nombre no recordaba en aquellos instantes, vio mucho más:

«... Me contó -explicó el piloto- cómo vieron en el cielo, a mucha altura, una luz que parecía venir del otro hemisferio. Se encontraba, por supuesto, mucho más alta que el avión que pilotaba este comandante. Y de pronto, la luz empezó a hacer un movimiento de zigzag para terminar en una serie de espirales. Pero ahí no terminó la cosa...

»Los pilotos vieron también cómo aquel objeto proyectaba un foco de luz y en el mismo sentido de la marcha. Poco después se produjo una especie de explosión y apareció la gran nube.»

Portugalete: a 500 metros de altura

Uno de los testigos que mejor apreció el «fenómeno» -suponiendo ya que se trate del mismo asunto- fue el entonces director de la escuela de náutica de Portugalete, Jesús Uribe-Echebarría.

-Era, poco más o menos, el momento del ocaso. Venía paseando desde Santurce y nos encontrábamos ya muy cerca del edificio de la Escuela de Náutica cuando -de este a oeste- vi aparecer por el horizonte lo que, en un primer momento, me pareció una «canastilla» como la de los fuegos artificiales.

    -¿En qué dirección dices que volaba el objeto?

    -Lo vi aparecer a muy baja altura sobre los montes que se levantan por detrás de Lejona y se dirigía hacia el Abra. Es decir, de este a oeste. Pero, conforme se fue aproximando, vi que se trataba de una luz rojiza. Y en cuestión de segundos -no creo que pasasen más de seis o siete-, «aquello» se situó en la vertical del puerto y comenzó a hacer espirales. Y se formó una nube multicolor: con tonalidades rosadas, verdes, anaranjadas...

     -¿A qué altura podía estar el objeto?

     -Estoy completamente seguro que a unos 500 metros sobre el agua.

     -¿Sólo a 500 metros?

     -Sí. Y te diré más: su trayectoria era perfectamente paralela al suelo. En ningún momento ascendió.

Esta entrevista, que fue realizada en presencia del capitán de la marina mercante, Rafael Mazas, y del fotógrafo profesional Francisco Gras, me ha hecho reflexionar profundamente sobre el célebre «ovni de los Pirineos». Si el director de la escuela de Náutica, profesional de la navegación y acostumbrado a la observación de los cielos, nubes y a los más complicados cálculos matemáticos, está seguro que aquel objeto se encontraba a unos 500 metros sobre el suelo cuando llegó a la vertical del Abra bilbaíno, es que realmente estaba a esa altura. No hay duda. Pero entonces, ¿ante qué clase de fenómeno nos encontramos?

El director de la Escuela Náutica de Portugalete. Jesús Uribe-Echebarría, realizando un esquema del fenómeno que vio en el atardecer del 12 de junio de 1974.

Ni cohete ni satélite

Llegar a una conclusión fría y acertada sobre el mal llamado «ovni de los Pirineos» me parece un empeño poco menos que imposible. Y mucho más cuando uno va analizando los diferentes testimonios. Reconozco que lo más «cómodo» hubiera sido aceptar la «explicación oficial». Pero eso, en mi opinión, no habría sido honrado. El «fenómeno» -eso salta a la vista- fue mucho más complejo que el estallido de un modesto cohete meteorológico francés...

Al poner en marcha el presente trabajo de recopilación y selección de fotografías sobre ovnis en todo el mundo le pedí nuevamente a Antonio Ribera que me diera su opinión en relación al viejo asunto. Y ésta fue su respuesta:

«El llamado ovni de los Pirineos -dice Ribera- se trataba de una estela de bario (no sodio), creada a consecuencia de una fuga incontrolada de un cohete meteorológico francés lanzado desde la Estación de Las Landas. Por aquellos años se hacían pruebas (hoy abandonadas) de creación de nubes de bario en la ionosfera, a fin de estudiar por telemetría la expansión de dicho gas. En el cohete que nos ocupa (visto desde Galicia a las Baleares; de ahí que el fenómeno no podía estar a una altura menor de 80 kilómetros) el gas se liberó antes de tiempo, produciendo aquel bello espectáculo. Según datos facilitados por don José Mª Oliver, presidente de la Agrupación Astronómica de Sabadell, citando fuentes oficiales».

     Siento no compartir la opinión de Ribera.

    Si el fenómeno se hubiera debido a un fallo en un cohete meteorológico -posiblemente del tipo Veronique-, ¿cómo explicamos ese «disco» que fue observado antes de la «explosión»? Está claro que, dada la formidable altura a que debía haber estallado el supuesto cohete, nadie, desde el suelo, hubiera podido ver la forma o la estructura física del proyectil. Entre otras razones, porque un cohete de esta naturaleza sólo alcanzaba los seis u ocho metros de longitud. Hagamos una comparación muy simple. Todos hemos visto alguna vez un avión comercial en vuelo. Cuando estos aparatos -de unos 40 metros de longitud- cruzan nuestros cielos a nivel normal de crucero (entre 8 000 Y 10 000 metros), un observador situa­do en Baleares podrá verlo a simple vista si el reactor sobrevuela la vertical o una zona próxima al testigo. Pero ese Caravelle o DC-9 o incluso un Jumbo, con sus 98 metros de longitud, jamás podrán ser divisados a un mismo tiempo desde Cataluña, Aragón, Santander, Galicia y Baleares.

> Aquí vemos los restos de un cohete, en el momento de la separación del resto de la nave. Estas reentradas de chatarra espacial en la atmósfera terrestres nada tienen que ver con lo observado en la tarde del 12 de junio de 1974 en buena parte de España.

En el caso del «ovni de los Pirineos», sin embargo, no ocurrió así. Pero entonces, ¿a qué altura debería haber estado el supuesto cohete meteorológico francés para ser visto simultáneamente en ciudades tan alejadas como Palma de Mallorca, La Coruña y Oslo?

Hagamos un cálculo matemático. Si la distancia, en línea recta, entre Oslo y Palma es de unos 2.400 kilómetros y suponiendo que el fenómeno se hubiera producido justamente sobre un punto medio entre ambas poblaciones (1200 km.), para un observador situado en cualquiera de las dos ciudades y que hubiera visto el cohete con un ángulo de 20 grados, aquél habría estado a 436 kilómetros de altura. Si los observadores lo hubieran contemplado con un ángulo de 30 grados, el fenómeno habría que haberlo ubicado a 693 kilómetros de altitud. Con un án­gulo de 60 grados, el objeto se habría hallado a la friolera de 2078 kilómetros. Y así sucesivamente...

Si tenemos en cuenta que la ionosfera -en la que se pretendía crear la nube de bario- se extiende entre los 60 y los 220 kilómetros de altitud (región D ionosfera: de 60 a 85 kilómetros; mesopausa: de los 85 a los 170 kilómetros; región Fl ionosfera: de los 170 a los 220 kilómetros), está claro que «lo observado» en aquella fecha no podía tratarse de un cohete meteorológico. Por muy francés que fuera...

Con un ángulo de observación de 10 grados (prácticamente a ras del hori­zonte), el objeto se habría encontrado a 212 kilómetros de altitud. Pero no es este el caso del «ovni de los Pirineos».

¿Fue un satélite desintegrado?

Algunas personas, entre ellas los mencionados científicos de Oslo, afirmaron que pudo tratarse de un satélite artificial, desintegrado por rusos o norteamericanos. Vayamos paso a paso...

1. Mientras algunos testigos observaron el fenómeno de este a oeste, otros lo vieron desplazarse al contrario: de oeste a este. Esto complica muy seriamente la posibilidad de que se tratase de un satélite. ¿O es que ese día -y a la misma hora- se salieron de órbita dos satélites artificiales que desarrollaban órbitas contrarias?

     Me parece excesiva casualidad...

     2. Los testigos, desde puntos diferentes, coinciden en algo vital: primero vie­ron la estela. A continuación la espiral ascendente y, por último, la explosión.

     Tres «fases» perfectamente diferenciadas y que colocan a la hipótesis de un «satélite desintegrado» en una posición muy difícil...

Concediendo que se tratase de un único objeto -concedamos igualmente que fuera un satélite artificial humano-, todos sabemos que estos artilugios giran alrededor de la Tierra, a partir de órbitas que nunca son inferiores a los 160 o 180 kilómetros. Y aquí empiezan los problemas para el supuesto «satélite».

Para empezar, ni los rusos ni los norteamericanos son tan poco «cuidadosos» como para situar un satélite «asesino» -portador de armas atómicas- en órbitas tan próximas a las altas capas de la atmósfera como para que el rozamiento con aquéllas termine por hacerlo caer... No perdamos de vista que en 1957, el primer satélite artificial -el famoso Sputnik- llevaba un perigeo (distancia mínima a la Tierra) de 227 kilómetros. A pesar de ello, la antigualla espacial rusa dejó de existir a los tres meses justos de su lanzamiento (4 de octubre-4 de enero).

Por supuesto, a esas alturas «astronómicas» no hay satélite artificial que pueda ser divisado desde Barcelona, Valencia o La Coruña.

Por otra parte, si la URSS y los EE.UU actúan siempre con un máximo de precisión en todos y cada uno de sus lanzamientos espaciales, ¿qué podemos pensar de la puesta en órbita de satélites «especiales», como es el caso de los militares?.

El lanzamiento de estos ingenios -sean o no «asesinos»- supone miles de millones de dólares. No creo, por tanto, en esas «caídas casuales y periódicas» de que hablan los científicos noruegos. Puede suceder, naturalmente, que alguna vez -muy pocas- un satélite artificial portador de cabezas nucleares sufra un percance y tenga que ser desintegrado por elementales razones de seguridad. Sin embargo, no creo que fuera este el caso del 12 de junio de 1974. El razonamiento es bastante pueril:

Si los controles de tierra detectan en un momento determinado una anomalía lo suficientemente grave como para tener que explosionar uno de estos satélites, lo lógico es que la detonación sea fulminante. En ese caso, ni los latinos ni los escandinavos llegaríamos a observar dicha desintegración. Con suerte -y si el satélite es medianamente grande- quizá acertásemos a ver algunos de sus restos entrando incandescentes en la atmósfera. Pero eso sería todo.

Y yo pregunto: ¿qué tiene que ver una de estas típicas reentradas de chatarra espacial en nuestra atmósfera con lo observado en el atardecer de junio de 1974? ¿Desde cuándo un satélite artificial -que se supone está cayendo- se detiene, dibuja una serie de espirales ascendentes y estalla? (Suponiendo que esa última «fase» fuera una explosión.)

Si el supuesto satélite caía herido de muerte hacia tierra, lo habitual es que fuera dejando una estela de fuego, pero nunca un trazo perfecto y rectilíneo, como el observado aquel día. Sin mencionar, claro, esa palpable «desaceleración» experimentada por el objeto, tal y como relató el testigo de Piera.

En resumen -y aunque sigo reuniendo importante información- creo que la teoría de un satélite artificial desintegrado a distancia carece de base.

Por otra parte, si se trató de un único fenómeno -y puesto que conocemos las posibles alturas a que podía hallarse el artefacto-, también es posible averiguar las dimensiones del mismo, de acuerdo con las diferentes altitudes. Teniendo en cuenta que una luz del tamaño de un punto se aprecia en un arco de 5 minutos, la tangente 5' de arco -en radianes- supone 0.0835267 (como constante). Pues bien, con esa constante, si el objeto fue divisado con un ángulo de 10 grados -a 212 kilómetros de altura-, su envergadura tenía que ser de 18 kilómetros. Si estaba a 437 kilómetros, el artefacto debía tener 36 kilómetros. Si se hallaba a 693 kilómetros de altura, su envergadura habría sido de 58 kilómetros y, por último, si estaba situado a 2078 kilómetros de altitud, el «monstruo» hubiera tenido 174 kilómetros...

Por supuesto, y mirándolo desde cualquier ángulo, demasiada envergadura para un satélite artificial.

¿Uno o varios objetos?

¿Qué pudo ser entonces el famoso «ovni de los Pirineos»?

La respuesta, como digo, no es fácil. De lo que sí estoy seguro es que no se trataba de un cohete meteorológico, ni tampoco de un satélite explosionado en el espacio y mucho menos de un meteorito.

Es más. A la vista de los informes, dudo incluso que se tratase de un único objeto.

Si hubiera sido un solo artefacto, y puesto que fue visto desde puntos tan alejados como Palma, Oslo, Madrid y La Coruña, ello quiere decir que debía encontrarse a una tremenda altura y que su envergadura debía ser igualmente monstruosa. Esta posibilidad, además de anular las teorías de un satélite artificial y de un cohete, se presenta abiertamente en contra de lo manifestado por los testigos. Recordemos que en Santander vieron ascender un objeto; que en Portugalete sobrevoló la zona a 500 metros de altura; que en Madrid-Barajas fue visto ascender igualmente y que tanto en Cataluña como en Baleares llevaba trayectorias opuesta (sin olvidar el foco luminoso que vieron los pilotos y que proyectaba el objeto en el mismo sentido de su marcha).

Si tenemos en cuenta, además, que no todas las observaciones se registraron a la misma hora, parece muy probable -esta es mi opinión- que fueran varios los objetos que se presentaron aquella tarde sobre los cielos.

Varios objetos que desplegaron movimientos parecidos y que quizá remataron sus evoluciones con «algo» que nosotros interpretamos como una explosión. Pero, ¿cómo podemos estar seguros que se trató en realidad de una explosión?

En este caso, lógicamente, se habrían producido varias «estelas» y en puntos lo suficientemente alejados entre sí como para identificadas siempre con un único fenómeno.

     Pero, ¿con qué fin? Si los «discos» que precedían a las estelas eran ovnis

-como así lo creo-, ¿qué buscaban con semejante «espectáculo»?

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