Imágenes: © Iván Benítez

Un siglo de investigación

Todos coinciden: inexplicable

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<  La Sábana recibió polen de Jerusalén hace dos mil años.

Repasemos algunas de esas investigaciones científicas. La contundencia de las mismas no precisa de mayores comentarios.

 

El primer «encuentro» de la ciencia con la Sábana Santa -al menos, el primero conocido- tuvo lugar en la primavera de 1898. Todo sucedió por aparente casualidad, como siempre...

 

Con motivo de la boda de Víctor Manuel III, futuro rey de Italia, se organizan varios actos oficiales. Uno reúne piezas de extraordinario valor en una exposición de arte sacro. Dicha magna exposición está a cargo de Secondo Pía, un abogado turinés de cuarenta y tres años, pintor y aficionado a un arte que acaba de empezar: la fotografía. Otro de los acontecimientos consiste en una ostensión de la Síndone. La apertura se registra el 25 de mayo del referido 1898. Tendrá una duración de ocho días. Secondo Pía comprende que se trata de una ocasión única y solicita fotografiar la imagen del Hombre muerto. Se produce una inicial oposición al proyecto de Pía. ¿Comerciar con la imagen de Dios?

 

 

 

Secondo Pía, primer fotógrafo de la Sábana Santa.

 

El futuro rey, finalmente, acepta. Pero el fotógrafo fracasa en un primer intento, por problemas de iluminación y ubicación de la Síndone, colgada en el oscuro altar mayor de la catedral. El 28 de mayo, tras veinte minutos de exposición, Secondo Pía consigue su objetivo. Ya medianoche, al revelar los enormes negativos, el fotógrafo se queda perplejo. Dichos negativos, en realidad, son el positivo de la imagen. Al descubrir la increíble figura, la placa de oxalato de plata casi resbala entre los dedos de Pía. Son las primeras fotos de la Sindone. Pía comunica el «hallazgo» y la ciencia se moviliza. Y el mundo contempla, por primera vez, el verdadero rostro del Hombre muerto.

Cámara utilizada por Secondo Pía en mayo de 1898.

 

En el negativo de Secondo Pía apareció el verdadero rostro del Hombre muerto.

Y uno se pregunta: ¿había fotógrafos en la Edad Media? Por supuesto que no. La fotografía fue inventada en el siglo XIX. Estas fotografías, como digo, inquietan a los científicos. Y dos de ellos inician una serie de experimentos. Son Yves Delage, profesor de anatomía comparada en la Universidad de la Sorbona, y Paul Joseph Vignon, biólogo y ayudante de Delage. Estudian las fotos de Secondo Pía e intentan reproducir la imagen del Hombre muerto. Lo hacen con pintura de aceite y acuarela. Es inútil; las copias son un desastre.

  

Las copias obtenidas por los científicos son un desastre. No guardan relación con la belleza y serenidad del rostro de la Síndone.

El 21 de abril de 1902, Delage se presenta ante la Academia de Ciencias de Francia y expone sus experimentos. A pesar de su agnosticismo, afirma que el «hombre del Sudario es Cristo». La Academia se niega a publicar sus declaraciones y experiencias.

Vignon toma el relevo y prosigue las investigaciones. Nace así la teoría de la «vaporigrafía»: la imagen se habría formado por la reacción química producida por la sangre, el sudor y las especias aromáticas utilizadas en el sepulcro. La urea provocó un vapor de amoníaco y éste, a su vez, ocasionó las manchas que forman la imagen.

Copia de la estatua de Mattei, actualmente en el Museo de la Sábana Santa, en Turín.

La teoría ha sido rechazada por la comunidad científica.

Algodón entre las fibras El 2 de mayo de 1931, y durante veinte días, se celebra una nueva exposición (ostensión) de la Sindone. Es la boda del príncipe Humberto de Piedmont. Giuseppe Enrie, fotógrafo profesional, repite la aventura de Secondo Pía. Las fotos de Enrie darían la vuelta al mundo por su gran calidad. La negatividad de la imagen del Hombre muerto queda ratificada.

Treinta y ocho años más tarde (1969), la ciencia interviene de nuevo. Los días 16 y 17 de junio, una comisión formada por diez hombres y una mujer se acerca al lienzo y lo examina con tanta timidez como prudencia. Las órdenes del cardenal Pellegrino son tajantes: prohibido tocar la Sindone. Judica-Cordiglia hace fotos en color. Todos coinciden: la conservación del lino es inexplicable...

 

En 1973, finalmente, la ciencia puede tocar la Sábana Santa. Se extraen algunos hilillos y Max Frei, director del laboratorio científico de la policía suiza de Neuchatel, coloca cintas adhesivas sobre la orla del tejido.

 

Es la primera vez que los científicos ratifican las sospechas de Vignon: la imagen no es pintura. Allí no hay tintes ni pigmentación. Tampoco observan direccionalidad. De ser una pintura habría quedado la inevitable dirección del trazo de la mano del artista.

¿Qué es entonces?

  

En 1973, los científicos confirman las sospechas de Vignon: en la Síndone no hay pintura. Ray Rogers (izquierda) y Max Frei tomaron muestras de la tela.

 

El tejido al microscopio. Entre los hilos aparecen fibras de algodón.

Los microscopios ofrecen una respuesta: la imagen del Hombre muerto sólo afecta a las fibras más superficiales del lino. El descubrimiento deja nuevamente perplejos a los científicos. Y la teoría de la «vaporigraña» se derrumba. Los vapores amoniacales que partieron del cadáver -según Vignon- tendrían que haber entrado por la totalidad de la urdimbre. La realidad no dice eso...

 

Pero hay más. Una de las fibras extraída de la Sábana Santa en aquel histórico noviembre de 1973 fue confiada al profesor Raes, director del laboratorio de Tecnología Textil de Meulemeester, de la Universidad de Gante (Bélgica). El microscopio, una vez más, reveló algo sorprendente: entre el lino hay fibras de algodón. Concretamente, del tipo Herbaceum, una planta conocida y cultivada en Oriente Medio en el siglo I. Y se desata otra polémica: ¿cómo es posible? El algodón no fue introducido en Europa hasta bien entrado el siglo xv. Como se recordará, Colón y Hernán Cortés quedaron sorprendidos al ver comerciar a los indios americanos con ovillas de algodón.

Y surge una inevitable cuestión: ¿cómo se las ingenió el falsificador de los siglos XIII o XIV para introducir algodón entre las fibras de lino cuando aquella planta no existía aún en el Viejo Continente?

Los conquistadores españoles vieron comerciar a los indios con ovillos de algodón. ¿Cómo se las ingenió el supuesto fasificador de los siglos XIII o XIV para introducir algodón en la Síndone?

Max Frei El 23 de noviembre de 1973 entra en acción un hombre que, en mi opinión, fue vital: Max Frei, experto en Criminalística y profesor de la Universidad de Zurich. Como ya he dicho, Max tiene acceso a la Síndone. Coloca papel adhesivo sobre la tela y se lleva al laboratorio parte del polvo existente sobre una de las orlas. Examina dicho polvillo a través del microscopio electrónico y descubre toda suerte de hongos, esporas y polen. La idea de Frei era clara: tratar de reconstruir el itinerario seguido por la Síndone a lo largo de su historia y, justamente, con la ayuda del polen de las plantas. ¿Había estado en Israel? El polen era un elemento esencial para averiguarlo...

Max consigue identificar doce especies, todas europeas. Y al poco surge la sorpresa: allí está el linum mucronatum, el polen de una planta exclusiva de Turquía. Después llegaron otras nueve especies, también de Anatolia. Max Frei se traslada a Israel y verifica que uno de los pólenes existente en la Síndone -no registrado en los textos académicos- corresponde a una planta que sólo crece en Palestina: la «assueda». Ya no hay duda. La Sábana Santa estuvo en Israel. Le siguen otras especies, todas ellas propias de Tierra Santa. Max comprueba que son plantas que desaparecieron hace dos mil años y cuyos pólenes han quedado sepultados en el fango del mar Muerto y en los estratos sedimentarios del lago Tiberíades. Son ejemplares halófitos, hoy extinguidos, cuyos pólenes fueron arrastrados por los vientos y quedaron anclados en la urdimbre de la tela. Es la única explicación.

 

 

El polen descubierto por Max Frei demuestra que la Sábana Santa estuvo en Israel en el siglo I.

 

En total, Max Frei encuentra en la Sábana Santa más de medio centenar de tipos de polen de una flora que existió, y que existe, en Israel, Edesa, Constantinopla, Francia e Italia, entre otros lugares. Es decir, los parajes por los que peregrinó el lienzo. Algo que ya sabíamos por la historia...

 

Y vuelvo a preguntarme: si la Sábana Santa recibió el polen de plantas de Israel hace dos mil años, ¿cómo se las arregló el falsificador medieval para obtener un polen ya extinguido? Es más: ¿cómo se las ingenió para seleccionarlos si el microscopio no estaba inventado?

 

 

 

Lago Tiberíades.

 

Los hallazgos de Max Frei fueron determinantes. La presencia del polen en la Sindone debería haber sido más que suficiente para silenciar a cuantos niegan la autenticidad del lienzo. Pero el C14 siguió eclipsando estos decisivos descubrimientos científicos. Tampoco era de extrañar, al tratarse de la supuesta imagen de Jesús de Nazaret. Si la Síndone hubiera contenido la figura de Napoleón o Ramsés Il, el enigma se habría zanjado rápidamente...

 

Pero las sorpresas continuaron... ¡Y de qué forma!

 

 

Mar Muerto.

 

 

El polen encontrado por Frei en el mar Muerto ratifica la presencia de la Síndone en Jerusalén hace dos mil años.

Las copias: un desastre La ciencia, naturalmente, lo intentó. Era fácil, -dijeron-. Era muy simple la reproducción de una imagen como la que aparece en la Sábana Santa. Y emplearon toda clase de procedimientos: pinturas, soluciones acuosas, calcos sobre cadáveres e impresiones al fuego. Los resultados, como es fácil apreciar en la imagen, son decepcionantes. Ninguna de las copias presenta la belleza, la serenidad y la perfección del Hombre muerto.

Y vuelvo a preguntarme y a preguntar a los escépticos: ¿cómo se las ingenió el supuesto falsificador de los siglos XIII o XIV para obtener una figura tan precisa y delicada? ¿Disponía quizá de una tecnología más avanzada que la del siglo XX? La razón dice que no. En consecuencia, algo falla en el carbono 14...

Los científicos fracasaron al copiar la imagen de la Sábana Santa.

 

   

A la izquierda, imagen original, tal y como aparece en el Lino. A la derecha, el positivo de dicha imagen.

También en 1973 se llegó a otras no menos interesantes conclusiones. En la Síndone, por ejemplo, no hay un solo indicio de putrefacción. ¿Cómo era posible?

Ray Rogers, del laboratorio nacional de Los Álamos, en Estados Unidos, fue más allá: si la imagen era el resultado de la aplicación a la tela de moléculas orgánicas -bien de origen natural o artíficial-, ¿cómo explicar que el intenso calor generado por el incendio de Chambéry no hubiera modificado su color? Incluso las zonas que estuvieron en contacto con las gotas de plata fundida conservan la misma tonalidad y densidad que el resto...

De haber sido una falsificación, esas regiones aparecerían claramente alteradas o descoloridas.

Y llegó otro gran momento...

El proyecto «STURP» La ciencia, tenaz, dio un paso más: el llamado proyecto STURP (Investigación de la Sábana Santa de Turín). Octubre de 1978. Un nutrido grupo de científicos consigue aproximarse al lienzo. Muchos pertenecen a la NASA. Previamente habían estudiado la imagen, merced a las fotografías de Enrie. Pero era preciso tocar el lino. Era vital que la tecnología más depurada consiguiera bucear en la urdimbre de la Síndone. Y así fue. Y, una vez más, los resultados impresionaron a los expertos.

 

Científicos del proyecto STURP analizando la cara posterior de la tela. De izquierda a derecha: Riggi, Jackson, Jumper y Miller.

Entre 1978 y 1982, el equipo del STURP llevó a cabo veintisiete publicaciones en revistas científicas tan prestigiosas como X-Ray Spectrometry, Applied Optics y Analytica Chimica Acta. Veamos, muy por encima, algunos de estos asombrosos hallazgos:

En la imagen del Hombre muerto se observan numerosos coágulos, manchas y reguerillos de sangre. Pues bien, nadie ha logrado explicar por qué esos coágulos aparecen intactos y con los bordes perfectamente definidos. Si aceptan la hipótesis del robo del cadáver, dichas manchas tendrían que haber sufrido las lógicas roturas y desflecados.

Científicos como Heller, Adler y Baima Bollone llegan a una conclusión: la sangre es humana. Las pruebas de «microespectrometría» revelan que allí hubo hemoglobina. Y he dicho bien: la «hubo». Alguna causa desconocida anuló o desnaturalizó los elementos que caracterizan la sangre, pero dejó las manchas. Al introducir un escáner entre el lienzo y el forro cosido por las monjas clarisas de Chambéry, se observa que la sangre había penetrado también en el reverso del lienzo, algo ignorado hasta esos momentos. Y en las fotografías tomadas por Pellicori y Miller (fluorescencia ultravioleta) surge otro desconcertante hallazgo: unos perfiles fluorescentes que ponen de manifiesto la presencia de la albúmina del suero sanguíneo. Y las analíticas y pruebas hematoscópicas demuestran, además, que la sangre es del grupo AB, muy común entre los judíos. Hay sangre venosa y arterial, perfectamente diferenciadas. Y el veredicto del carbono 14 queda de nuevo en ridículo.

La sangre de la Síndone es humana.

 

Octubre de 1978. Un camión con instrumental científico llega al Palacio del Renacimiento, en Turín.

¿Qué falsificador de los siglos XIII o XIV tenía la capacidad para aislar y distinguir el grupo AB? En esa época, nada se sabía de la albúmina del suero sanguíneo o de la sangre venosa y arterial. Como se recordará, fue mucho después -en el siglo XVI­ cuando el español Miguel Servet descubrió la circulación pulmonar de la sangre.

 

Se sabía que la imagen del Hombre muerto no contenía rastro alguno de pintura. Aun así, los expertos del proyecto STURP quisieron cerciorarse. Y buscaron posibles pigmentos o restos orgánicos. Negativo. El aparato de rayos X que investigó sobre la Síndone no halló manchas o restos de origen orgánico o inorgánico. Y la Síndone fue sometida al ataque de los más variados y potentes reactivos químicos. Las muestras no sufrieron alteración. Aquello era asombroso...

 

 

Sangre venosa y arterial. ¿Cómo lo sabía el falsificador medieval?

 

 

La sangre de la Síndone es AB, un grupo muy común entre los judíos.

 

Tampoco el agua la desestabilizó, tal y como había ocurrido a raíz del incendio de Chambéry, en 1532.

 

El falsificador medieval, efectivamente, fue un «genio»...

 

De sorpresa en sorpresa Fueron los entonces capitanes Jackson y Jumper (pertenecientes al STURP) quienes descubrieron otra increíble singularidad de la Sábana Santa. Al detectar dicha anomalía -según sus propias palabras -, sus esquemas mentales y religiosos (no eran católicos) se vinieron definitivamente abajo. Al examinar la figura con el VP-8, una compleja computadora utilizada por la NASA para el análisis de las fotografías recibidas del planeta Marte, los científicos comprobaron que la imagen del Hombre muerto era tridimensional.

 

¿Una imagen tridimensional en una supuesta falsificación medieval?

 

 

Enésima sorpresa: la imagen es tridimensional.

 

Al contrario de lo que ocurre con una fotografía normal y corriente, la imagen del Hombre muerto conserva una información «subterránea», sólo detectable con los ordenadores. La imagen del Hombre muerto no es plana, como sucede con las fotos habituales. En aquel caso, la intensidad luminosa de cada punto es diferente, dependiendo de la distancia del cuerpo al lienzo.

 

El descubrimiento fue tan asombroso que los capitanes de la USAF repitieron el experimento una y otra vez, utilizando, incluso, voluntarios envueltos en sábanas. Y el microdensímetro escandidor y el VP-8, la computadora utilizada para la recepción y recomposición de los millones de dígitos, arrojaron siempre el mismo resultado: las zonas del lienzo que tocaban el cadáver -la nariz, por ejemplo- disfrutaban de una luminosidad superior a las que se hallaban más alejadas del cuerpo.

 

¿Qué falsificador de la Edad Media estaba capacitado para crear una imagen que escondiera el fenómeno de la tridimensionalidad? Nadie, en su sano juicio, puede admitir algo semejante.

 

En el aire Y Jackson y Jumper fueron a descubrir algo más; otro singular «detalle» en esta desconcertante caja de sorpresas. Al examinar las espaldas del Hombre muerto comprobaron que los músculos dorsales y deltoides aparecían extrañamente abombados. Lo lógico es que se hubieran presentado totalmente aplastados, como consecuencia de la presión del cuerpo sobre la losa del sepulcro.

 

Esto llevó a los científicos a la siguiente deducción: durante el proceso de formación de la imagen, el cadáver tuvo que permanecer inmóvil e ingrávido. Es decir, ien el aire!

 

Todo un «detalle» que no fue contemplado por el más que supuesto falsificador de los siglos XIII o XIV.

 

 

Al principio, los científicos pensaron en una radiación que partió del cadáver...

 

La formación de la imagen Y llegamos a uno de los puntos clave: ¿cómo pudo formarse la imagen del Hombre muerto?

 

Al explorar los hilos de la Síndone, los expertos quedaron desconcertados por enésima vez. ¿Cómo era posible que sólo dos o tres, de las doscientas fibras que integran cada hilo, estuvieran chamuscadas?

 

iDos o tres y las más superficiales! ¡Sólo dos o tres fibras eran las responsables de la formación de la imagen!

 

El hallazgo, como digo, dejó perplejos a los científicos. Esto sólo podía significar una cosa: la imagen del Hombre muerto se había formado por una radiación que partió del interior del cuerpo. Una radiación desconocida, intensa y brevísima que, según todos los indicios, chamuscó superficialmente el lino. Una radiación que se propagó verticalmente (sólo la proyección vertical provoca una imagen de esta naturaleza). Una radiación -según Jackson­ ultracorta (quizá rayos UV o X): la única explicación para la alta definición de la imagen. Una radiación cuyos fotones podrían haber degradado la celulosa y amarilleado esa parte del lino. Al examinar las fibras con el microscopio de contraste de fases, los científicos, efectivamente, se percataron de algo muy sutil: las hebras, en realidad, no estaban quemadas, sino deshidratadas. Envejecidas y oxidadas en centésimas de segundo. En suma: se habían vuelto amarillas, exactamente igual que amarillea el lino con el paso del tiempo. El resto de las fibras, sin embargo, conservaba la frescura y el color más claro, propios de un lino no envejecido artificialmente. Lo que los ojos aprecian en la Síndone, por tanto, no es otra cosa que un cambio de tonalidad en las referidas fibras superficiales.

 

Asombroso, sí...

 

 

 

«Algo» singular y desconocido deshidrató superficialmente el lino, provocando la formación de la imagen.

 

La imagen del Hombre muerto tiene su origen en un singular mecanismo de envejecimiento. Alguien o algo aceleró la descomposición del lino. Y lo hizo de forma infinitesimal. En 1989, el referido doctor Jackson lo anunció en París: «...existe una evidencia científica a favor de que el cuerpo desapareció misteriosamente con una emisión ultravioleta de muy corta duración».

 

Yo voy más allá y sospecho que esa desaparición del cadáver fue una manipulación del tiempo. «Alguien» abrevió el proceso de descomposición de los restos mortales y lo redujo a centésimas de segundo. Y en ese inexplicable proceso (inexplicable para la ciencia actual) surgió la imagen del Hombre muerto. Ese inexplicable proceso, justamente, fue el que alteró las fibras más superficiales del lino, envejeciéndolas.

 

 

Ningún falsificador medieval hubiera podido deshidratar el lino superficialmente.

 

  

 

«Alguien», en mi opinión, manipuló el tiempo, haciendo desaparecer el cadáver en centésimas de segundo.

 

Quizá, algún día, esta hipótesis de trabajo pueda ser demostrada en el laboratorio...

 

De lo que no cabe la menor duda es de que un falsificador medieval no habría tenido posibilidad de deshidratar dos o tres fibras superficiales de la Sábana Santa, manteniendo el resto en su estado natural. Para ello, como mínimo, habría necesitado de un microscopio. ¿Un microscopio entre los años 1260 y 1390? Que yo sepa, el invento del microscopio fue atribuido al holandés Zacharias Jansen, óptico de Middelburg, en 1590. Para otros se descubrió en 1610...

 

Monedas en los ojos Y fueron estos mismos capitanes de las Fuerzas Aéreas norteamericanas, Jumper y Jackson, quienes descubrieron la primera pista de un hallazgo que me atrevo a calificar de definitivo y que fija la fecha de aparición de la imagen del Hombre muerto. Sucedió mientras trabajaban con la referida tridimensionalidad. De pronto aparecieron dos círculos.

¿Se trataba de monedas? Ésa, justamente, era la costumbre judía. Las monedas o trozos de arcilla, colocados sobre los párpados, han sido descubiertos en numerosos enterramientos.

 

Las ampliaciones fotográficas no dejaron lugar a la duda: eran círculos (el del ojo derecho, mucho más nítido). Y en 1979, el padre Francis L. Filas (jesuita) aseguró que eran monedas. El momento culminante se produce cuando un especialista en numismática -Michael Marx, de Chicago- identifica cuatro letras, «en corona», alrededor de la curva de un lituus o bastón de astrólogo. Las letras -UCAI- eran idénticas a las que presentan los leptones, unas pequeñas monedas de bronce de dos gramos de peso y quince milímetros de diámetro. Unas monedas acuñadas por Poncio en la provincia romana de la Judea entre los años 29 y 32.

 

 

Los expertos en numimástica certificaron el hallazgo de Filas.

 

UCAI forma parte de la leyenda TIBERlOU CAISARIS, es decir, «DE TIBERlO CÉSA , el emperador que gobernaba en el año 30, fecha de la muerte de Jesús de Nazaret.

 

Ahí estaba el dato definitivo: la Sábana Santa fue utilizada en el siglo I para envolver el cadáver de un Hombre ajusticiado al que le cerraron los párpados según el ritual judío.

Y me pregunto nuevamente: ¿cómo sabía el falsificador medieval que Jesús de Nazaret murió en el año 30 de nuestra era? La fecha de la crucifixión (el 7 de abril del citado año 30) fue establecida por exégetas e historiadores en el siglo xx...

El leptón colocado sobre uno de los ojos fue acuñado por Poncio.

¿Se equivocó el C14? Está claro que sí, aunque el error -quién sabe- pudo ser involuntario. Y me explico. Los científicos de Oxford, Zurich y Arizona dataron el lino entre los citados años 1260 y 1390 sin tener en cuenta lo que ya he mencionado: es más que probable que el misterioso fenómeno que provocó la imagen «rejuveneciera», al mismo tiempo, la totalidad o buena parte de la tela. Esa energía -o lo que fuera- multiplicó los índices de C14 y distorsionó la datación. En este caso, el experimento por carbono 14 no tendría ninguna validez.

Sobre los ojos del Hombre de la Síndone fueron descubiertas sendas monedas.

 

Mucho más de lo que imaginamos

La pasión, según la ciencia

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<  La agonía se prolongó durante hora y media.

   Resulta evidente. La ciencia ha dicho sí a la autenticidad de la Sábana Santa antes de que se produjeran los análisis por C14. Para el que lo quiera ver, el lienzo sí es del siglo I. En cuanto a la formación de la imagen del Hombre muerto, he aquí la clave del enigma. Algo que no ha sido despejado, por el momento...

Pero hay más. Ese «algo» o «alguien» que modificó el tiempo, envejeciendo el lino, nos regaló también una «fotografía» única. Una «fotografía» que recuerda el horror padecido por aquel Hombre y que desmonta, una vez más, el veredicto del C14.

Permítame que me asome a esa increíble «fotografía». Lo que vamos a conternplar es mucho más de lo que asegura la tradición. Mucho más de lo que imaginamos...

Getsemaní Cercana la medianoche del jueves al viernes, aquel Hombre se retiró a lo más profundo del olivar. Y una intensa angustia -quién sabe si miedo- lo clavó a tierra. El fortísimo estrés terminaría provocando un fenómeno singular: la hematidrosis, un sudor sanguíneo que cubrió parte de su piel y que empezó a debilitarlo. Los capilares se rompen y la sangre empapa rostro, manos, pies, axilas, cuello, etc. La deshidratación está en marcha...

Casa de Anás Y al estudiar el rostro de la Síndone, los médicos descubren otro detalle aterrador. Durante el interrogatorio en la casa de Anás, ex sumo sacerdote, Jesús no recibió una bofetada, como reza la tradición, sino un violento bastonazo, propinado por uno de los criados. El esbirro, según las investigaciones, se hallaba a la derecha del Maestro y utilizó la mano izquierda. Los judíos, como es sabido, escribían de derecha a izquierda, y ejercían, por tanto, un mayor control sobre la referida mano izquierda. El palo, de unos cinco centímetros de diámetro, hundió la nariz y provocó un gran hematoma en el pómulo derecho. Así quedó reflejado en la «fotografía» de la Sábana Santa.

Jesús no recibió una bofetada.

 

El esbirro de Anás lo golpeó con un palo.

Pero lo peor estaba por llegar...

Fortaleza Antonia Y al examinar las imágenes frontal y dorsal, patólogos y forenses palidecieron. Aquel Hombre había sido azotado brutalmente. Algunos expertos han contado 120 golpes. Otros creen que recibió más de doscientos. Golpes secos, potentísimos, que afectaron, incluso, a los testículos y al coxis. Golpes lanzados por dos verdugos, con látigos rematados en las puntas de las correas por bolas de plomo y astrágalos de carnero. Golpes diabólicamente estudiados que no afectaron la zona del corazón, evitando así la muerte prematura del reo. Golpes salvajes que desgarraron piel y tejidos, que provocaron una copiosa hemorragia y, con toda probabilidad, varios desvanecimientos. La debilidad se intensifica. La infección se generaliza. Aparece la fiebre. Escalofríos. Riesgo de ángor o angina de pecho.

Réplica de uno de los látigos utilizado en la flagelación del Hombre de la Síndone.

 

Bolas de plomo remataban cada látigo. Al caer desgarraban el tejido.

El «mapa» de la flagelación que podemos contemplar en la imagen de la Síndone no precisa de mayores comentarios. El dolor tuvo que ser paroxístico. Los médicos, sencillamente, no entienden cómo sobrevivió.

 

En el patio de esa misma fortaleza Antonia, cuartel general romano en Jerusalén durante la Pascua judía, tiene lugar otro suceso no menos doloroso y humillante: la mal llamada coronación de espinas. Y digo bien: mal llamada porque, a la vista de lo que aparece en la Sábana Santa, aquel Hombre no recibió una corona, sino un casco de espinas, fabricado con Poterium spinosum, una zarza muy abundante en Palestina; un matorral armado con púas rectas y en forma de «pico de loro» de hasta seis centímetros de longitud.

 

 

 

Y el «yelmo» fue encajado sin piedad en la cabeza del Hombre, afectando así a nuca, cuero cabelludo y frente. La hemorragia es importante. Nueva debilitación general. Las marcas en la Síndone son elocuentes. El dolor, en una región tan vascularizada, fue intensísimo.

 

Y no tengo más remedio que regresar sobre el asunto del C14. ¿Cómo pudo saber el falsificador medieval que aquel Hombre fue coronado con un «casco»? La tradición pictórica no dice eso. Y hablando de tradición pictórica, ¿desde cuándo en la Edad Media se pintaba a los crucificados con una «cola de caballo»? Eso, en definitiva, es lo que vemos en la imagen dorsal: el Hombre muerto presenta una larga trenza, tal y como recoge la tradición judía sobre el peinado. A un supuesto falsificador, naturalmente, no se le habría ocurrido «crear» una imagen que fuera contra las costumbres.

 

 

El Hombre de la Sábana fue coronado con un «casco» de espinas. Algo mucho más doloroso que una corona.

 

 

El «casco» de espinas provocó una intensa hemorragia.

 

 

Algunas de las púas del «casco» alcanzaban seis centímetros de longitud.

 

 

Región dorsal de la imagen. En el círculo, las huellas de sangre en la nuca y cuero cabelludo.

 

 

 

El hombre de la Sábana cargó un solo madero. No se trataba de una cruz completa.

 

Camino del Calvario Y el martirio prosigue...

Maltrecho, debilitado y febril, el reo se ve obligado a cargar sobre los hombros el madero transversal de la cruz: el patibulum, Un tronco áspero y agresivo de unos treinta y cinco o cuarenta kilos de peso. Un madero que presiona el casco de espinas y provoca nuevas lesiones. La hemorragia continúa. También la deshidratación y la fiebre. El corazón avisa.

El Hombre es amarrado con una cuerda que, a su vez, tras rodear el tobillo derecho, lo vincula a los dos terroristas (zelotas) que lo acompañan hasta el lugar de ejecución. Y en esos quinientos o seiscientos metros, la tortura de las caídas, los violentos impactos del rostro contra las piedras, las rodillas destrozadas, los dientes quebrados y los mechones de la barba arrancados por los soldados, al intentar levantarlo. La imagen de la Sábana Santa es fría y certera. Hombros y omóplatos, a pesar de la túnica que los protegía, resultaron excoriados. La «fotografía» es implacable.

 

 

Las manos sujetas al patibulum hicieron más dolorosas las caídas.

En las rodillas, talón y nariz, la investigadora María Gracia Siliato encontró muestras de aragonito, uno de los componentes de la tierra de Jerusalén. Las caídas, en efecto, aparecen reflejadas en la Síndone. Y vuelvo a preguntarme: ¿se trasladó el falsificador de los siglos XIII o XIV a Jerusalén para tomar granos de aragonito y depositarlos en las referidas zonas de la imagen? ¿Cómo sabía que aquel Hombre cargó un patibulum? La tradición pictórica muestra a un Jesús con la cruz completa (una tradición errónea).

El C14, efectivamente, es una solemne tornadura de pelo...

 

Gólgota Según los médicos, algo falló al ser crucificado. El hallazgo resultó estremecedor. Al parecer, el largo clavo de hierro de unos veinte o veinticinco centímetros de longitud, utilizado para clavar la muñeca derecha, tropezó con un nudo. Y fue retirado y martilleado de nuevo. Y el Hombre de la Sábana fue atravesado -no por las palmas de las manos, sino por las muñecas- bien por el llamado «espacio de Destot» o por la articulación radio cubital inferior. El primer médico que se percató de este importante «detalle» fue el francés Pierre Barbet. Examinó las fotografías de Enrie (1931) y probó con cadáveres. Al perforar las manos, el peso del cuerpo las desgarraba. No ocurría lo mismo si los clavos penetraban por las muñecas. Y los médicos quedaron desconcertados, una vez más...

 

 

Clavo similar al utilizado en la crucifixión: sección cuadrada y entre 20 y 25 cm de longitud.

 

 

 

Las crucifixiones fueron prohibidas en el siglo IV. ¿Cómo pudo recordar los detalles un falsificador del siglo XIII o XIV?

 

¿Por qué la Síndone no se ajusta a lo descrito por la tradición? Jesús de Nazaret siempre ha sido pintado o esculpido con los clavos en mitad de las palmas de las manos. ¿Qué clase de falsario tenía estos conocimientos anatómicos si las crucifixiones fueron prohibidas por Constantino en el año 336 de nuestra era? ¿Cómo pudo recordarlo mil años después?

 

¿Y qué decir de las manos de «cuatro dedos» (sin pulgares) que presenta la imagen del Hombre muerto? Según la medicina, la ausencia de esos dedos es lógica. Al herir el nervio mediano con los clavos de las muñecas, se registra la inmediata y permanente flexión de los referidos dedos pulgares. Por eso no aparecen en la Sábana Santa. El falsificador medieval, obviamente, no podía saberlo. En 1968, en Jerusalén, el profesor Haas, de la Universidad Hebrea, hacía un descubrimiento que ratificaba lo indicado en la imagen sindónica. En aquella oportunidad fue hallado el esqueleto de un tal Jehohanan, crucificado por los romanos en la gran revuelta del año 70 de nuestra era. Pues bien, ante la sorpresa general, se demostró que el judío había sido crucificado con clavos y, justamente, por donde señala la imagen de la Sábana: por las muñecas, entre los huesos del radio y el cúbito (el primero de estos huesos presentaba una importante rozadura o deformación, provocada, sin duda, por la intensa fricción contra el clavo al tratar de incorporarse una y otra vez para tomar aire). La arqueología demostraba que la figura del Hombre muerto es correcta, con detalles anatómicos imposibles de falsificar en la Edad Media.

 

 

El Hombre de la Síndone fue clavado por las muñecas.

 

 

La tradición pictórica y escultórica está equivocada. Al clavar el cuerpo por las palmas, éstas se hubieran desgarrado.

 

 

En las manos de la Sábana Santa no se distinguen los pulgares. Otro signo de autenticidad.

  Con el tercer clavo -según los médicos- no hubo problemas. Entró limpiamente y cosió ambos pies al madero vertical. Y la pierna izquierda permaneció flexionada. Así aparece en la Sábana Santa, como consecuencia del rigor mortis. Pero, en la antigüedad, los que observaron la imagen de la Síndone, al descubrir que una pierna parece más corta que la otra, consideraron que Jesús de Nazaret era cojo. En la imagen del Hombre muerto, el talón izquierdo se encuentra más alto que la marca dejada por el derecho. Y durante siglos -como consecuencia de este error al interpretar la figura-, los pantocrátor medievales mostraron a Jesús con una pierna más corta que la otra.

Basándose en este supuesto defecto físico, el Talmud babilónico (siglo IV), refiriéndose a «Balaam» (Jesús de Nazaret), lo califica de «cojo». ¿De dónde pudo extraer este alias el texto judío? Únicamente de la imagen de la Sábana Santa. Que yo sepa, no existe ningún otro documento o testimonio que haga referencia a dicha cojera.

 

También las cruces del rito ortodoxo recuerdan este viejo y erróneo concepto sobre un Jesús «cojo». Muchas de ellas, como las que rematan los tronos de los zares o las cúpulas del Kremlin, han sido dotadas de un tercer palo -en la parte inferior y sensiblemente inclinado- como señal de respeto ante la referida y supuesta cojera del Maestro.

 

 

 

Las diferentes direcciones de los reguerillos de sangre indican las posiciones del cuerpo en la cruz, obligado por la creciente asfixia.

 

 

El tercer clavo entró limpiamente, cosiendo los pies a la madera.

 

 

En la imagen superior, huella completa de la planta del pie, tal y como se aprecia en la Síndone. Imagen inferior: zona de salida del clavo.

 

Muerte por asfixia Y el final se acerca...

El suplicio alcanza entonces (15 horas) unos límites difíciles de imaginar. El reo necesita respirar. Para ello sólo dispone de un sistema: apoyarse en el clavo que taladra los pies y alzarse a pulso -milímetro a milímetro- con la ayuda de los clavos que perforan las muñecas.

Los médicos enmudecen...

Los dolores no pueden ser descritos con palabras.

 

El Hombre consigue capturar una bocanada de aire y cae violentamente. Al girar las muñecas, la sangre cambia de dirección y surge un segundo reguerillo. La imagen de la Síndone es certera. En cuanto al falsificador medieval, sencillamente, «genial»...

 

El corazón bombea desesperadamente y alcanza las 180 pulsaciones por minuto. Y a la vez, calambres en brazos, tórax, hombros y piernas. La tetanización lo va consumiendo.

 

A los diez o doce minutos de iniciada la crucifixión, pérdida de conocimiento. Pero el Hombre se recupera.

 

Nueva lucha por obtener un poco de oxígeno. La tetania, finalmente, gana la batalla: las piernas quedan inutilizadas. Ahora sólo puede alzarse con el auxilio de los clavos de las muñecas y los músculos de los hombros.

Jadeos desesperados.

La asfixia lo abraza. Piel y labios se tornan azules. El cataclismo es generalizado.

Finalmente, el corazón se rompe.

La agonía se ha prolongado durante hora y media. Noventa minutos eternos...

Los médicos, perplejos, siguen mudos.

La lanzada Pero el espanto y la humillación no han concluido. Uno de los soldados alancea el costado derecho del crucificado. No responde. Los médicos exploran la imagen de la Sindone y se muestran de acuerdo: al recibir la lanzada, el Hombre ya estaba muerto. Por eso los márgenes de la herida (de 4,4 x 1,4 centímetros) no aparecen hinchados. La forma elíptica se debe a los rebordes o aletas del extremo del hierro («lancia»).

Lanzada. El Hombre ya estaba muerto.

Los expertos llegan a otra conclusión: la lanza resbaló por encima de la sexta costilla, atravesó pulmón y corazón y abrió la aurícula derecha. Era el «golpe de gracia». Una forma de asegurar que el reo no fingiera la muerte.

« ...Y manó sangre y agua.»

Sangre de la vena cava superior y agua o líquido seroso del pulmón.

Y pregunto de nuevo: ¿cómo sabía el falsificador medieval que en una persona recién fallecida se acumulan entre doce y catorce centímetros cúbicos de sangre en la aurícula derecha?

Después, en el descendimiento o en el traslado al sepulcro, por efecto de la gravedad, la vena cava inferior se vació igualmente. Y ese reguero se observa también en la cintura (parte dorsal) del Hombre muerto.

 

 

Imagen de la lanzada. De haber estado vivo, los márgenes de la herida aparecerían hinchados.

 

 

El hierro resbaló por encima de la sexta costilla.

 

 

En el descendimiento, o en el traslado al sepulcro, la sangre se vació de la vena cava inferior. ¿Cómo pudo tenerlo en cuenta el falsificador medieval?

Un «genio» medieval

A la vista de lo expuesto podemos concluir: el referido falsificador de los siglos XIII o XIV era un «genio». Veamos por qué:

 

• «Fabricó» una imagen en negativo, adelantándose a su época. Los ingleses Prince y Picknett afirman que fue Leonardo da Vinci quien elaboró en realidad esta imagen, «autofotografiándose». Estos «genios» británicos no saben que Leonardo nació en el año 1452. Es decir, un año antes de que la Sábana Santa fuera cedida a la casa de Saboya (22 de marzo de 1453). Da Vinci era un genio, es cierto, pero pretender que inventara la fotografía con un solo año es demasiado...

 

• Sin microscopio alguno consiguió detectar y seleccionar varias decenas de pólenes que, para colmo, se habían extinguido en el siglo 1. Viajó a Israel, Turquía, etcétera, y tras hallarlos, los depositó en la urdimbre de la tela.

 

• En plena Edad Media elabora una imagen que encierra una información tridimensional.

 

• En un alarde «tecnológico», el falsario deshidrata dos o tres fibras superficiales, de las doscientas que integran cada hilo, e introduce algodón entre el lino, adelantándose también al cultivo de esta planta en Europa.

 

• De forma mágica para su época, obtiene una figura que sólo ha podido formarse ortogonalmente, es decir, por proyección vertical.

 

• Se adelanta a los descubrimientos de exégetas e historiadores del siglo xx: y coloca sobre los ojos del Hombre muerto sendas monedas acuñadas por Poncio. Ha sido ahora cuando se ha establecido la fecha de la muerte de Jesús (año 30 de nuestra era).

• En contra de la tradición pictórica, el falsario perfora las muñecas del Hombre muerto y le encaja un «casco» de espinas. Sabe, además, que el crucificado padeció tetania y así lo refleja en los músculos del tórax.

No satisfecho con todo lo anterior, el «genio» medieval se preocupa de dejar constancia en el lienzo de la presencia de sangre venosa y arterial (descubrimiento registrado en 1593).

• Y el «genio», según los laboratorios de Zurich, Oxford y Arizona, va mucho más allá, ya que deja restos de albúmina de suero (así aparece en los perfiles de las marcas de flagelación). Lo malo es que dicha albúmina sólo es visible con la ayuda de luz ultravioleta. ¿Para qué seguir...?

 

 

Clonar a Dios

Algo más que ficción...

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<  ¿Qué sucedería si alguien lograse clonar o duplicar el cuerpo de Jesús de Nazaret?

  Y llegamos a una de las preguntas clave: ¿quién es el Hombre muerto? ¿Se trata, como indican todos los indicios, de Jesús de Nazaret?

 

En este sentido, los expertos en cálculo de probabilidad matemática han sido rotundos.

 

Para José Luis Carreño, la probabilidad de que el Hombre de la Sábana Santa no fuera el Maestro es de una contra cinco mil trillones. Otros, como el profesor Zeuli, lo «reducen» a doscientos veinticinco millones. En otras palabras: la misma probabilidad que tiene una piedra de convertirse en pájaro y salir volando.

   Stevenson y Habernas -más prudentes- calculan esa posibilidad en una contra ochenta y tres millones. Exactamente: una contra 82944000, algo tan difícil como cubrir la distancia Nueva York-San Francisco con tres líneas paralelas de billetes de un dólar y conseguir que un ciego acierte -a la primera- con uno previamente marcado.

¿Difícil? Yo diría que casi imposible... Para mí está claro desde hace tiempo: la imagen de la Sábana Santa es la de Jesús de Nazaret. Un Jesús torturado y crucificado.

 

Para mí, un Hombre-Dios...

La amenaza Y ahí surge un nuevo problema. Una amenaza que, de cumplirse, desataría los demonios de esta atormentada raza humana. Si la sangre que presenta la Sábana Santa de Turín es la del Maestro, ¿estaremos algún día en condiciones de clonarlo? ¿Podríamos clonar a un Dios?

Para algunos científicos, esa posibilidad es pura ficción. La sangre de la Síndone es humana -eso está demostrado- pero, dicen, es una sangre sin células vivas. Científicamente es inviable. Nunca se podrá clonar al Hombre de la Síndone. Al menos, partiendo de los restos sanguinolentos que han quedado en el lino. Para otros no está tan claro. Hoy, efectivamente, la ciencia no dispone de la tecnología necesaria para llevar a cabo el proceso. Pero ¿lo conseguirá en un futuro no demasiado lejano? Personalmente estoy convencido de ello...

En 1998, el ya citado profesor Garza Valdés, de la Universidad de Texas (EE.UU.), presentó en Roma los resultados de sus investigaciones sobre la Síndone. Pues bien, entre otras novedades, Leoncio Garza anunció la donación molecular de tres genes de la sangre contenida en la Síndone. Y afirmó. «Fui el primero que tuve el honor de donar genes de la sangre de Cristo.»

En estos momentos, según mis cálculos, hay una decena de científicos que tienen en su poder muestras de la sangre de la Sábana Santa (sin contar la existente en el lienzo) . En principio, todos son honrados, pero...

Y usted se preguntará: ¿qué sucedería si alguien lograse clonar o duplicar el cuerpo de Jesús de Nazaret? ¿Estaríamos realmente ante el Maestro? ¿Sería la Segunda Venida, como pretenden algunos locos e insensatos?

Suponiendo, como digo, que la ciencia disponga algún día de los medios para clonar el cuerpo del Hijo del Hombre, parece claro que el material genético de ese «doble» no estaría completo. En consecuencia, el «nuevo» Jesús sería defectuoso. Quizá, altamente defectuoso...

La Sábana Santa ya ha sufrido tres incendios. ¿Casualidad? En mi opinión, alguien trata de destruirla o cambiarla.

 

Y, por supuesto, no tendría nada que ver con la inteligencia, la personalidad y la divinidad del Maestro.

En suma, podríamos crear un monstruo de circo, susceptible -he ahí el gran peligro- de convertirse en un negocio, en un reclamo o en una herramienta «multiuso». Un simple ejemplo: ¿imagina usted un doble del Galileo al servicio de una secta destructiva? ¿Qué sucedería si alguien consigue clonar el cuerpo del Maestro y educarlo en la maldad químicamente pura?

Tres incendios sospechosos Y desde numerosos puntos del planeta se han alzado voces de alerta: «¡Atención! ¡Alguien podría destruir la Sábana Santa!»

Yo voy más allá y entiendo que ya lo han intentado. Primero en 1532, en el mencionado incendio de Chambéry, en Francia. Los calvinistas, al parecer, provocaron el pavoroso fuego. Y la urna con la Síndone fue rescatada en el último momento...

Marcas producidas por el incendio de 1532 (en Chambéry).

En octubre de 1972 se registró un suceso que casi ha sido olvidado: unos desconocidos treparon por el techo del Palacio Real (anexo a la catedral) e irrumpieron en la capilla de la Síndone. Trataron de prender fuego a la Sábana. El lienzo se salvó gracias al amianto que protegía el altar.

Veinticinco años después (en la madrugada del 11 al 12 de abril de 1997), tuvo lugar otro incendio -¡qué casualidad! - que se inició en la cúpula de la citada Capilla Real o de la Síndone. Por fortuna, la Sábana había sido removida en febrero de 1993 y trasladada a la parte trasera del coro, con el fin de evitar que sufriera daños durante las obras de restauración de la referida cúpula, obra maestra del barroco italiano. De haber permanecido en el emplazamiento original, la urna con seguridad habría sido calcinada. Y con ella, la imagen del Hombre muerto...

 

 

¿Cómo reaccionaria el mundo cristiano ante la aparición de un «doble» del Maestro?

 

 

Reconstrucción del rostro del Hombre que aparece en la Sábana Santa de Turín.

 

Mario Trematore fue el bombero que consiguió extraer el relicario de plata. Para ello tuvo que golpear los metacrilatos blindados -de 39 milímetros cada uno- con la ayuda de una hacha. En total, más de cien golpes. La urna fue sacada de la catedral de San Juan Bautista a las 1.36 horas. Doscientos bomberos de Turín y otras localidades próximas siguieron luchando con las llamas hasta las 4.30 de esa madrugada. La cúpula y la capilla resultaron gravemente dañadas. Hasta el momento nadie ha aclarado las causas del siniestro...

 

A esto hay que sumar la formidable campaña de desprestigio sufrida por la Síndone en 1988, con los resultados del C14. Parece como si la imagen del Hombre muerto fuera una grave amenaza. La cuestión es para quién...

 

Restauración del lienzo en 2002

En los meses de junio y julio de 2002 se procedió a la «restauración» de la Sábana Santa de Turín. Un equipo especializado, dirigido por la suiza Flury Lemberg, retiró la treintena de parches triangulares que habían sido cosidos por las monjas clarisas de Chambéry (Francia), a raíz del incendio de 1532. El trabajo de las religiosas finalizó en 1534. También fue eliminada la no menos célebre «tela de Holanda», cosida en la misma época, y que servía como forro o protección posterior. Los expertos han efectuado una minuciosa revisión del lienzo, en especial de los cosidos, y han guardado e inventariado el polvo recogido en dichas piezas. La intención de los especialistas es mantener la Sábana Santa extendida, evitando los pliegues. Aprovechando la circunstancia, se han fotografiado ambas caras de la tela, y se han sometido las superficies a un proceso de digitalización de la imagen, entre otros experimentos que se darán a conocer en su momento.

Punto final

«Un as en la manga de Dios»

11 de septiembre. Museo de la Sábana Santa. Turín. Eran cerca de las tres de la tarde. Habíamos terminado de rodar y nos disponíamos a almorzar. Tommie Ferreras, operador de cámara de «Planeta encantado», recibe una inesperada llamada de su mujer. Se encuentra muy nerviosa. Anuncia que las torres gemelas de Nueva York han sufrido un atentado suicida. Mal asunto. Las dificultades en los aeropuertos, los traslados de los equipos, visados y permisos de rodaje..., se iban a multiplicar. Temí lo peor. Fue el único momento. Lo reconozco. Peligraba la continuidad de «Planeta encantado». Y me acerqué a Él y le pedí una señal...

 

Cuadernos de campo

Publicados por primera vez


A lo largo de treinta años de investigación por todo el mundo, J. J. Benítez ha reunido un centenar de cuadernos de campo. Unos textos íntimos -él prefiere llamados «cuadernos casi secretos», en los que refleja el día a día de viajes, investigaciones, éxitos y fracasos.

Jamás se habían publicado. Con «Planeta encantado» salen al fin a la luz. Una vez más, las imágenes hablan por sí solas...

 

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