Imágenes: © Iván Benítez

 

Valle de los Reyes, en Egipto.

Egipto antes de Egipto

Unas pinturas «imposibles»

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Y hallé algo no menos sorprendente. No sé si formaba parte del «gran plan» («Ricky», mar Rojo, Los Villares, etc.). Es muy posible que sí... Sea como fuere, la verdad es que el «hallazgo» ha trastornado mis ideas sobre el viejo Egipto.

 

Fue en los desiertos de Libia. Allí los descubrí por primera vez. Después llegaría el museo de El Bardo, en Argel, y, por supuesto, el Tassili N'Ajjer...

 

¿Carros «egipcios» en Libia y Argelia? ¿Pinturas con «barcas egipcias» a dos mil y tres mil kilómetros del Nilo? Como digo, el descubrimiento de estos «egipcios», antes de la existencia de Egipto, me dejó en blanco. Busqué explicaciones pero, sinceramente, la ciencia no las tiene o, como mucho, se sacude el incómodo problema, explicando dichas pinturas y grabados como «claras influencias de la XVIII dinastía en los pueblos del Sahara». ¿Influencias egipcias? ¿Cómo es posible si muchas de estas pinturas tienen una datación superior a los seis mil años? Algunas, incluso, fueron trazadas hace nueve y doce mil años.

Algo no encajaba.

Pinturas «egipcias» a dos mil y tres mil kilómetros del Nilo, datadas mucho antes de que existiera Egipto. La ciencia, naturalmente, no lo acepta.

Carros y caballos Y, desconcertado, abrí una nueva línea de investigación, recorriendo los desiertos sin poder dar crédito a lo que tenía a la vista. Según mis cálculos, en el Sahara se contabilizan más de mil carros, pintados o grabados en Mauritania, Marruecos, Argelia, Libia, Mali y Níger. ¡Más de mil carros «egipcios» a dos mil, tres mil y cinco mil kilómetros de Egipto! Las imágenes de Iván hablan por sí solas...

¿Cómo era posible? Según la arqueología, el primer faraón de la I dinastía empezó a reinar hace 4920 años (!). Algo, en efecto, no cuadraba en la historia «oficial»... Fue el primer «aviso». Algo no encajaba en la cronología establecida por los arqueólogos.

Y los «hallazgos» prosiguieron: carros y conductores típicamente egipcios, personajes peinados y vestidos como los antiguos egipcios. ¡Y todo en el corazón del Sahara!

Naturalmente, para la arqueología, estas pinturas y grabados no tienen sentido. El caballo y los carros -dicen- entraron en Egipto hacia el 1780 antes de Cristo, con la invasión de los hicsos, un pueblo procedente de la Alta Siria que gobernó la mitad oriental del delta. En mi opinión, nuevo y grave error. El caballo y los carros -corno demuestran las pinturas y grabados del Sahara- ya existían en esta región mucho antes de la XIII dinastía. Otra cuestión es que no quieran reconocerlo... Y es comprensible. Si los «egipcios» y su cultura proceden del Sahara, ¿en qué queda la supuesta hegemonía del Egipto faraónico?

Pero las «imposibles» pinturas y grabados «egipcios» en el corazón del desierto sahariano no se limitan a carros. Otras imágenes -para desconcierto e irritación de la arqueología- presentan escenas muy diferentes: ofrendas al más puro estilo egipcio (hace nueve mil años), personajes adornados con el «ureus» (la serpiente sagrada sobre las cabezas) mucho antes de la existencia de Egipto, barcas igualmente «egipcias», vestimentas similares a las que lucen faraones y sacerdotes, individuos de perfil...

 

 

 

 

Carros y conductores «egipcios» pintados en el desierto del Sahara mucho antes de que existiera Egipto. Perfiles «egipcios» hace nueve mil años...

 

 

 

Personajes de perfiles «egipcios», pintados en Tassili mucho antes del imperio egipcio.

 

 

 

Wadi Imrawen, en Libia. Caballos grabados en la roca hace dos mil años. Para la ciencia, los caballos entraron en el norte de África hace tres mil setecientos años. Imagen inferior, perros pintados en Tassili.

 

 

 

Arquero con perfil y tocado «egipcios». En la imagen inferior, obrero con casco e indumentaria «egipcios» en Jabbaren (Tassili N´Ajjer). A su lado, un potrillo. Posible antigüedad: nueve mil años.

 

 

Aseo en el wadi One Mouhagag. Los hombres de la Edad de Piedra no eran tan primitivos como creemos.

 

 

Egipcios con el «ureus» sobre las cabezas, en pleno Tassili N´Ajjer. Nadie tiene una explicación.

 

 

«Cabezas redondas» de pequeña estatura, junto a gigantes.

 

 

Desierto de Libia. Delicada pintura en la que se aprecian dos hombres de rasgos «egipcios» con vestiduras transparentes. ¿Ropas transparentes en el Neolítico?

 

 

Individuo de largas piernas, pintado en Sefar (Tassili N´Ajjer). ¿Se trata de zancos?

 

 

¿Barbas al estilo egipcio? El perfil del conductor del carro (imagen inferior) es claramente egipcio (Wadi Aramet, en Libia).

 

 

 

Región de los lagos, en Libia.

 

Barcas «imposibles» ¿Barcas «egipcias» en pleno Sahara? Si estas pinturas, como afirman los confusos y confundidos arqueólogos, fueran tan sólo el testimonio de la influencia de la XVIII dinastía en esta remota parte del Sahara, ¿cuál sería el sentido de las mismas?

 

En ese tiempo, durante la referida XVIII dinastía -hace tres mil quinientos años -, esta región era un desierto, idéntico al que ahora vemos.

 

¿Barcas en un infierno de piedra y arena? Si estas pinturas tienen nueve mil años de antigüedad, entonces sí estarían justificadas. En ese tiempo, como ya he dicho, el Sahara era un jardín, con ríos tan anchos y caudalosos como el actual Amazonas.

 

 

Barcas claramente egipcias en la meseta de Jabbaren, a dos mil kilómetros del Nilo. Fueron pintadas mucho antes de la existencia de Egipto. La comparación con las imágenes del Museo Egipcio de Turín y el Valle de los Reyes es elocuente.

 

 

 

 

Barcas y perfiles «egipcios» en la meseta de Jabbaren, mucho antes de que existiera Egipto.

 

 

¿Barcas en un infierno de piedra y arena? Si estas pinturas tienen nueve mil años de antigüedad, entonces sí están justificadas.

 

Los incómodos carros

• Monod fue el primero que llamó la atención sobre los increíbles carros saharianos. En 1982 se publicó una síntesis de los trabajos de Lhote, que incluía más de seiscientos carros pintados o grabados.

• Mientras los carros grabados aparecen en la totalidad del Sahara, los pintados se limitan al desierto central. Los denominados «carros al galope volante o volador» (con las patas de los caballos extendidas) se encuentran únicamente en los abrigos rocosos del Tassili N'Ajjer, Hoggar y los Akakus, es decir, a dos mil y tres mil kilómetros del Nilo.

• Reinach y Dussaud advirtieron de la gran semejanza entre los carros «al galope volador» del Sahara y los representados por el arte micénico. Como afirmaba Heródoto, ¿no será que los griegos aprendieron la doma y el enganche de los caballos de los libios? ¿No será que el arte y la ciencia procedían de África?

• Hace miles de años -tal y como muestran las pinturas de Ben Ghenma, en Libia- los habitantes del Sahara disponían de carros con seis timones (!) .

• La mayor parte de los carros pintados y grabados en el actual desierto del Sahara son de dos caballos. En el Tassili N'Ajjer se han contado 140 carros. De éstos, sólo una veintena son trigas o cuádrigas.

Río Nilo. Los primeros pobladores llegaron del oeste mucho antes de lo que imaginamos.

Egipto, conquistado (?) mucho antes La conclusión fue inmediata: si las pinturas y grabados «egipcios» se remontan a nueve o diez mil años, ¿en qué queda la cronología oficial? ¿Qué decir del resto? ¿Son las pirámides y la esfinge de las épocas señaladas por los arqueólogos?

Y en mis viajes fui a descubrir otras pistas que confirmaron la inicial sospecha: las grandes migraciones humanas llegaron al este de África, al valle del río Nilo, mucho antes de lo que se ha dicho. Mucho antes de que Egipto existiera como tal. Es decir, hace seis mil quinientos años, como mínimo. En ese tiempo, como se recordará, la imparable desertización terminó cortando las comunicaciones entre el Nilo y el resto del Sahara.

¿Seis mil quinientos años? Poco a poco, las investigaciones demostraron que esa fecha también se quedaba corta. Aquella migración humana tuvo que registrarse mucho antes...

 

Y el Destino fue a mostrarme otra historia oficialmente imposible.

 

 

¿No será que el arte y la ciencia proceden del Sahara?

 

 

 

La oscura arqueología oficial

Algo no encaja...

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Pirámide de Keops. Casi tres millones de bloques.

Siempre me pareció extraño...

 

¿Cuándo se construyeron las pirámides de Egipto? ¿Cómo levantaron semejantes colosos? Y lo más importante: ¿para qué las diseñaron?

 

¿Son tumbas, como asegura la arqueología? ¿Son construcciones del reinado de Keops y demás sucesores, como afirman los arqueólogos?

 

¿Fueron alzadas con el auxilio de rampas de arena, rodillos de madera, etc., como defienden los investigadores ortodoxos?

 

Como digo, estas explicaciones oficiales siempre me parecieron extrañas...

 

Algo no encajaba.

 

 

 

Canteras próximas a la ciudad de El Cairo.

¿Hace cuatro mil seiscientos años? Y estudié las propuestas de la arqueología tradicional. En síntesis -según la ciencia-, las pirámides de la meseta de Gizeh fueron construidas hace cuatro mil seiscientos años. Y lo hicieron los faraones.

Los gigantescos bloques -dicen- fueron trasladados desde las vecinas canteras de Tura y Mokhatan, a escasos kilómetros de El Cairo, y encajados en los respectivos monumentos mediante el uso de rampas de tierra y arena; rampas por las que miles de obreros empujaban los bloques con el auxilio de rodillos de madera. Primer problema: hace cuatro mil seiscientos años, cuando Keops empezó a levantar la Gran Pirámide, el valle del Nilo despertaba al llamado período Neolítico. En otras palabras: tanto en el sur (Alto Egipto), como en las regiones del Fayum y del Delta occidental, los habitantes malvivían en chozas de paja y adobe. Eran hombres prehistóricos, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas principalmente en la industria lítica. Sería tres siglos después -hacia el 2300 antes de Cristo- cuando estos-pueblos entrarían en la Edad del Bronce.

 

 

Hace cuatro mil seiscientos años, el valle del Nilo despertaba al período Neolítico.

 

Y surge la contradicción: si Egipto cambia la piedra por el bronce en el 2300 a. J.C., ¿cómo levantaron la Gran Pirámide trescientos años antes? ¿Con qué herramientas? ¿Con qué clase de conocimientos?

 

Desde mi punto de vista es muy difícil justificar ese importante salto cualitativo. Los supuestos constructores de la pirámide de Keops -según la arqueología- eran hombres del final de la Edad de Piedra. Y me pregunto: ¿quién, en su sano juicio, puede aceptar que semejante maravilla arquitectónica fuera diseñada y levantada por unas gentes que ni siquiera conocían la escritura?

 

 

Keops (Museo de El Cairo).

 

Keops Segundo y no menos oscuro problema: ¿fue el faraón Keops el constructor de la Gran Pirámide de Gizeh? Así lo defienden los arqueólogos. Mejor dicho, la mayoría de los arqueólogos. Keops -dicen- utilizó las célebres rampas de tierra y arena (teoría divulgada en el siglo XX por el alemán Ludwing Borchardt).

 

Examinemos la cuestión. El faraón Keops reinó entre los años 2590 y 2567 antes de Cristo. Es decir, veintitrés años, aproximadamente. Basta un sencillo cálculo para verificar que, en esos veintitrés años, los trabajadores tuvieron que mover y elevar, hasta las correspondientes hiladas, un total de 357 bloques por día (!). (Se calcula que la Gran Pirámide reúne alrededor de tres millones de bloques de piedra.)

 

 

Nadie consigue explicar racionalmente cómo lograron mover y elevar más de trescientos bloques de piedra por día.

 

¡357 bloques con pesos que oscilan entre dos mil y cuarenta mil kilos!

 

O lo que es lo mismo: ¡357 gigantescos sillares en doce horas! Es decir, ¡un bloque cada dos minutos! Algo, efectivamente, no cuadra...

 

Por mucha mano de obra que pudiera reunir Keops, la empresa en cuestión se presenta más que dudosa. Y no sólo por el arduo problema de organización, sino, sobre todo, por las lógicas dificultades técnicas a la hora de izar y encajar esos monstruos de caliza, granito y mármol. Los arqueólogos más conservadores se defienden, escudándose en lo escrito por Heródoto en el siglo V antes de Cristo. Según el Padre de la Historia, los bloques eran levantados de grada en grada, con el concurso de una serie de máquinas formadas por maderos cortos. Esto, al parecer, fue lo que le contaron los sacerdotes durante su visita a Egipto en el referido siglo V antes de Cristo.

Desde mi modesto punto de vista, la narración del escritor griego no constituye un punto de partida sólido y fiable. Y me explico: en el 450 antes de Cristo, cuando Heródoto recorre el Nilo, habían transcurrido dos mil años desde la supuesta construcción de la Gran Pirámide de Keops. Heródoto, además, no menciona las rampas, ni se atreve con el espinoso problema de los 357 bloques por día. Las extrañas máquinas -que no llega a describir- no satisfacen, mínimamente, la difícil incógnita del movimiento de esos casi tres millones de bloques en veinte o veintitrés años. Heródoto, sencillamente, cuenta lo que le contaron...

Nadie, en su sano juicio, puede suponer que esta maravilla arquitectónica fue obra de los hombres de la Edad de Piedra.

Hoy, cualquier arquitecto o ingeniero comprende de inmediato las graves dificultades que debieron de superar los constructores de la Gran Pirámide. Las cámaras, galerías y los mal llamados «conductos de ventilación» exigen unos profundos conocimientos matemáticos y arquitectónicos. ¿Cómo movieron los hombres del Neolítico aquellos gigantescos sillares? ¿Cómo los cortaron y los elevaron a ciento cincuenta metros? Las explicaciones oficiales, en efecto, no son coherentes.

Las pirámides: algunos datos clave

• Keops (la Gran Pirámide). Alrededor de tres millones de bloques de piedra caliza y granítica (algunos especialistas hablan de dos millones y medio de bloques). Peso de cada bloque: entre dos mil y cuarenta mil kilos. El revestimiento original -hoy desaparecido- estaba formado por losas de caliza pulida de hasta dieciséis toneladas. Altura: 146,6 metros. Base cuadrada de 230,5 metros de lado. En la antigüedad era ocho metros más alta. Peso total: siete millones de toneladas.

• Kefrén. Casi gemela a la Gran Pirámide. Altura: 143,5 metros. Base: 215 metros de lado. Bloques idénticos a los de Keops (casi 1700000 metros cúbicos de piedra). Revestimiento original de caliza pulida y granito rojo de Asuán (se aprecia en el vértice). En la base podrían entrar siete campos de fútbol.

• Micerinos. La pirámide más pequeña. Altura: 62 metros. Base cuadrada de 108 metros de lado. Su altura equivale a un edificio de veinte plantas.

• En el año 830 después de Cristo, el califa egipcio Abdala al Mamun penetró por la fuerza en la Gran Pirámide (actual entrada para los turistas). El ingreso original se encuentra en la cara norte y a dieciocho metros de altura sobre el pavimento. El sarcófago (?) apareció vacío.

• El astrónomo Piazzi Smyth descubrió que la mayoría de las medidas de la Gran Pirámide están relacionadas con el número pi.

 

Herramientas Basta con echar un vistazo a las toscas herramientas con las que -según los arqueólogos- se construyeron las pirámides para comprender que algo falla en esta historia; unas herramientas, por cierto, que no existían hace cuatro mil seiscientos años. Pero, aceptando que así fuera, ¿es que los mazos, niveles, bolas de dolerita, escuadras, trineos de madera y regletas sirvieron para establecer las asombradas proporciones de la Gran Pirámide ¿Cómo explicar, por ejemplo, que la desviación norte-sur de sus caras no supere los tres minutos y veinte segundos hacia el Oeste? ¿Cómo explicar la increíble perfección de la angulación de los bloques de revestimiento? Hoy sólo podríamos alcanzarla con instrumentos ópticos.

¿Y cómo entender que aquellos pueblos del Neolítico -hace cuatro mil seiscientos años- dispusieran de una medida tan perfecta como el codo?

 

Y he dicho bien: «una medida tan perfecta». Como es sabido, sólo en la era espacial se ha podido comprobar que el metro estaba mal medido. Su longitud, en realidad, es algo mayor de lo que siempre habíamos creído. El metro exacto tiene una longitud de 1,047. Pues bien, dos codos egipcios equivalen exactamente a 1,047: el metro de la era espacial (!). ¿Cómo lo lograron los hombres de la Edad de Piedra? ¿O no fueron ellos?

 

 

 

Las groseras herramientas del Neolítico no justifican la construcción de la pirámide de Keops.

 

 

Una iluminación imposible Sin embargo, las dudas y las contradicciones no terminan ahí. Hasta el día de hoy nadie ha logrado explicar satisfactoriamente el sistema de iluminación utilizado a la hora de construir las pirámides. Las tradicionales teas y antorchas no sirven; no hay restos de hollín en techos y paredes. Tampoco la fórmula de los espejos, reflejando la luz solar hasta lo más profundo, resiste un análisis medianamente serio. El movimiento del sol obligaría a los constructores a llevar a cabo una penosa labor de permanente rectificación. Esa luz sería útil, como mucho, para las salas y las galerías más próximas a la entrada. En la documentación hallada en Deir el Medina -poblado en el que vivían los artistas y obreros que participaron en las construcciones del Valle de los Reyes- se mencionan unas extrañas lámparas, utilizadas a diario en el trabajo. Pero, en esos textos, no se describen las citadas lámparas ni la misteriosa energía que las alimentaba y que, al parecer, no dejaba huellas.

 

Sencillamente, la egiptologia no sabe, no contesta...

 

 

Entre las pinturas de la tumba de Ramsés III destaca un «dios» con «cabeza redonda» y un largo tubo que conecta el casco con los pies.

 

 

La teoría de la luz reflejada por el sol no sirve para explicar la iluminación en el interior de las pirámides.

 

 

En el interior de las pirámides no hay restos de hollín. ¿Cómo se iluminaban?

 

 

Deir el Medina.

 

 

Vasos de diorita. Máxima perfección en el pulido.

 

Misteriosos taladros Y las explicaciones de los arqueólogos tampoco convencen cuando alguien pregunta por el método utilizado para cortar los enormes bloques de caliza y granito. ¿Herramientas de cobre? Eso sería como intentar cortar una mesa de mármol con unas tijeras...

Y otro tanto sucede con el enigmático pulido de los vasos de diorita y granito. ¿Qué clase de taladro empleaban para que la cara interior ofrezca el mismo pulido que la exterior? ¿Cómo lo consiguieron si por las bocas de estos panzudos vasos no cabe siquiera la mano de un niño?

¿Cómo cortaron los gigantescos bloques de piedra?

Y otro «detalle» que no encaja en la cultura de la Edad de Piedra: al examinar el mencionado pulido de estos vasos y platos, los expertos han comprobado que, a cada vuelta, la presión ejercida era quinientas veces mayor que la obtenida en la actualidad con los poderosos taladros de punta de diamante artificial. ¿Quién los fabricó? ¿El hombre del Neolítico?

¿Y quién fue capaz de llevar a cabo un pulido como el que presenta el supuesto sarcófago (?) de la pirámide de Keops? El acabado en el bloque de granito resulta imposible para un hombre de la Edad de Piedra. Mientras las esquinas aparecen perfectamente cuadradas, el índice de imperfección de la superficie de dicho sarcófago no llega a 0,0002 pulgadas. Es decir, la décima parte del espesor de un cabello humano.

¿Y cómo entender la técnica empleada para la ejecución de las no menos misteriosas perforaciones en la piedra? Las hay a cientos...

 

 

¿Herramientas de cobre para cortar bloques y pulir sarcófagos?

 

 

A cada vuelta, la presión ejercida por los egipcios era quinientas veces superior a la desarrollada hoy por las puntas de diamante.

 

 

Estatua de Kefrén, de extraordinaria belleza y precisión. (Museo de El Cairo).

 

 

Taladros en sarcófago de granito (Museo de El Cairo).

 

Para la arqueología, sin embargo, no encierran mayor secreto. Estos orificios -dicen- se conseguían mediante la introducción en la piedra de un cilindro hueco que, al girar, cortaba el granito. Pero, al examinar la espiral grabada en el interior, algo no concuerda: la distancia entre línea y línea es de 2,5 milímetros. Nosotros, en la actualidad, utilizando taladros modernos, sólo podemos alcanzar 0,05 milímetros por vuelta (!).

 

¿Cómo lo hicieron? Si los taladros del siglo XXI, con diamantes artificiales de widia (dureza 11) sólo perforan 0,05 mm, ¿cómo conseguían los «egipcios» una presión semejante?

 

    

 

Asombrosas perforaciones en granito. En la imagen inferior, las marcas del taladro egipcio (izquierda), mucho más anchas que las obtenidas en la actualidad (derecha).

 

Camas ergonómicas Y aunque algo posterior en el tiempo que nos ocupa (hace cuatro mil seiscientos años), también lo descubierto en la tumba de Tutankhamón me dejó con la boca abierta: ¡cuchillos inoxidables! ¿Cómo y de quién aprendieron semejante aleación? Como es sabido, la mejora de los aceros especiales, de cara a la corrosión, se inició en 1910 con la adición de elementos como el cromo (más del 10 por ciento) y el níquel.

Y entre el ajuar, ¡una cama ergonómica! Una cama con la parte de los pies más elevada, favoreciendo así la circulación de la sangre. ¿Cómo era posible hace 3333 años?

Máscara funeraria del faraón Tutankhamón, en el Museo de El Cairo.

 

Cuchillos inoxidables encontrados en la tumba de Tutankhamón.

 

Cama ergonómica para favorecer la circulación de la sangre (Museo de El Cairo).

A la vista de estos datos, cuesta trabajo creer en la versión oficial. Hace cuatro mil seiscientos años, los pueblos que habitaban las orillas del Nilo no estaban en condiciones de imaginar un portento arquitectónico como el de las pirámides. Pero, entonces, ¿quién las diseñó y levantó? Y lo más intrigante: ¿fueron construidas en la fecha que establecen los arqueólogos?

Las siguientes investigaciones me dejaron igualmente perplejo.

 

 

Detalle de la inscripción existente en la llamada estela del Inventario. ¿Existía la Esfinge antes de lo señalado por la arqueología?

 

 

Estela del Inventario, en el Museo de El Cairo.

 

 

La estela del Inventario. Las nuevas pistas resultaron muy sugerentes. Las pirámides de Gizeh, efectivamente, no parece que fueran construidas en la época señalada por la oscura arqueología oficial. Veamos por qué.

Primera pista. Museo de El Cairo, sala 42. En ella puede contemplarse una estela de piedra de caliza de 65 centímetros de altura por 40 de ancho. Una estela casi desconocida que muy pocos turistas se detienen a contemplar. La arqueología la bautizó como la estela del «Inventario». Es probable que fuera esculpida entre las dinastías XXI y XXIII. Es decir, entre los años 1070 y 712 antes de Cristo, aproximadamente. Se trata, casi con seguridad, de una copia de otro texto mucho más antiguo. Pues bien, en ella se lee un párrafo que deja sin argumentos a los arqueólogos. Dice así:

«...[el faraón Keops] fundó la casa de Isis, Señora de la Pirámide, detrás de la Casa de la Esfinge de (Harmakis) en el noroeste de la casa de Osiris, Señor de Rosta.»

 

¿Señora de la Pirámide? ¿Quiere esto decir que la Gran Pirámide ya existía cuando Keops llegó al poder hace cuatro mil seiscientos años? ¿Y qué decir del segundo párrafo?: «detrás de la Casa de la Esfinge». ¿Significa que la Esfinge también existía antes del citado faraón Keops?

   La estela del Inventario no es, sin embargo, la pista más notable. Los defensores de Keops, como constructor de la Gran Pirámide, se aferran a otro párrafo en el que se afirma que Keops «construyó su pirámide detrás del templo...». No se trata, por tanto, de una prueba definitiva, pero sí comprometedora...

Turín Segunda pista. Museo Egipcio de Turín (Italia), a tres mil kilómetros de las pirámides de Gizeh. Los especialistas lo conocen como el Canon de Turin: un papiro descubierto en 1882 por el viajero italiano Bernardino Drovetti en la antigua capital egipcia de Tebas.

 

Fue traducido por el mismísimo Champollion, descubridor de la piedra de Rosetta. Y aunque Champollion le concedió una singular importancia, la arqueología ortodoxa ha preferido ignorarlo. Y no es de extrañar, a la vista de su contenido...

 

El Canon de Turín -redactado en escritura hierática- procede de la época del no menos célebre Ramsés II, entre los años 1290 y 1224 antes de Cristo (para algunos, el faraón que persiguió a Moisés).

 

En total, 160 fragmentos de papiro correspondientes a once hojas, escritas hace tres mil doscientos años y en las que se lee una desconcertante lista de reyes. Unos reyes «egipcios» imposibles para la arqueología...

 

«Imposibles» porque, de aceptar lo manifestado en este documento, la cronología faraónica se vendría abajo.

 

¿Y qué dice este papiro de 1,70 metros de longitud?

 

Sencillamente, que en un lejano pasado, Egipto fue gobernado por unos seres -mitad hombres, mitad dioses- que recibían el nombre de «Shemsu Hor» (los «compañeros de Horus»). La lista de esos misteriosos reyes sitúa el primer gobierno en el valle del Nilo, no durante el faraón Narmer Menes Aha, hace cinco mil años, como asegura la arqueología, sino mucho más atrás en el tiempo. Para los arqueólagos más conservadores, todo esto es pura fantasía...

 

 

Restos de llamado Canon de Turín, redactado, al parecer, en la época de Ramsés III (imagen inferior), en el Museo Egipcio de Turín.

 

 

 

Valle del Nilo al amanecer.

 

 

Manetón Tercera pista. La historia de Egipto relatada por Manetón en el año 240 antes de Cristo. Otra historia igualmente despreciada por los arqueólogos.

Manetón, sumo sacerdote, recibió el encargo del faraón Ptolomeo II Filadelfo de escribir la historia de Egipto desde sus comienzos. Manetón tuvo acceso a la documentación depositada en el templo de On, en Heliópolís, y cumplió el trabajo. Pues bien, en los escasos fragmentos que se conservan de su obra, en especial los recopilados por Eusebio de Cesarea, puede leerse algo insólito que coincide, en lo básico, con lo relatado en el Canon de Turín. Según Manetón, antes de Menes (primer faraón de la I dinastía), Egipto fue gobernado por unos semidioses y también durante miÍes de años...

El sumo sacerdote grecoegipcio no habla de los «Shemsu Hor», y es posible que exagere al remontar el gobierno de esos semidioses veinticinco mil años atrás, pero la coincidencia es sospechosa.

Seres, mitad hombres, mitad dioses, gobernaron Egipto mucho antes de lo establecido, según el Canon de Turín y la historia de Manetón.

 

Algunas de las antiguas ciudades egipcias fueron fundadas por los dioses, según Diodoro de Sicilia.

«Shemsu Hor»

• Heródoto, en su Historia, en cierto modo, refrenda la posible realidad de los «Shemsu Hor» cuando escribe que Egipto nació merced a las «fundaciones teológicas» (visitas de los dioses) (!).

• El también escritor Diodoro de Sicilia (siglo I antes de Cristo) hace alusión en su Historia Universal a los dioses que, al parecer, fundaron ciudades en Egipto. Así consta en el preámbulo del primer volumen.

• En el siglo III, Eusebio de Cesarea recopila la historia de Manetón, y dice: «...Éstos fueron los primeros que rigieron Egipto. Después la realeza pasó de uno a otro en sucesión ininterrumpida hasta Bidis a lo largo de 13900 años...
»Después de los dioses, los héroes reinaron
1255 años, y después hubo otra línea de reyes que gobernó durante 1817 años y después vinieron treinta reyes más de Menfis, que reinaron durante 1790 años; y después reinaron diez reyes de Tis durante 350 años... A esto siguió el reinado de manes y héroes, durante 5813 años.» (¿«Shemsu Hor»?)

De ser ciertos estos cálculos, la historia de Egipto tendría más de veinte mil años (!).

El equipo de «Planeta encantado» en las proximidades de las pirámides de Gizeh.

¿Quiénes eran los «Shemsu Hor»? ¿Por qué los califican de semidioses? ¿Mitad hombres, mitad dioses hace doce mil años? Como decía, los arqueólogos no lo consideran. Pura imaginación -dicen- y puede que tengan razón. ¿O no? Si Egipto fue gobernado hace diez mil o doce mil años (Manetón habla, incluso, de mucho más), ¿dónde están los vestigios y las pruebas arqueológicas que deberían delatar a esas culturas desaparecidas? ¿O están ahí? ¿No será que los arqueólogos no lo quieren ver?

EXCLUSIVA

Un huevo de avestruz Cuarta pista. Museo de Nuhia, en Asuán, al sur de Egipto. El presente hallazgo se debe al investigador español Manuel Delgado. Él fue el primero en percatarse de lo que guarda el museo de Nubia, a mil kilómetros de El Cairo. Un descubrimiento que ofrezco en primicia y que, una vez más, hace dudar de la cronología oficial respecto a la construcción de las pirámides de Gizeh. Se trata de un huevo de avestruz, hallado en la tumba 96 del cementerio 102, en Nubia. Fue sacado a la luz en 1907 por el arqueólogo inglés Cecil Mallaby Firth.

A primera vista, la historia de este huevo de avestruz parece simple: alguien dibujó sobre él y lo depositó junto al cadáver. Evidentemente se trataba de un objeto muy querido por el difunto. En una de las superficies se aprecian los dibujos de un avestruz y algunas plantas (?). En la cara opuesta -¡oh, sorpresa!-, otra escena «imposible»: el curso del Nilo (?) y las siluetas de unas construcciones muy familiares. ¿Las tres pirámides de la meseta de Gizeh?

Las tres pirámides, pintadas, al parecer, sobre un huevo de avestruz. Antigüedad: ¡siete mil años!

Cementerio 102. El huevo de avestruz a la izquierda del esqueleto.

El descubrimiento no tendría mayor trascendencia de no ser por un pequeño-gran «detalle». Según los investigadores, los restos humanos de la referida tumba 96 se remontan a la llamada cultura Nagada I. Es decir, hace unos siete mil años. ¡Siete mil años! Algo, en efecto, no concuerda. Si la arqueología asegura que las pirámides fueron levantadas hace cuatro mil seiscientos años, ¿cómo es que fueron dibujadas hace siete mil?

La esfinge Quinta pista. «Abu-el-Hol» (el Padre del Terror): la famosa esfinge de la meseta de Gizeh. Otro de los monumentos emblemáticos de Egipto, levantado -según los arqueólogos más conservadores- en los tiempos del faraón Kefrén, hace cuatro mil quinientos años. ¿Y por qué la arqueología sitúa su construcción en esa época? He aquí los principales argumentos: en primer lugar -dicen- por el parecido del rostro con algunas de las estatuas de Kefrén.

Para la arqueología oficial, la esfinge fue obra de faraón Kefrén.

Además, por el hecho de hallarse muy próxima al templo funerario de dicho faraón y, por último, por la presencia del nombre de Kefrén («Jafra») en la «Estela del Sueño», descubierta en 1817 entre las patas de la esfinge. Una estela colocada frente al Padre del Terror por el faraón Tutmosis IV (muy posterior a Kefrén).

Aunque parezca increíble, eso es todo. Éstos son los razonamientos o pruebas, supuestamente científicos, que sostienen la hipótesis oficial.

A decir verdad, no existe una sola prueba documental que relacione al faraón Kefrén con la esfinge.

 

 

 

Y en 1991 surgió la enésima polémica. El geólogo Robert Schoch, profesor de Ciencia y Matemáticas de la Universidad de Boston, dio a conocer un estudio que retrasaba la construcción de la esfinge en varios miles de años. En 1989, el egiptólogo egipcio Anthony West le mostró imágenes de la zona frontal de la esfinge. Imágenes que denunciaban un notable deterioro. Y West le pidió que examinara el asunto con detenimiento. Schoch viajó a Egipto y, mediante la utilización de ondas sonoras y micrófonos especiales, exploró las rocas que rodean la esfinge y que forman parte del Padre del Terror. El sismólogo Dobecki completó los estudios y en octubre de ese año 1991 fue anunciado al mundo, ante la sorpresa e indignación de la arqueología oficial: la zona delantera del monumento, y parte de las paredes del foso que lo rodea, presentan una erosión de dos metros de profundidad, provocada por las lluvias.

 

¿Lluvias? En la época de Kefrén, supuesto constructor de la esfinge, esta región era un desierto. Como se recordará, hacia el 4800 antes del presente, Egipto era ya un arenal, similar al que podemos contemplar en la actualidad...

 

¿Cómo explicar entonces las huellas de la erosión acuática en la esfinge, construida hace cuatro mil quinientos años?

 

Muy simple: había que retrasar su construcción varios miles de años. Quizá al cinco mil o siete mil antes de Cristo, como afirmaba Schoch. Puede que más. Como ya mencioné al hablar del Sahara azul, hace unos doce mil años, todo el norte de África se vio sometido a un importante cambio climático. Y las fuertes e intensas lluvias -el Gran Húmedo- se prolongaron hasta el 8000 antes del presente. Unas lluvias torrenciales que fueron disminuyendo progresivamente. Y dije también que fue a partir de esa época -hace ahora unos ocho mil años- cuando los monzones perdieron fuerza y el Sahara entró en un lento pero inexorable proceso de desertización. Un proceso que desembocó en el desierto que todos conocemos.

 

 

Cuando Kefrén vivía, Egipto era un desierto. ¿Cómo explicar entonces la erosión acuática en la esfinge?

 

 

La zona delantera de la esfinge y parte de las paredes del foso presentan pronunciados surcos, provocados por las lluvias.


Y
me pregunto: ¿cómo pudo Kefrén construir la esfinge hace cuatro mil quinientos años si las lluvias desaparecieron cuatro mil años antes?

Kefrén, obviamente, no levantó la esfinge. Como mucho, quizá la restauró.

El Padre del Terror, en suma, está ahí desde mucho antes. La huella de las lluvias registradas en el Gran Húmedo holocénico es incuestionable (para el que lo quiera ver).

«Abu-El-Hol»

• La esfinge fue construida sobre un promontorio natural en la roca de la meseta de Gizeh.

• En el pasado se hallaba pintada. El cuerpo de león en rojo y el tocado de la cabeza en azul con rayas horizontales en amarillo. Portaba una barba postiza y, por delante de esa barba, aparecía una estatua a tamaño natural. Dicen que una representación de Amenofis II.

• Mide 73 metros de longitud y 20 de altura. Según Mariette, cada oreja alcanza 1,37 metros. Anchura de la boca: 2,32 metros.

• En 1817, los ingleses encomendaron al egiptólogo Caviglia que rescatara el monumento de la arena que lo cubría. Al llevar a cabo la operación se descubrió entre las patas una estela que, al parecer, pudo ser labrada bajo el reinado de Tutmosis IV (Estela del Sueño).

 

 

Hasta el siglo XIX, la esfinge se hallaba prácticamente sepultada por la arena del desierto.

 

 

Cada oreja mide 1.37 metros.

 

 

Mamelucos y franceses cañonearon la esfinge, destrozando la nariz.

• En la Estela del Sueño se narra la aventura vivida por el príncipe Tutmosis (después Tutmosis IV). Al quedarse dormido bajo la esfinge (entonces enterrada hasta la cabeza), ésta se le apareció en sueños y le rogó que la liberara. Tutmosis ordenó que la desenterrasen, y depositó entre las patas la referida estela.

• Durante la invasión de los mamelucos, la esfinge fue cañoneada, y la nariz, destrozada. También los soldados de Napoleón la tomaron como blanco para sus cañones .

• Para algunos expertos, la esfinge ha sido esculpida en diferentes épocas. Para Schoch, por ejemplo, la primera, o «protoesfinge», constaba del torso, las patas y la cabeza. Sería el monumento erosionado por las lluvias. Posteriormente se remodeló (Imperio Antiguo) y cabe la posibilidad de que se rehabilitara por tercera vez en el Imperio Nuevo.

• El detective Frank Domingo, de la policía de Nueva York, ha llevado a cabo un estudio comparativo entre la estatua de Kefrén (Museo de El Cairo) y la cara de la esfinge, y ha llegado a la conclusión de que no presentan semejanza alguna.

El cinturón de Orión Sexta pista. La hipótesis de Robert Bauval y Adrian Gilbert: las pirámides de Gizeh se hallan íntimamente relacionadas con la constelación de Orión. En los años setenta, el ingeniero egipcio Bauval se atrevió a difundir una teoría que conmocionó a los seguidores y amantes del Egipto faraónico. Las tres pirámides -afirmó- forman parte de un «plan unificado», minuciosamente diseñado. Y para irritación de los arqueólogos más conservadores formuló una hipótesis que volvía a poner en tela de juicio la ya desacreditada cronología oficial. La tesis de Bauval es conocida como la «correlación de Orión». Es decir, el asombroso parecido en la disposición de Keops, Kefrén y Micerinos respecto a las tres estrellas que forman el «cinturón» de Orión. Basta trazar una línea entre las tres pirámides, y otra entre las estrellas del «cinturón», para observar que sendas ubicaciones son casi idénticas; casi idénticas, sí, pero no iguales. El ángulo de las pirámides es de 172 grados, y el de las estrellas de Orión, en la actualidad, de 181.

La disposición de las estrellas del cinturón de Orión coincide con la alineación de las pirámides ¡hace doce mil quinientos años!

 

Bauval se percató de esta diferencia y tuvo una genial intuición. Con la ayuda de los ordenadores retrocedió en la historia y descubrió que la alineación de las estrellas del «cinturón» de Orión coincidía con la de las pirámides, ¡hace doce mil quinientos años! En otras palabras: la ubicación geográfica de las tres pirámides de Gizeh es el vivo reflejo de la posición de las estrellas del «cinturón» hace doce mil quinientos años...

¿Casualidad?

Si tres indicios constituyen una prueba, ¿qué podemos pensar cuando, al menos, se contabilizan seis?

 


 

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