8. «PARDAL»

Las sorpresas en la investigación de «Ummo» siguieron y, supongo, seguirán. Si el caso «Peñascosa» resultó desconcertante, ¿qué puedo pensar de lo ocurrido en plena selva amazónica y, justamente, en junio de 1967? Las primeras informaciones me fueron proporcionadas por el investigador Antonio Huneeus, de Nueva York. Fue en el año 2000. Alguien, al parecer, había visto un ovni con la célebre «H» en la panza. El hecho tuvo lugar en Bolivia, aunque Huneeus no disponía de detalles. Era el segundo avistamiento, supuestamente relacionado con los «ummitas», registrado en territorio boliviano. Como se recordará, a finales de mayo de 1967, algunos de los receptores de las cartas de «Ummo» recibieron por correo un mensaje en el que se anunciaba la presencia de tres naves extraterrestres en las proximidades de Madrid, Oruro (Bolivia) y Río Grande do Sul (Brasil).

Y, vivamente intrigado, me puse de nuevo en movimiento, iniciando una intensa búsqueda del testigo principal. Removí media Bolivia y, finalmente, en abril de 2001, en un generoso gesto del Destino, tuve acceso a M. J. S. C. El hombre, cuya identidad no estoy autorizado a desvelar, quedó tan sorprendido como yo. ¡Habían transcurrido treinta y cuatro años desde el incidente! Y M. J., abogado, tuvo la gentileza de enviarme una carta en la que relataba lo sucedido en aquel lejano junio de 1967 (pocas horas después de la aparición de un ovni en San José de Valderas, al suroeste de Madrid). La misiva decía textualmente: «...Yo estudié sociología y también abogacía, lejos de aquí, estando en Santa Cruz de la Sierra y en La Paz; hace dos años sufrí un terrible accidente que me dejó postrado en cama casi un año... entonces decidí tomar el trabajo de asesor jurídico de la Superintendencia Forestal, lejos de mi casa en Santa Cruz; trabajo ingrato, difícil, peligroso y feo, ya que tengo que procesar a mucha gente por talar el bosque... Hago las veces de fiscal... Corría el año de 1967 (día 3 de junio). Habíamos salido a cazar. Navegábamos por el río y, de noche, de regreso a casa, en uno de los "tomos", apareció aquel objeto. Era muy grande. Estaba a unos setecientos metros de distancia y a la altura de las copas de los árboles. Parecía una caja de fósforos, vista por el costado mayor... Desde lejos daba la impresión de que tenía una luz tan intensa como cuando pisas el freno del automóvil. Idéntica a la reflejada por los focos traseros de los carros. Se distinguía con nitidez contra la semioscuridad del horizonte. Entonces le grité al amigo que llevaba el timón: "¡Acelera!" Y así lo hizo. Nos aproximamos al objeto y nos situamos casi en su vertical... ¡Era enorme! Fue descendiendo lentamente y sobrevoló la selva, dirigiéndose hacia el interior. Nosotros encostamos, y le pregunté a mi amigo si se animaba a seguir al objeto. Me dijo que no. Entonces salté a la orilla, en compañía del joven que nos ayudaba en la lancha. Recuerdo que me hundí en el fango casi hasta la cintura. Por un momento pensé que me tragaría. Logré liberarme y caminamos bosque adentro. Yo portaba un machete y una linterna... No hubo necesidad de ir muy lejos. A cosa de setenta metros, casi a ras de los árboles, estaba aquello, inmenso y en silencio. Había perdido el color rojo. Ahora era negro mate y, por debajo, como pintado, se distinguía un símbolo. Algo que ha pasado a formar parte de mi vida: una especie de "H" de brazos gruesos y ligeramente curvados... Quedamos asombrados. El objeto tomaba agua de un pantano existente allí mismo. La piel y los cabellos se me erizaron, no sé si de la emoción o por qué razón. Fue una sensación de "cosquilleo", similar a la que se produce cuando te encuentras cerca de los postes o de las centrales eléctricas... Después, el silencio desapareció y la selva se estremeció, como golpeada por la lluvia. El objeto, entonces se alejó y lo perdimos de vista. Fue como si se "apagara"...»

El relato del abogado, como era de esperar, sólo sirvió para estimular mi curiosidad e interés. Si M. J. decía la verdad -y no veía razón para pensar lo contrario-, ¿cómo explicar la singular coincidencia con lo visto y fotografiado, en esa misma fecha, en Valderas?

En esta oportunidad, el nuevo viaje a Bolivia tuvo que posponerse. Ya se sabe: el hombre propone y Dios dispone... Un gravísimo «percance» me retiró de toda actividad a finales de julio de 2002. Un año después, haciendo oídos sordos a las recomendaciones de los médicos, me lancé a la aventura y me reuní con M. J. en plena selva amazónica. Y allí permanecí durante varios días, estudiando al testigo, interrogándolo y visitando el escenario de los hechos. Conclusión: M. J. decía la verdad. M. J. no sabía nada del asunto «Ummo». M. J. jamás había visto las fotos del ovni de San José de Valderas, hasta que yo se las mostré. Aquel símbolo, sin embargo, al igual que lo observado hacía treinta y seis años, quedó grabado a fuego en su memoria y, sobre todo, en su corazón. He aquí una síntesis de mis conversaciones con el abogado:

En realidad, M. J. vivió dos encuentros con ovnis (probablemente con la misma nave). El primero sucedió un sábado (3 de junio de 1967)...

-Yo tenía diecisiete años y me gustaba cazar. Aquel sábado tomamos la deslizadora y fuimos río arriba, hasta un lugar que llaman «Tres islas». Éramos tres: Samuel Rojas, ya fallecido, buen amigo y piloto civil. Él manejaba la lancha, y un peón (no recuerdo su nombre) era el encargado del transporte y de los remos. Fuimos a la caza de torcazas. Por la mañana permanecimos en los curiches [pantanos], disparando con el agua hasta el pecho. En la tarde, según la costumbre, lo hacíamos en el bosque. En total cobramos unas 150 piezas. Y a eso de las 18 horas, más o menos, emprendimos el regreso. El sol se había puesto, y Samuel, al timón, navegaba río abajo, con la prudencia de los buenos navegantes. Como usted sabrá, el gran peligro en estos ríos amazónicos son los troncos. Y a eso de las ocho y media de la noche lo vimos en la distancia.

-¿Dónde se encontraban? 

-En un paraje que llaman «Manutata» o la «Mano de Dios», cerca de la confluencia de los ríos Beni y Madre de Dios. Ya había oscurecido, y recuerdo que se distinguía, a lo lejos y por encima de la selva, la suave luminosidad del pueblo. Nos faltaba un torno y medio [una curva y media] para llegar a Riberalta. Más o menos, unos quince minutos. Incluso oíamos la música. Era sábado, como le dije. Entonces lo vimos por nuestra derecha. Volaba de este a oeste, muy lentamente. Tenía la forma de una caja de fósforos, vista desde su costado mayor. Era rojo, como un «stop». Entonces le pregunté a Samuel: «¿Lo viste?» «Sí, ya lo vi», respondió. «¡Acelera!», grité. «Eso es lo que estoy haciendo», repuso mi amigo. Y el rojo vivo se fue volviendo naranja intenso, muy intenso.

-¿A qué distancia pudieron verlo?

     -Yo diría que a unos setecientos metros, aproximadamente. Volaba a cosa de cien metros sobre el agua y sin ruido. Silencio absoluto. Seguimos aproximándonos y, cuando nos hallábamos a unos trescientos metros, el objeto sobrevoló la selva y se perdió de vista. Nos orillamos y pregunté a Samuel si quería acompañarme. «Ni que estuviera loco», respondió. Y se quedó en la deslizadora. Yo salté a la orilla y me hundí en el fango hasta la cintura. Creí que me tragaba. Conseguí zafarme y nos aventuramos en el bosque. El mozo, más inteligente, lanzó un remo sobre el barro y así alcanzó la orilla, sin problemas...

-¿Por qué razón no saltó Samuel Rojas, su amigo?

     -Según confesó más tarde, no era la primera vez que veía esas cosas. Era piloto de avioneta y, por lo visto, había tenido otros encuentros. Supongo que sintió miedo. Como él decía, «aquello no le latía bien». Entonces caminamos por la selva. El mozo, con un machete, abría la senda. Y a eso de setenta o noventa metros del río nos detuvimos. ¡Allí estaba de nuevo! ¡Era enorme! Se hallaba quieto sobre el centro de un curiche, un pantano no muy grande. El mozo se quedó como una estatua y se le en duró la mandíbula. Quería hablar pero no podía. ¡Había cambiado de forma y de color! Ahora se veía redondo y negro. Era un negro aceiteado, como lustroso... «¿Qué es eso?», exclamó al fin el mozo. «Yo no sé», le dije. Y era la pura verdad. Yo no sabía qué demonios era aquello.

 

 

Cuaderno de campo de J. J. Benítez. Apuntes durante su visita a la selva amazónica boliviana.

 

-¿Por qué dice usted que era enorme? 

     -Porque lo era. Según mis cálculos, tenía un diámetro no inferior a noventa o cien metros. Nosotros estábamos al filo del agua, a escasos metros del objeto. Se veía perfecto, casi a la altura de las copas de los árboles. ¡Era increíble! Aquello se mantenía inmóvil, en el aire, sin ruido... Entonces vimos el signo que lucía en la panza. Era plateado, destacando contra el negro mate de la base. Era como una gigantesca «H» con otro brazo en el centro...

Obviamente, me interesé por el símbolo. Y el abogado procedió a dibujado una y otra vez.

-...Esa «H» abarcaba casi la totalidad de la panza. Ignoro si estaba grabada o pintada, aunque me inclino por esto último. No sé si disponía de puertas, ventanas o patas. Nosotros no vimos nada de eso. Lo que sí nos llamó la atención fue el tubo de agua que parecía succionar del curiche. Era como un tubo vertical, de unos veinte centímetros de diámetro, que unía la base del objeto con el centro del pantano. Pero era un tubo imaginario, porque no se distinguían las paredes. Sólo observamos el agua, subiendo sin ruido. No caían gotas. Aquella situación se prolongó un buen rato; quizá unos ocho minutos. Fue entonces cuando sentimos un cosquilleo y electricidad en los pelos. Después, el agua se precipitó sobre el pantano y oímos el golpetazo. Y el objeto empezó a moverse hacia el este y se perdió en la noche. Ni el mozo ni yo habíamos visto nada igual en toda nuestra vida. Él me visitó después y volvió a preguntarme sobre «aquello», pero no supe qué decirle.

En total, según los cálculos de M. J., la observación se prolongó durante dieciocho minutos, aproximadamente. De éstos, alrededor de ocho a corta distancia, en el citado «curiche» o pantano.

Al mostrarle algunas de las fotografías del ovni que fue visto en San José de Valderas en la tarde del 1 de junio de 1967, el abogado no dudó. Se trataba de un objeto muy similar al que él vio, con una diferencia: la «H» que aparece en el ovni de Valderas es más fina que la que presentaba la nave que succionó el agua en la selva amazónica boliviana.

 

El abogado M. J., contemplando una de las fotos del ovni observado en Valderas (Madrid) en la tarde del 1 de junio de 1967. (Foto: J. J. Benítez.)

 

 

Representación de la nave observada hacia las ocho de la tarde del 3 de junio de 1967 en el río Madre de Dios, en la selva amazónica de Bolivia. En la panza presentaba una gigantesca «H». El ovni succionaba agua de un «curiche» o pantano existente en las proximidades del referido río. (Cuaderno de campo de J. J. Benítez.)

 

 

Río Madre de Dios (Bolivia). Lugar conocido como «Manutata», donde se registró el encuentro con el ovni el 3 de junio de 1967. (Foto: J. J. Benítez.)

El segundo encuentro con la misteriosa nave «ummita» (?) se produjo a los pocos días (probablemente, en aquel mismo mes de junio de 1967).

-...Pasaron dos semanas, más o menos. Era también un sábado. Mejor dicho, en la madrugada del viernes al sábado. Yo había salido con los amigos y regresé a casa, en Riberalta, hacia la una o las dos. Debo aclararle que no bebo ni consumo drogas. La luna estaba grande, y la noche clara y tranquila. Subí la escalera exterior de la casa y, de pronto, percibí una sombra en el suelo, en mitad de la calle. Era una sombra que se movía, avanzando. Me llamó la atención porque era muy grande. La casa tenía un largo porche que impedía ver el cielo. Así que me asomé por la barandilla y descubrí que lo que ocultaba la luna era un disco negro. Se trataba de un objeto con el mismo símbolo en la base...

-¿Se refiere a la «H»? 

     -Sí, yo diría que era la misma máquina que vimos en el pantano. Estaría a cien o ciento cincuenta metros del suelo. Como le digo, era enorme.

-¿Lo vio alguien más?

     -No, que yo sepa. La calle estaba desierta. Fue en esos momentos cuando oí a los perros del lugar, aullando lastimeramente. Era impresionante. Nunca había oído tantos aullidos. Parecían tener miedo. Y en esos instantes, mientras contemplaba el objeto, experimenté la misma sensación de «cosquilleo» y de «electricidad» en la ropa. Y en mi cabeza sonó una palabra: «¡Pardal!»...

-¿«Pardal»?

     -Significa «inventor». Era un apodo. Me lo puso un señor de Tupiza, la ciudad en la que viví durante mi niñez. Era mecánico y maquinista. Yo acudía a su taller y jugaba con los tubos, «inventando» toda clase de artilugios. Él me llamaba «pardal»... Pero de eso hacía más de seis años...

-¿Alguien lo llamaba así en Riberalta?

     -Nadie. Lo de «pardal» me lo decía Ricaldi, el mecánico. Nadie más lo sabía, ni siquiera mi familia...

 

     -¿Oyó alguna voz?

 

     -Yo diría que sonó en mi cabeza: «¡Pardal!» Y se repitió dos veces. Después, el objeto desapareció. Al entrar en la casa se lo conté a mi madre, pero no me hizo caso...

-¿Por qué dice que era la misma máquina?

     -Porque era gemela. El símbolo en la panza era también plateado, destacando contra el fondo negro mate.

 

 

Situación del ovni sobre el pantano, según indicaciones del testigo. (Cuaderno de campo de J. J. Benítez.)

 

 

 

Emblema o símbolo observado por M. J., abogado, en la base del ovni. (Cuaderno de campo de J. J. Benítez.)

 

 

Camino seguido por M. J. en el segundo avistamiento. En el dibujo inferior, el ovni, tal y como fue observado en el primer avistamiento, sobre el río Madre de Dios, en la Amazonia. (Cuaderno de campo de J. J. Benítez.)

M. J., como decía, no sabe qué es «Ummo». Sin embargo, aquel símbolo en la base de la nave quedó grabado para siempre en su memoria. M. J. no sabe quién es Jordán Peña, ni ha visto jamás un informe «ummita». M. J. no supo nunca del incidente en San José de Valderas, pero vio algo muy similar y, prácticamente, en la misma fecha, tal y como anunciaba una de las cartas «ummitas». Y aunque «Manutata» se encuentra a ochocientos kilómetros de Oruro, ¿qué podemos pensar de semejante coincidencia? ¿Es casual que ambos avistamientos, en Madrid y en plena selva amazónica, se produjeran en las mismas fechas? ¿Es casualidad que los testigos observaran una nave con una «H» en la panza? Personalmente no creo en la casualidad y sí en la causalidad. Y diré más: estoy convencido que M. J. es otro caso típico de seguimiento (posiblemente desde su niñez). «Ellos» sabían lo del apodo y lo repitieron años más tarde, cuando «se dejaron ver» en la Amazonia...

 

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